Chema Galante, Mi Tierra.

MI TIERRA.

Mi tierra es una tierra grande, habitada por personajes maravillosos y miserables que son todos parte de mi como yo lo soy de ellos. Es una tierra fértil pero tendente al miedo que a menudo se muestra yerma cuando podría ser exultante.
Mi tierra es una tierra feliz. Feliz con la conciencia del dolor y de la perdida, de la soledad y de la derrota y, por lo tanto, feliz como lo puede ser una tierra vieja. Todo en ella da muestras de ese carácter viejo, los árboles, enhiestos y orgullosos, muestran, a un observador interesado, huellas de antiguas tormentas aquí, incendios pasados allá, o quizás, una tala decidida por alguno de sus habitantes que, en algún momento, decidió talar los bosques, destruir los huertos o derribar las casas dejando solo dolorosos recuerdos de algún esplendor pretérito que, sin embargo, no se atrevieron a acabar de eliminar.
Mi tierra es una tierra amable, buena, cariñosa con sus visitantes pero en el subsuelo el magma bulle nervioso, dispuesto a salir a la superficie en el momento en el que las sólidas placas que separan la biosfera del magma primigenio se muestran más débiles o se resquebrajan. La acción del tiempo, la actividad humana o el propio movimiento, casi siempre imperceptible, de esas mismas placas provoca unos estallidos de fuego destructor que, una vez apaciguados, dejan huellas indelebles que la reconfiguran como el kintsugi reconstruye una cerámica. Creando un espacio nuevo, que recuerda al antiguo pero que ya nunca más volverá a ser el que era.
Mi tierra es una tierra orgullosa, con el peor orgullo posible que es el que cree que no existe y el que oculta, tras una fachada de seguridad y rectitud, años de miedos. Las montañas que la conforman saben que fueron creadas de la nada y que a la nada volverán en algún momento así que ocultan su miedo a que ese momento llegue mostrándose inalcanzables. Los bosques son conscientes de estar al albur de un fuego, una tormenta o la mano decidida de los habitantes de mi tierra que pueden acabar con ellos en un instante y, mientras llega o no ese día son acogedores para las criaturas que han decido vivir a su cobijo pero impenetrables para extranjeros o habitantes del llano. Y así ocurre con el orgullo como con todo lo demás de mi tierra, que todo forma parte de un uno que, a la vez, solo se define en cada una de sus partes.
Hace un tiempo a mi tierra llegó un río. Las placas se movieron, una cordillera que llevaba una eternidad mirando altiva a su alrededor se derrumbó en minutos y, de sus restos, surgió un río bravío e incontrolable que arrasó con todo lo que encontró a su paso.
Un desastre de estas dimensiones podría haber acabado con una tierra menos poderosa que mi tierra, pero esta aguantó. Reconfiguró el paisaje, derribó casas, enfangó llanuras y sumergió bosques, así de poderoso y caudaloso era el río. Pero mi tierra, en vez de arruinarse, empezó a reverdecer. Con todo perdido se perdió el miedo y sin miedo, o sin parte de él, la tierra empezó a mostrarse fértil otra vez, sus habitantes, en mi tierra todo es uno y uno es todo, más fuertes y decididos, sus bosques más frondosos, sus montañas, viendo como el río había derribado una cordillera, menos altaneras.
Por desgracia el río es un río y, como todos los ríos, tiende al mar y al subsuelo así que, al poco tiempo, o lo que a mi tierra le pareció poco tiempo, el río se fue, dejando tras de sí un paisaje diferente al que existía cuando llegó y una añoranza terrible en los corazones y las almas de mi tierra.
Lo que antes de la llegada del río era un lugar tolerable y cálido en el que residir ahora era un lugar triste porque la tristeza es la añoranza de lo perdido y solo se mantenía activo y no se dejaba morir, como han muerto tantas otras tierras, por el orgullo y por una idea absurda, la posibilidad, por remota que fuera, de que ese río volviera.
Mi tierra no es una tierra idiota, sabe que un río no vuelve, pero decidió creer, posiblemente para sobrellevar la pérdida, que el río que se había ausentado, alejándose hacia el mar o hacia el subsuelo, podría tener añoranza de volver a atravesar montañas, a crear cascadas, a regodearse en meandros infinitos o a relajarse en estanques naturales. A lo mejor, por el mismo capricho del destino, o acción de algún Dios, que lo había hecho venir por primera vez, el río decidía que la inmensidad del mar, el reconfortante sol o la oscuridad y el silencio del subsuelo no eran para él y prefería volver a jugar en mi tierra.
Era una idea absurda, sin sentido, con ninguna base, pero mi tierra y todos sus habitantes decidieron prepararse por si eso volvía a pasar: Colocaron diques por si el río, al pasar por ellos, quería descansar un poco y relajarse, hicieron caminos entre las montañas para que el río pudiese jugar a saltar y correr, que es lo que más le gusta hacer a los ríos, y dejaron un gran valle, ligeramente inclinado, para que el río volviera a crear el camino que quisiera en él y estuviese entretenido y no se fuese nunca.
Ese trabajo duró bastante tiempo pero, al final, mi tierra pensó que ya estaba listo y se puso a esperar, contra toda posibilidad, contra todo raciocinio, se puso a esperar a que el rio volviera.
Pasó el tiempo, la vida, que sigue su curso, hizo que mi tierra fuera superando el duelo y acostumbrándose a vivir con la ausencia del río. Había vivido una eternidad sin él así que los antiguos mecanismos seguían ahí y poco a poco se activaron y todo siguió adelante con pesadez primero pero un poco más ligero después.
Con los años todo el espacio que se había preparado para el retorno del río se convirtió en un lugar sagrado de recuerdo y veneración y, también, en un recordatorio de lo que fue y de lo que pudo haber sido. Algunos habitantes de mi tierra plantearon la posibilidad de desmontarlo todo y buscar otras fuentes de agua alternativas, pero nadie se atrevió a hacer nada. Las nuevas generaciones no recuerdan claramente que había pasado, que había sido el río y lo que había supuesto pero, aun así, algún poder atávico les guía y nadie, nunca, movió una piedra de sitio.
Así que cuando el río volvió se encontró con un espacio preparado para su vuelta.
La segunda llegada del río no fue como la primera, no arrasó montañas en esta ocasión. Apareció primero en las llanuras, pequeños estanques de agua subterránea que manaban tímidamente, provocando que los habitantes de mi tierra se acercaran a ellos con prudencia, curiosidad y alegría contenida. El agua surgía y, en vez de fluir, se quedaba en los estanques que con tanto cuidado habían creado las generaciones pasadas, tímidamente primero, con más confianza después, el río empezó a llenar los embalses y a dejar que los habitantes jugaran en sus orillas y a dejarse caldear por el sol de mi tierra y a regar los bosques y los cultivos.
Un tiempo después, con los embalses llenos, empezó a fluir hacia el llano, creando un camino nuevo, regodeándose en el viaje y llevando felicidad y vida a su paso.
Pero no todo en mi tierra es bueno, a veces sus habitantes usan más los recursos naturales de lo que es necesario, o la tierra es demasiado dura o el río demasiado voluble pero el caso es que un día, casi sin avisar, el río desapareció otra vez.
En esta ocasión el duelo fue distinto, el río es un río y no puede ir contra su naturaleza, mi tierra lo acoge y lo acogerá siempre aunque habrá épocas en las que quiera jugar salvaje en las montañas, otras en las que reposará sosegadamente en los embalses y otras en las que circulará por las llanuras buscando caminos nuevos. Es posible que haya épocas en las que el río se desplace por el subsuelo y no lo veamos y sintamos su ausencia pero ahora mi tierra tiene un río y lo que puede ocurrir a partir de ahora solo lo puedo imaginar.

mitierra1 (2)
Alchetron, Karl Nordström (1855-1923)

Imagen Superior: Water Castle, Gustav Klimt (1862-1918).

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