Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjetas Dibujadas a Mano. 2/2.

Capítulo Dos. (2/2).

TARJETAS DIBUJADAS A MANO.

El frío aire de la noche se abre paso entre el grupo de personas que esperan a la puerta, caras inmaculadas por un reestreno de fin de semana, mientras que otros rostros, perplejos en una sesión continua, cargan con los estragos característicos de la fatiga del combate. Ricardo tiene hambre, a esa hora de la madrugada le asalta un ansia canina que mitiga con cualquier cosa de aspecto comestible que esté convenientemente embarrada en mayonesa. Le veo empinando el cuerpo por encima de un muro humano y regresando sonriente con algo indefinido envuelto en servilletas de papel, las mismas que alfombran las calles adyacentes, aluminio y papel, agua negra e imprecisa, los afeites que componen este teatral desespero.
Andar entre esferas multicolores hasta llegar al “Q’3”, un local que ostenta con orgullo tan merecido nombre, y que precisamente por ello, y atendiendo a una lógica desconocida, se encuentra absolutamente lleno. La primera prueba consiste en llegar hasta la barra sorteando danzantes y esculturales estatuas de sal. Un nutrido grupo de chicas hacen cola ante los servicios entreteniendo su espera con conversaciones chispeantes e insinuadoras; ellos, con mayor urgencia, navegan sobre líquidos indefinidos y resbaladizos hasta alcanzar el abismo del desespero. Ricardo olvida nuestro empeño y se une a los epilépticos bailarines, le adivino entre dos fogonazos de luz por su peculiar forma de entender la danza, yo persevero en deslizamientos y serpenteantes giros hasta ganar un limitado lugar cerca de la jovial camarera. Su imprescindible sonrisa me interroga sin palabras y meto la cabeza en aquel oráculo viviente y bien proporcionado, murmuro a su oído el néctar que busco. Recostado en el mostrador observo el entorno, mi nivel de tolerancia al alcohol comienza a encender el piloto rojo de la alarma y un manto negro desciende veloz por mis ojos. No te veo.
La turbulencia del exterior me golpea sin piedad mientras mis desconcertados pasos me alejan del tumulto sin comprender el motivo de aquel abundar en la huida. Preso de una pedestre necesidad de andar, de alejarme de todo aquello, me interno en sombras que perforan desde atrás mientras señalan una imagen que se mueve con un ritmo propio y traqueteante. Sienas y musgo. Aquella calle desierta se adiciona el valor de todas las calles solitarias y conocidas, incorpora a su esencia el peso de todas las noches y mis vacilantes pasos recorren un sueño recordado, se mueven en la obra de un dios perverso que diluye las paredes haciendo mínimas las perspectivas, aumentando hasta la locura lo ínfimo, lo particularmente insignificante. Mi propio dolor toma cuerpo en todos los dolores presentidos. Incapaz de dejarme abandonado, íntimo hasta la vergüenza, me sigue como una sombra invendible que remolco con agonía fraterna. La comprensión es un olvido ocupado por oscuras certezas, su ala azul deja la impresión inmemorial de una soledad anterior, presente en cada acto, invisible al común de los mortales, donde todo el amor es incapaz de salvarme, donde no hay fuego suficiente como para hacerla arder y consumir, así, su memoria primitiva y voraz.
En una bocacalle sin salida vomito un revoltijo efervescente que inunda con su ímpetu paladar y fosas nasales. Con el dorso de la mano intento limpiar de mis labios aquella baba espesa y ácida, entonces una nueva arcada desborda los ojos hasta hacerlos enrojecer e invocar la lágrima sucia y angustiada. Absorber el aliento y los mocos, mirar absorto los zapatos y sus salpicaduras, un “collage” vanguardista que nos hace reflexionar sobre nuestros gustos culinarios al contemplar el colorido variopinto que a nuestros pies se plasma, y siempre un componente se le escapa a la memoria, una tonalidad que compone nuestro propio cuerpo. Miro la entrada de la calle, siluetas que se alejan, no te veo.
Entonces renace una especie de paz gástrica, el ansia se asienta y busco una salida de emergencia a tanta mierda, el vergonzoso retorno que me aproxima a un lugar conocido o fugaz.
Las luces de la ciudad espejan como si a través de un filtro se intentara conseguir un efecto de torbellino, la suciedad del parabrisas repite las imágenes en un caleidoscopio insistente, y es entonces cuando se hace necesario guiñar un ojo para que la visión se vuelva más dócil y obedezca sumisa. La ventanilla del automóvil abatida hasta el tope, una tajada de estrellas golpea fría el rostro con persistencia. Nos negarnos a pensar, la más mínima abstracción resulta abominable y el tabaco, con su humo seco, revuelve las entrañas, excita las glándulas salivales y provoca un nuevo intento de regurgitar al mundo entero de una sola vez y para siempre. Mañana será la maraña, la madeja deshilachada en miles de cabos que el azar ató concienzudo y un derrumbe, un sólido badajo alojado cruel entre las sienes. Y no he podido verte.
Tercer recuerdo.
Las ciudades nos eligen, son ellas las que mueven los engranajes del destino independientemente de nuestro lugar de nacimiento. A veces coinciden ciudad y nacimiento y el desarrollo de ambos es real y paralelo. Cuando esto no ocurre un vacío nos inquieta el semblante, unas directrices invisibles fuerzan los hechos y como saltimbanquis rebotamos una y otra vez hasta que, de golpe, con un encontronazo demoledor, nos hallamos ante el paisaje nuestro, el verdadero, el escenario donde los movimientos son desenvueltos, donde las posturas no parecen afectadas, y como quién retorna a su origen más secreto, más olvidado, descansamos internos por un rededor maternal y amigable.
Tú me escuchabas y me pinchabas para que te hablara con metáforas.
—¿Qué quiero? —Y sacudías el pelo de una forma malvada. —Que dejes de pensar Lucas, eres un incordio.
Bajábamos por una empinada callejuela y mi mente seguía fabulando el decorado donde perdíamos el tiempo de esa manera tan especial. Tú nunca llevabas bolso y el paquete de tabaco se te marcaba en el bolsillo trasero de los tejanos, después era un adivinar cual no estaba roto.
—Dame, trae para acá. —Y con un billete de autobús recomponías el maltrecho papel, —Ves, ya está, ¡mira que eres quejica!
E indiscutiblemente aquella era la ciudad. El perfecto sitio por donde perdernos una y mil veces, todo era fácil, cómodo. Me encontraba ante mi propia piel urbana, y su esencia y semblante se traslucían en mis ojos, en cada una de mis inconscientes posturas. La urbe donde nuestra vida fluía se aquietaba a la orilla del mar, ante él se concluía y ensimismaba contemplándose en sucesivos amaneceres de luz mientras el espacio era pilotado por despiertas gaviotas.
—Mira. —Y señalabas al aire. —En cada farola hay una gaviota, seria, con esa carita de enfado que parecen tener.
Miraba y veía una hilera de metal y plumas.
—¿Cómo puedes ser tan casquivano? ¡Metal y plumas! ¿Sólo ves eso, de verdad? —Yo decía que sí, que sólo eso. —Después pensaba en los años lejanos, en los siglos que parecían mojarlo todo. Imaginaba una Roma señorial donde las gentes seguirían sintiendo, deseando lo mismo que nosotros sentíamos, deseábamos.
—Mira esa cara Julia, de película italiana.
Te quedabas mirando insolente y malcarada, te tocaba el turno de soñar y no lo hacías del todo mal.
—Su antigüedad se pinta con los rostros de todos los habitantes, es un mosaico, ves. —Le mirabas y yo me sentía violento. Pero me callabas. —Escucha, decías. —Mira con los oídos los sobreentendidos dialécticos con que se expresan, ¿adviertes la tonalidad?, están marcados unos y otros por líneas esquivas, singulares, que imprimen la volátil gracia del giro, del insinuante guiño verbal.
—Aplausos, Julia. —Tesis. —Mira con los oídos. —Perfecto.
—A ver, ¿y yo qué soy para ti? —Te miraba de arriba abajo despectivo y ruin.
—No me tientes, Julia, no querrías oírlo.
Codazos, pisotones. No hay tabaco. Uno, cincuenta céntimos, veinticinco.
—Espera que mire en el otro bolsillo.
Cinco euros y pedir para el autobús. Y seis céntimos.
—Mira que tienes la cara dura, como el pedernal.
—Si, pero gracias a ello tú puedes fumar. ¿Qué harías sin mí? —Después me mirabas de reojo y agregabas. —No, no me lo digas.
Pensaba como intentando resolver un complejo dilema, una cuestión farragosa y de difícil explicación.
—Las ciudades nos eligen y nada podemos hacer para que ello no suceda. Julia.
—¿Y.? —Te decía que esperaras, que ahora me tocaba a mi decir quien eras.
—Eres la apariencia humana de mi ciudad, el territorio donde los movimientos son desenvueltos, donde las posturas no parecen afectadas y donde, como quién retorna a su origen más deseado, al olvido más preciso, descanso abrigado por tu rededor amigo y tierno.
—¿Sólo eso? Pensé que yo era algo más importante. —Y ponías una boca pequeña y arisca, te ahuecabas el pelo y dejabas que tus ojos de acuarela me dejaran hipnotizado.
Después caminábamos hasta el puerto, yo buscaba similitudes, formas de envolverte con mi palabrería.
—Ves, Julia, el mar, la mar.
—Yo lo veo a él. El mar, el océano.
—Para mí es ella, la mar, la pequeñita mar, amable y solícita. Siempre dispuesta a ahogarte.
Miraba las grúas, el paisaje de cemento y olas. Los malecones y el faro. Sus brazos se extendían en una amplia bahía abierta a los posibles, los mismos que de otros litorales llegaban nómadas y en su azul, apaciguados y de rondón, se hacían propios y sedentarios.
—Vosotros, los extranjeros, no podéis llegar a comprender lo que para nosotros supone esta visión. —Protestabas y yo te recordaba que no pertenecías a estas calles, que sí, que vale, pero que fuiste engendrada en otro lugar. Después te consolaba recitando trozos recién inventados, pedazos del pensamiento que personalizaba en tu nombre,
—Tus brazos se abren en una amplia bahía de ensueños, los mismos que de mi alma parten nómadas y en tu azul, apaciguados y oscilantes, se hacen tuyos y sedentarios. En tu nuca, donde el musgo se hace fruta, en el ochavado talle que cimbreas hasta la locura, gusto pasear táctil y atolondrado. Eres mosaico de tu cuerpo, cosmopolita belleza donde se expone el ideario variado en que la vida se explica sencilla y me enfrento a ti en medio de la claridad, mi pensamiento se hace elevado y leve y ando por mis adentros, por mis plazas interiores, y es entonces cuando tu realidad externa atempera los contrastes creando un paso dulce, un pensamiento subliminal y paralelo que gotea alegre por mi memoria.
—Mejor, un poco mejor, pero aún resulta insuficiente, tú puedes hacerlo mejor, lo sabes. —Y yo pensaba en el puerto, en las calles que recorríamos juntos y en ellas buscaba la inspiración.
—¡Venga, algo más! Te estás superando, pero quiero propina.
Nos marchábamos intentando que la humedad que empezaba a extenderse no nos cogiera y torcíamos por una calleja para desembocar en una plaza llena de naranjos. Sentados en un banco fumábamos contemplando a las gentes y el entorno, yo seguía empeñado en compararte con la ciudad, tú lo sospechabas y aplaudías.
—Como si me hubieras entregado una esencia preciosa, germinado por ti un nuevo miembro, como si hubiera descubierto, una vez más, la verdadera utilidad del dedo anular de mi mano izquierda, hasta hoy inservible e innecesario y, de pronto, comprendiera su fin imperioso. Eres la piel de mis andanzas, de mis peregrinajes sin rumbo, sueño tu sexo enredado en mis manos como un gato grande y dormido que me trae una y otra vez a la memoria la deseada presencia de Julia-Ciudad. Miles de rostros visionados en mi deambular me devuelven hacia el tuyo y en las fuentes tu risa se hace cristal, en los jardines, donde el paso se demora, tiembla la claridad multicolor de nuestra única y mutua presencia.
Quedabas absorta mientras asentías con toda la cabeza.
—¿Qué es eso del dedo anular?
—¡Bufa! Una larga historia. Otro día te lo cuento. Protestas, empecinamiento del aquí y ahora.
Yo que no, que a lo mejor más tarde, que mira que luz y las nubes, y que nada, que yes.
—¿Por qué no escribes, Lucas?
Las ciudades nos eligen, son ellas las que mueven los engranajes del destino. La normalidad a veces se instala rescatándonos de la locura, fija los objetos y las ensoñaciones… Tenía que evitar pensar en ella, Julia se volvía, ya entonces, peligrosa por momentos.

P1000308 (4)

1907151444693.barcode2-72.default.png

2 Comentarios

  1. POETAS EN LA NOCHE

    Caramba!!
    Qué buen relato, es que creo que deberías dedicarte a esto, una novela, guiones…
    Algo de eso, pero es que buscas unas tramas muy buenas y originales, me gusta ver como vas describiendo las situaciones, y me veo metida en un local con unas camareras… viendo como alguien se rebusca tabaco en un bolsillo, a esas personas charlando y yo enterándome de su conversación…
    Soy la espectadora de una película contada en un corto fenomenal.
    Me ha gustado mucho.
    Un abrazo amiga👍⚘

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s