Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Tarjetas Dibujadas a Mano. 1/2.

Capítulo Dos. (1/2).

TARJETAS DIBUJADAS A MANO.

Si se pudiera estar tras las cosas, oculto sabiendo lo de atrás, del rostro que se nos esconde y regresa a veces de la mano de un recuerdo. Entonces tú no llorarías, yo no me vería obligado a desistir, a tirar por los suelos toda la mierda que a veces, demasiadas, me acompaña. No saber se asemeja a tener la obligación de comprender en un acto que se parece terriblemente a la fe, a las creencias. Y eso no siempre resulta posible, ni adecuado. Tú puedes decir que esto, que aquello, y siempre quedará un margen para la duda, para temer que así no, que no es posible, no encaja. Escribo y no hago otra cosa que recrear momentos.

Primer recuerdo.
Me dices que hay algo oscuro, una sombra que tengo agarrada en las espaldas y que, tú, puedes presentir.
—Vas y vienes, Lucas, Subes y bajas.
—La vida es eso, Julia, alternar de metrónomo, un tictac que mide algo. Por eso sientes que subir y bajar, que izquierda y derecha, que arriba y abajo.
Pero no, no te convence. Es una gasa que levita por encima de los párpados, un tobogán. ¡Eso! Dices alegre. Un deslizarse por la pendiente sin freno ni ganas.
—Ahora te explico, —agregas. —Eres una especie de animal… —Te interrumpo y agradezco el símil, te ríes y me das un golpe terrible y cariñoso en el hombro. —Un animal que nunca está en el mismo sitio, ¿me entiendes? Hoy te presentas bajo el aspecto de un perrito, y estas, vaya si estas. Aquí, a mi lado. Pero mañana, cuando te busque por ese mismo lugar, ya no estarás y, con suerte, o por desgracia, veré a un lobo hambriento y ciego que se muerde a sí mismo y al que es mejor no acercarse.
Te miro y saco la lengua, y jadeo. Entonces eres tú la que sacas la lengua, y jadeas, y lamer, y morder, y guau, guau.
—¡Es que ni me oyes! —Te quejas.
—Claro que te oigo, que te escucho, ¿y qué quieres?, que te diga que sí, que vale lo del lobo, que al perrito me dan unas terribles ganas de darle una patada y mandarlo a hacer puñetas.
—Guau-guau! —Contesto.

Te recuerdo entre la niebla de estos días, recorriendo calles interminables, provocando la lascivia de los buzones y las aceras. Andábamos cogidos de la mano, tus dedos frágiles y helados parecían un manojo de carámbanos a punto de quebrarse. Apenas una semana y ya estábamos merodeando como animales perdidos, sin decirnos nada, oteando, rebuscando el momento.
—Entonces, el año que viene, ¿piensas dejar los estudios? —Parecía asomada a la tapia del cuello de su jersey.
—Me dejan ellos, yo fiel hasta la muerte.
—Ya será menos. —Y reía divertida mientras de su boca salía una vaharada de vapor dulce.
—¿Has estado alguna vez aquí? —Señalaba un cartel apagado y uniforme que al oscurecer tomaba presencia de soles.
—¿Jamaica? No, jamás.
—Se está bien, me gustan los ritmos latinos.
—¿El chachachá? —Y sus ojos desde abajo eran inocentes, o al menos lo parecían.
—La salsa, melón, la rumba.
—No conozco ninguna salsa para el melón.
—Ni yo a la rumba de la mano del melón. —Mostraba unos ridículos pasos, torpes, aprendidos con anterioridad.
—¡Vaya con Luquitas! Flamenco y todo, un deleite.
—Y un lujo, Julita, un caro lujo. —Lo de Julita era casi un insulto, su madre le llamaba así, todo explicado.
Después los puños intentando golpearme en el pecho, mis manos cogiendo sus muñecas con fiera tenaza.
—¡Para, para, me haces daño! —Se quejaba llorosa componiendo un “puchero” tierno y de armas caídas.
La soltaba y ella se quedaba mirando sus manos, se frotaba buscando el alivio. Yo me acercaba compungido e interesado por mi falta de mesura y entonces, ¡zas!, descargaba entre risas una andanada de golpes concienzudos y precisos.
—¡Traidora! —Le recriminaba entre lamentos e improperios. —Eres un mal bicho.
Ella se excusaba sin dejar de dar manotadas.
—Tú tienes la fuerza, noble bruto, yo la inteligencia.
El empedrado se mostraba frío y desagradable, Julia se agarraba a mi brazo buscando el calor imposible. Cerca de allí, doblando la próxima esquina, una chapa macilenta y oxidada mostraba con caracteres góticos un nombre emblemático dentro del mundo de la noche, Hostal El Hidalgo, habitaciones por horas y semanas, una contradicción que hablaba del tiempo que el amor precisa para cuajar y ahogarse.
—¿Qué es eso de por horas? —Preguntabas y una desazón me invadía, ¿cómo explicártelo?
Con cierta tartamudez componía un amago de razones que me temblaban a punto de deshacerse, por horas, ¿qué era eso de por horas?
—Algunas personas necesitan de un lugar, —te decía, —de un sitio… —E irrumpías sin dejar que terminara la frase.
—¿Para qué? —Y te asomabas a las tapias de tu prenda de lana, te subías sobre los talones y te quedabas aguardando una respuesta cualquiera.
—No todo el mundo tiene un lugar, ya sabes…
Pero no, no sabías, y yo intentaba cambiar de conversación, seguir deambulando por otra callejuela y alejarte cuanto antes de aquel lugar que alimentaba preguntas de difícil respuesta.
—¿Para joder? —El cuerpo se me arremolinaba, una ascensión incontrolada que producía una erección dolorosa y abusiva. —Es eso, ¿no?
Parado frente a ti, sudando en medio de un gélido aire, asentía, te decía que sí, que joder, que amarse.
—¿Como son las habitaciones? ¿Son limpias? —Te digo que no sé, que nunca he pisado su solería, que desconozco si esca¬leras o ascensor, si cortinas grises o luminosas.
Y tú curiosa, como quien compra por vez primera un preservativo y lo llena de agua, lascivia de comprar sexo y llenarlo de arena, de arroz, de nada.
—¿Tienes dinero? —Los ojos se me asombraban, mentalmente componía el inventario de mis escasos recursos.
—Algo, sesenta o setenta, nada más.
—Seguro que dará para alquilar alguna, tengo curiosidad por saber qué se siente en una de esas habitaciones. Deben rezumar deseo y amor. ¿No te parece?
Entramos con el miedo pastoso mezclando en la boca hiel y saliva, una mujer en bata, con zapatillas raídas y sin color, se nos quedó mirando desde detrás de un estrecho y pequeño mostrador. Parecía interrogarnos, presentir nuestro pavor y falta de práctica. Habló con una dentadura escasa, y danzante. —¿Qué deseáis?
—Nos miramos al unísono, como si cada uno de los dos esperase que fuese el otro el culpable, el causante de encontrarnos ante aquella aparición y sin aire para articular palabra alguna. Fuiste tú la luz, la salida que se elevó por encima de las telarañas y pronunció con seguridad las palabras mágicas.
—¿Cuánto cuesta alquilar una habitación por una hora?
Y te la quedaste mirando sin pestañear siquiera, la mujer soltó la frase que parecía tener escondida bajo la lengua,
—Treinta, necesito un carné.
Buscaba como un poseso por los bolsillos, en la cartera. Tu mano, sin titubeos, alargó lo solicitado y con la palma extendida aguardaste a que ella te diese la llave. Volvió a mirarme y de un golpetazo la dejó sobre el contrito y desvencijado mostrador. Por las escaleras reías divertida y apelabas a extrañas conclusiones.
—Cree que soy una puta, nueva pero puta. Y tú mi víctima, el panoli al que voy a desvirgar. ¿No es divertido?
La habitación resultaba estrecha y oscura, abriste las cortinas, ni grises ni luminosas, pardas, incoloras. Frente a nosotros se extendía una fachada repleta de balcones sucios y llenos de polvo, bajaste una persiana verde repleta de humus y ensoñaciones secas. La cama era de metal plateado, con sus inevitables desconchones cárdenos y ásperos. De espaldas saltaste sobre el colchón, una orfebrería metálica y quejumbrosa te acompañó en la caída, tu pelo se alzaba como una sombrilla innecesaria y reías y hacías que el somier llorara lastimero. Entonces quedaste detenida sobre la planicie inequívoca del deseo, la colcha se arrugaba bajo tu peso exacto, tu presión medida y necesaria. Estabas sola sobre el mundo y mis manos, y elegiste mis manos frente al mundo, los labios cara a la muerte.
—Ven, siéntate a mi lado, hace frío.
Lo hice y te rodeé con el brazo, pero tu frío era otro, te sentí empequeñecida en medio de aquella habitación impersonal y sudada. Hablabas de cosas que no entendía, como si fueses una adivina soñaste momentos que transcurrieron en esa estancia de hielo y soledad.
—Aquí hay mucho dolor Lucas, también algo de alegría, pero pequeñita, casi acorralada en los rincones.
Parecías verlo y yo al oírte tenía la impresión de que se podía tocar, estirar el brazo y agarrarlo. Nos besamos y quisimos huir de aquel lugar de pesadillas y estorbos, fue un duelo de prendas dislocadas, una confusión de ropa que cae y se queda atónita por el suelo. Rodar por encima del sonido de los muelles, gemir apresando tu aliento y mis ganas. Recordar la vez primera, el bajar las escaleras callados mientras la mujer de la bata y las zapatillas raídas nos veía desaparecer calle abajo. Otra vez los dedos gélidos, otra vez la fractura de las palabras.
—Lo siento, no sé qué me pasa. —Estabas pegajosa y lamentable.
—No importa, suele ocurrir, el lugar, el momento, influyen muchas cosas.
—Yo intentaba que le restaras importancia, que no te obsesionaras y todo fuera repetir una y otra vez lo mismo.
Después regresamos al centro de la ciudad, las luces te lavaron la cara y el brandy te recompuso el ceño. Hablamos hasta que cerraron el local donde nos ocultábamos de nosotros mismos, cuando barrían las servilletas de papel y las colillas, me di cuenta de que entre los restos del día se llevaban tu dolor y las horas en que te sentiste hundida e incapaz. Eso me dio la certeza de que nada era imposible, que se podía intentar, que íbamos a conseguirlo.
Segundo recuerdo.
Ricardo vocifera, intenta hacerse oír por encima de la estridencia que los altavoces vomitan sobre el enjambre, decenas de personas se comprimen contoneándose al compás que el gurú marca desde su cabina. Pero sólo hay un único lenguaje, una sola dinámica que nos comunica, y ésta es un sonido recurrente que se derrama hasta soliviantarse en una pasta aglomerante. Insiste en decirme algo y expulsa junto con sus palabras una fina lluvia de saliva mientras intercala excusas.
—¡Perdón! —El aguacero de la boca arrecia. —¡Lo siento!
La copa me hiela la mano, el calor del cuerpo se disipa perlándose en el vidrio y un hielo perfecto y bellísimo absorbe la temperatura mínima que permite la vida. Reflejos y caras irreconocibles aparecen y se extinguen con una rapidez eléctrica dejando impreso en la retina un canto, un hombro fantasmal, un ectoplasma que persiste aún con los ojos cerrados. No te veo. La garganta aspira ávida el humo de nicotina y su sequedad se ve premiada con un nuevo sorbo del vaso. Ricardo grita eufórico, insiste en contarme algo mientras un perfume único e imposible, suma de muchas ambiciones de intimidad, flota por encima de la densa niebla aupada en vatios. Posiblemente apuramos el tercer trago y los suaves dedos etílicos comienzan a acariciar sensual es mis adormecidas sienes empujándome a la huida, ese terrible deseo que me embarga de salir al exterior arropado por la inconsciencia. Desde donde estamos vislumbro mi chaqueta abandonada sobre una máquina expendedora de tabaco, lejana, tentando con insistencia a mi cerebro para que no olvide su ubicación. No te veo.
Hablar de ímpetus, de tener las cosas claras y mis ojos se distraen recorriendo unas piernas esbeltas y tentadoras, detenidas en la procaz frontera de una falda justamente mínima, rabiosamente estrecha. Continente y contenido inseparable, la imagen sustituye a la forma y el símbolo es una carta de presentación que disfraza realidades más mezquinas. Pero todo está perfecto. Ricardo acude a la mímica en un intento por mostrarle a la sonriente camarera sus peticiones alcohólicas. Atrincherada tras la barra reparte con agilidad el hielo en varios vasos, asiente mecánica la cabeza mientras él se deshace en innecesarias explicaciones. De pronto, al sonar algún tema conocido, una nueva algarada arranca del mostrador a un grupo de personas y moviendo inaudibles los labios, tarareando para sus adentros la melodía, irrumpen en el gran centro. Se entabla un combate corporal de cormoranes en celo al filo de un acantilado imaginario, reclaman a empujones un lugar propio en el que retorcerse y nidificar.
Los vasos están otra vez llenos, su transparencia azulada se oscurece bajo las luces de los botelleros.
—A veces pienso que la gente no posee. . . —Los sonidos se alejan entorpecidos por la muchedumbre. —Como para poder emprender, por sí… —Nuevamente se pierde la voz, Ricardo acerca con exageración la cabeza promoviendo un hueco, un pequeño lugar donde el poco espacio libre de sonidos permita la propagación sin interferencias. Pero insiste, sin logros aparentes. —La idea que sería su verdadero…
Imposible el diálogo, aquellos mensajes cifrados e ininteligibles me obligan a fruncir el rostro evidenciando el inútil esfuerza que me procura. En el fondo me da igual, todas aquellas frases caen al suelo y se mezclan con las colillas, humedecidas en agua negra serán barridas y depositadas en el cubo donde la cerveza fermenta caustica y descompuesta. Yo le sonrío y alzando los hombros justifico mi indiferencia, entonces prorrumpe en el ánimo una carcajada indolente que Ricardo corea sin saber muy bien el por qué. Abandonamos el local tras perpetuar la dificultosa odisea de rescatar la lejana chaqueta. No te veo.

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