Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Postal Sepia 2/2.

EL DEDO ANULAR.

Capítulo Uno. (2/2).

POSTAL SEPIA.

El sol penetra por la ventana y se instala sobre la mesa iluminando las amarillentas hojas. Su claridad es incapaz de hacer luz. La lectura se hace tediosa, demasiado alegórica e ininteligible para un mediocre lector de un siglo materialista y engreído. Capítulo seis: “Los hijos de dios y las hijas de los hombres”. Hijas de los hombres, verted sobre mi cuerpo el alma sucia de la tierra, cubridme con la lisonja de creer que entre vuestros brazos seré salvo. Imagino me miras, que me arrebatas el libro y te pones a leer en voz alta.
—Trae eso para acá, deja que yo interprete. —Y es la voz nasal, las “eses” finales despareciendo entre tus caninos dientes. Mirarte mientras lees. Solo mirarte.
—Los hijos de Yahvé se sienten atraídos carnalmente por las hijas de los hombres, bellas, desconocidas, amparadas en la mórbida concreción de un cuerpo sutil y distinto.
No sabrás nunca que miro esperanzado al móvil, que la mañana está radiante y me empecino en permanecer pegado al recuerdo. Tú, en mis ensoñaciones, dirías que los ángeles, que las hijas de los hombres, y te insinuarías en guiños y pucheros, en boquita de besugo, en trocitos de almíbar. Arcaísmos peculiares y esquivos del deseo y de pronto me echarías de tu lado cuando la mano reptase, cuando sintieras que los dedos se internan descarados por la braga, que hurgan, que embisten subterráneos.
—Te quieres estar quieto, — “No permanecerá mi espíritu en el hombre” seguirás leyendo. —¡Por todos los santos, estate quieto de una vez!
Y deducir la mezcla de sangres, el reflejo que la coyunda trae de las alturas. Julia pregunta escandalosa en mi imaginación, de esa manera atropellada con que noquea a su interlocutor, ahogándolo en vocablos que no esperan respuesta. Y yo te diría que sí, que la coyunda consume, sobre todo con los ángeles, que si ves un ángel huyas, que como te sorprenda con un ángel te la ganas. Recuerdo.
Como una esquizofrenia, el móvil tamborilea sobre la madera, número desconocido, dejar en el párrafo una señal hecha con lápiz, lugar al que regresar.
—¿Lucas? ¿Qué tal, cómo estás? —Un leve vacío. —¿Sabes quién soy? ¿No?
No sé el camino que has tomado, si lees los signos que en el aíre habitan o si tienes un pacto con el mal. Tal vez posees mapas donde se insinúan las líneas, los vericuetos del espacio y el tiempo. Sea como sea, estás ahí, de pronto, anunciada y sin previo aviso. No puede ser.
—Como no, —respondo, —Julia…, Julia Martín. —Voz nasal que recuerdo. Sentirse estúpido, agregar a tu nombre lo infalible del apellido. Julia, tú eras tan solo eso, Julia. Ojos castaños donde leves matices sienas se inscriben entre líneas negras temblorosas. Pelo caoba con olor a musgos en las tardes de siesta.
—Resulta embarazoso, ¿no crees? —Disculpas innecesarias. —No sé, me viniste a la cabeza y me dije, ¿por qué no llamarle?, y ya ves, voy y te llamo.
Un soplo apenas, una leve brisa henchida de mediodía y almas. Costa impenetrable del misterio. Tú no lo sabías, no podía conocer al desconocido aniñado, ni la venta recortada en el aíre, del alcornoque que gime en silencio. No podías saberlo.
—Bueno, ¿qué es de tu vida? —Seguro mientes, tienes que saber, si no todo esto es una locura, el deseo subiendo paredes, estercolando el país de las lilas y los vencejos.
Y ahora hablas, como si nada, como si lo de ayer fuese un episodio que no te pertenece. Y me das una nueva dirección, y lo de las oposiciones. Y mientras tanto te columpio, te muestro unas yagas que, con paciencia, he ido construyendo, y digo que sí, que me des las señas, el lugar donde te encuentras.
—Espera, —le digo, —voy a tomar nota, no tardo. —Alboroto de la búsqueda urgente, cajones asaltados por furias dactilares, apartando papeles, aferrando un bolígrafo cuya tinta, seca y mustia, se resiste a salir gráfica y necesaria. Un nombre de calle, un número, un orden mágico que accede a tu morada. Y la memoria del móvil reteniendo los dígitos, tonos musicales, divinos. La correcta fórmula alquímica que persigue el andrógino, el logro deseado de la fusión en aras del otro.
—Cuando te parezca me llamas… En serio… Eres demasiado olvidadizo, seguro dejarás pasar los meses antes que te dignes… Como si lo viera. —No era eso y lo sabes, era la sábana y la cinta adhesiva, son la cuchilla y los insomnios de lengua y cartílago. Eras tú.
—Mira, mejor quedamos ahora. —Me dices. —¿Qué tal el viernes? Cenamos, hablamos, damos una vuelta, no sé…, si lo dejo en tus manos seguro en navidades me mandas una tarjeta.
Atropello mudo, abuso verbal que se aquieta dubitativo. El corazón como caja desvencijada que se siente incapaz de contener sus sangrantes pálpitos.
—Estupendo, el viernes entonces, a las ocho u ocho y media. ¿Te parece bien?
Pude soltar un magnífico, ¿maravilloso?, ¡insuperable!, elección final que se decanta por un comedido estupendo. Ella elige el lugar, Julia instalada, nuevamente, por los alrededores de mi vida, acecha, irrumpiendo como si nada, con esa falta de respeto, de tacto que, a veces, demostramos hacia los demás. Y la memoria queda perdida entre el dolor y unos ojos castaños, unos sienas desvaídos que reflejan el otro lado, cómplices eternos de aquellos inciertos hilos.
Necesitaba masticar, saborear la madrugada de los grillos mudos, aspirar el aroma de lo inevitable. Andrógino, edén, Génesis, indiscutiblemente otra vez caminando entre tus pasos.

Hacia el mediodía:
Siempre he tenido una peculiar manera de entender el paseo, no como un ejercicio de tranquilidad pedestre, todo lo contrario, una prisa en el andar, una urgencia de cita impostergable. Sumergirse de lleno entre las calles del barrio antiguo, bocacalles con olor a orines de gatos, a humedad marítima y asmática y, de tarde en tarde, alguna fragancia de antaño. Pucheros, garbanzos bullendo entre alegres jirones secos y salados. Un mural odorífero que trae imágenes infantiles salvadas del tiempo por los sentidos. Se puede imaginar un olor, yo lo sé, un sonido incisivo, siringa de afilador en la tarde de indeseada siesta. Resulta grato recordar la primera condena al sueño obligatorio en esa hora en que la luz inflamaba el salón y un mundo, de camisetas, de sábanas blancas, se repartía por dormitorios como un fantasma cómico y burlón. Una invitación al descanso interrumpida por risas contenidas, socarronas que ahogaban en las almohadas entre improperios y amenazas adultas. Al final se imponía el dogma y tan solo el insobornable canario, desde el patio de los alambres, altivo y solidario, aflautaba la modorra con sus estridentes trinos. El pasar de los años, el tiempo cruel y despótico, trajo de la mano otras siestas. Otra baba, otros deseos. El niño se confundía núbil y dejaba que el adolescente ocupara el lugar. Desde ese sitio impar, irrecuperable en su albura, las horas dedicadas al sueño de sobremesa eran las más deseadas. Encuentro furtivo con el propio cuerpo, los descubrimientos secretos del placer ególatra, e ir incluyéndonos en ese universo amable y sedentario de la mayor de las pasiones. Un recuerdo de epidermis, y regresas, estas otra vez rondando mis calles, Julia cruel. Las cobijas te rescatan incólume, colocando la impronta de un gusto salobre y ferruginoso en los alrededores del labio. Trayendo imágenes de sangre que se detiene en la comisura de la boca, y es la lengua la que le salva del vacío, absorbiendo la gota que viertes de tus heridas con delectación antropófaga. Julia de labio cortado, de rictus cansino, de hastío sin sorpresas. Una mirada antigua que contempla la escena desde una lejanía insalvable. La sábana sudario, amortajando un cuerpo maltrecho y angustiado. Suciedad de semen y sangre, cabellos y babas. Julia bendecida de sudor, enaltecida en lágrimas. El deseo transformado en un túnel oscuro, epitelial, cobijando del tiempo como un útero pétreo, la cueva de los tesoros, ancestral, que despierta la claustrofobia primera, trascendencia edénica y después, siempre, la huida y el silencio, salida a un aíre benéfico que era incapaz de limpiarnos. Sin miradas, asombro y miedo, asustados de nosotros mismos, de esa extraña conjunción que nos arrebata con una precisión infinitesimal hacia el paroxismo más atroz. La vergüenza, los solitarios pensamientos, no desear esbozar siquiera un lo siento, y era tanto, tanta la vergüenza y el dolor. Y ahora, después de todo aquello, de los meses subterráneos y fugitivos, vuelve la familiar voz, la nasal presencia a invocar al ritual. Como entonces, se abre una puerta hacia el córtex, un largo pasillo donde la oscuridad nos tirará frente a nosotros mismos. Un ejercicio de autoconocimiento que implica revolcarse en el magma ardiente de los fluidos, en el lodo improbable del dolor arcaico, y ser rescatado de los días aciagos, de los terribles y peligrosos días perros. Y otra vez los hilos, un viernes se abre donde el reencuentro se va a instalar en besos esquivos, mientras las manos, como aves inservibles, se estrecharán en una blandura desapegada que evitará un contacto prolongado. Resulta curioso comprobar como el olor a ebullición, el penetrante hedor de gatos, me llevan a la infancia, me arrastran a la adolescencia anónima, al nimbo mudo de siestas y mitologías, para desde allí, como funambulista que decide dar el triple salto mortal sobre el alambre, caer de lleno en ti, Julia. La Julia de los veintinueve años, la de las lecturas hasta el alba, de los paseos interminables e imprevistos, la maravillosa Julia del “Incontenible Risorio”. Llegas cuando me hayo embarcado en una senda mística, en un desencuentro que intento plasmar de alguna forma. Antes de ti, el desconocido aquel, el idiota lúcido que me induce a leer el Génesis desde otro lado y, al final, como un subliminal presagio, como una fijación subconsciente inmersa en el jabón de afeitar, en la indispensable cuchilla, Julia, el aroma a frutas que retorna desde un incierto lugar. Desde su propio centro.

La tarde:
Nada comparable a la deserción de los horarios, a ingerir alimentos cuando el cuerpo, sabio y comedido, nos lo indica, a dormir cuando la somnolencia se viste de arrobos y soledades. Alejadas de tiempos establecidos, de las normas comunes de comportamiento, mis vísceras conservan su propio reloj, su instinto, la zona donde se está más cerca de la ley divina y que el intelecto, pobre y desarmado, teme innoble y traidor. Pienso y justifico tu acercamiento. Necesito una razón para aceptarte y solo me socorre el deseo. Todo el templo de mi cuerpo es un edificio bendecido y en comunicación directa con Yahvé. Julia santifica el músculo, la piel, arroja a los infiernos las partes de mi alma que albergan la razón y retorna, alegre, de la mano del deseo a las orillas del edén. Es la hora de la deserción irrevocable. Desembocar grácil y gentil en la estancia adormecida del mediodía. Pero no me dejas e insistes.
—¿Por qué buscas una justificación, Lucas?
Te tengo que mirar sin comprender, escuchar tus explicaciones que hago mías, que las acojo con la necesidad del aíre.
—Yo, solo yo, soy tu razón, ¿entiendes?, únicamente yo te doy la vida, te la quito.
La luz se cuela perezosa por las rendijas de las persianas, una invitación implícita a tomar por asalto el sofá y en su calidez recuperar la escena exactamente donde la dejamos, en la nada. Retomar el hilo roto y entornar los ojos, una tenue erección toma volumen y forma, el cuerpo es sagrado, ¿la razón?, un enemigo asfixiante.

Comienza la noche:
Cuando despierto, la oscuridad invade el salón, desde el exterior escucho el ulular de una sirena, una alarma olvidada y luminosa. Boca seca y pastosa, alguien insiste haciendo sonar un claxon. Levantar acta, buscar un montón de folios y decidir que hay que dejar constancia, por si lo olvido, porque lo olvido. Crónica de un sueño, escribo, describo desde este aquí que se siente amenazado por las sombras, por el éter incorrupto de una pesadilla. Sí, pesadilla, porque en ella estabas tú. Punto y aparte.
Julia, compartes desde lo onírico un mismo espacio con el desconocido lúcido y el enorme alcornoque, estabais a mi lado, sobre la habitación, ahogándola, exprimiendo sus paredes desde dentro y el árbol parecía tener rostro, almas que desde el centro lamentaban el dolor.
Miro las sombras que se dibujan en el techo, recuerdo cada brevedad, cada pespunte de las imágenes.
Yo era otro, me observaba desde lejos, un Lucas Martel familiar y a la vez distinto. Caras desconocidas, identificables desde la oculta esencia que los sueños hacen reconocibles. De entre todas las imágenes, rescatada por el azar de la memoria, una esfinge destaca en su blancura, una Julia marmórea y sublime descansa sobre una delicada columna. Un busto pétreo que con exquisito detalle esculpe, reproduce, cada semblanza de tu gesto, una fisonomía sin color donde el castaño, el siena, se disgregan en cerúleo tono uniforme. La estancia, desconocida, familiarmente desconocida. El suelo regado por decenas de manzanas rojas que invaden un emparrillado de losas negras y blancas, un ajedrezado espacio donde perfectos frutos rodaban víctimas de mis pasos. Inercia aleatoria componiendo carambolas insonoras, reproduciendo líneas imposibles que proyectan un camino no trazado. Tu busto me da la espalda, ambos miramos hacia el mismo punto indefinido, un ventanal amplio y luminoso que se asoma a un edén improbable por domesticado. Las manzanas continúan rodando, no se detienen, intento entonces situarme frente a tus ojos. Quiero ver como la cara brota de la piedra inerme. Contemplar la perfección con que tus rasgos has sido perfilados, una maestría sobrenatural en las facciones, una viveza exacta que puja por alentar un parpadeo, un halito de tu aliento rebotando contra mi faz. Pero tú prosigues inquebrantable en el detenimiento, insobornable en la quietud de apariencia monocroma mientras un elemento ajeno distorsiona lo mortal y comedido de tu actitud. Una rojiza presencia fluye cubriendo las mejillas, la sangre de siempre, nuestras sangres. Como un púdico velo la veo gotear hasta el cuello, una abundancia cárdena que se desliza por el pedestal encharcando la base en una confusión de rojos. Y los frutos, ambulantes manzanas, y un suelo cuadriculado donde los hilos prosiguen el rito imparable del destino.

Lo leo un par de veces y no rectifico, así, Julia, tal como lo escribo. E imagino que lo miras, que me preguntas.
—¿Qué quiere decir eso de cerúleo? —Y yo te advierto de la cera, del color que en el sueño tiene tu cara.
Me sorprendes con un ademán de los tuyos, alzas el extremo de la falda y vuelves a interrogar.
—¿Te parezco cerúlea?
Y es tu muslo redondo, bronce de catedrales y basílicas, y no, claro que no es cerúleo. Pero desconocemos que aún queda el miedo, desde aquí mismo, de este lado, y tú te ríes y te revuelcas en el sofá intentando evitar que yo compruebe qué otras partes de ti no son cerúleas. Y afirmo.
—Esto tampoco es cerúleo, —y te retuerces en un intento por mantener las nalgas salvas de la inspección, —mira, mira, esto tampoco, —y es la espalda, y callamos de pronto porque ya está ahí, unos pasos delante, en la misma cocina, entonces los escalofríos, el mirarnos confundidos. Me culpas del olvido.
—¿Por qué has dejado la luz encendida? —Digo que no, que estaba apagada, que tal vez tú en un descuido…
Luz de la cocina, descuidada, permaneciendo encendida en el olvido, desde el salón la perspectiva reducida, pero con claridad absoluta, contemplar aterrorizado la bella pirámide que componen un grupo de rojísimas manzanas. Un adorno visual de frutero intenso y temible, inocente presencia. Un sueño, una fantasía donde tú deambulas y la realidad, todo unido, enlazado en un continuo que nada bueno augura. Algo me dice que debo ser precavido. Tener exquisito cuidado.

Antes de la media noche:
El agua de la ducha con su tibieza amniótica me arranca el letargo de la siesta, la realidad retorna tranquilizando la consciencia. Música de fondo desde el salón, la puerta del baño entreabierta, las notas accionando el preciso mecanismo de los oídos. Todo respondiendo a la dinámica de causa y efecto, completando esa armonía grata y conciliadora. Ropa limpia, necesidad de borrar todos los grumos que tu evocación ha dejado por mi cuerpo, en los bolsillos. Recuerdo que para huir del pensamiento no hay cordial mejor que un televisor, que un programa de esos que convierte en meseta las ondas cerebrales, discernimiento disminuido. Disminuido solo soy capaz de componer muecas, ligeros esbozos de sonrisa, fruncimiento leve del ceño, la ansiedad desaparece.
Por fin las imágenes se tornan subliminales, componen sueños irrealizables, prometen un triunfo grosero, cara ruin y pérfida del vocablo vida. Todo un mundo pequeño, una medida a la baja donde el animal se siente seguro y cómodo. Miserias del espíritu desviándonos del verdadero destino que nos aguarda para, después, cuando nos encontremos al final del propio desencuentro, tener que enfrentarnos a la terrible certeza de que hemos obviado lo verdadero e importante. Descubrir temblorosos que hemos lapidado la vida.
Te imagino desde atrás, oyendo la disertación sin perder puntada. Apoyas tu cabeza en mi hombro y te entretienes jugando con el extremo de un cojín, tiras de un hilillo y lo enrollas en un dedo, rojo, le das vueltas y al término del discurso preguntas.
—¿Nos vamos a la cama? Tengo miedo.

Las doce y treinta:
Por hoy te dejo en la distancia, Julia, camino a la espera de un viernes que sé próximo. Desalentado ruedo hasta el dormitorio, antes contemplo las manzanas, siguen brillantes e inmóviles, un bodegón piramidal que yo mismo compuse. Penetro en el habitáculo destinada al pánico, el espacio en que faltas, la reducida concha bivalva donde me desespero y miento. El portátil es arisco, muestra el abandono y recela por ello de las capacidades de mi mente. Antes de tumbarme sobre la cama voy a sentarme delante de él, Julia, para que tú no receles, para que sepas que lo intento, que escribo, rompo y lo intento. Miro el exterior por detrás de los reflejos que el cristal de la ventana devuelve. La noche de la ciudad se desnuda en infinidad de luces distantes y anónimas. Es el mundo a mis pies, algo parecido, Julia. La solitaria tentación del Cristo. Comienzo por escribir.

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