Marcos Estrada, “El Dedo Anular”. Postal Sepia 1/2.

EL DEDO ANULAR.

“Ni yo ni ningún otro pueden
andar por ti ese camino,
eres tú quién debe hacerlo”.

“Hojas de Hierba”
W. Whitman.

“Si hubiésemos querido
habríamos dado a toda alma
la dirección de su camino;
pero mi palabra inmutable
ha sido esta: Llenase la
gehena de hombres y de genios”.

“El Corán”
(Sura XXXII, 13).

Capítulo Uno. (1/2).

POSTAL SEPIA.

Por la mañana:
No es mal comienzo para un peregrino, meditar, seccionar los pedazos que componen las facetas dobladas de todo un día. Ayer de carretera y terrazas. Horas pasadas en la quietud del atardecer frente al diálogo de los avestruces. El árbol, la palabra de un desquiciado y volver a recordarte, pensar que la mención del génesis, por sí misma, puede tener una finalidad oculta, un recordatorio que indica la forma, el método para llegar hasta el sitio que ocupas en el ahora. Recuerdo.

La mañana, deambular nocturno en busca de “esos hilos”, de las casualidades que esperaban en cafés y antros oscuros. Husmear lo irónico con un sentido especial, un imán que parecía atraer a todos los orates que componían la fauna urbana protegida por la noche y, al final, ante cualquier paradoja inexplicable, terminar tronchados de risa, presintiendo que una vez más la linde había sido rebasada. La risa Julia, tu risa aprisionando al vientre entre convulsiones rítmicas y sonoras, una cadencia que decrecía agotada para, después, un único mirar, una complicidad que intentaba expresarse por medio de la palabra, y la carcajada irrumpía nuevamente, sin compasión, terriblemente afectados de “Incontenible Risorio”. ¿Recuerdas? Navegar en una mar procelosa, tú te estrechabas contra mi cuerpo buscando el calor que se esfumaba con el paso de las horas, e indagabas, y preguntabas por síntomas y contagios. Las hojitas de papel que sacabas del bolsillo, el bolígrafo, de tinta roja, para empezar a anotar los descubrimientos que íbamos desvelando entre el tedio y el frío. Estuviste varios minutos con los ojos en volandas, alzados, esa manera tuya de reflexionar, mordías el extremo del capuchón, lo chupabas y la luz borrosa de la inspiración te obligaba a gritar sin darte si quiera cuenta.
—“Incontenible Risorio”, ¿Qué te parece el nombre? —Y estabas feliz por lo sonoro, por su parecido con un no poder aguantar, con una necesidad de reventar que presionaba el vientre. —Así le llamaremos.
Y lo repetías desde otros ángulos y formas, acentuabas, preguntabas, afirmabas y las palabrejas tomaban razón y forma. Correcto. “Incontenible Risorio”.
Ahora el café, después la copa de brandy, primero uno, ahora lo otro. Afuera lloviendo a cántaros y nosotros atrincherados tras la mesa de una cafetería.
—Resiste Lucas, bebe despacio, así dura más.
Y colocar el pelo tras la oreja, las hojitas esparcidas, número uno, número dos, numerar el margen, con dedicación, totalmente abstraída en esa labor de rutina. Y seguir con el mismo juego.
—A ver, ¿coloración rojiza? —Esperas mi aprobación.
—Buen síntoma, claro, visual. —Copiabas al lado de una letra “A”, con firmeza, el primer punto de toda una sintomatología futura.
—¿Y el babeo? ¿Incluimos al babeo? —Yo dudaba y repetía fórmulas.
—No sé Julia, ¿el babeo?
—Yo babeo, —afirmabas totalmente contrariada, —sabes que babeo. —Y lo repetía y babeaba cundo babeaba.
—Está bien, —cedía, —incluye al babeo. —Pero ahora es no, te niegas, pretendías que aceptara el término rendido, con convencimiento total, sin dudas.
—Si no estás completamente seguro no lo incluimos, hay otros síntomas, no necesitamos al babeo. —Y me tocaba defender la postura que ella había albergado y postergado alternativamente.
—Babeo cuando me besas, —le argumentaba, —pero es otro babeo, más diluido, como un agua gorda.
—Me gusta eso del agua gorda. —Y se te iluminaba el rostro. —Dame tu agua gorda. —Besabas como un súcubo. —Seguir enunciando.
—El babeo del “Incontenible Risorio” es espeso, un hilo grueso que pende del labio inferior, que se enfría de inmediato y que, a veces, cae sobre el antebrazo, así… —Y yo abría la boca y dejaba caer una baba llena de brandy, un asco.
Arrugabas la nariz y con un convencimiento rayano en la fe afirmabas sorprendida y orgullosa.
—¿Cómo sabes tanto del babeo?
Segundo punto. Necesitabas otras palabras, más síntomas.
—¿Sudor?
—No, cualquiera puede sudar por variados motivos, nosotros sudamos y no reímos.
—A veces también reímos. —Contestabas con rapidez y malicia. —Tú te ríes, todavía no se el porqué, pero te ríes. No lo niegues. —Se te abrían los ojos, ponías cara de gata amable y pícara. —Ya ves si te ríes.
Descartado, el sudar, de paso el reír, eran propios de otras dolencias. De mi mal perpetuo, de mis razones con Julia.
—¿Y el hipear? Mucha gente hipea cuando padece de “Incontenible Risorio”.
Si, el hipear se establecía como tercer indicio de padecer tan insufrible tormento.

Te recordé desde el entonces, desde el génesis anunciado y viniste junto al jabón, la cara cana de espuma, el espejo reflejando la cuchilla. Te rescaté de un lugar lleno de encuentros, del diván donde aún era posible mecerse sin aspiraciones, como locos, como niños que tan solo precisan de los sueños para recorrer el camino.
Hacía tiempo que no sabía nada de ti, dieciocho meses en que se fue diluyendo el impulso de tomar el móvil, de propiciar un acercamiento. Percibía tu recuerdo como un pastiche seco pegado en la pared, podía modelarlo a mi antojo, destinarle una forma concreta y quedarme con la parte más grata.

Juego de náufrago, entretenimiento de ocio aburrido. Pienso en la alegoría del árbol de la ciencia, en la novedosa interpretación que me hubo regalado aquel majadero. Desconozco si el origen de esa teoría era producto de sus entendederas o, por el contrario, se limitaba a repetir lo leído en algún libro seudocientífico. Tapas blandas. La realidad era que jamás había llegado hasta mí una lectura del Génesis tan original: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra y mande…”.
Si ahora, en este instante, estuvieras aquí, buscarías una biblia, lo sabes, sería un suplicio inexplicable, inaguantable. Buscar, arrojar libros, apartarlos en un intento por encontrar lo que deseamos. El pelo tras la oreja, el otoño pintado en tus cabellos. Sienas, ocres tormentosos y brillantes. Tus torpes dedos hurgando en el intratable papel cebolla de las páginas.
—Odio este papel, Lucas, es un cepo, mira, saltas hojas y se pegan, resulta imposible deslizar el pulgar y dejar que corran libres. Lo odio. —Tus odios, el odiar los lunes, un odio de lugares planos. —Son planos, —decías, —mira esa gente, compra, no saben hacer otra cosa que comprar y esperar el estreno del nuevo programa de fin de semana, después la película del sábado. Eso, eso es lo plano.
Odios de Julia, los merenderos y la arena de la playa, las lentejas, los autobuses.
—La gente achuchándote, el olor del sudor me repugna Lucas, no lo resisto.
Continuar inmerso en la lectura, resignarse a proseguir solo, sin tus dedos. Las palabras llegan antiguas y cargadas de significancias alteradas: “Creó, pues, dios al ser humano a imagen suya, a imagen de dios le creó, macho y hembra los creó”.
Imagen y semejanza eran cosas distintas, aunque directamente complementarias. Puedo deducir que en el fondo esta es mi verdadera advocación, nuestra lucha continua. El encuentro de las partes, la infructuosa búsqueda de lo unívoco. Julia-Lucas, el andrógino deseable, la complementación casi vomitiva, el sueño ansiado. Un deseo centrípeto, un paraíso donde las dos caras sea un todo y donde, huir de la separación buscando el núcleo primero, resulte imposible, y que en ese logro se halle la verdadera paz para el alma. Constante referencias al recuerdo, al pasado limitado y comprobar que, más atrás, no hay nada. ¿Nada?
Era la imagen de la contradicción en la que parecíamos recrearnos, los elementos que funden un mismo anhelo buscando una destrucción creadora. La pérdida de la identidad propia en beneficio del otro, del resultado de la gran obra. Acaso era repetir una y otra vez la eterna lucha, odiar a Julia, pensar en Julia. Recordar la fusión, ese perdernos, ese buscarnos.
Tú, seguro, hubieses abjurado de la maldad que contra la mujer encierra el Génesis, hubieras disertado sobre la contradicción de vírgenes y meretrices pariendo hijos de dioses. De la serpiente como símbolo fálico que, alguna mente castrada, había ideado como sustitución de su imposibilidad para doblegar, para penetrar y tomar posiciones. Me parece oírte.
—Lo que esas mentes enfermas querían, padres de la iglesia, es que asociáramos el pene con la serpiente, que la mujer huyera de la serpiente-pene, que fuese un suplicio, una violación consagrada. —Para después agregar. —¿Me entiendes Lucas? La mujer alejada de la víbora, del conocimiento y, a la vez, sintiendo la culpabilidad de ser origen de la caída.
Leer por encima del hombro, tu aliento golpeando la mejilla. Así hubiese sido. ¿Me entiendes, Julia?
—Comer del fruto era elevarse en igualdad, poder discernir entre lo bueno y lo malo, lo profano y lo divino. Abrir un territorio que siempre le había estado vedado al ser humano. Podía pensarse con total congruencia que el estado edénico correspondía a un estado mental, un sopor donde resultaba imposible elegir, parecido al que los animales gozan. —Te lo hubiese explicado y tú seguirías yéndote por las ramas.
Me hubieras dicho del desconocido, dictaminarías que, a pesar de las pastillas, del tratamiento a que se veía sometido, el extraño personaje tenía razón, que la locura siempre era una parte más de la insidiosa razón. Y no te hubieses equivocado, pero entonces estabas esperándome desde otro sitio, y yo, aquí. Pero insistiría, como antes siempre.
—Negación de los recuerdos. Ninguna apreciación entre maldad y bondad y, por lo tanto, como un presente continuo, la incapacidad para emitir juicios, para juzgar, incluso, al creador. El hoy perpetuo, sin medida, resultaría inútil para localizar hechos y plasmarlos en el espacio. Anulación total de la consciencia, triunfo y paz eterna. Pero la ingesta de ese fatal fruto trajo consigo la expulsión de ese estado, entonces llegó el dolor, la punzada evidente y disuasoria que esclaviza al impulso. Y ahora la guinda, inventar el miedo, argonautas de la oscuridad. Miedo al hambre, a mañana, a la libertad recién conseguida, pánico a devolverle a ese dios el antiguo ojo por ojo. Y ambos, erigidos en señores de nuestro destino, de nuestros pasos sobre este remedo absurdo de paraíso. Aquel dios, cruel y temeroso, inventó la expulsión no como castigo, el miedo a que el ser humano a su vez tomara el otro fruto, del árbol de la vida eterna, le obligaron al abandono de sus criaturas: “He aquí que el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, en cuanto a conocer el bien y el mal, Ahora, pues, cuidado, no alargue la mano y tome también del árbol de la vida y comiendo de él viva para siempre.”. ¿Por qué Yahvé utilizaba el plural? “…como uno de nosotros…”.
Como tú, como yo, uno de nosotros. Tendrías un nuevo motivo para agregar un nombre más a la lista interminable de tus odios.
—¡Odio a dios, le odio con todas mis fuerzas! —Y sabría que le odiabas, que no era el arrebato de un momento, porque ese dios, llamado de vida, te obligaba a renunciar a ella, porque su expulsión te parecía vengativa y reducida. Un sentimiento de mezquindad que tú no llegabas a entender en un dios.
—Ahora el hombre discernía, Julia, podía diferenciar. La ley divina amputada se sustituye por lo humano, el instinto se aleja ante la razón victoriosa. Fueros, tratados, moral, todo un amplio abanico de invenciones reemplazando al estado anterior y natural.
Dirías que era mucho peor el remedio que la enfermedad e indagarías en las pupilas.
—Dime, Lucas, ¿qué es mejor? ¿Tú lo sabes? —Y yo lo sabría, pero no diría nada, porque pensarías que me estaba riendo de ti y vendrían los puños, la bocanada del insulto y los leves rasguños.

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