Marcos Estrada, Fábula del Caminante. (Final).

El Final…

El caminante dejó la senda, ya no había trochas ni veredas. Sus pasos describían caminos imborrables, no precisaba estrellas que le guiasen, referencias luminosas en sus noches delgadas. Se sintió faro y con una sonrisa sin reproches arrojó lejos el zurrón que le había acompañado en tantas otras soledades. Atravesó aldeas sin detenerse, los niños le seguían danzando, repetían como un sonsonete un estribillo jocoso y cruel, el loco miraba y no veía a nadie. Sus ojos se adentraban por las coloreadas vidrieras de las moradas de los aldeanos, más no conseguía ver a nadie. Su mirada buscaba un rastro de vida en cada gesto, en cada sueño velado, pero no encontró a nadie. Llamaba a voces, alborotaba los corrales con sus dementes gritos. Los establos coceaban alarmados cuando penetraba en ellos interrogando a lo mínimo, preguntando absurdas mezcolanzas sobre el árbol, sobre la piedra y el agua.
Pero, al otro lado, nunca hubo nadie. —Ha perdido el rumbo. —Comentaban las comadres en el mercado y su silueta aparecía bailando entre los mercaderes. Harapiento cubría con retales su cuerpo herido. Peonza infantil, trompo que gira y gira hasta besar abatido la dureza del suelo, y con un salto, mirando al hombre y su mezquino mundo, adentrado en sus pupilas, corría hasta el pozo y aferrado al brocal gritaba:
—¿No hay nadie? —Y la sabia voz que dentro habitaba le contestaba abatida.
—Nadie, nadie, nadie, nadie…
Y volaba abriendo sus brazos, quería imitar el vuelo del ave, y graznando coma un mirlo ceñudo, les iba diciendo una a uno.
—Escuchad al genio que vive oculto en el agua. Yo hablé con él. ¿Sabéis lo que me dijo? Un secreto que ni los más sabios de entre los sabios conocen. Con voz de río, con el grito multitudinario de las cataratas, con pequeñas voces de fuentes y arroyos, la verdad me fue desvelada. Reíros, ya no tengáis miedo, porque al otro lado no hay nadie.
Y volvía a remontar su imaginario vuelo, corría entre las gentes humildes e ignorantes y al rozarles con sus dedos les espetaba su terca palabra.
—Nadie, nadie, nadie, nadie…
Una tibia tarde, sentado sobre unas piedras, mirando el entrecortado evolucionar de los insectos, se puso en pie. Como una garza quedó apoyado sobre una única pierna y con lágrimas en los ojos dejó que la luz entretejida en los árboles dispusiera sobre la frente la filigrana inquieta y mudable de sus reflejos.
Emitiendo una palabrería inaudible dio gracias una vez más cuando comprendió, cuando todo su ser sintió que, jamás, habría nadie enfrente, si antes, de este lado, no era ya alguien quién llamara esperanzado. Supo que tan sólo se movía en un falso reflejo de sí mismo, entendió que todo se multiplicaba como la reverberación de la luz sobre el río, como el brillo estricto que se desprendía de las piedras, como el mudable alentar del sol sobre las inquietas hojas.
Espejismos para navegantes, cantos de sirenas que se repartían diferentes en los oídos de los que escuchan. Letanía, algarada, sinfonías estridentes que ocultan la sencilla melodía que todo canta. Un cántico unánime que se ahogaba en ecos, las notas simples y llanas que se desprendían al unísono por todas partes. Sólo él parecía poder oírlas. Como plateados dedos de hadas peinaban sus descuidados cabellos, como duendes de luz festejaban sus pasos zascandileándole los pies, el atormentado paso de todo caminante. Saltó desde la peña en que se estremecía y corrió totalmente poseído por aquellas presencias. Le dolía el suelo que pisaba, llegaba a escuchar el lamento contenido del aire que su pecho albergaba. Gemían los campos con su abatimiento eterno.
—¿Por qué? —Se preguntaba. —¿Por qué negamos la sal? ¿Por qué condenamos a la negritud aquello que por derecho pertenece al viento?
Corría asustado, oculto tras los árboles imitaba el esdrújulo verso de la lechuza y repetía como un reloj cadencioso y puntual.
—No hay tiempo. No tienes tiempo, se te acaba todo tu tiempo. —Y volvía a reír sonoro y cristalino para, como fulminado, detenerse estático, entonces describía una espiral sobre su sien y repetía una y otra vez su cantar.
—¿Loco? ¿Estáis condenados a la locura? Dímelo tú, pequeño loco. Tú que esperas, tú que sabes. Tú que sembraste y por lo tanto esperas recoger los frutos. ¿Por qué te estás volviendo loco? Se te secan los ojos, por igual se te seca el alma. ¿Lo notas? Esa ironía que viertes es tu alma seca, ese desprecio con que nos esquivas es un sucio y reseco jirón que se te ha desprendido del espíritu. ¿Por qué te has vuelta loco? ¿Es que acaso ya no sabes soñar? ¿Es qué te han arrebatado la gracia, la santidad que la inocencia te había regalado?
Y retornaba con un salto a encaramarse sobre la piedra, retomaba la actitud de la garza preguntando a todo aquel que por allí pasase.
—Mira tus bolsillos. ¿Qué es lo que tienes? Yo te lo diré: nada. Busca bien y veras como, aunque algo encuentres, no hallaras nada con que humedecer tu quebrada alma.
—Por tres noches le vieron recortado sobre un leve alcor, permanecía en ayunas austero y comedido. Cantaba para sí, tarareaba un cántico monótono de nana balanceándose hacia delante y hacia atrás, como si un dolor le conmoviera las entrañas.
Tres días de caminante, tres noches andando dentro del camino y una mañana en que todo se repetía una vez más cotidiano y milagroso, comprobaron como sobre la colina no había nadie. Sólo un tímido árbol joven y vigoroso se agarraba posesivo al verdeante terreno y, cerca de él, una extraña piedra, que el sol vestía áurea con un arcoiris tornasolado y que la hacía refulgir con su luz insidiosa y esquiva. Desde esa jornada y para siempre, aquel promontorio fue llamado “El Otero del Loco”.
Fueron cuentos de viejas, narraciones para oír al calor del hogar en las tempranas y frías noches que el invierno traía consigo. Decían que cuando alguien agonizaba, una extraña figura de hombre bailaba al atardecer sobre el Otero del Loco, que vociferaba al oído del difunto palabras de consuelo. El helado viento de las montañas repetía esas palabras. También decían que, si pegabas la oreja donde el agua brota, al pie de la fuente y el arroyo, podías escuchar como decía una y otra vez, con acento de campanillas alborotadas, su consoladora letanía.
—No temas, si no eres nadie, no te encontrarás con nadie al otro lado. Descansa y duerme arropado en eternidad. Tu tiempo ha terminado, no más desconsuelo, no más llanto, se acabó el sufrir.
Pero si realmente eras niño, si la sequedad no te cuarteaba la mirada, otros mensajes traía en su seno aquellas fontanas humedades. Entonces se oía decir.
—No temas, si has sido alguien, te encontraras contigo mismo al otro lado. Descansa tu breve desmayo porque aún te queda un largo camino por desandar. Tu tiempo sólo ha comenzado, di sí a la esperanza, sí a la sonrisa, sí a la ufana y bella alegría.
Al llegar la primavera, cuando revitalizado el suelo se cubre con las guirnaldas de la vida. El árbol del Otero del Loco se puebla de bellas flores, flores que cortadas permanecen por muchos días lozanas y vivas. Flores que las gentes gustan de llevar en los entierros, tiernas flores que adornan el inocente rostro de los enamorados. Flores, simples y sencillas flores.

Otero
Fotografías de Irene Caumel.

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