Marcos Estrada, Fábula del Caminante. (Un Día Más).

Un día más.

Recorrió, tras las orgullosas montañas, una suave ladera al abrigo de sus helados aires. Entre pinos y abetos fue dejando un trozo de su tiempo, con su cálida mano rozaba las rugosas cortezas y llegaba a percibir la inquietante suma de los años. Pasaba la palma abierta sobre peñascos y piedras y, hasta en su inerte forma, descubrió la vida arañando en líquenes, profunda de musgos verdeaba lo aparentemente muerto. Naranjas y amarillos vistiendo la forma precisa de pizarras y granitos, eso era, en suma, la insistencia de su terco horario. Prosiguió bajando silencioso, el respeto del que camina era mudez expectante y con su parca salvedad se hacía oír alto y claro.
Al pie de su sombra, un paraje yermo se extendía detenido, contempló rocas que dibujaban alegorías pétreas de imposibles formas soñadas, Eran altivos caballeros velando el reposado descanso del suelo, guardando un primer recuerdo de invertebrados orígenes. Se internó contemplativo en el eterno misterio que le hablaba susurrante de cataclismos y aleatorias arquitecturas. Y entonces fue simple piedra, guijarro sencillo de ciclópeas construcciones. Fue una turbulencia originaria alentada por el caos, el informe alfa que batía su caldo magmático y pariendo en fuegos, se alumbraba a sí mismo la vida. Presintió su futuro y mientras sus adentros se enfriaban olvidados, supo de su larga y dilatada presencia entre las cosas esenciales que al mundo sostienen. Se vislumbró a si mismo soportando al torpe destino de lo inevitable, sepultado o aflorado, sabía que nunca elegiría el sendero. Condenada a ser parte, un todo, pieza sustentadora de sí misma, o simple y llano ladrillo del camino. Piedras, redondas y amigas.
El tórrido sol agrandaba su forma en las inhóspitas jornadas del desierto, una diástole lenta que empezaba inquietándole las mañanas con el recuerdo de que, el movimiento. no era su aspiración. La noche, con su gélida sístole, completaba el ritmo lento de un ficticio pálpito en el que soñaba como la vida debía ser eso, un frío y un calor que empujaban, que enamoraban al aliento infinito apresándole en la inquietud más sagrada. Al alba, de tanto palpitar, se partió en dos su homogénea estampa.
Era humilde en su tamaño, el lento suceder de las jornadas, el paso irreconocible de los elementos, la fueron disminuyendo. Yacía cobijando la ingrata laboriosidad del insecto, proyectando una sombra suave que apaciguaba minúscula el descanso y todo era mínimo en su entorno. Nimiedad de lo útil y necesario. En su tímida geografía se apoyó la arena y mínimamente fue engarzando un rosario de granos, eslabones que proyectaban una duna, Primero una ola de polvo inerte, después una marejada sofocante y altiva que construyó imaginada. De lo menor, lo grandioso y espléndido acodado. Una apariencia de mano tomó su lámina, amparada en su regazo remontó el vuelo y fue cometa en la honda, herida dadora de vida en la flecha. Junto al humano caminó. Hogar alzado, piedra a piedra, brazo a brazo. Cercado en la huerta, sillares en muros de lo sagrado y lo profano. Aprendió por ello, de sus hermanas, que los orígenes participaban de lo inanimado, comprendió que la muerte edifica, que se puede construir desde lo acabado, lo nuevo y radiante tienen aliento de sudario.
Millones de conchas marinas, espirales de ensueño, irisados nácares, coralinos corazones de latir bivalvo, todos compartían el orgullo de ser elemento primordial e íntimo de barrancos y cordilleras. La piedra podía llegar a ser vidrio de sed inalcanzable, ónice por el pecho suspendiendo un retrato rocoso, cristales de mar tallados por poderosas orogénesis, sustento salado del orbe, roca firme donde afirmar el paso.
Entonces soñó con un horizonte de colores, con una distancia siempre inalcanzable donde descansaba la percepción esencial del aroma y la tibieza. Sobre su propio centro recogido, se dispuso a inventar un cuerpo y sin desearlo se transformó en la célula elemental que conspiraba un futuro presentido en movimientos. Pensó la piedra un bosque inerte, mineral y sustraída compartió la dorada sonrisa. Conformó complicadas ecuaciones de verbos hacia el mañana, aun sin estar ni siquiera la primera palabra dicha. Nadie había nombrada a los seres, pero sobre su faz ya estaba el carácter, el símbolo sagrado donde todo lo posible ya pervivía. Y sin ser llamado se conjugó el hechizo del hágase la luz sobre el vuelo y la danza, bajo el beso, al lado del ansia y el diente, cara a cara el espíritu del ánima. La voz que todo lo decía recitó improfanable su canto:
—Piedras compañeras, cercadoras del fuego primogénito, puede que la luz sea en vosotras lecho y nombre de lo perenne. Dulcísima alcoba hacia donde caminan mis huesos.
Despertó de nuevo el caminante compartiendo subsuelo y tarde, tras su piel notó las piedras calladas de la cal. Su boca, de guijarros blancos, sabían de la dentellada y el mordisco tierno. Una única piedra parietal envolvía su razón, y el fruto era sólo un dulce y tierno mineral arrancado a la arena del atajo. Todo agua y piedra, hojas que lo festejaban brincando prendidas del aire, y el eco, piedra rebotada amplificando la mudez. Sus ojos fueron dos cristales sobre unos ventanales absortos que se abrían a un mundo de densa roca dura. Dos esferas girando sorprendidas ante un lar incierto y hosco. El árbol se transformó en su mirada de tierra, en la viva mineralización del empeño, y de ella comía la oruga y la creación toda. Y pensaba, herida, en cuanta piedra contiene una mirada esquiva, cuantas agujas de sal elevan sus garras en las tercas alboradas de las despedidas. —Con muy poco, —pensó, —se conforma el todo.
El orbe tiene de tierra las mejillas, un beso de lodo, una suave caricia de barro eleva a dioses simiente y hombres. Arcilla altiva y moldeable, tienes en el primer fango tu morada y todo lo que te eleva y anima.
El caminante retomó su paso. La mirada antes curiosa fuese tornando olvidadiza. Primero olvidó su nombre, su casa y el motivo fundamental que le hiciera arrojarse al sendero. Creyó encontrarse preparado para desterrar del zurrón los últimos recuerdos y sin atisbo de dolor ni añoranzas, deshizo el pasado de entre sus manos. Como si de una fina imagen se tratase, lo cuarteó, lo despedazó sin premura ni ansia, y una delicada lluvia multicolor de fotografías y hadas muertas pobló sus invictas espaldas. Ahora su andar se haría aéreo, libre del peso de la memoria. Mientras recorría el trazado irregular del camino, sus pasos danzaron una antigua y olvidada melodía perdida y hallada por su boca. Tarareó el cántico original que alumbra los nacimientos. Bailaba coma únicamente los locos son capaces de hacerlo, olvidados de sí mismos y siendo a la vez música e instrumento, voz que recita y observador al mismo tiempo. Decidió, si es que esto se decide, ser extranjero en todo lugar y tiempo, mirar cara a cara a la mañana recién establecida, la recibiría como una gracia en cada una de sus jornadas. Votos hizo de no negar al amor, de no apartar la mirada de los ojos inciertos. Abjuró de negarse en cada frase y decir justo lo comedido, ni más, ni menos, y entregarse por entera a las cosas por siempre disponible. Una vez se nace, y no quería morir mil veces.
Porque se muere, sabía que se podía morir en cada verdadera palabra omitida, y esta era una muerte lenta que negaba la luz instalada en la frente. No se debe malgastar el don preciado de la existencia, por cada vida, un billón de billones de imposibilidades el universo crea, y todo es un leve principio, una interrogante clara y limpia.
—¡Ahí tienes! —Grita al unísono el todo. —¡Ahí posees! —Destilan hasta las más precarias fuentes del verbo.
—Ahí tienes y posees. Toda la vida en herencia te es entregada, para volver a inventarla, para soñarla, y recorremos la gastada calzada que ya otros desandarán, cansinos y repetidos dejamos que los brillos se angosten, que las opacas presencias expliquen el encorsetado sentido de las cosas, y así es como recibimos una dote ajada y vieja. Nombres vacíos y secos, pasiones que surgen desdentadas.
—¡Ahí tienes! —Un libro en blanco para llenarlo con tú aliento. Deletrea e inventa un final para toda la existencia, con tu propia mano, tu cariz y tu verbo.
—¡Ahí posees! Cinco ventanas físicas que a todo lo creado te acercan. A la orilla del labio el sabor se hace cono¬cimiento, por los ojos de tus ojos el universo entero se mira, dios también puede mirar sus ociosas manos, se piensa el pensamiento. Calla y oye, en la distancia el campanario se hace campana, el canto se hace gallo, la voz toma la forma sublime de lo que se ama. Por el oído de tu oído se hace sordo el silencio, y se puebla de amables y sonoras ráfagas. Con el pie de tus dedos, diez caminantes recorren los páramos más secretos, acechantes animales que moldean una idea y transcriben lo que leen en la piel y las cosas. Tacto de tu tacto, hay una mirada sin brillo ni color que permanece en la oscuridad terrible y la realidad toda, por estos cinco senderos, se nos acerca y entrega.

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