Marcos Estrada, Fábula del Caminante. (Segunda Jornada).

Fábula del Caminante. (Segunda Jornada).

Una suave colina descendía hacia el valle tapizada de hermosas flores salvajes. Su colorido reventaba en mil formas distintas que contenían fragancias suaves, inundando el aíre, embalsamándolo con sutiles aromas imprecisos. El caminante vislumbró una fina línea plateada, reverberando surcaba y dividía las tierras bajas en dos mitades. Un grácil arroyo repartía vida en aquel hermoso lugar, vestía de verde su delicada geografía poniendo alas en las aves, zumbidos en los afanosos insectos y berridos de lucha y amor en los ciervos. Miró hacia la lejanía, el trepidante caudal bajaba de empinados picos, de crestas broncas donde el frío y los hielos poseen un imperio blanco, y navegando el valle, descendía retozador y ufano hasta perderse melancólico entre los pastos y mimbrales de las tierras bajas. Allí otros cauces, otras voces, se unían formando al gran río, al grande y melodioso canto del agua.
El sosegado caminante se dejó llevar por la pendiente, sus pasos sentían un arrobo de piedras y tiernas plántulas que cedían al embate de su inclinado querer. Hasta que el terreno se hizo estable y de golpe, como envuelto en un poder de nigromante, se encontró rebotado, multiplicado y reflejado en una limpia agua que, alborotada y niña, brincaba y corría atropellada en cientos de espumas, en miles de gotas que se erizaban en trinos. Se topó de frente con el misterioso rastro del agua. Él desconocía su líquido lenguaje, su murmullo burbujeante y cósmico que desde su fondo ascendía como palabras.
En la cuna fluida descansó sus pies exánimes, con su frío velo recompuso el fatigado semblante y en un acto de entrega mayor, como espíritu libre que a todo se entrega, bebió su sustancia eterna animando el exhausto cuerpo y haciendo menos pesada al alma. Se sentó en su ribera el caminante y apoyando el codo en una inerte piedra, bendijo al sol, dio gracias a la nube y a la escarcha, disponiendo así su espíritu para un frugal ágape. Comulgó del pan y las frutas, se ensalzo con el plácido sabor de las bayas, se hizo de nata con el queso y bailarín del aire cuando entonó su flauta y, una vez templada el ánima, durmió junto al retumbo del cauce arropado por espadañas y libélulas.
Como un pedazo de hielo su cuerpo se fué sublimando y corona helada en las altas cordilleras fue, nieve fría encubridora de los reinos del águila. Los extensos picos, que como agujas señalaban los caminos no trazados, fueron su morada perfecta. Místico del mundo pasaba sus días apartado, lejos del valle purificaba su esencia íntima fortaleciendo ímpetu en la contemplativa soledad. Comprendió que el silencio es doloroso, la mudez de la boca hacía que todo el ámbito le hablara y asimiló lenguajes arcaicos, idiomas olvidados.
—¡Oídme! —Gritaba la seca hoja arrastrada por el viento. —Mi mustia fragancia, mi quebradizo y hueco perfil me deja volar. Para mí la muerte tiene alas.
Y chillaba desde la más sublime altura la rapaz, gritaban sus alas extendidas cortando la espuma de la nube, su cola en abanico, como timonel que surcara gaseosos mares, frescos océanos. Blandía el goce ingrávido del que sabe imaginar. Cosmos perfecto y azul cuyo entorno pertenece tan sólo a lo elevado.
Y tanto su alma se dulcificó, con tanta mansedumbre envolvió sus gestos, que ascético se quemaba y el sol amigo, escuchando su queja y lamento se apiadó de la súplica, y señalada por su dedo, le fue concedida la gracia del movimiento. Una templada mañana, despejado el horizonte de brumas y nieblas, sintió como su forma de cristal se deshacía, quebrado en limpio sudor percibió como su continente se menguaba desobligado de lo estático. Y su voz se hizo niña, corriendo del brazo del desenfado olvidó la seriedad de la renuncia precipitada ladera abajo. Su acento cantarín iba coreando la eterna canción del charco y el agua, de piedra en piedra, de tajo en tajo, Recorrió distancias, saltó por torrentes y descubrió parajes donde nadie jamás hubo cantado. Allí se hizo líquido y esbelta adolescente de espigado tallo, y fue sufriendo las efervescencias de la pasión primera, la emoción purísima del deseo hecho imagen en la memoria. Sublimación del suspiro que busca el inevitable roce y en él se queda, adormecido por el recuerdo cristaliza, y ya es para siempre un trozo de ámbar perdida y perpetuamente buscado. Por los restos de sus días vagará el ahínco primero, olfateando su presencia, confundiendo al destino en una infructuosa búsqueda. Y cantará la fuente desde su tálamo:
—Nunca más el oro fulgurante de los labios primeros. La dulce ambrosía no retornará para hacer temblar la mano. Su espiral de hidromiel no volverá a dejarte indefenso ante una única mirada. Llora, infeliz, la pérdida. La insinuación de un brillo tomando forma en los cabellos jamás será por ti vislumbrado y todo, y por siempre, será buscar en hoy la dulce y aciaga presencia del pasado.
Continuó su andadura de agua, por las altas gargantas, y su juventud se asomó a la vida de golpe, con fuerte mano tomó su talle la ruta de lo único, llevando aun tras sí un vasto equipaje, prendas y amuletos del ayer. Seguía siendo transparente pero un viso, una pequeña levedad de lo opaco, enturbiaba sus ojos sin sal y blancos. Con ánimo férreo retó al sol y se sumergió tragado por la tierra bajando y bajando. Por cualquier resquicio fluía su forma, por leves intersticios descendió con voluntad indomable. Fue amo y rey de su propio destino, eligió el rumbo sobre la marcha sin miedo a equivocarse. Las hadas de las aguas le guiaron por peregrinos abismos, donde se sentía detenido, dejaba su vida a merced de la pendiente, y la inercia limpia lo transportaba amorosa en sus brazos. Hasta que un día fue gota suspendida en la oscuridad de un pétreo vientre donde el eco le devolvía, el vidriado susurrar de amigas y hermanas. Encomendó su fortuna a la sólida gravedad, prima hermana, y se dejó caer por un vacío de aromas viejos y calcáreos. Allí se quedó un tiempo por negro inmenso, dentro de un espacio tectónico y huero, y cansado en lágrimas, sollozante, suplicó vertido en silencios.
—Vientre de la tierra madre, olvidado y desconocido albergas mi forma primigenia en una clepsidra de medidas estelares. Confinado en la espera indefinida, tú que todo lo habitas en espíritu y luz, a ti que todo lo cobijas y amparas, pido de tu piedad que oigas a mi norma, hija del movimiento, a la razón de mi esfuerzo que es entrega, y me liberes de estos mundos subterráneos donde, la paz, es un triste ensayo para la muerte.
Aún tuvo que esperar en su petrificada cárcel y orar constante a su clemencia. Más como nada dura eternamente, una sacudida revolvió visceral su anatomía hasta las entrañas y un tumulto de movimientos empujó alegre su latencia y nuevamente fue carrera, galope nuevamente, y encontró la fractura donde discurrir alborozada. Atropellos y empujones hicieron que una luminosa mañana despertara siendo fuente.
Hasta allí llegaban bestias y hombres con una común carencia, con un deseo común en el que se hermanaban iguales y dichosos al descubrirla. Pensó que estando arriba, descendió hasta abajo que, habiendo viajado por la luz, fue negritud y sombra. Nada permanecía en su sitio por mucho tiempo. Mucho tiempo era un sólo año para la hoja, mucho tiempo eran mil constelaciones para la piedra, nada podía ser medida en el espacio. No existía el metrónomo capaz de ritmar la vida. Lo que ayer prevalecía, frío, escarcha, vaho, mañana era únicamente memoria del olvido y, hoy, sol, agua y pastos. Todo giraba eternamente, partir era llegar a otro sitio, llegar era el comienzo siempre esperanzado en la partida, todo movimiento y mudanza. La semilla con su sed de árbol, el árbol con su aspiración de fruto, y éste, deseable y dulce, encierra en su expuesto placer un querer de nuevas semillas. Todo canta su carencia con un mismo acento, sólo bastaba oír con el alma y lo que en realidad acerca, lo que une, se nos muestra claro y frontal.
Y aquella fuente desbordó sus límites y formó un regato que resbalaba buscando su destino.
Era un pequeño y suave río. Era una gota de agua humilde. Era las orillas y la ribera entera, los bancos de arena y los ínfimos desniveles donde se espumaba ufano. Légamo y limo, carpa y sapo. Calmo guía su fluir entre cañaverales, dejando su aliento por huertos y regadíos, pintando color en la verdura, ácido dulzor en viñas y frutales. Deseoso y asustado se volcó en un ancho y caudaloso cauce donde se confundían otras aguas, y sintió un amor tranquilo y moderado. Repartió ventura sin recato, ignorante del término mezquino.
Sus aguas, ayer incoloras, se cubrieron de turbias acechanzas, disuelto por su cuerpo, como acuosas cicatrices, llevaba enjaezada la memoria de todo su anterior recorrido. Plasmaban sus ojos parajes del recuerdo, reflejos de atardeceres y villas, luces de ciudades bajo el hierro gris de sus puentes, perros ahogados, grasa inmaterial. Se había dado por completo a los seres y las cosas. Aquel río había vivido.

El mar del olvido y la muerte le esperaba al final del camino. La confusa y anónima infinitud le abría los brazos amantes del descanso, el sueño imperecedero donde pacen todos los ríos. Y con sencillez, sin prisa ni amarguras, fue mezclando su planta, cediendo su identidad en el todo y por fin, fundido y eterno, cerró sus fatigados ojos y durmió.
El dios de la vida templaba calmo la inmensa superficie de la mar, su costra móvil apenas se fue deshaciendo en un vapor ligero y etéreo. Su liviana forma ascendió y ascendió colmando de brillos el pequeño concepto de lo infinito. El frío viento de las alturas y la soledad le conformaron un aliento, y en su puño viajó millas y millas hasta que la noche le hizo pesado y lento. Era una enorme nube y una congoja inexplicable le encogía el corazón, le desangraba en millones de partículas que cayeron imprevistas.
La brumosa mañana despertó temprano sobre las cumbres con esperanzas renovadas, una gélida corriente del norte ululaba por riscos y ventisqueros. Al albor un niño sol, de tardía primavera, descubrió un manto blanco y helado poblando las más altas montañas.
Sitió el caminante la perlada tibieza del sol, la noche le había mostrado en su brillante cristal de ensueños un agua, una esencia vivificante que era precursora de la vida. Un aliento apenas que se transfiguraba en almas y le destilaba en un líquido suspiro. Pensó que tal vez, en sueños, había llorado.
El rocío fulguraba entre la tierna verdura, la luz ejercía su múltiple transparencia asaetando cada gota con su amoroso dardo y, miríadas de pequeñas estrellas de agua, titilaban su fulgor inmersas en un verde cielo. Sitió entonces que todo estaba bien y deseó continuar su camino.

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