Marcos Estrada, Fábula del Caminante. (Día Primero).

Fábula del Caminante.

El caminante emprendió la marcha sin mirar atrás, que es como todo buen caminante debe comenzar la jornada, al menos la primera. Sus ojos estaban puestos en el sinuoso camino que se abría como una gran vela delante de la mirada, el ensueño y el gozo interior pintaban colores de una luminosidad excesiva. Nunca hasta entonces se había percatado de ello, como nunca hasta entonces sitió como una bienaventuranza el aire que se expandía por sus pulmones cada vez que, henchido el ánimo, inhalaba el manso aleteo de la mañana formada en brisas. Incluso los desniveles del sendero eran una alegre melodía que sus talones desgranaban amablemente y todo junto, y cada uno por su lado, iban ejecutando la más maravillosa de las sinfonías que jamás soñara.
Los pájaros despertaban aquella alba primera, sus gorjeos se encadenaban entre los árboles y un coro celestial de alabanzas parecía abrirle la senda, mostrarle el rumbo hacia el que debía dirigir sus resueltos pasos. Era aquella la mañana primera, la primogénita hija de una futura sucesión de mañanas, y por lo tanto la más inocente y preclara de todas. Se lo dijo el aíre, lo coreaban las flores silvestres, las briznas de hierba que la tímida primavera había soliviantado de su invernal sueño. Era la mañana primera y los chatos montes, los centenarios pinos, parecían despedirlo congratulados de su felicidad. El caminante quería ir lejos, así que redujo cuanto pudo su equipaje, aunque no tardaría en descubrir que aún le sobraban enseres y algún que otro recuerdo. Pero no lo olvidemos, era la mañana primera y sus pasos, recién inaugurados, festejaban cada momento único e irrepetible, obligando a sus brazos, invitando a sus manos a agitarse con alborozo despidiéndose de los sembrados, del viejo y sabio espantapájaros del maizal. Dijo hasta pronto con una clara y sincera sonrisa a todo y a todos, hasta que los campos domados, las mansas tierras, dieron paso al bosque virgen y su esplendorosa magnificencia se le introdujo en los poros, le invadió los ojos, y un sabor de corteza y musgo le llenó la boca.
Era la mañana primera y decidió ser bosque. Subió entre los castaños, anduvo entre muérdagos y zarzas, abrazó alerces, hayas, robles gigantes que sus brazos no llegaban a abarcar, y soñó con el mundo primero, cuando los grandes bosques reinaban en toda la tierra, cuando la vida era fresca y verde. Cansado se acurrucó bajo un anciano quejigo, las mustias hojas tapizaban el suelo, lo mullían cálido. Pequeños brotes de hierba espolvoreaban su verdura por doquier. Tenues rayos de luz inflamaban el entorno, se abrían paso en la espesura tachonando de guiños brillos troncos y arbustos. Sus ojos se cerraban dulcemente, con mansedumbre y el caminante soñó.
Era la mañana primera y los dedos de sus pies se hundían en la tierra, se alargaban en la profundidad buscando la húmeda esencia que embellecía su rostro. Al caminante se le enredaron las piernas, con un movimiento retorcido y quebrado se le confundieron en un sólo tronco que sostenía, admirado y ciego, a sus brazos alzados como ramas. También los dedos de las manos buscaron la luz, se estiraron, se afinaron como pequeños y delgados tallos, y de estos, burbujeando bulliciosas, brotaron hojas brillantes y nuevas que se orientaron hacia el sol. El tiempo era otro y el caminante comprendió la quietud, descubrió la enérgica pasividad del árbol, la activa y febril lucha de las raíces buscando silenciosas el sustento.
Las estaciones se sucedían con una celeridad mayor que cuando era persona. La primavera trajo consigo un hervor expectante, sus ramajes eran recorridos por incansables ardillas, sostenían con delicadeza las frágiles nidadas de las aves, un viejo oso pardo eligió su tronco para rascarse las espaldas, y aquel árbol se sintió feliz.
El verano trajo calor y un padecer distinto, tenue y constante. Pequeños frutos fueron formándose donde la flor, su antes florido aspecto se fue mustiando y el cáliz que contuvo belleza y pétalos, aroma y vuelos, engordado en su preñez de polen y abejas, engendró la dulzura. Su tronco, desde dentro, fue expandiendo el volumen y creció. Aquel robusto árbol supo lo que era la felicidad.
Hacia el final de la estación, una calurosa mañana de septiembre, percibió un ligero quejido, un inaudible lamento que venía de lejos y que otros árboles repetían con un susurro. Cerca del lugar un vasto incendio arrasaba montes y llanos, bajaba por las torrenteras devorando toda a su paso y el viento amigo, indiferente y benéfico como un dios, animaba y dirigía las llamas a gran velocidad.
La noche anterior tronó fuertemente, una tormenta seca descargó su colérico aparato eléctrico con encono sobre los pastizales secos, y el fuego surgió hambriento y atroz. A la caída de la tarde una lluvia de pavesas ensombreció el cielo y cuando el sol dejaba, tras las montañas, su esplendorosa cohorte de vida, un resplandor rojizo y amenazante se percibió reflejado en el límpido firmamento. Esa primera noche los grillos no cantaron, las ranas de las charcas vecinas callaron lánguidas, la poderosa lumbre tenía compungida toda la floresta y tan sólo, de vez en cuando, un ave nocturna cruzaba buscando lejanía. Un tiempo más tarde pasaron cerca del quejigo una familia de jabalíes, con apresurado trote se abrían paso sin perder de vista a los jóvenes jabatos que, medrosos, se atropellaban en la huida.
El día siguiente no quiso amanecer, una densa humareda se repartía por todos los rincones del bosque. Un penetrante olor a muerte, a madera quemada, flotaba por encima de las copas de lo que fuera un tupido vergel. Ningún ser que se moviera sobre dos patas, que trotara sobre cuatro, que reptara sobre su vientre, ninguna criatura que volara, saltase o brincara, recorría la espesura hasta entonces rebosante de vida. Nuestro árbol temió por sí mismo. Sintió como la savia acudía a la periferia de su cuerpo, se acumulaba cerca de la corteza preparada para luchar con las llamas. Su verdor, la humedad que contenía, su esencia toda, estaba presta a combatir hasta perecer en un intento por mitigar el avance mortal del fuego. Su piel de madera estallaría en cientos de diminutas explosiones procurando ahogar el ardor, sorprenderlo hasta asfixiarlo, y si perecía le quedaba la confianza de que volvería a ser dador de vida. Abatido y huero, sería cobijo de líquenes y hongos, y estos, agradecidos, realiza¬rían su necrófago oficio necesario y, liberado en humus, retornaría a ser puro y simple alimento.
Pero el azar intervino en su favor cambiando sobre el mediodía el rumbo del aire, las extensas fumarolas que estáticas se repartían por doquier fueron barridas, primero lentamente para, después, con mayor celeridad, esfumarse rumbo al oeste. El incendio entonces se encajonó en una profunda garganta, su agreste orografía de grandes moles pétreas impidió que siguieran extendiéndose avivado y, a pesar de ello, algunas brasas permanecieron brillando en la aliviada oscuridad de aquella noche.
El otoño se le fue colando de rondón, las jornadas se fueron acortando paulatinas, a la muerte del día, sobre las fornidas montañas, grupos de grumosas nubes negras se acumulaban amenazantes sin llegar a descargar ni una sola gota de su líquida mercancía. A la llegada del alba habían desaparecido y poco a poco, a lo largo del nuevo día, retornaban sus gaseosos cuerpos a coronar las cumbres. Durante la noche las cimas se iluminaban como si grandes héroes combatieran sobre ellas y un lejano rumor galopaba por valles y gargantas amplificado y repartido en ecos. Las tonalidades con que la existencia se vestía enrojecieron, las hojas tomaron coloraciones pardas, los ocres, los sienas y amarillos, dieron su pincelada sobre el verde perenne y el suelo se cubrió con un lujoso manto de pétalos secos y pedrería de semillas y bayas que las ardillas se afanaban en enterrar. Ya las aves empezaron su éxodo, los pollos, ya adultos y fortalecidos, iniciaban su primer peregrinaje. Nerviosos y expectantes cruzaban en andanadas los claros cielos de la alborada. Sólo la enamorada pareja de nutrias parecía ajena al ajetreo general y continuaban con sus incesantes juegos por la ribera del arroyo.
Madrigueras, oseras, cuevas y cubiles eran limpiados y aseados en espera del frío. El viejo oso pardo acumulaba grasa para el largo sueño y engullía todo lo comestible que encontraba a su paso, semillas, miel y gusanos, mientras se iba volviendo huraño y perezoso.
Las primeras lluvias llegaron como una delicada melodía sencilla e infantil, Ligeras gotas resbalando de tallo en tallo, de hoja en hoja y que, los nuevos pobladores del bosque, la nueva generación de criaturas nacida en él, miraban acobardadas y sorprendidas. Del cielo caía una leve agua. Los veteranos buscaba refugio bajo los salientes de las rocas y en los copudos árboles salvos del otoño. La vida se fue ralentizando y los hoscos y gallardos pobladores de las montañas comenzaron a merodear por valles y llanuras, y aquel árbol experimentó una satisfacción íntima que le hizo comprender que era feliz.
El invierno llegó una helada mañana de diciembre, sus gélidos dedos de harina espolvorearon de blanco las alturas y poco a poco detuvo al claro arroyo que hasta entonces sinuoso se remansaba en la arboleda. Los brazos del quejigo se fueron despoblando de hojas y sitió como un aire frío jugaba entre sus manos entumecidas acariciándolo. Los pocos animales que se atrevían a vagar lo hacían trabajosamente, sus patas o pezuñas se hundían en una fina textura blanca. Los conejos cambiaron su pelaje, robaron el color de la helada y se hicieron un suave traje que los confundía con el entorno. Los gamos se estiraban acróbatas para arrancar cortezas cada vez más alejadas y horadando la nieve buscaban algo de hierba muerta y subterránea.
Una noche en que la ventisca resoplaba entre las piedras sus inmensos copos que en tropel traía, se escuchó un fuerte aullido que paralizaba aún más que el hielo. La sangre de los pobladores del invierno se hizo de cristal, Un sonido prolongado y lastimero que otras voces hermanas repitieron en diversos puntos del paisaje. Era la lúgubre llamada del desfallecido lobo. En las sierras reinaba el señor de los granizos, virulento y hostil le obligaba a buscar su sustento en las tierras bajas y sucedió entonces que la oscuridad se volvió acechante y traicionera. Carreras y saltos se esparcieron por la noche dejando a su paso un rastro de sangres y huidas ciegas. La ley del bosque no era ni buena ni mala, estaba por encima de tan triviales cuestiones. Cada cual buscaba su sustento y, a veces, era el prójimo quien menguaba en nuestro beneficio. Llovía igual para todos y, para todos, eran por igual abundancia o sequía. Igualdad en la vida y en la muerte. Cuando el bosque ardía, lo hacía la morada de todos, el sustento y la esperanza. Y en medio, como abrigo y soporte, los sabios árboles impartían su prodigalidad sin miramientos. Copiosos cobijaban por igual al gamo que al zorro, perpetuando especies y familias, sosteniendo la fértil tierra en taludes y barrancos, entrelazando sus raíces en un subterráneo entramado que se esparcía suculento y amigo.
El quejigo sitió sueño, su savia, con dilación inapelable, apenas circulaba por su interior y se contempló a sí mismo dormitar amparado en reparador e impreciso universo.

Los pájaros trajeron su gorjeo como un suspiro dócil, merodeando o perseguidos, buscaban formar parejas y anidar, debían darse prisa pues los mejores lugares podían ser ocupados.
El caminante despertó bruscamente, sitió las espaldas doloridas, debía de haber dormido por lo menos un par de horas y no había cambiado de postura durante todo ese impreciso tiempo. Se desperezó con alegría. Parecía que había descansado un año seguido, sus articulaciones estaban anquilosadas y tensas. Creyó recordar un sueño, un simple pedazo desgajado, algo sobre la nieve y un árbol.
Una semilla del gran quejigo, bajo el cual se había acurrucado, cayó sobre su cabeza. El caminante sonrió y de un ágil salto se puso en pie, debía de andar un poco antes de detenerse a comer y, sacudiendo el polvo de sus ropas, prosiguió la marcha silbando una alegre melodía. Mientras hacía esto pensó en varios trazos que acudieron a su mente, bocados de insinuación, imágenes veladas rescatadas del agradable sopor que le invadiera en el bosque. El caminante supo lo que realmente era la felicidad.

 

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