# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Cuestión de Supervivencia”.

#Cuestión de Supervivencia#

Cuando la luz interior del bus dejó de proyectarse sobre la irregular calzada y las luces traseras del vehículo se fueron reduciendo hasta hacerse imperceptibles, Isaías sintió una especie de tranquilidad semejante a la que cualquier individuo percibe al regresar a un lugar conocido y familiar después de haber vagabundeado, sin excesivas alegrías, por un mundo inhóspito y peligroso. Era una sensación semejante a la felicidad. El silencio del entorno, apenas arañado por el ulular de alguna recóndita lechuza, era un bálsamo eficaz, el pensamiento se aplacaba sumiso y dócil, podía pensar con una claridad hasta entonces olvidada. La verja se encontraba entornada, uno de los batientes se balanceaba levemente por la acción de un viento intermitente y frio, aquella circunstancia presagiaba una huida acelerada y confusa. Tanteó el manojo de llaves en el bolsillo, un talismán preparado para catapultarle al interior de los secretos más ocultos de Feraud, decidido comenzó a andar en dirección a la casa. Sus pasos era azúcar triturado sobre la grava, las marcas paralelas del rastro de unos neumáticos señalaban, sin lugar a duda, la dirección correcta en la que debía caminar. La oscuridad reinante y el asilvestrado estado de lo que en algún momento fue un bello jardín, hacían confuso el entorno, ninguna luz, la más mínima claridad hacía posible determinar dónde se encontraba exactamente, ni la distancia que aún le separaba de la vivienda. La lluvia ahora era menuda y continua, horizontal se clavaba como finísimas agujas en el rostro del “Mapache”, deseaba a toda costa encontrarse frente a la puerta principal, entonces, solo entonces, podría comprobar si aquella etiqueta, la designada como “Futuro”, le permitía penetrar en la “Casa de los Horrores”. El crepitar de la cerradura, las traviesas destrabándose, invadieron de felicidad el estómago vacío de Isaías. Era la llave, el pasaporte a la comprensión de cosas que se le enganchaban en el pecho, dudas pervirtiendo el recuerdo de Camile.
Todo estaba a oscuras, el recibidor se le dibujaba mejor en la memoria que en la retina de los ojos, tanteó la pared en busca de un interruptor, el salón se iluminó y la casa cobró vida. Recordaba el lugar, la puerta mimetizada junto a las escaleras, por ella se accedía al sótano, el lugar donde Camile le hablaba a los muertos y jugaba a hacer malabares con sus restos. Giró el pomo y la luz penetró en un ámbito de escalones de madera, un corredor descendente se ahogaba en oscuridades un par de metros más adelante, el infierno era tinieblas, sombras, y estanterías repletas de tarros de vidrio conteniendo carne muerta. Accionó la llave de la luz De cada rincón, de todo espacio, un recuerdo de tardes de asueto y dejadez se filtraba en la memoria de Isaías. Prosiguió deambulando entre los estantes buscando algún resquicio por las paredes que delatara la existencia de una puerta. No tardó mucho en descubrir una hendidura vertical camuflada entre dos hileras de estantes, tanteó la superficie de madera hasta que una protuberancia mínima, casi imperceptible, delató la presencia de una cerradura apenas visible. La llave penetró en la hendidura y sin esfuerzo alguno la portezuela, de tamaño inferior a una puerta normal, se abrió por completo. Un olor penetrante a productos químicos se elevó desde el fondo de la estancia, el parpadeo de unos fluorescentes terminó por iluminar aquella extraña habitación que penetraba aún más en el interior del subsuelo. El “Mapache” descendió lentamente, cada paso dado evocaba un fragmento de frase, una afirmación vertida en el pasado que, en aquel ahora, tomaba corporeidad y sentido. La habitación era muy pequeña, una mesa artesanal de operaciones quirúrgicas presidía la estancia, en las paredes, sobre recios estantes empotrados, diferentes artilugios electrónicos descansaban inertes y en un ángulo, sobre un trípode, una cámara de video enfocando justo al centro de la sala. Aquella rata no perdía ocasión de sacar provecho o experiencia de cualquier acción, incluido el crimen de su propia hija. Isaías fue mirando uno tras otro aquellos aparatos, la mayoría de ellos eran los comunes a cualquier quirófano, solo un hueco, con las marcas dejadas sobre el tablero por cuatro soportes de goma, evidenciaba que una de aquellas máquinas había sido sacada de su lugar.
Allí debió de producirse el asesinato programado y la posterior recuperación. El hombre dejó escapar una blasfemia mientras suspiraba, todo aquello había ocurrido sin su participación ni conocimiento, Camile se había encargado de omitir todo lo relacionado con su tumor, así como sobre el plan elaborado por Feraud para modificar definitivamente el resultado natural del proceso. El viejo químico había pergeñado un plan consistente en inducir la muerte de la muchacha mediante compuestos químicos, la extirpación del tumor y la posterior recuperación del cadáver en su estadio de consciencia más avanzado. El “Mapache” presionó el interruptor de la cámara de video y gratamente sorprendido comprobó que la tarjeta de memoria permanecía aún en la ranura. Imaginó como, la prisa, había sido la causa de aquel olvido. Tanteando botones al azar consiguió que lo grabado se reprodujera en el visor, la pequeña habitación donde se encontraba apareció de repente bajo una luz intensa y blanca, dos hombres con el rostro cubierto por unas mascarillas clínicas parecían estar preparando el instrumental quirúrgico. Sobre la mesa, cubierto por una sábana de tonalidad verdosa, un cuerpo descansaba inerte, supuso se trataba de Camile.
—El hijo de puta… —Musito en un susurro Isaías.
Las imágenes que siguieron le revolvieron el estómago, una sierra eléctrica, hábilmente manejada por uno de aquellos hombres, comenzó a rebanar el cráneo a la altura del hueso frontal de la persona yacente, un líquido rojizo, excesivamente aguado, fue empapando el lienzo que le cubría el rostro. El otro individuo cogió una torunda de algodón y, sosteniéndola con unas pinzas, fue secando aquella aguachirle insana. Su mano retiró la sábana apenas unos centímetros, lo suficiente como para que Isaías pudiese ver, con perfecta claridad, el rostro de Camile completamente transfigurado. Los ojos de la muchacha permanecían entornados y las pupilas, como dos negrísimos satélites, se mantenían fijas sobre imaginarios puntos equidistantes. El cráneo de la muchacha, entreabierto y completamente rasurado, le imponía un halo de irrealidad a la escena y al recuerdo que de Camile aún conservaba. Isaías no podía continuar viendo esa aberración, apagó la cámara y extrajo la tarjeta de memoria sin saber muy bien cuál sería la posible utilidad de esta. Debía buscar por el resto de la vivienda alguna pista con la que poder atacar al viejo, abandonó el subsuelo de la casa y subiendo las escaleras que partían del salón, accedió a la primera planta. Las puertas de todas las habitaciones estaban abiertas y sobre el piso del pasillo algunas prendas de vestir se encontraban arracimadas en montones. Toda la pulcritud y sepsia percibida en el laboratorio se había transformado, con solo subir una planta, en locura y carreras, ciegas carreras. Ignoraba las causas y razones, pero resultaba obvio que el maldito químico había huido de su domicilio de forma precipitada, posiblemente en compañía de Camile, y lo más evidente para Isaías, no pensaba regresar.
Buscó hasta que la mañana, vestida de agua y aíre, arisca, mezquina, dejó resplandores grisáceos impresos por las ventanas. El “Mapache” no encontró nada de lo que andaba buscando, el rastro, las posibles pistas buscadas, se fueron convirtiendo en señales solo por él descifradas. Frases revestidas de ayer se estrellaban contra el suelo con solo ser pronunciadas. En aquel lugar su sombra no se proyectaba al interceptar las ondas invisibles de cualquier luz, no se elevaban en eco las palabras pronunciadas y sus oídos, como madera antigua, eran incapaces de escuchar ni creer en nada. La casa de antaño, la de los horrores, le expulsaba a un destierro sin sentido.

Caminó por la pista de grava sin prisas, la lluvia, lenta, delgada de cintura esquiva, le calaba la ropa, se ceñía a su cuerpo como un traje sin luz de neopreno. Había dejado las puertas de la casa abiertas, la principal y las que se internaban en el subsuelo. No tardaría la Corporación en aparecer por allí, tal vez por eso Feraud había huido, su venganza ya no tenía modo alguno de concretarse y Camile…
Esperó junto a la carretera sentado sobre un hito la llegada del colectivo que debía llevarle de regreso a la estación, el pase aún estaba vigente, debía utilizarlo ahora o arriesgarse a tener que esperar un encuentro con alguien similar a Gastón, una persona desconocida con un mismo interés, regresar a la Necrópolis, algo realmente improbable. ¿Quién querría regresar al infierno? Al verdadero averno. Un lugar pulcro y amable, falso y cordial, un espacio donde el tiempo se encogía o alargaba dependiendo del observador, de sus más íntimas circunstancias. El bus se detuvo y el suave resoplar de la portezuela invitó a ser traspasada. Ahora la vida se plasmaba sobre un virio sucio y empañado, se comprimía entre el murmullo de ajenas conversaciones. Deseos falsos, convenciones de buenas mañanas, todo un muestrario de insultos disfrazados, revestidos por los oropeles de lo convencional. Afuera llovía con mayor violencia.
No dudó ni se sintió nervioso cuando la tarjeta accionó la barra del control de entrada y se encontró esperando al suburbano detenido en un desierto andén, las vías despedían un aroma familiar y odiado de lunes al amanecer, un olor a movimiento definido, exacto y temporal, el embriagador perfume que exhala todo aquello que no te lleva a nada. A lugar alguno.
Era hermoso contemplar las herrumbrosas naves industriales medio corroídas por el tiempo. Gigantes de ladrillo y acero agonizando por décadas, lanzando un aullido de muerte que nadie podía percibir. Solo Isaías era capaz de distinguir los bramidos terribles que la tierra y el cielo proclamaban de continuo, lo otro, el débil sonar de la vida, si apenas musitaba una letanía cada vez más inaudible y superflua. ¿Qué tenía para ofrecer la vida?
El suburbano se detuvo en el apeadero creando un paréntesis insonoro, el controlado vendaval de unos pistones accionaron la puerta y el “Mapache” abandonó el vagón. La claridad del día le supo a poco, hubiera preferido que el sol hubiese perfilado las aristas impolutas de los edificios, arrancado con sus uñas de estaño el blanco final de paredes y ángulos. Hubiese escrito un relato donde Isaías, salvo inmaculado, jamás entró en una casa, ni vio imágenes terribles de maniquíes torturados.
A la izquierda distinguió el hotel, unas luces mortecinas y brumosas le señalaban en mitad del gris, posiblemente aún continuaría clausurado. Encaminó sus pasos en dirección a las oficinas centrales, la luz recién llegada de la mañana no ofrecía claridad alguna, dentro y fuera del espíritu de Isaías la realidad se encontraba profundamente transformada. Su decisión había sido tomada sin consultarle, algo en su empuje transitaba en paralelo a la propia existencia, juzgaba y tomaba decisiones sin consensuar su opinión, como Camile, como toda la existencia misma.
Cuando se encontró en la avenida que le llevaba directo al edificio central, percibió el destello de las luces azules de un par de vehículos de seguridad apostados sobre la misma acera. La locura debía continuar haciendo de las suyas y la lluvia, torrencial e intransigente, proseguía ejecutando el sencillo ejercicio de complicarlo todo aún más. Caminó recto hacia la entrada principal convencido de que, ni una sola voz, ni ninguna mano, le detendría. Lo que iba a suceder obedecía a leyes tan solo percibidas por el “Mapache”, un dictado preciso y detallado donde su mandato, el libre albedrio, nada podía hacer excepto plegarse a los deseos del mañana. Un tiempo esperado por algunos e ignorado por casi todos.
Isaías atravesó la calle salvo de impedimentos y penetró en el edificio sin que voz alguna le detuviera, la locura vista el día anterior parecía haberse suavizado, tan solo algunos operarios atravesaban el amplio recibidor portando maletines de herramientas o pequeños ingenios con ruedas. Sin detenerse en el mostrador de la recepción, encaminó los pasos en dirección a la puerta situada justo bajo el hueco de las escaleras, continuaba franca y, sin impedimento alguno, giró el pomo y penetró en el largo pasillo habilitado para albergar las instalaciones técnicas. Buscó la tercera puerta, aquella que accedía a las salas de recuperación y al despacho del propio Feraud. Nadie se cruzó en su camino cuando la luz mortecina y rojiza del pasillo de servicio dio paso, victorioso y colérico, al resplandor cegador de decenas de tubos fluorescentes. Después todo fue sencillo y dúctil, avanzó en busca de una de aquellas salas, frontera, pasaporte hacia una eternidad limitada y exacta, como debía ser cualquier eternidad. Distinguió como uno de los pilotos situados sobre el vano de todas las puertas, emitía un brillo verdoso, señal inequívoca de encontrarse libre, se miró las manos y avanzó en dirección a esa sala. Nunca antes había conocido el protocolo a seguir, los utensilios utilizados y el orden en que las máquinas deberían realizar su función, aquello para lo que habían sido creadas, no lo necesitaba.
Allí dentro todo era fácil, sin ansias ni deseos, sin nada que olvidar. Tan solo dejar al tiempo realizar su absurda tarea, esa repetición continua advirtiendo de lo hacedero y sencillo que debería resultar vivir. Señalando con absoluta convicción la única senda certera, la clara, la inequívocamente meridiana que no vemos. Isaías, ya en el interior del quirófano, comenzó a desvestirse con profunda lentitud, sentía como si estuviese arrancando la piel a un sustituto de sí mismo, a una mala copia que hubiese suplantado al original. Después fue el ritual, la conexión certera de los diferentes dispositivos, el recostarse sobre la mesa como quién se prepara para dormir una larga siesta, un sueño innecesario y plácido para recobrar las fuerzas. Miró los cuatro viales que descansaban junto a la camilla sobre una bandeja de acero, alargó el brazo, y con un gesto seco y expeditivo, accionó el interruptor que ponía en movimiento la noria final, aquella que le llevaría de regreso a un mundo sencillo, simple, afable.
No sabía el por qué, pero una lágrima le rodaba por la mejilla izquierda en el mismo momento en que tomó con dos dedos el primer vial. Una gota translúcida y perfecta pendía del extremo de la aguja, en ella se reflejaba un Isaías visto por el ojo de un pez, el rostro irreconocible de un loco rodeado de lucecitas de colores. Un mundo cóncavo el de los reflejos, pensó el “Mapache” cuando presionó el vial sobre una de las venas de su brazo derecho. Un calor insano le invadió la extremidad, entonces por vez primera sintió auténtico terror, irremediablemente iba a sucumbir, moriría para siempre sin dejar de vivir. Un pensamiento absurdo vino en su socorro, una duda ridícula formulaba una pregunta incontestable. Cuando fuese un “recuperado” y la eternidad transcurriese y nadie quedara para prestarle cuidados, sin el mimo que la Necrópolis les brindaba, ¿se ajarían?, ¿se estropearían como viejos y polvorientos cojines? El calor del brazo ascendió de repente hasta su cabeza, Isaías lanzó un grito desgarrado y agónico, los buzos de la consciencia emergieron aterrados y la razón se eclipsó tras unos nubarrones negros y grasos.

Una conversación indescifrable, las manos de alguien que le cubre el cuerpo desnudo con una sábana, mirar de soslayo, descubrir que el quirófano se encuentra lleno de gente, gente con batas blancas y verdes, personas hablando del lunes e insistir en intentar mirar hacia el otro lado. Entonces el brazo, ridículo, atravesado como un absurdo cetáceo por un solo vial, aquel que debía procurarle una sedación paulatina hasta sepultarlo en un sueño profundo e indolente, igual, idéntico del que acababa de despertar. No podía creerlo, estaba vivo, entonces la luz turbia de la confusión alumbró el enigma, a los pies de la camilla, la vergüenza más profunda se sustanciaba en tres charcos de colores. Líquido rojo, el que debía procurarle la muerte, sustancia azul, elixir creado para ir preparando a todo el organismo para recibir el nuevo impulso de vida, “merédula” verde, recuperador final. Narcotizado por la primera sustancia, estupidez, estupidez, Isaías fue incapaz de clavar en sus venas los otros tres viales. Estaba de nuevo atrapado, vivo, olvidado y atrapado. ¿Era Romeo o fue Julieta?

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