# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Tres Lados”.

#Tres Lados#.

Tenía asumido el método, la forma de actuación. Lejos de pensar que su mente se encontraba investida de limitaciones profundas y desconocidas, jamás se había molestado en indagar causas y razones, aquella predisposición y casi necesidad incuestionable de precisar elementos externos para conseguir el fin deseado, la fabulación entre otros, lo achacaba a la lógica evolución de una mente alejada de premisas y condicionantes de origen puramente animal. Por algo se encontraba un paso o dos por delante de toda la evolución animal, se animaba a sí mismo para sentirse justificado por el simple hecho de coronar la pirámide evolutiva. Hasta entonces la realidad se había impuesto al deseo, solo una imaginación desbordada y algunos elementos icónicos que utilizaba con moderación y mesura, no fuesen a convertirse en imágenes muertas tal y como le había sucedido con algunas de ellas en el pasado, hacían posible un logro cada vez más incierto y en claro peligro. No analizar, no buscar orígenes ni razones, le hacía creer que los últimos resortes utilizados seguirían siendo efectivos por siempre. En realidad, no era así. En cada ocasión, cada vez más esporádicas y alejadas en el tiempo, en que se enfrentaba a sus fantasmas, los mecanismos fantasiosos resultaban menos eficaces y contundentes. Por supuesto también ocurría, sin poder precisar la causa de su aparición y sin querer siquiera indagar en razones, algunos reclamos inexplicables surgiendo imprevistos y cambiando por completo el desolador panorama de la normalidad. En el interior de su cabeza la idea principal, los motivos por los que no podía acceder a un hecho normal y hasta cierto punto natural, se debía en exclusiva a su condición de ser superior. Los elementos sustentadores de un acercamiento sexual y de un desarrollo posterior normalizado, se mantenían gracias a reacciones básicas apoyadas en respuestas químicas a estímulos básicos y primitivos. Sobre eso no tenía la menor duda.
Como perfecto descendiente de homínidos el factor visual, incluso algunos elementos olfativos, eran causa de la activación del deseo en su más ínfima expresión. El mantenimiento de esas respuestas, el desarrollo ulterior en sentido ascendente, todo eso, era otra cuestión. La filosofía de batín y de chancla con que sustentaba sus creencias bebía de todo tipo de fuentes, sobre todo del génesis y su capítulo seis, autentico descubrimiento que le permitió amparar una teoría incierta pero realmente eficaz. Se repetía una y otra vez, como intentando convencerse de algo obvio y por lo tanto hábilmente ocultado al común de los seres vivos, de alguna verdad secreta dentro de tan cabalísticos textos que era incapaz de ver o descifrar. “Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres…”. Allí estaba el secreto, en esas simples palabras. Imaginaba, releyendo el capítulo con extrema lentitud, como aquellos ángeles, seres celestes y por lo tanto alejados de la carnalidad del ser humano, debieron formular sistemas mentales que le permitieran “crear” una atracción real y constante hacia las hijas de los mortales. Gustaba, tras volver a releer el capítulo seis con delectación, imaginar a unos seres inmortales y superiores confabulando esquemas mentales, lineando un argumento coherente y escabroso que les permitiera mantener, con un alto grado de satisfacción, un coito con aquellos seres elementales tan cercanos al simio. Esa filosofía, los arquetipos que se desprendían de la fábula bíblica, eran para Nuño palabra de Dios y “mano de santo”. A veces solo mano.
Pero por suerte para su psique todo había sido modificado, desde el mismo día en que le presentaron a Camile supo como su vida sufriría un radical y venturoso cambio de sentido.
La propuesta, el ofrecimiento, se encontraba fuera de los cauces legales y el precio, el coste total del servicio, en verdad era extremadamente elevado, pero merecía la pena. Por fin era posible recrear una ficción y elevarla a cotas de realidad lo suficientemente aceptable como para confundir a la mente. Al fin y al cabo, eso era lo que Nuño buscaba, engañar a la razón y entrar en una fábula donde los reclamos naturales, esos que para el animal humano eran suficientes, se viesen necesariamente enriquecidos y agrandados sin la necesidad de acudir a los estereotipos utilizados hasta el momento.

El dinero no era el problema, a pesar de ello la petición concreta estuvo en la garganta merodeando zarrapastrosa temerosa de salir al aíre. Agarrada como una halitosis grave se resistía a abandonar la boca presa de un pudor absurdo. No se producía daño alguno, nada había aún legislado al respecto y cualquier intervención de las fuerzas de orden público carecía de base jurídica actualizada. Nada que temer, aseguraba Tomás.
Durante la siguiente semana se mantuvo en silencio y cauto sin atreverse a marcar el número de teléfono escrito sobre una nota adhesiva que había fijado justo en la puerta del frigorífico. Cada vez que sus ojos se tropezaban con el pedazo de papel amarillo, un recato moral inexplicable le hacía temblar hasta el punto de obligarle a recular hasta el mismo salón. No podía solicitar ningún servicio sin señalarse, sin poder evitar que aquel extraño tuviera conocimiento de sus más sucias pasiones y ocultos deseos. Durante ese tiempo de dudas y temor no estuvo inactivo, buscó una vivienda para alquilar situada en las afueras de la metrópolis, justo en el margen donde los invernaderos, las estructuras de aluminio y plásticos, parecían extenderse hasta el infinito. Una carretera perimetral separaba los últimos invernáculos de la gran muralla, por aquella vía circulaban con intermitencia programada vehículos militares controlando que, desde el exterior, no perforaran el muro y se colaran en la ciudad indeseables habitantes de las tierras enfermas. En aquella ilusoria frontera podría estar seguro y a solas, allí daría rienda suelta a las fantasías que cualquier ser superior precisaba, hijo de Dios en busca de las hijas de los hombres, sin temor a nada. La teoría era fácil. se iría acorralando así mismo hasta que la única salida posible fuese marcar el temido número de teléfono. Resoluto, con un par de maletas en el asiento trasero de su automóvil, sin permitirse pensarlo ni un instante más se trasladó a la vivienda recién alquilada, allí viviría durante el mes contratado hasta no poder resistir la tentación. Imaginaba que antes del vencimiento del periodo pactado acumularía el valor suficiente como para realizar su pedido, dos “recuperadas” en su estadio de consciencia más alto y menores de edad. Solo pensarlo le procuraba un estado de extraña excitación y zozobra.
Doce días después de haber realizado el traslado, sentado en un sillón del salón de la enorme vivienda alquilada, tembloroso, marcó uno tras otro los números mágicos. Transferencia antes del día de la entrega y lugar donde ésta debería realizarse. Suspiró aliviado. Era un monstruo, como correspondía a un ser superior alejado de la impronta del homínido del que provenía, debía reconocerlo y asumirlo, no había paso atrás.

El día elegido, al igual que las cuatro jornadas anteriores, amaneció envuelto en intensas y fuertes lluvias. Aquella circunstancia, lejos de incomodarle, le supuso un alivio extremo. Cuanta menos gente pululara por aquellos andurriales mejor, no deseaba ser visto por nadie y menos aún por algún conocido inesperado. A las ocho de la tarde se produciría la entrega, el lugar que había elegido se encontraba en un camino vecinal cercano a la casa alquilada, metería en su auto los “paquetes” y sin mirar atrás se dirigiría de inmediato a la guarida. Ya tenía dibujado en su memoria cada palabra, todo paso a dar, miró el calendario, dos semanas largas para perderse en las mejores vacaciones soñadas, como antaño, cuando el mundo y sus pobladores eran inocentes.

Estacionó el auto alquilado en un margen de la recta carretera, aquella que unía el corazón de la ciudad con la zona agrícola, multitud de camiones la cruzaban de un lado a otro durante todo el día y parte de la noche. Meses antes, babeando entusiasmado por su recién recuperado impulso vital perdido antaño, se había molestado en controlar la frecuencia de paso de esos enormes vehículos de transporte cargados con enormes pilas de cajas de verduras. Pasaban traqueteando y arrastrando tras de sí un fuerte aroma a tierra, residuos vaporosos de gasoil sólido y vegetales cortados. Al caer la tarde enfilaba la concurrida carretera conduciendo su viejo coche mientras en la radio escuchaba alguna pieza de música, le encantaba dejarse envolver por la polifonía que emergía de las obras de Jakob Hoffnield. Era una lástima lo de su muerte, pensaba mientras se dejaba absorber por el asfalto pulcro y radiante de aquella larga carretera, y la melodía que desde los altavoces del auto desgranaba una partitura invisible. El atardecer, la hora en que la frecuencia del tránsito de camiones descendía notablemente. La luz dorada perdiéndose tras las altas murallas y las sombras, envalentonadas, recorriendo como una ola lineal el linóleo de los invernaderos, los falsos bosques maquetados, las elevaciones construidas con excavadoras y enormes volquetes. Recordó las recomendaciones dadas por el Ministerio de Bienestar y Salud sobre el paisaje controlado. Resultaba de vital importancia, para que la salud mental de los ciudadanos se mantuviese aceptable, dotar a los entornos habitacionales de un paisaje, una línea del horizonte asumible por la psique. Crear bosques que rompiesen la monótona horizontalidad de los invernaderos y las torretas de vigilancia, elevar el terreno y formas lomas suaves y enlazadas, trazar carreteras donde la curva, aunque innecesaria, fuese incluida como parte esencial del viaje. Pero al parecer las sabias recomendaciones habían sido desatendidas a la hora de construir aquella vía. Tres carriles en cada dirección, rectos, lineales y aburridos.
Una de aquellas tardes de estadísticas y control, engañado por sí mismo, Nuño partió rumbo al mismo punto en que se detenía todas las tardes del último mes y medio. Hoffnield le acompañaba a la batuta, los resultados no dejaban lugar a la duda, entre las dieciocho treinta y las veinte horas, el flujo de camiones descendía marcadamente. Esa conclusión hacía tiempo que se había señalado como cierta dentro del detallado estudio, a pesar de ello proseguía incansable regresando al lugar de observación con la excusa de tener que cerciorarse absolutamente del resultado. No podía haber fisuras, argumentaba en voz alta. La realidad era otra, salir del tedioso trabajo, usar el colectivo para llegar rodeado de rostros tristes y aburridos hasta la puerta de su casa, un antiguo edificio de los construidos con anterioridad al primer desastre, y sentarse frente al televisor, habían dejado de ser su suicidio cotidiano, ahora tenía un logro que conseguir, una meta para alcanzar. Entrelazada a su pensamiento la lluvia persistía tenaz, unas sombras grises, el sonido de las gotas golpeando la chapa del automóvil, la música adormecida saltando, invadiendo uno y otro tiempo, nexo común de ambos instantes. Subía corriendo, no esperaba al lentísimo ascensor y, una vez se duchaba a toda prisa y se cambiaba de atuendo, bajaba las escaleras a saltos, cruzaba la calle henchido de gozo en dirección al sucio aparcamiento situado en los bajos del edificio vecino. Allí dormía la antigualla, un viejo “Magniud” del ochenta, una auténtica reliquia del pasado cuyo uso y disfrute le reportaba unos gastos elevadísimos. El permiso para poder circular con un prehistórico auto de tiempos prebélicos suponía un desembolso, en concepto de impuestos al medio ambiente, que solo unos pocos elegidos podían permitirse, y Nuño era uno de esos privilegiados. Recordó de repente que no había comprado alimentos para las niñas y, de inmediato, cayó en la cuenta, no resultaba necesario, no comían, no estaban vivas del todo. Alzó la mirada a un cielo negro que escupía agua sin mesura, por un instante sintió un aguijón perforándole las entrañas. La realidad observada, el ámbito donde se desenvolvía su existencia, avanzaba imparable en un sentido unívoco y en una dirección concreta. Todo lo vivido, aquello narrado en nombre de la historia, se confabulaba para crear un escenario donde lo normal, lo evidente, no parecía cuestionable. El presente era una consecución normal de la suma de todos los pasos dados, de los actos sumados, de miles, o tal vez miles de millones de años, de acciones aleatorias y de otras labores conscientes y buscadas. El otoño era la consecución del verano, el deterioro físico normal de cualquier persona, por el transcurrir del tiempo, resultaba inapreciable para aquel que mantenía un contacto continuo y diario con el sujeto. El agua del cielo le mojó el rostro, Nuño bajó los párpados y se encontró con un suelo amasado, reconvertido por la mano del ser humano en suaves colinas donde el horizonte, roto y quebrado, no pudiera herir el equilibrio interior de la existencia. Ese hoy, el que su razón podía determinar y nombrar, aislado, sin ese camino previo largamente andado, resultaba anormal y enfermo. La realidad conocida se le deshacía ante las pupilas empapada en agua y manchada de un barro manipulado. La música del reproductor del automóvil se detuvo, Hoffnield había rematado la composición musical manteniendo una sola nota vibrante y sostenida por decenas de violines, un balido de herida de muerte. Era un rayo, una hoja de navaja desgarrando el lienzo donde la vida era proyectada. Sintió un deseo terrible de salir huyendo, coger la carretera en su viejo automóvil y encerrarse, esconderse en la vivienda alquilada. Dejaría, a las dos semanas que aún le quedaban por consumir, transcurrieran apacibles allí recluido. No pediría que le devolvieran el dinero, ni reclamaría nada. Las luces de varios camiones rodando sumisos en caravana, aparecieron por la izquierda de la carretera apartando sombras e ideas derrotistas. La radio del auto se accionó automática, la voz grave y engolada de un viejo locutor emprendía una perorata ininteligible. Nuño se llamó a sí mismo cobarde. ¿Qué más daba? La realidad se esfumaría mañana delante de sus propios ojos y toda teoría, cualquier corriente filosófica o estudio sesudo sobre la física de las cosas, dejarían para él de tener valor alguno. Los ángeles se prendaron de la belleza de las hijas de los hombres. La inmortalidad plena era algo casi logrado y la verdad…
El resplandor de un rayo partió en dos el escaparate del cielo, unos segundos después un trueno, un cañonazo prolongado en cientos de reverberaciones, dictó sentencia y el ujier, con el acento afectado de un locutor de radio, leyó la condena. You don´t own me.
Estaba al final de la resolución de una ecuación donde la cifra, la equis, era el presente, el día de hoy. El resultado podría haber sido cualquiera, desde la casilla de inicio, desde todas esas teorías cuya única certeza era una complejísima fórmula matemática, hasta el momento donde lo actual se presentaba bajo el manto de una lluvia incesante, podría haber pasado de todo. Cualquier cosa, pero no, despejar la incógnita había resultado ser la visión más mísera y purulenta de todas. Nuño dio un par de pasos hacia atrás, parecía estar querer evitar que los faros de los camiones le miraran, escudriñaran unos ojos borrosos y enrojecidos por el insomnio. Quería llorar, recordaba vagamente la última vez que lo hizo, esa sensación inmensa de no precisar nada más, el dolor inciso y dulce, las lágrimas como una respuesta al goce y los pulmones incapaces de contener tanto suspiro acumulado, tanto desfallecer retenido segundo a segundo, desde la casilla primera, desde ese comienzo incierto cuyos números jamás llegaría a comprender. La equis estaba dispuesta a permutar lo real, negarlo hasta tres veces antes de que cantase el gallo y acabar, de una vez por todas, con la porción de certidumbre a él entregada. Desertar, hermosa palabra.
Llovía desde tres puntos distantes, alguien aseguraba convencido de que en su patio, el de detrás de casa, en un punto exacto entre el enano de arcilla y el aspersor, el suelo se mantenía seco y anhelante.

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Alice Liddell dormida. Charles L. Dodgson.

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