# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Vuelta Atrás”.

#Vuelta Atrás#.

El camión se había detenido justo al lado de la cancela, alguien desde el interior del cercado abrió la verja y un sonido de herrumbre ancestral se desgañitó en la alborada. Las luces del vehículo iluminaban el camino de tierra que se adentraba en la finca mientras, del cajón del camión, comenzaron a descender media docena de personas llevando en sus manos azadas y grandes cestas El conductor abandonó la cabina de la camioneta y se dirigió hacia el hombre que sostenía abierta la amplia cancela metálica. Parecían conversar entre ellos. Rogelio avanzó formando parte de la hilera de personas que en medio de la oscuridad se dirigían hacia un cobertizo, miró con detenimiento la herramienta que llevaba sujeta entre las manos, las vetas de la madera del mango, pulido por el uso, se definían con extrema claridad, el metal, con restos de barro seco, mostraba algunos arañazos. Era tal la nitidez de todo lo contemplado que una extraña sensación de veracidad malsana le fue ganando por momentos. No podía estar soñando. Los ruidos del alba, el lejano ulular de una lechuza, todo parecía sumarse para dar como resultado una vida ajena que se le instalaba en el presente. Llegó a temer no volver a despertar nunca y que su verdad, esa realidad que le obligaba a respirar una tras otra bocanada de aíre, fuese en adelante su único destino. Su vida. Recordaba perfectamente el momento en que se inyectó el vial, se había recluido en casa, descolgado el teléfono, apagado el móvil, no quería que nadie le interrumpiera, por último, bajó todas las persianas. El “Brujo le contó maravillas del nuevo compuesto, lo comparó con una película en la que se podía ser el protagonista de un guion cuyo desarrollo resultaba impredecible. Aquellas supuestas bondades le hicieron recordar un viejo telefilme donde, mediante el injerto de recuerdos falsos, se vivía una aventura a la medida y elección del cliente. Pero una sustancia química, según le dictaba su entendimiento, no podía provocar un resultado semejante. Un hombre situado al final de la senda por la que transitaban, envuelto en una abigarrada pelliza, agitó una linterna a modo de señal, la hilera se desvió hacia la izquierda. El grupo, del que formaba parte, avanzó escoltado por los plásticos que cubrían una ristra interminable de invernaderos. La voz avinagrada de un hombre se dejó escuchar en mitad del amanecer impartiendo órdenes.
—A ver, vosotros, comenzad a recoger todos los vegetales, llenad las cestas y después llevadlas hasta ese tractor. —El desconocido rió divertido. —Y no os distraigáis, —volvió a reír, —o no habrá almuerzo.
Un coro de carcajadas acompañó esta última indicación, Rogelio no entendía el motivo de tanta risa.
Una vez dentro del invernadero pudo comprobar cómo la temperatura, entre tanto plástico, era sensiblemente mayor a la exterior. Esa sensación térmica, que no le provocaba a su cuerpo reacción alguna, le hizo comprender como aún se encontraba bajo el influjo del fármaco. Podía percibir cualquier cambio ambiental, intensidad de la luz, el flujo del aíre, pero su organismo no parecía responder a ello. Agachado, recogiendo pimientos, comprobó como su frente no se perlaba de sudor, ni siquiera percibía el normal cansancio que ese ejercicio le debía procurar. Jamás había disfrutado tanto de un trabajo monótono y aburrido. Era como jugar frente a una consola, ninguna acción comportaba esfuerzo alguno. Aunque hubiese preferido otro tipo de aventura, posiblemente de trepidante acción, aquel primer contacto, pensó, le serviría de tutorial. Una vez aprendiese los límites de aquel extraño juego, la forma de comportarse, sus reglas, intentaría salirse del guion. Entonces sería cuando en realidad podría disfrutar de ser otro, un personaje del que desconocía todo a pesar de percibirle como elemento principal de su vida, de su yo.
El sol comenzó a filtrar la luz a través de los plásticos, amanecía y lentamente la imagen de las personas que le acompañaban en tan tediosa tarea se fueron revelando. Rogelio intentaba satisfacer su curiosidad sin llamar en exceso la atención, esa debía ser la forma de actuar si quería que todo transcurriera con normalidad. Imaginaba como, cualquier incidencia atípica, podría dar al traste con aquel juego apasionante. Ser otro, aunque ese individuo se moviera dentro de un ámbito trivial, le reportaba sensaciones gratas, Rogelio se sentía extrañamente excitado.

Sobre el medio día, con el invernadero completamente recolectado, apareció uno de los encargados para indicarles la nueva zona de trabajo. Los seis o siete individuos que le acompañaban formaron de inmediato una fila, una hilera a la que él mismo se incorporó. Salieron y entonces fue cuando pudo comprobar la enormidad de la finca en la que se encontraban. Un espacio interminable sembrado de cientos de invernaderos se extendía en todas direcciones y pululando entre las calles que estos construían, una legión de personas realizando todo tipo de tareas agrícolas. Fue entonces cuando se percató de la procedencia de todos aquellos seres, el color cetrino de sus rostros, los movimientos lentos y metódicos, la falta de la más mínima expresión hablada entre ellos, le confirmaron como las personas que estaban recolectando y cargando los tractores eran “recuperados”. Su primera reacción fue mirarse las manos, a pesar de encontrarse llenas de tierra, el color oliváceo de la dermis, ese extraño velo grisáceo, le confirmaban como uno más de los resucitados. Hasta ese mismo instante no había sentido miedo alguno. Ahora, un terror indefinible comenzó a asaltarle la mente y un catálogo de imágenes y recuerdos se le vertieron de repente dentro de la cabeza. Deseaba, por encima de todo, despertar.
Mientras la hilera de peones se dirigía hacia otro de los invernaderos una amalgama de recuerdos inundaron sus entendederas. Llovía y apenas si podía mantenerse seco pegado al saliente de una balconada, la callejuela estaba sucia y otras personas se guarecían como podían de la incesante lluvia. Tenía los pies fríos y una de las mangas de la vieja cazadora empapada. Alguien estornudaba incesantemente unos metros más al fondo del callejón. Era de noche y solo una luminaria situada a la entrada de la calleja esparcía algo de claridad. Olía mal. Vómito y alcohol, a perro mojado. Un chirriante frenazo puso en alerta a todas las sombras que se encontraban ocultas entre cubos de basura y restos de cajas, un continuado murmullo, alertando de algún peligro inminente, corrió imparable por la callejuela hasta estamparse contra un muro de ladrillos rojos. El violento cerrar de las portezuelas de un vehículo terminaron de instaurar el terror. Sin saber a qué se enfrentaba, Rogelio se incorporó con dificultad, sentía las articulaciones engarrotadas por la exposición constante a la humedad, a pesar de ello, a tumbos, se fue desplazando hacia el interior del estrecho corredor, era consciente de encontrarse en un literal callejón sin salida. En ese instante se encomendó, al igual que hiciera otras veces, al caprichoso destino. Mientras avanzaba con la rendición pintada en el rostro, comprobó como las fugaces estelas de varias linternas enloquecían rebotando en todas direcciones. Apenas pudo dar un par de pasos más, algo impactó contra su cuello y un sopor, un sometimiento químico y aceptado, le hizo caer hacia adelante y sentir como el agua negruzca que cubría el suelo le tintaba el rostro. Solo deseaba dormir. Le dejaran en paz.
Con el ácido regusto de los recuerdos empañando el paladar, Rogelio entró en el nuevo invernadero y se puso de inmediato a realizar las labores encomendadas. Necesitaba seguir recibiendo recuerdos para poder determinar con exactitud todo lo ocurrido. Resultaba posible imaginar como la aventura, esa trepidante que había echado de menos, posiblemente, no había hecho más que empezar.
Poco antes de que el viaje terminase, un nuevo cúmulo de imágenes volvieron a asaltarle. Recordaba encontrarse, en aquella ocasión, en una sala muy iluminada postrado sobre una camilla. Podía sentir los pies empapados y un escozor en el cuello. No podía moverse, una banda plástica sujetaba su cabeza mientras unas correas de cuero le inmovilizaban muñecas y tobillos. Podía distinguir de soslayo a un individuo ataviado con bata blanca y con el rostro cubierto por una mascarilla médica y la presencia de otras camillas sobre las que reposaban, al igual que él, un número indeterminado de personas inmovilizadas. Voces amortiguadas por máscaras de tela hablaban de proceder cuanto antes, sin demora. Después fue el avanzar por un largo pasillo empujado por alguien que tarareaba una canción, la habitación llena de monitores y el brillo de luces multicolores, un fuerte olor a productos químicos y unas palabras que no auguraban nada bueno.
—Enchúfalo ahí mismo, —indicó el desconocido, —aún tenemos que preparar a media docena más.
Sintió como le conectaban una vía en el brazo derecho e, instantes después, un frío mortal comenzó a esparcirse por todo su cuerpo. Los ojos se le cerraban y la respiración comenzaba a resultarle insuficiente. Se estaba ahogando, le estaban matando. Un velo rojo le nubló la mirada.
Cubierto de sudor, con evidentes síntomas de asfixia, Rogelio despertó postrado sobre la pequeña alfombra situada junto a su lecho. Se había caído de la cama. Las sábanas presentaban el aspecto de haber mantenido, largo tiempo, una feroz lucha contra un enemigo invisible. Sentía sed, muchísima sed.

Necesitó permanecer bajo la ducha un tiempo largo e indeterminado antes de poder volver a razonar. En su cabeza bullían las imágenes de los invernaderos situadas en un presente onírico y aquellos otros recuerdos que habían acudido sin ser convocados. Percibía la ensoñación como algo suyo, y eso era lo terrible. Había adoptado, a través del fármaco, las vivencias de algún otro y ahora, una vez mostradas por su psiquis, en virtud de una extraña osmosis telepática, habían pasado a ser parte de su bagaje personal, de experiencias por él vividas.

Los días transcurrieron sin que nuevos recuerdos afloraran, era como si aquel ser tan solo le hubiese transmitido los acontecimientos más recientes de su vida. El momento en que fue capturado y asesinado. Esa circunstancia provocaba en Rogelio un sentimiento extraño y vago. Si las imágenes recibidas eran productor de un ensueño, una recreación formada por su propia mente, el fármaco era una auténtica revolución dentro del mundo de las sustancias psicotrópicas, por el contrario, si el preparado lograba, por medios y conductos absolutamente desconocidos, transmitir el pensamiento, las vivencias personales de algún individuo, sin desearlo ni pretenderlo había sido testigo de un crimen. Eran muchas las leyendas que se contaban de la Corporación, fábulas sobre malas praxis y oscuros negocios siempre al cobijo de la muerte, ese asunto del que nadie quería saber nada. Esa disyuntiva le mantuvo, durante varios días, ausente y perdido. Cada mañana se dirigía a su trabajo y realizaba las tareas a las que estaba acostumbrado como un auténtico autómata, por dentro, en esos resquicios forjados por el pensamiento, las ideas surgidas sobre tan inusual experiencia proseguían por sí misma evolucionando y creando expectativas. Buscaría, intentaría conseguir información, por medio de algún conducto transversal, de las actividades supuestamente ilegales que se pudieran estar realizando en la Ciudadela, de algo debía valerle su condición de periodista.
Aquella mañana amaneció bajo un impenetrable manto de nubes, mientras se hacía un café las primeras gotas de agua, violentas, desquiciadas, comenzaron a estrellarse contra el cristal de la ventana del salón. Con la taza en la mano, apoyado en una de las columnas que servían de encuadre al cierre acristalado, Rogelio contemplaba extasiado el aguacero que en ese instante se precipitaba sobre la ciudad. Mientras sorbía el brebaje pasaba mentalmente lista a nombres de conocidos que pudieran concertarle una entrevista, o una visita, con algún responsable de la necrópolis. En esa danza de rostros familiares ninguno parecía tener relación con el monopolio de la muerte, o al menos, que él supiese. Sobre ese lugar existía un mutismo generalizado, nadie solía jactarse de pertenecer a la nómina de tan macabro ente, no era un tema de conversación buscado.
No fue hasta bien entrada la mañana que un nombre, Feraud, acudió a sus recuerdos. Hacía al menos siete meses que en uno de los dominicales, de las muchas publicaciones a las que surtían de artículos y reportajes, apareció una entrevista con el químico jefe del departamento de recuperación de la Corporación. Aquel anciano había sido uno de los pilares fundamentales para alcanzar el logro de un sueño largamente perseguido por la humanidad, si bien no se podía calificar como la consecución de la vida eterna, de la inmortalidad, los avances conseguidos en este campo se le asemejaban bastante. Cargó la página en el portátil y la fue desmenuzando lentamente. El viejo Feraud, contestando a las preguntas del entrevistador, se jactaba de los triunfos logrados y de la celeridad con que éstos se estaban produciendo. Los “recuperados” eran un éxito incuestionable, e insistía en que esa senda abierta, gracias a las nuevas técnicas aplicadas y al infatigable departamento de investigación, profundizarían en el concepto hasta lograr en un futuro una recuperación absoluta. El viejo cínico insistía en certificar qué, en un mañana no lejano los “recuperados” serían capaces de recordar toda su vida pasada, el paso definitivo para la consecución de un sucedáneo bastante aceptable de inmortalidad.
Miró el reloj en el móvil, después anotó el nombre del entrevistador, una vocal mayúscula “i”, y el apellido, Ballón. Seguro se trataba de algún colaborador fuera de plantilla, un “freelance” que aportaba trabajos según la necesidad y el gusto imperante. No, no le conocía personalmente. Tendría que preguntar en la redacción.
Durante la tarde, a pesar del diluvio, se desplazó hasta las oficinas de la agencia. A esas horas poco personal se encontraba en las dependencias, casi todos los colaboradores realizaban sus labores desde el propio domicilio. El mercado al que abastecían era amplio, cadenas de televisión y grupos editoriales donde la información básica facilitada, era amasada hasta conseguir darle la forma y entonación propia a su color político y, en consecuencia, a sus intereses de mercado. Rogelio tenía un concepto del poder político bastante ácido, los partidos, según su concepción de las cosas, solo eran clubes donde los socios buscaban en exclusiva el beneficio personal y por extensión, la prosperidad de todo un clan monocolor. Si la piara de cerdos progresa, repetía a menudo, no habrá tocino para nadie. Esas sentencias siempre acababan con alguna recomendación cuyo único objetivo era pararles los pies, algún consejo donde indefectiblemente participaba una guillotina de hoja muy afilada.
Sentado frente a la pantalla fue recorriendo, a golpes de tecla, todo un fichero de colaboradores fuera de nómina. El bestiario era bastante entretenido, nombres, direcciones, teléfonos y, en algunos pocos casos, la imagen del colaborador. Una fotografía donde Rogelio, gracias a las altas dotes psicológicas otorgadas a sí mismo, creía ver un poco más, lo suficiente como para realizar un retrato, sin papel ni carboncillo, de esperanzas y sueños. Esos malos consejeros que, a esa incierta altura del camino, dependía esto último del año de nacimiento del retratado, debían haberle fermentado y agriado boca y carácter. Sonrió satisfecho, la ficha del enigmático e invisible “I. Ballón”, era una más, de las muchas vistas, donde no aparecía dato alguno. Afuera, y ahora también adentro, llovía con una ferocidad de muerte.

lluvia-invernaderos (2)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s