# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Cuatro Lados”.

#Cuatro Lados#

Cualquiera que se haya enfrentado alguna vez a la elaboración de un relato sabrá de esa sensación, extraña y maravillosa, de no ser el único creador de éste. A veces los propios personajes empujan en una dirección concreta, los hechos acaecidos, la personalidad de los entes que pueblan la historia, parecen confabularse para redirigir la acción en una línea argumental precisa alejada del pensamiento original. Manú miraba el montón de folios impresos, corregidos superficialmente y listos para reordenar. En alguna ocasión le había hablado a Graciela de ello y la muchacha, con el gesto del que intenta, razonablemente, comprender algo increíble, asentía con la cabeza mientras su mirada flotaba perdida por la estancia. En esas ocasiones Manú no insistía, se limitaba a terminar la perorata, sonreír como un memo y proseguir con aquello que estuviese haciendo. Al final daba igual.
—¿Escritura automática? —Preguntaba tímidamente ella.
—No, que va, cuesta la hostia. —Respondía Manú agitando una mano.
—Entonces no entiendo.
El rostro de él retornaba a la pantalla, capítulo, la ventana mostrando la calle, el gesto anodino de un día lleno de incertidumbres. La muchacha mientras tanto se encerraba dentro de un libro, páginas numeradas, papel reciclado, terreno conocido y común por el que seguir caminando sin sobresaltos.
El leve sonido de las teclas percutidas ronroneaba como un gato de plexiglás por el salón. Un fondo decorativo, la música desarrollada en un segundo plano, nadie la advierte más resulta imprescindible para el normal funcionamiento de la escena. Ella miraba de reojo el montón de hojas por revisar, el otro lado, esa narrativa que Manú se empeñaba en construir entre grises confusos y lluvia constante. La voz de Manú rompía el delicado armisticio existente y lanzaba los carros de fuego sin bridas pendiente abajo.
—A estas alturas del relato ya deberían ir apareciendo coordenadas, señales explícitas indicando las puertas a abrir. —Mientras lanzaba la frase sus ojos buscaban respuestas sobre la superficie de la pantalla.
—Te recuerdo, por si lo has olvidado, —se excusaba previsora Graciela, —que no tengo ni idea de lo que hablas.
El muchacho giraba la cabeza suplicando atención, era fácil, llevaba cerca de ciento setenta páginas y aún, contra toda costumbre, no vislumbraba el estrecho pasaje por el que debería discurrir la trama.
—No percibo las instrucciones, la intencionalidad de todo lo elaborado, eso es todo.
—Aunque quisiera, mi ayuda te serviría de poco, ignoro tu forma de proceder. Explícate. —Tras lanzar la frase se ocultaba de inmediato tras el libro que sostenía con ambas manos.
—Primero la idea, después los personajes y el decorado donde ésta pueda desarrollarse, eso es lo básico. Entonces, y solo entonces, comienzo a escribir.
—En ese primer contacto, cuando solo cuentas con esos elementos ¿tienes alguna especie de croquis para guiarte?
—No, nada más, solo eso, —Confirmó Manú casi excusándose. —pero te aseguro que resulta suficiente. Una vez los tres o cuatro primeros capítulos se encuentran terminados, el carácter de los personajes, las circunstancias personales y el objeto central de la historia, van tricotando el relato, dirigiéndolo de forma coherente. Toda conclusión, enseñanza o desenlacen brotan en los sucesivos capítulos. Si un personaje es alcohólico tomará decisiones basadas en su dependencia, en el matiz individual que esta enfermedad imprime en el personaje.
—Laboratorio o cocina. —Agregó Graciela esbozando medio mohín con la boca.
En un primer momento el joven no advirtió el sentido de la metáfora, el lento amanecer de una sonrisa en las afueras del labio anunció, con unos segundos de desfase, que la luz se había hecho dentro de la cabeza de Manú.
—Aproximadamente, —confirmó el muchacho, —si metes en una olla garbanzos, cebolla, zanahoria y algo de carne, y lo mantienes el tiempo justo y necesario al amor de un fuego, voila, tienes un cocido.
—Y según parece ahora no sucede. —Diagnosticó la joven.
—En absoluto, ni imaginar puedo hacia dónde se dirigen los textos hasta ahora conseguidos.
—Tal vez se trate de algo más profundo y el sentido del mensaje se desvele más adelante, —la joven quedó unos segundos pensativa antes de proseguir con el análisis, —a lo peor tan solo ves las antenas del grillo mientras bajo la superficie se esconde el verdadero intríngulis de la cuestión.
El muchacho detuvo el gesto volátil de proseguir aporreando el teclado para, apoyando con atención un codo sobre el respaldo de la silla, girar medio torso y lanzar una pregunta entre gestos de asombro y sonrisas.
—¿Por qué un grillo?
—¿Por qué no? —Respondió Graciela mientras se incorporaba. —Me gusta el sonido que hacen, suena a noche de verano.
La joven, entre afectados y provocativos contoneos, caminó en dirección al cuarto de baño mientras en sus oídos retumbaba la voz de Manú repitiendo hasta el cansancio la misma palabra.
—!Grillos! !Grillos! !Grillos!

La tarde dejó un portátil sobre la mesa junto a un montón de folios impresos, montoncitos de papeles reos de un clip, y el convencimiento de como, todo aquel misterio, sería revelado más adelante. Desde el interior del dormitorio la voz de Graciela tarareaba una canción. Repetía una y otra vez la misma cantinela, you don´t own me, rematándola con un canturreo ininteligible que Manú supuso sustituía al estribillo.
—No consigo deshacerme de esa puñetera canción. —Se escuchó decir desde el tubular interior de un asfixiante cuello cisne. —Ni llego a recordar siquiera en dónde la he escuchado.
La muchacha regresaba del dormitorio completamente desnuda, con un pullover enrollado en la cabeza, un accidental turbante fruto de la conjunción del agua caliente, la guerra no declarada de la lavadora, y un evanescente y vago conocimiento del procedimiento a seguir al tratar íntimamente con lana y otros tejidos naturales.
—A este paso te quedas sin un solo jersey. —Apuntaba Manú observando aquella especie de estatuilla micénica en la que se había convertido Graciela. —Error, acierto, no parece ser el método más adecuado a seguir. Te arruinarías.
—Déjate de memeces. —Sugirió la desnuda esfinge. —¿A qué hora dijeron llegarían?
—En menos de treinta minutos deberían estar aquí.
El gato penetró en el salón con paso flemático, no miró a ninguno de los dos y, de un ágil y preciso salto, tomó por asalto el cojín de flores estampadas.
—¿Merienda o cena? —Quiso saber la muchacha.
—Seguramente ambas, parasitaran sobre los relojes hasta llegada la hora, esperaran como garduñas a la caída de la noche y entonces no nos quedará otro remedio. —Mientras auguraba un futuro más que probable, Manú contraía los dedos intentando emular las garras del mamífero comedor de gallinas. —Y por todos los santos, no pidamos pollo. Pollo no.
Graciela reía divertida liberada por fin del tricotado cepo en que se había convertido el suéter.

Después fue el timbre, el intentar conseguir un lugar aceptable donde sentarse y ese ir y venir de vasos y botellas. La muchacha buscaba en los ojos de Manú una respuesta a una pregunta solo formulada por indescifrables gestos y un alzar de cejas intermitente. El joven la ignoraba, esquivaba incisivas miradas y muecas intentando sofocar aquel aspaviento indeseado, pero ella insistía con esa perseverancia maleva de gota de agua, de grifo roto, de lavabo atorado.
—¿Cómo llevas el libro? —Había preguntado Marcos.
Manú, haciendo gala de una desconocida hasta entonces habilidad de funámbulo, mientras sostenía una bandeja de aperitivos con una mano y apenas era capaz de sostener con la otra casi media docena de vasos, irrumpió en abundantes y superfluas explicaciones. Intentaba por todos los medios que Graciela no sacara a colación las dudas y las diatribas que le estaba procurando su nuevo proyecto literario.
—…en ello estamos. —Concluyó expeditivo el anfitrión.
El bueno de Marcos Estrada, amigo íntimo de Manú, era para Graciela una especie de místico libertino obsesionado en conseguir una interpretación personal del Tao y ducho en embarcarse en experiencias sexuales situadas en los márgenes de lo políticamente aceptable. Esas incasables obsesiones eran motivo, cuando las circunstancias lo imponían, alta concentración etílica en sangre, de continuos debates y cambio de impresiones entre ambos camaradas. Charlas con abundante proliferación de cruda narrativa sobre experiencias personales expuestas sin pudor alguno. Graciela le aborrecía, pero esa extrema tirria provocaba en ella una atracción inversamente proporcional a la ojeriza sentida.
—Recientemente he comenzado a escribir un relato, —anunció Marcos mientras llenaba su vaso, —llevo poco, pretendo conseguir una especie de interacción entre los principios básicos del Tao, y el abandono de una vida relativamente socializada.
La joven no pudo reprimir, mientras la palabra “relativamente” salía de la laringe del colega de Manú, de acompañarla con abundantes gestos burlesco de afectada erudición.
—Pipipipí, pipipipí. —Musitó por lo bajini.
El gato abandonó el salón molesto por aquella invasión de peligrosas piernas inconscientes y burdas gentes levemente embriagadas. Manú le observó envidioso, hubiera dado algo por ser el felino y lamerse el escroto delante de todos ellos mientras, una rubia con gesto indiferente, le acariciaba el lomo. A ser posible Julia, por lo del morbo.

La pregunta de Manú era la antesala al país de las maravillas, una puerta hasta entonces entornada se abriría de par en par dejando entrar a cualquier cosa. Sí, cosa. Alguien habló de café, después ese “alguien” adquirió rostro y ademanes. era uno de los lánguidos efebos que acompañaban a Marcos y Julia, sus nombres, al parecer de Gabriela, resultaban falsos y por igual intercambiables. Llevaban más de cuatro horas recluidos en un reducido y mísero salón y aún era incapaz de determinar quién era quién. La muchacha cerró por unos instantes los ojos y las voces suplieron a las imágenes. Todo del revés. La voz de Manú transitando por un territorio cada vez más peligroso era algodón, luz amarilla y reflejos de televisor sobre el adormecido rostro. Lunes y domingos. El sonido de la voz de uno de los andróginos, Ariel, ahora sí, era un arpa, una ocarina retumbando por una sombría calleja cualquier tarde de verano en el sur. Café era la contraseña y el Génesis una puñetera excusa para decir unas pocas tonterías más. No solo de erudición vive el ser humano. Ojo, he dicho humano.
—¿Crees acaso que la existencia de Da Vinci o de Nicola Tesla justifican la presencia del sapiens? —No era una pregunta, pretendía crear un preámbulo para disparar después una frase demoledora. —Te diré que no, nadie cría un trillón de cerdos para sacar un solo jamón exquisito. Desengáñate, somos mezquinos por naturaleza y cuanto antes lo aceptemos mejor.
Mientras formulaba aquella locución por su mente desfilaban escenas remotas, tierra quemada, suplicas y lamentos desatendidos, ignorados por aquel que ofrecía su manto, el cobijo reclamado. Mientras, Graciela miraba en silencio deseosa de intercalar algunas palabras, pero el temor a que un dilema, o una réplica contundente le dejaran sin argumentos, la mantenían en una tensa actitud callada.
—Ellos, y cuando digo ellos digo nosotros, necesitan poner multitud de llaves de paso, son como fontaneros desquiciados. Así la religión, la familia, esos conceptos sobre los que gira la existencia de los mediocres, olvidaba al estado, —aclaró de inmediato, — no son otra cosa que un temor reverencial y justificado a nosotros mismos.
El plural inclusivo quedaba temblando en el aíre, todos ignoraban conscientes esa forma de unificar tan distintos elementos. Estuvieron antes, pero llegaron después, desemejantes, excesivamente diferentes. Recordaba el candor primigenio, esa envidia que les reconcomía por dentro. Finitos, con caducidad y una elevada fragilidad, pero poseedores de gracias y dones cuyo efecto ni siquiera podían llegar a imaginar. Sabor, olor, tacto, y esa misteriosa sensación llamada sentimientos.
—Entonces, ¿quién tenía razón? —Preguntó Manú mientras sorbía la copa de licor.
—No se trata de eso, un experimento fallido debería ser destruido de inmediato, —afirmó Ariel, —pero, por otro lado, la curiosidad natural por ver el final de un capítulo de cualquier serie, aún incluso sabiendo que la productora ya tiene firmado el contrato para la temporada siguiente, justificaría continuar hacia adelante. En virtud de esa premisa podríamos convenir que ambos estaban en lo cierto y, por igual, los dos equivocados.
—Esa respuesta no aclara gran cosa.
Ariel le miró sonriente, un gesto de complacencia le adornaba el rostro, giró los ojos hacia la calle y agachando la cabeza, como si quisiera compartir un secreto inviolable, musito algunas palabras casi en un inaudible susurro.
—Eso es lo de menos, lo substancial, si es que a alguien le importa, es que aún seguimos en la prórroga, el partido continúa, no tenemos otra cosa mejor que hacer.
Un silbido de vapor anunció en la distancia que la cafetera había entrado en hervor, Ariel se incorporó y se perdió por el pasillo rumbo a la cocina, desde allí preguntó, entre maldiciones quejicosas, si calentaba leche. Manú supuso que aquellos improperios se debían al accidental contacto del metal caliente contra los dedos del anfitrión. Ambos contestaron afirmativamente a la pregunta.

Ahora podían degustar el amargor de la infusión, percibir el vaho empañando las gafas, el roce involuntario del muslo de Julia bajo la mesa, el deseo, ese esclavista con látigo de melaza castigando sin miramientos con su dulce dolor. Pensar en todo ello ya no tenía sentido, eran conscientes de que no fue una elección voluntaria, los dos viejos rivales no dejaron alternativa posible. Eso o un limbo infinito por los siglos de los siglos.
—Entonces retornamos a la premisa de que todo es mentira. —Propuso Manú.
—No tan rápido, —exclamó Ariel mientras regresaba portando una bandeja repleta de tazas, —el “todo es mentira” ha dejado de tener significado, lo afirmamos como quien da los buenos días o agrega una frase hecha cuando estornudamos. Se podría confirmar que, hasta esa aseveración en nuestra boca es falsa, no nos lo creemos.
—¿Entonces? —Preguntó Graciela.
—Simple, inventemos nuestra propia realidad.
Mientras vertía café en cada una de las tazas sus ojos escudriñaban el efecto causado por su proposición en la reducida audiencia que le escuchaba. La realidad ya estaba modificada, resultaba complejo mantener un solo tablero dependiendo para ello del parecer y criterio de tantos millones de seres. A pesar de todo, el escenario se mantenía dentro de una coherencia aceptable, pese a los altibajos que algunas cuestiones suscitaban. Cuando eso ocurría el tiempo parecía alargarse o contraerse, dependiendo de la inquietud sentida por tanto mortal. Cuán difícil resultaba mantener ese sucedáneo de realidad viva.
—Ya lo hacemos, lo de la realidad, —aseguró Manú, —a cada segundo.
—Te equivocas, eso que llamas realidad alternativa propia no es otra cosa que parte de ese escenario institucional. Muchos son los métodos empleados, sutiles, melifluos. —Cogió el azucarero como quien eleva un precepto y lo puso en mitad de la mesa. —Informativos, inocentes programas de entretenimiento, algunas productoras de Hollywood, todos empecinados en confeccionar un entorno estable y asumible. Casi nada escapa a ello, te instalan al enemigo al lado del sillón, en el otro extremo de la cama. Azúcar, amigos, dulcísima azúcar.
Julia rió divertida y comenzó a tararear una musiquilla, “Just a spoonful of sugar helps the medicine go down In a most delightful way”, aquella alusión a la cama y al azúcar parecían traerle cómicos recuerdos.
—Entonces, ¿cómo discernir cuando nos encontramos realmente ante algo creado por uno mismo? ¿Qué hacer para detectar la locura propia?
—Poco o nada, —aseveró Ariel, —si echáramos mano a estadísticas fiables, o mejor aún, a esas estadísticas que nadie hace, nos encontraríamos con un panorama desolador.
—Lo que nos lleva a la casilla de origen. —Anunció victoriosa Graciela. —¿Quién va ganando la partida?
Todos rieron divertidos, el bucle argumental los llevaba sin remisión al comienzo, al punto donde se dilucidaba si en el Génesis se hacía una interpretación interesada de la fábula o, por el contrario, aquel que lo ideó estaba convencido de que las cosas fueron así.
—De una cosa estoy seguro, —apostrofó Ariel, —esos dos viejos pendencieros hace tiempo que se olvidaron de nosotros, les importamos un carajo.

El gato reapareció de repente, su andar cadencioso le convertía en casi invisible, una sombra impasible deambulando entre humanos. Las palabras se quedaban prendidas del aíre y el sentido profundo del relato, esa esperada señal que no llegaba, adquirió la apariencia de un gato frente a los ojos de Manú. El animal le miró justo antes de atravesar la pared y desaparecer por completo. ¿Gato? ¿Qué gato?

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