# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “The Fun House”.

#“The Fun House”#

Estaba convencido de que esa rata no se encontraba en la Necrópolis. Si alguien era capaz de detectar cuándo una situación había llegado a su límite máximo y ya nada quedaba por hacer, ese era sin duda alguna el viejo Feraud. Nunca llegó a hablar con él, todo el conocimiento atesorado sobre su persona se lo debía a Camile, ella narraba con admiración incondicional auténticas hazañas perpetradas por el insigne químico en el campo de la investigación con cadáveres. Isaías jamás llegó a entender cómo aquella muchacha, alegre y curiosa, podía vivir rodeada de restos humanos metidos en frascos de vidrio llenos de formol. A veces se sorprendía viéndola bromear sobre su futura descendencia mientras sostenía en alto y agitándolo, uno de aquellos envases conteniendo los restos amorfos de una mola.
—Genéticamente imperfecto, —anunciaba a grito pelado, —este es el bello futuro de esta sombría estirpe de sodomitas y violadores.
No fue fácil asignarse un pasaporte ficticio que le permitiera deambular por cualquier rincón de la nueva casa. El muchacho tuvo que perjurar hasta la saciedad, prometer una y diez mil veces que, jamás, hablaría sobre aquello a nadie antes de que le fuera permitida la entrada en el santuario final, el sótano de la casa. La residencia de Feraud se encontraba localizada en el mismo límite del perímetro urbanita. Una vivienda solitaria rodeada por un descuidado jardín desde cuya verja solo se podía contemplar decenas de kilómetros envueltos por el plástico sucio de los invernaderos. Isaías le llamaba, entre veras y bromas, la casa de los horrores.
En aquel lugar apartado del ojo de dios ambos jóvenes pasaban las tardes entre compuestos novísimos y los restos de seres cuya existencia permanecía olvidada. El químico solía trabajar en la Necrópolis hasta bien entrada la noche y regresaba, puntualmente, sobre las diez, para entonces el joven ya se había marchado. Isaías recordaba, producto de aquellos días de indolencia y molicie, montones de instantes concretos en que la actitud de Camile le dejó descolocado y atónito. La muchacha se comportaba ante la muerte, y lo peor de todo, ante los restos que ésta deja tirados por el suelo, con absoluta familiaridad. En más de una ocasión el joven intentó justificar esa frialdad y falta de respeto argumentando se trataban de inocentes bromas, morbosos comportamientos cuyo efecto conseguían, lejos de hacerle sentir una normal repulsión y rechazo, enardecer aún más la pasión sentida por Camile. La adoraba.
Mientras deambulaba por las desiertas instalaciones del laboratorio Isaías iba desglosando en su cabeza el orden cronológico en que sucedieron las cosas. Todo se había precipitado de repente a partir de aquella nefasta y terrible noticia. recordaba con absoluta claridad la estampa compuesta por Camile, la muchacha sostenía entre sus manos un cráneo mondo y reluciente, parecía meditar sobre alguna cosa intrascendente.
—¿Ocurre algo? —Había preguntado el joven. —”To be, or not to be”.
—Nada que no pueda solucionarse bobo.
La respuesta, lejos de alarmarle, le dejó indiferente. La actitud de Camile, jugueteando con la calavera parecía no augurar nada terrible. Tras tararear una melodía y lanzar al aire en varias ocasiones los restos con los que hacía malabares, agregó impasible
—Un pequeño tumor en el lóbulo occipital.
Isaías creyó, en un primer momento, que la joven se refería a la causa de muerte del antiguo propietario de aquel cráneo volador.
—¿Deja algún tipo de señal en los huesos? —Preguntó el joven mientras la muchacha rompía a reír ruidosa.
—Lelo, el tumor lo tengo yo, éste pobre murió hace demasiado tiempo, —aclaró mirando fijamente la calavera, —cualquiera sabe de qué.
Mientras hacía aquel ejercicio de introspección el joven se detuvo en seco frente al despacho de Feraud, una placa metálica atornillada a la puerta así lo atestiguaba. El batiente permanecía entreabierto, nadie ocupaba la estancia. Antes de penetrar en el habitáculo tuvo la precaución de mirar hacia los dos extremos del pasillo, ni una sola alma parecía deambular por aquel sector del edificio principal. Todos debían de estar corriendo de un lado para otro intentando que las cosas volvieran a funcionar con normalidad. El joven penetró en el despacho y con cautela cerró la puerta. Sobre la mesa tan solo se distinguía una carpeta conteniendo documentos, así como la pantalla y el teclado de un terminal. Un armario metálico y un croquis del edificio colgado en una pared, completaba el escaso mobiliario existente entre aquellas cuatro paredes. Se sintió afortunado tras comprobar que los cajones del escritorio se encontraban accesibles. No buscaba algo concreto, dejaba en manos del destino la elección de “aquello” que pudiera servirle para determinar las intenciones de Feraud. Una pista capaz de desenmascarar los terribles actos cometidos por el químico en nombre del progreso y la ciencia. Isaías recordaba cómo, amparados en aquellos dos altos objetivos, siempre se habían cometido los más grandes crímenes de la historia. Tras pasar más de media hora removiendo montones de papeles, fichas técnicas y registros de entrada, el joven suspiró desesperado, nada de lo encontrado parecía tener una utilidad inmediata. Sin esperanzas de dar con algo interesante, Isaías abandonó su búsqueda en los cajones y dirigiéndose al armario metálico abrió de par en par los dos batientes. En el lado derecho del mueble varias batas blancas descansaban colgadas de sus perchas y, en el lado izquierdo, sobre cuatro baldas equidistantes entre sí, se amontonaban adminículos de uso personal. El muchacho distinguió una afeitadora eléctrica, crema dental, un cepillo para la ropa y una caja de cartón forrada con flores de papel. Aquel último objeto llevaba adherida una etiqueta con una dedicatoria escrita a mano con caracteres de clara factura infantil. “Para el mejor papá del mundo”, rezaba la leyenda. Imaginó se trataba de algún presente confeccionado por Camile en el colegio, tal vez por el día del padre o cualquier otra zarandaja similar. Los dedos de Isaías comenzaron insaciables a hurgar en la caja, postales, papeles con anotaciones a mano, tarjetas y un llavero, un hermoso aro metálico del cual pendía media docena de llaves pulcramente etiquetadas. Sin prisas el muchacho las fue leyendo una tras otra, los rótulos hacían referencia a lugares desconocidos, vocablos sueltos haciendo mención ha algo que solo Feraud debía conocer. Una de aquellas etiquetas rezaba, con pulcras letras mayúsculas, una esperanzada palabra, “Futuro”. Isaías se guardó en el bolsillo del impermeable el manojo completo y, utilizando una hoja adhesiva de un bloc de notas, dejó en su lugar una misiva destinada al químico. Si aquel abyecto personaje deseaba recuperar la caja forrada, se vería impelido a regresar a su despacho y entonces la leería.
Continuó revolviendo entre las carpetas un rato más, seguramente la posibilidad de regresar al despacho de Feraud no volvería a suceder nunca. Después tomó prestado uno de los chubasqueros corporativos, amarillo estridente, y con paso tranquilo se dirigió hacia las dependencias del personal, saldría por el lateral del edificio y caminando pausado bajo la lluvia, se acercaría hasta uno de los apeaderos y esperaría la llegada del suburbano. Tenía en su poder, con toda seguridad, una llave de la nueva casa del químico.
Cuando accedió a la callejuela lateral pudo comprobar como, por las aceras y calzadas cercanas, no transitaba nadie, el reflejo azulino e intermitente de las luces de emergencia de los vehículos estacionados frente al edificio principal, se reflejaban justo en la pared contraria. Un acuario traslúcido que la insistente lluvia conseguía afianzar en la memoria. Burbujas las ideas. Por las orejas se le escapaban a Isaías buzos pensamientos y ansias. Debía largarse cuanto antes, pensaba mientras, con la cabeza baja y la capucha del impermeable ocultándole el rostro, caminaba con decisión en dirección al andén Tenía que impedir una prolongada exposición a los elementos químicos que flotaban en el aíre y así evitar el influjo invisible que parecía afectar a todo visitante. Suspiró profundo, aunque el ambiente apestaba a limpio, aquellas partículas diluidas en el entorno estaban presentes. La picazón de las fosas nasales lo atestiguaban. A pocos metros del apeadero, con los zapatos empapados, el sonido de espadas del tendido eléctrico bisbisó movido por el viento. Alzó los ojos y lo primero que distinguió fue un cartel luminoso esplendiendo intermitente, letras dibujadas sobre una pantalla hablaban de retrasos, de tormentas y lluvias torrenciales. Su mirar se escoró de inmediato buscando la vía férrea como quien sopesa una senda probable. Al otro lado del camino de hierro, en los solares donde aún las máquinas no habían sembrado las semillas de una idea, el agua se apacentaba creando falsas salinas de arcilla donde el cielo, reflejado sobre ficticios esteros, repetía un mismo mundo negruzco sobre la cansada tierra. Isaías descartó de inmediato aquella posibilidad, caminar por la vía era algo peligroso. Resignado tomó asiento sobre la fría piedra, sintió como la humedad traspasaba el chubasquero y un temblor subterráneo, apenas detectable, se aposentó por todo su cuerpo. Llevaba todo el día sin comer.
Mientras esperaba la improbable llegada del suburbano, sus recuerdos viajaron hasta aquellos días en que las cosas se fueron sucediendo de una forma pausada y continua. Con esa manera tan suya de exponer lo importante, Camile le había estado informando de cada hecho, de toda circunstancia, según estas se iban sucediendo. Jamás le anticipó nada, era como si Feraud le hubiese advertido sobre la forma expeditiva, actos en firme, de comportarse frente al joven. La muchacha se limitaba a exponer el paso recién dado, las razones albergadas y sus irreparables y necesarias consecuencias. Isaías, en aquel entonces, desesperaba como perdida alma en pena. Su amor, la persona amada, parecía no tener en cuenta su parecer y eso le estaba matando por dentro.
—¿Acaso te preguntaron mis padres? —Le consolaba Camile. —Decidieron, o no, tener un hijo, y ya ves, para tu desgracia nací yo.
Ella después reía mientras Isaías recreaba en su imaginación la terrible escena de Feraud copulando con su difunta esposa. No, no resultó necesario que le informaran y nunca, jamás, lo hubiese sido, concluía pensando el joven.
El letrero luminoso tiritó unos instantes y el mensaje escrito sobre la pantalla se modificó, uno de los trenes se detendría en el apeadero en tres minutos, Isaías se incorporó y aguardó estoico la llegada del ingenio. Mientras esperaba sus dedos se entretenían dentro del bolsillo jugueteando con el manojo de llaves. La terrible imagen del químico despotricando, maldiciendo la existencia de Isaías, retumbaba en la memoria del joven. Aquella tarde Feraud anticipó su llegada, Camile corría por la habitación, la muchacha era un fajo de nervios recitando una letanía absurda e infantil, una especie de salmo cuya magia y poder residía en la negación a ultranza.
—No puede verte, si sospecha que estoy con alguien, que sabes de todo esto, intentará apartarte de mi lado. No, no, no…
El tren hizo su aparición deslizándose sinuoso por la amplia curva situada a la izquierda, la luz frontal era un ojo blanco escudriñándolo todo, las llaves, una sonaja metálica de bolsillo. En aquella ocasión la joven le obligó a ocultarse en el interior del vestidor de su dormitorio, desde aquella guarida aromatizada el olor de Camile florecía prendiéndose persistente en sus fosas nasales con cada movimiento. Un útero de lana, algodón y fibras sintéticas le acunaba. Cerró los ojos, no podía dejar de sentirse ridículo allí, recluido, mientras una perorata de advertencias, de terribles consecuencias casi bíblicas, se vertía invisible de la boca del padre.
—!No mientas! —Gritaba el anciano. —Se trata de ese indolente joven, ¿verdad?, el de las ojeras.
El odioso viejo seguro le había visto en alguna ocasión y ese sentido oculto que asiste a los padres, le había identificado como potencial peligro para la normalizada paz familiar.
—Es solo un amigo, sin más, le conozco de la facultad. —Se excusaba Camile. —No sabe nada, no le conté nada.
Aquella amistad sobrevenida era un dardo envenenado, doloroso y ponzoñoso, clavándose hiriente en mitad del pecho del “Mapache”. Las puertas del segundo vagón del suburbano gimieron como fuelles desmayados y un haz de luz se derramó sobre el suelo del andén. El tren había llegado.
Tras penetrar en un ámbito de luz y calidez artificial Isaías se percató de que no viajaba solo, dos filas de asientos hacia atrás una señora, de edad avanzada, inclinaba la cabeza levemente mientras exhibía una comedida sonrisa a modo de saludo. El joven repitió el gesto como si se tratase de un reflejo condicionado. Más adelante, casi al comienzo del vagón, un hombre trajeado y de aspecto impoluto miraba con atención la pantalla de su móvil. No se dignó siquiera a levantar la cabeza. Isaías buscó con la mirada el asiento más cercano, una serie de condicionantes personales, de elecciones basadas en su limitada experiencia y de absurdas supersticiones cuánticas, hacían de aquella sencilla acción todo un proceso altamente complejo y de difícil resolución. El “Mapache” se aferró avergonzado, después de titubear algunos segundos, al asidero más cercano y permaneció en pie mirando distraído, con innecesario disimulo, por una de las sucias ventanas del coche. La lluvia, amancebada con el viento, comenzaba a arreciar mientras la escasa luz del día se angostaba harta de mal vivir entre nubes y ranas. Un tirón delicado, el sutil balanceo del cuerpo y un pitido ahogado anunciaron que se ponían en movimiento. La ciudad, y sus venganzas, nunca le parecieron tan cercanas. Isaías sonreía envuelto en pensamientos gloriosos mientras el suburbano, apartando nubes y tercas ventoleras, le llevaba de regreso al comienzo. En breve pondría otra vez, como en algunos perversos juegos de mesa, el pie en la casilla de salida.
El balanceo del vagón iba produciendo en Isaías un conato de somnolencia, rendido a la evidencia se deslizó con disimulo hasta el asiento más cercano. Se dejó hundir en la mullida base, recostó la cabeza contra el vidrio y cerró los ojos. Ella mintió para alejarle del peligro, se repetía con cadencia de zapata deformada, gota a gota esgrimía esa justificación sin que el corazón, renqueante y babeando, sintiera alivio alguno. Alejarle del peligro Feraud, esa la consigna. Desde que era capaz de recordar, la relación con Camile siempre había sido desigual. Sus conatos de niña caprichosa, hija única y antojadiza, lejos de alertar al “Mapache” sobre una futura convivencia difícil y conflictiva, investía a la muchacha de una brillante aura, un resplandor sobrenatural, al que Isaías era incapaz de resistirse. El suburbano discurría por la zona muerta, lagunas ennegrecidas por el brazo de la noche reflejaban la saeta eléctrica de un solo y preciso trazo. Las viejas edificaciones industriales medio derruidas se alzaban tétricas y expectantes. El tiempo había continuado pasando y nadie se había molestado en advertirles.
Las flores, eso era lo realmente distinto, podía habituarse a no llevar nada de comida, ni música, pero la ausencia de flores y niños era algo a lo que no terminaba de acostumbrarse. Imágenes de la tía Hidelgarda se esparcieron como naipes arrojados sobre un tapete verde. Hacía ya más de cinco años que pasó a mejor vida. Ella siempre estuvo en contra de esa decisión, fueron los hijos quienes lo movieron todo, lo único que parecía importarles era terminar cuanto antes con tan tediosa tarea. La muerte siempre resulta fastidiosa para los vivos, se dijo a sí misma. “Recuperarla”, eliminar la cremación o el enterramiento era lo más cómodo, ni velatorio, ni misa, la mala noche evitada. Sí, sin duda. El mayor de los hermanos llevó en todo aquello la voz cantante, solo de él fue la culpa. Un estúpido engreído, siempre gesticulando innecesariamente al hablar, exagerando esos aspavientos afectados de niño malcriado. Los ojos se le perdieron soñadores recreando postales, viejas fotografías sepia. En realidad, fue el favorito de Hidelgarda, a pesar de ser un botarate confirmado. Por su magín decenas de escenas y momentos desfilaban retratando un tiempo que no le pertenecía. Desde pequeño apuntaba maneras, avasallaba a todo el mundo, discutía sobre formas y procedimientos, fueran los que fuesen, como si se tratara de un experto en toda materia. Sonrió divertida rememorando los primeros días de escuela, el regreso del niño con el ceño fruncido y el perruno semblante de pocos amigos que trajo impreso en el rostro. La queja, el lamento que acarreaba prendido de la mano dejó a todos perplejos.
—¿Qué te ha parecido la escuela? ¿Muchos amiguitos? —Quiso saber Hidelgarda.
El niño clavó las líquidas pupilas en el rostro de la madre y circunspecto respondió quejicoso.
—Hay demasiados niños y pocos maestros. No me atienden como merezco.
Las luces del vagón temblaron al pasar junto a un apeadero desierto, se apagaron durante unos breves segundos y volvieron a lucir de inmediato.
Nada más llegase a la ciudad se encaminaría en dirección al nuevo domicilio de Feraud, todas sus esperanzas estaban puestas en la llave con enigmática etiqueta. “Futuro”. Ese nombre solo podía aplicarse a un comienzo aún no llegado, la nueva casa del químico se definía como la candidata más idónea para ostentar ese apelativo, el lugar perfecto para redefinir un inicio diferente. Isaías sacudió la cabeza con violencia, retazos de imágenes desconocidas se entremezclaban con el pensamiento, invadían y saboteaban el discurso interior del “Mapache”. ¿Quién demonios era Hidelgarda? El colegio aparecía con hiriente claridad, un patio lleno de niños jugando y corriendo, don Ramón, el de matemáticas, supervisando los posibles conflictos que pudieran surgir. Si en realidad se trataba de una llave maestra, como sospechaba, tendría acceso a todas las dependencias de la vivienda, estaba convencido de que, en alguna habitación, Feraud habría construido un completo laboratorio para despertar y mantener activo a un “recuperado”. Tal vez el sótano, imaginó Isaías.
Nuevamente las luces del vagón crepitaron, fundieron a negro durante unos pocos segundos y volvieron a esplender tímidamente.
Se lo había asegurado, nada de problemas legales, por el momento. Aquella aclaración final, el inciso adventicio rematando la frase invitaba a aprovechar la ocasión.
—¿Quién sabe mañana? Seguro lo regulan, —advirtió sonriente, —aunque solo sea para recaudar algún tipo de impuesto.
—¿Impuesto al dolor? —La pregunta no había gustado nada a Marcelo. —¿Regular el crimen?
El silencio que siguió a la cuestión planteada dejó flotando un regusto a vinagre y óxido.
—¿Me permites un consejo? —Mateus asintió resignado. —Todo ha ido fenomenal, la idea de abaratar costes de producción utilizando mano de obra alegal les dejó impresionados. No lo jodas ahora. Ni se te ocurra hacer comentarios o chanzas como las de antes. No hay nada legislado al respecto, aprovechemos por una puta vez alguna ventaja. Si no lo hacemos nosotros lo harán otros.
—Entiendo lo que dices, pero lo demás…
—”Eso” fue idea tuya, —argumentó de inmediato Marcelo, —a nadie hace daño un rato de diversión. El primer sorprendido fui yo, créeme, viniendo de ti la propuesta no cabía otra reacción.
—Lo dije en broma, —replicó Mateu, —era un puto chiste.
—Pues ellos no se lo tomaron así. ¿Viste las caras de ilusión? Estaban encantados…
El suburbano se internó en el túnel que le llevaba directo a la ciudad, mientras la velocidad iba disminuyendo el mundo se iba transformando en un lugar cautivo en sombras y señales fluorescentes. Las luces del vagón temblaron por vez tercera sin llegar a apagarse. Los viajeros, a excepción del hombre trajeado, se miraron inquietos. Isaías detectó en los ojos de la mujer un brillo extraño, le miraba con disimulo para, después, buscar al extraño que consultaba de continuo su celular.
Una vez dejara la estación tendría que coger un bus que le llevara a las afueras de la metrópolis, al menos le quedaban dos horas para poder llegar hasta la nueva vivienda de Feraud. Solo entonces sabría si la llave, aquella en cuya etiqueta rezaba la palabra “Futuro”, era el acceso maestro que estaba esperando. A pesar de todo Marcelo se equivocaba, el hecho de no existir una legislación concreta al respecto no les eximía de entender que, “aquello”, no estaba bien. Un juego, un puto juego con avatares reales, no, no era lo más correcto. ¿Cómo podría mirarse todas las mañanas al espejo sin sentir náuseas? El responsable de zona también había dado su opinión mientras tomaban un refrigerio. Sentencioso a veces, perpetuo estúpido siempre, disertó sobre la ética inducida. La ley y el temor a los castigos definen la moral de una sociedad, afirmaba mientras una gota del refresco de limón se precipitaba desde el borde del vaso e impactaba insonora sobre una carpeta. No se trataba, según su opinión, de una cuestión de comportamiento o norma intrínseca a la naturaleza del ser humano. El sapiens, y solo era necesario mirarlo a él para comprender el significado de lo afirmado, era un hijo de puta por definición. Marcelo sonreía las ocurrencias del responsable mientras asentía bovino. El andén, con sus máquinas expendedoras y sus potentes luces blancas, invadió de repente el interior del vagón, Isaías se sobresaltó como si hubiese sido pillado en algún tipo de terrible falta. La mujer le miraba fijamente, parecía querer deducir, por el aspecto de su semblante, si era un tipo de fiar. El suburbano se iba deteniendo progresivamente, las gotas de lluvia comenzaron a describir, sobre los cristales, cientos de ángulos rectos. Aquella agua, partiendo del rastro de origen, sesgado, se recomponía al llegar a la estación, la gravedad retornaba a ejercer su invisible tiranía y todo parecía volver a su consensuada esencia.
Isaías se incorporó en el mismo instante en que el suburbano se detuvo, fuera, dos calles más abajo, se encontraba la parada del bus, la noche podía ayudarle. Avanzó en dirección a la puerta mientras un reguero de imágenes ajenas a sus recuerdos se evaporaba dentro de la cabeza. La mujer le retuvo posando una de sus manos sobre el hombro, con los ojos llenos de lágrimas le habló en un susurro.
—No lo haga, usted es mejor que ellos. —El “Mapache” le miró perdido y asustado. —Si me permite darle un consejo sepa que esa muchacha no le merece, no se complique la vida. Olvídela.

Como quien remonta una grandiosa ola los tres viajeros ascendieron por las escaleras mecánicas. Sobre la ciudad caía una lluvia violenta empecinada en limpiarlo todo. El aíre del exterior les recibía insuflando en los pulmones retazos de una jornada pronta a fenecer. Las luces de los automóviles oteaban el presente entre airadas increpaciones de bocinas, ruidos de motores y palabras sueltas de viandantes anónimos. El murmullo era ensordecedor. Isaías pensó como, aquel bullicio, había sido la melodía aprendida desde siempre, la escuchada durante toda una vida. Él regresaba del silencio y aquella ensordecedora sinfonía le resultaba insufrible. Aún flotaban por la sesera imágenes impropias, retazos de ensoñaciones que no le pertenecían. Algo estaba sucediendo más allá de Feraud y sus mejunjes mágicos. Una fuerza invisible trasgredía el orden natural de las cosas, esas normas asentadas firmemente desde siempre se desmoronaban sin que nadie pareciera darse cuenta. Las palabras de la mujer del vagón se habían quedado incrustado entre los pliegues del cerebro. Y lo más terrible de todo, Isaías consideraba que no le faltaba la razón. Cogería ese autobús, llegaría hasta la morada del químico y, una vez allí, decidiría sobre lo más conveniente. El ruido de fondo continuaba produciéndose, era casi una melodía, un cántico polífono musitando una vieja canción jamás conocida pero terriblemente recordada.

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