# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Nada”.

#Nada#

Una luz intensa, justo en mitad del campo de visión, le advirtió a Gastón de que se hallaba cerca de la salida. Unos indicadores, situados sobre la pared izquierda del túnel lo corroboraron, cincuenta metros. Una de las ruedas de la camilla parecía haberse vuelto loca, giraba enloquecida en cualquier dirección complicando el avance, suspiró ante la cercanía de aquel ilusorio puerto de frío metal. Cuando se encontró situado frente a la puerta cayó en la cuenta de que los indicadores de los émbolos se mantenían en un intenso color rojo. Al fin podía desenchufar a Daniela de aquella infernal máquina. Antes de abrir el portón, con los ojos cerrados y sosteniendo cada vial con la punta de dos dedos, fue extrayéndolos del brazo de la muchacha uno tras otro. Un fino hilo sanguinolento, aguanoso, fue brotando lentamente de las tres incisiones, por unos terribles instantes el fotógrafo perdió el sentido de la visión, todo se tornó borroso e insustancial. No toleraba ver la sangre fluyendo, su sola contemplación le hacía abandonar la consciencia, después caía, irremediablemente abandonado de sí mismo, hasta despertar dolorido sobre el suelo. Se agarró con todas sus fuerzas a uno de los lados de la camilla, no podía consentir ni un solo segundo de ausencia. Caminó tambaleante hasta aferrar el manillar del cierre de la compuerta, mecanismo simple, lo acciono y una ráfaga de aíre frío le bendijo el rostro. Ya estaba afuera.
La salida de emergencia le había dejado en una zona aledaña a los puntos de control de acceso, lejos se distinguían las garitas donde los encargados de la seguridad impedían la entrada de los no autorizados. Buscó de inmediato en la mochila el móvil e innecesariamente acuclillado, pulsó sobre la pantalla un familiar nombre, de inmediato un tono largo e intermitente le acercó hasta el aliento contenido de Pablo.
Palabras sujetas, las más innecesarias, construyeron un relato entrecortado e inverosímil donde una huida final se imponía por encima de cualquier otra consideración. Cargaría a Daniela sobre sus espaldas, en el arcén, pasado el desvío que llevaba a la Ciudadela, allí se encontrarían.
—A partir del desvío ve despacio, —recomendó Gastón, —yo estaré atento, cuando te vea llegar saldré al arcén, antes no.
Pablo quería saber, pero no, antes tierra de por medio, espacio limpio y normalizado. La voz de terror del fotógrafo le hizo comprender como cualquier pregunta quedaría por el momento sin respuesta. Después fueron las escaleras, la rampa con los hilos de agua descendiendo, la calle repleta de autos, las luces distorsionadas en lluvia y una desesperante lentitud de manada aburrida.
Conducir atento a referencias concretas, en mitad de la noche, desquiciaba a Pablo. Le resultaba asfixiante tener que estar atento a lugares situados fuera de la carretera, indicadores que, apenas eran vistos, desaparecían tras una ráfaga de luz en movimiento. El resplandor del área de acceso a la Necrópolis resaltaba como una lejana nebulosa envuelta por la oscuridad de todo el universo. Un cosmos negro y ciego donde se escondía Gastón acompañado del cuerpo inerte de Daniela. Un punto en la inmensidad. El hombre tragó saliva, su imaginación, a veces, le hacía deambular por lugares insospechados complicándole el presente, la única realidad sobre la que el automóvil era capaz de transitar.
Después fueron las luces del auto apartando lluvia, el recostar a Daniela en el asiento de atrás y cubrirla con una manta. Las preguntas, Pablo queriendo saber mientras la camilla se despeñaba por un pequeño barranco, un estrépito de jaula rota descendiendo entre rocas y barro. Nervios dibujados en actos eléctrico, sincopados. Entrar empapado en el automóvil y seguir esquivando interrogantes. Nada que contar.
Un silencio pesado desplazándose por la carretera, mirar de reojo el retrovisor por si algún otro automóvil les seguía. Solo la lenta sucesión de luces en paralelo, de todas las tardes, continuaba transitando monótona y predecible. La lluvia acompañaba, ayudaba a pasar desapercibidos, un húmedo y pesado manto apoyado sobre las espaldas de la ciudad obligando a todos a mirar al suelo. El vehículo, tras un peregrinar por callejuelas nada concurridas, se detuvo frente al portal, con dificultad y lentitud Gastón cargó con la muchacha, empujó con las espaldas la puerta del portal y sin esperar al ascensor comenzó una ascensión agónica donde una letanía, interiorizada, suplicaba por no encontrarse con vecino alguno.
Veinte minutos, apartar sábanas y cobertores, toallas por el suelo y un aroma a pecera sucia mientras en la cocina se invocaba al café. Mirar el reloj, veintisiete, un aroma salpicando hogar, recuerdos de momentos cálidos y alejados de tan extraño presente. La tormenta proseguía imparable.
—¿Qué demonios ha sucedido? —La voz de Pablo sonaba irreal, era como escuchar a la propia conciencia disfrazada de abuela exhortando sabios consejos y advertencias. —¿Ha tenido un accidente?
Gastón sostuvo la taza frente a la boca y dejó que el líquido hirviente le abrasara los labios. Sorbió con lentitud mientras el dolor le arrancaba una lágrima de su ojo izquierdo. Con las pupilas brillantes, humanizado, el fotógrafo comenzó a narrar una historia sin pies ni cabeza, un relato donde nada quedaba explicado y todo carecía de sentido. Cuando hubo terminado de fabular lo inaprensible, de acumular palabras sin significado y explicar actos deslavazados entre sí, el fotógrafo se encogió de hombros a modo de conclusión. Parecía desesperado, como si ciertas cuestiones no tuvieran una palabra específica que las definiera.
Casi paladeando cada gesto, toda contracción de la cara, lentamente se dejó arrastrar por un llanto menudo y rítmico, tras el sollozo primero, acomodado detrás del paladar se iba abriendo una vocal, un sonido básico y simple aumentando progresivamente la cadencia hasta que al final, por toda respuesta, Gastón lanzó un alarido terrorífico e incesante.
Pablo se incorporó asustado, bordeó la mesa y tomó al fotógrafo por los hombros, temblaba interiormente, un traqueteo incontrolable procedente del último rincón de su alma le mantenía entre convulsiones y espasmos.
—!Por el amor de dios! —Invocó el hombre mientras le zarandeaba. —Cálmate, mañana todo será diferente, lo verás de otra forma.
Los sollozos se le atragantaban, mordía con fuerza el labio inferior hasta lograr que una gota de sangre le perfumara de óxido el paladar. Entre palabras mansas y caricias el pecho de Gastón dejó de agitarse y con él, una paz abandonada le fue invadiendo sin prisas. Su palabra permanecía en silencio, arrugas en la frente, movimientos de la boca en proceso e interrupción inmediata, cejas que se alzan y derrumban a plomo.
—No ha ocurrido nada, —dejó caer el fotógrafo como quien lanza un insulto, —Isaías no paraba de soltar teorías, burdas explicaciones sobre complot, asuntos turbios relacionados con mucho dinero.
—Daniela, —Insistió Pablo, —hablo de Daniela.
—En la Ciudadela reina el caos, la lluvia lo ha colapsado todo, nadie sabe nada. —Durante unos instantes sus ojos parecieron rebuscar en los recuerdos imágenes sobre la muchacha, datos capaces de unir puntos lejanos entre sí y en apariencia desconectados. -Daniela no estaba en el hotel, el edificio había sido acordonado por la seguridad privada de la Necrópolis, la habitación se encontraba revuelta y con claros signos de violencia, después Isaías me arrastró hasta el edificio central…
Mientras explicaba mecánicamente cada paso dado, toda acción realizada, su verbo se hacía plano, sin entonación. Resultaba imposible, oyéndole hablar, determinar su estado de ánimo. Parecía como si los hechos ocurridos, los narrados, lo hubiese llevado a cabo un desconocido. Cuando hubo finalizado de describir cada movimiento y la narración les situaba en ese exacto presente, tazas de café y lluvia inacabable, el fotógrafo enmudeció dejando a sus pupilas clavarse en el centro justo del tablero de la mesa. Negaba con la cabeza reiteradamente, parecía un autómata dislocado.
—Está bien, —terció Pablo, —mañana, más calmados, me explicarás todo. Necesitas descansar.
—No hay nada que explicar, no he visto ni presenciado algo terrible u ominoso. Lo que me atormenta resulta inconsistente, no puedo concretarlo. Allí todo sucede de otra manera, entras y el tiempo transcurre con cadencia distinta, ni más rápido ni lento, incomparable. Esta realidad, la calle, el “super”, las cuchillas de afeitar, el kilo de tomates, desaparecen por completo. Las avenidas blancas e impolutas, el olor a química, la limpieza extrema, todo lo que sucede en la Necrópolis te absorbe el pasado y lo suplanta por un presente irracional. Las cosas suceden sin más y nada fuera de ellas tiene importancia alguna.
—Estas confuso y cansado, —concluyó Pablo, —hazme caso, mañana, el amanecer traerá luz a tu cabeza.

El insistente y acompasado canto del reloj de la cocina se esparcía por el apartamento inundándolo todo. Martillo y yunque, espada contra escudo. El tan-tan mecánico, digital, recorría el salón, avanzaba por el corto pasillo y se detenía frente a dos puertas. Sonido inciso, contuso, cortante. Oculto entre el marasmo de pesadillas que acompañaba el profundo sueño de Daniela, el acompasado ritmo del reloj se transformaba en el exacto sonido del repiqueteo de una canica de vidrio contra un suelo de mármol. La abuela Daniela. En el deslizar onírico de la muchacha aquel sonido llamaba con insistencia, alguien quería entrar y sus dedos de cristal se quebraban esparciendo sobre el suelo azúcar de vidrio. Los pies del desconocido, al desplazarse por el pasillo, parecían discurrir sobre una alfombra de quebradiza escarcha. Un pisar leve, de niño, transmutaba el frio en calidez y el hielo se fue transformando en dorada presencia, olas, una marejada de amarilla arena invadió por completo los sueños de Daniela. Una reata de camellos plasmaba su alargada sombra sobre aquel océano ficticio, bajeles cargados de bultos se balanceaban al ritmo de una marejada formada por viento y fino polvo. Rápidamente tomó el extremo del paño con que envolvía su cabeza y se cubrió el rostro, aún quedaba por recorrer un largo trayecto hasta el próximo asentamiento, allí comerciarían, descansarían un par de días y proseguirían rumbo sur, hasta el oasis de Tucmareg. La matriarca había sido clara y concisa, mientras durara la visita nadie ajeno al clan debía verle. Su existencia, por el momento, permanecería oculta a los extraños. Aún no era llegado el momento.
Al otro lado, en el corto espacio que define el ancho de un pasillo, imágenes imperfectas, apenas insinuadas por la mente, iban construyendo un relato onírico. La narrativa básica de la ensoñación construía imágenes borrosas que el cerebro completaba. Apenas dos trazos, superficies repletas de sombras tintadas con dispareja intensidad creando paisajes, montañas, calles o rostros. El durmiente sudaba inquieto, sus ojos se agitaban bajo el ocaso de los párpados y el pulso se aceleraba. Pablo soñaba un cuento donde nada resultaba paradójico o extraño, las intenciones, el devenir atemporal donde convivían presente y pasado, realidad y ficción, se desarrollaba sin altibajos. Gastón solo dormía.

Apenas la grisácea luz se posó inquieta sobre las rendijas de las persianas, el fotógrafo abandonó las cobijas y se dirigió hacia el estudio donde solía retocar las instantáneas. Sobre la mesa descansaba la cámara, la había paseado por toda la Necrópolis sin tan siquiera haber retirado la protección de la lente. El fantástico reportaje soñado no había sucedido, desde su llegada al apeadero la única preocupación que pobló sus inquietudes fue no ser descubierto. Necesitaba tomar café sin demora. Antes de cargar la cafetera se acercó hasta la puerta del dormitorio donde descansaba Daniela, entreabierta, permitía observar la oscuridad reinante en el interior. Un silencio pesado y profundo se arrastraba desde el fondo de la alcoba y reinaba libre entre las sombras. La respiración apaciguada y rítmica de la muchacha tranquilizó a Gastón, estaba dormida y parecía descansar.
Ahora sí, el vapor aromatizado se expandía por la cocina combatiendo la inclemencia plomiza que afuera parecía ser única ama y señora. Llenó una taza con café y caminó lentamente hasta el despacho, los cristales del salón mostraban los estragos de aquella continua lucha mantenida con la incansable lluvia, cuando todo pasara deberían limpiar en profundidad todas las ventanas. Tomó asiento y dejó que sus ojos intentaran descifrar las siluetas que se recortaban contra el horizonte, una melancólica línea fundiendo cielo y tierra donde nada resultaba definido. Tomó la cámara fotográfica con ambas manos dispuesto a recargar la batería, le horrorizaba imaginarse a sí mismo ante un hecho único e inusual y descubrir, en ese preciso instante, que se hallaba completamente descargada. Absurdas pesadillas de fotógrafo, pensó para sus adentros. Accionó el encendido para comprobar el nivel marcado por el sensor, noventa y seis por ciento. Entonces fue cuando se percató del espacio libre que aún disponía la tarjeta de memoria, el indicador señalaba un ridículo dos por ciento. Estaba seguro de haber comprobado, antes de insertarla en la ranura, como aquella tarjeta se encontraba completamente vacía, limpia.
Aterrado volvió a insertar el dispositivo de memoria, conectó la cámara al portátil y buscó la carpeta donde se encontraban las fotografías. Pulsó sobre el icono y un despliegue interminable, una cascada de imágenes comenzó a extenderse como un incesante diluvio. Atónito, indefenso ante lo inexplicable, Gastón fue distinguiendo una sucesión continua de rostros desconocidos. Retratos de mujeres, ancianos, hombres y niños, gesticulantes, lanzando una arenga insonora y desesperada. Dejó a su dedo índice presionar con fuerza sobre el “ratón” y la pantalla fundió a negro.
Dentro de su cabeza un murmullo sordo e inteligible se mantuvo flotando, un eco, el residuo sonoro de ciento de miles de voces musitando frases sin significado individual pero que, juntas, componían un himno sutil y familiar. El aroma de lejanos cánticos infantiles acudió a la mente del fotógrafo. Era incapaz de recordar donde antes había escuchado aquella sencilla melodía. Acudían imágenes idílicas de jardines imposibles, estampas de rincones adornados por bellísimas flores, bancos de madera, columpios.
Buscando apoyo en el tablero del escritorio Gastón se incorporó con la mirada vagando fuera del salón, prendida del gris deshilvanado, de la madeja de agua flotante que, suspendida ante sus ojos, mojaba todo el exterior. Allí, fuera, mezclado entre la torrencial lluvia, localizaba el origen del sonido. Colocó la cámara de fotos sobre el escritorio y activó la grabación de video, acuclillado, con el ojo izquierdo cerrado, comprobó que el ángulo de visión enfocaba directamente a la ventana situada más próxima a la mesa. El aparato comenzó a grabar. Abrió el batiente, una tajada de aíre frío y vivificante le golpeó con violencia el rostro. Cerró los ojos y tragó la bocanada con ansías, después, con la lentitud prestada por el temor, fue abriendo los párpados. Afuera llovía. En su cabeza se mantenía el coral cántico como una difuminada sombra apenas audible. El agua golpeando el alfeizar era real. Miró sus manos, eran capaces de tocar la fría piedra y afirmar frío, dureza, negar materia viva. Lo real se desplegaba preciso y constante, un fluir leve y pegajoso, el chicle soldado en la suela del zapato recordando de continuo, a cada paso, lo molesto de los límites, el cansancio interminable de la física y, detrás, desde hoy, al fondo, imperceptible el rumor incansable de un himno que ya nada haría callar. Gastón se encaramó al marco de la ventana, extendió un brazo como queriendo comprobar que, en efecto, estaba lloviendo. Incuestionablemente llovía. Después sacó con extremo cuidado una pierna al exterior, deslizó las espaldas por el lateral del marco y quedó sentado a horcajadas sobre el poyete de la ventana, la pernera izquierda del pantalón se empapó de inmediato. Sintió frío. Aquella sensación también era real.
El murmullo coral continuaba reproduciéndose en sus oídos, suplicando, conminándole a dar un paso al frente y ser el nexo, el adalid capaz de unir aquello por siempre separado. Ladeó la cabeza y un hilo de agua procedente de un canalón roto comenzó a verterse sobre su frente. El fotógrafo sonrió divertido, ese bautismo ceremonial, injertado en el devenir de la normalidad como algo perfectamente explicable, le otorgaba una razón más para comprender como todo lo sucedido hasta ese mismo momento, tenía una razón de ser en apariencia normal y carente de toda simbología oculta. Gastón sabía que no era así, allí abajo estaba la gente comenzando a invadir las calles, cada cual dispuesto a ocupar el lugar designado, a seguir fingiendo una normalidad inexistente. Siempre percibió la existencia como algo absurdo e injustificado. Tenía que haber algo más y ahora, ese “algo”, comenzaba a manifestarse y nadie parecía percibirlo Todos, excepto él, eran incapaces de distinguir las claras señales que el devenir estaba mostrando sin mezquindad. Supo, en ese lapso, cuál debería ser su papel en tan difíciles momentos. Debía unir todos los cabos posibles y, para ello, le sobraba una vida entera.
El cielo continuaba escupiendo con desprecio un agua manchada y turbia, la voz de Pablo se dejó oír entre el murmullo de la lluvia y la insonora piel de las paredes. Con delicadeza Gastón fue dejando a los dedos de su mano derecha ir abriéndose en el vacío. Cuando el índice y el pulgar dejaron de sentir la frialdad inerte del marco de la ventana, el saco vivo que contenía a Gastón, el que parpadeaba y sentía la vida como un inexplicable absurdo, cayó a plomo hasta confundirse con las aceras. La acuarela de la sangre difuminó sobre el asfalto historias y secuencias de una vida innecesaria. El coro invisible musitaba una melodía recordada y conocida. Mientras caía en el vacío Gastón sonrió una última vez, ahora, por fin, tenía una canción. You don´t own me.

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