"Perro medio hundido" F. Goya

# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Ensueños y Pesadillas”.

#Ensueños y Pesadillas#

Estaba acostumbrado a experiencias hasta cierto punto previsibles, a la alteración de su estado de ánimo, tranquilidad vegetal, espacio clorofílico donde cualquier esfuerzo resultaba ímprobo, insoportable. A veces era todo lo contrario, elegía aquello capaz de enervarle, arrancarle de un estado de consciencia catatónico y llevarle en volandas camino del desenfreno. Nunca había padecido un modo semejante de disfunción total. Recordaba con exactitud el momento en que el compuesto, la nueva maravilla, entró a trompicones en su torrente sanguíneo, el sopor que le invadió de inmediato y la laxitud de sus articulaciones, resultaba imposible moverse. El momento exacto en el que un sueño profundo le arrebató el presente pasó inadvertido, solo después, en el instante exacto del despertar, comprendió que había sido aniquilado sin preaviso. Entonces afloraron las imágenes, la concatenación de hechos razonablemente reales dictando una historia, un relato que solo a él pertenecía. No tenía la sensación de encontrarse ante un sueño normal, esas fábulas que el inconsciente elabora y nos muestra, entre un giro hacia el lado izquierdo de la cama y ese mirar al despertador para comprobar, horrorizado, que apenas nos queda media hora para que todo vuelva a suceder. No, no era así. El bagaje depositado en el recuerdo hablaba de cosas reales, de experiencias individuales sucedidas en algún lugar, en un sitio desconocido y a la vez familiar al que nunca habíamos ido, pero, sin explicación aparente, permanecía oculto en la memoria, casi olvidado y completamente nuestro. Siete días de locura absoluta, ciento sesenta y ocho horas intentando, a toda costa, contactar con el maldito “camello”. Tenía que volver a sumergirse en esa realidad extraña, tal vez lograra así, ya prevenido, reconocer algún sitio, el nombre de una calle o la imagen inconfundible de cualquier lugar emblemático de una ciudad ignorada.
Mientras se dejaba llevar inerte por el bus pasaba lista a los instantes previos al despertar, oscuridad, sonidos lejanos donde voces desconocidas hablaban sin poder llegar a entender nada de lo dicho. Las muñecas atadas por una cinta plástica, el lugar estrecho y reducido, apenas si cabía acuclillada, la cabeza rozaba con una superficie fría y metálica, le dolían las sienes y sentía sed, mucha sed. Un frenazo en seco le trajo de vuelta, esa era su parada. Descendió del autobús y continuó andando en dirección a los aparcamientos de la empresa donde trabajaba, después del fin de semana, tras la extraña experiencia vivida, retornar a la normalidad le resultaba especialmente difícil. Imaginó con desesperanza las doce horas frente al volante que le aguardaban, era consciente de como, durante al menos tres días, se encontraría atrapado dentro del taxi sin poder regresar a ese sitio. El maldito “Brujo” no contestaba al teléfono, al menos precisaba de un vial más para retornar, si eso era posible, al punto exacto donde el despertar le dejó abandonado. Mientras iba sacando el vehículo del aparcamiento el recuerdo de un furgón le abordó de inmediato, era de noche y las luces de una única farola alumbraba un lugar descampado frente a un edificio de dos plantas. Salió a la calzada buscando un lugar donde poder detenerse. Aún recorrió un par de calles más antes de que, otro recuerdo, nítido, doloroso, apareciera invadiendo sin contemplaciones la memoria presente. Junto a él se encontraban, en la parte posterior de la furgoneta, otros dos cuerpos, una penumbra espesa le impedía determinar quiénes eran. El vehículo se desplazaba lentamente, la ausencia de ruidos le hicieron pensar que, tal vez, se encontraban circulando por una carretera comarcal. Una música desconocida parecía provenir de la parte delantera del furgón, una canción interpretada en un idioma extranjero, nunca antes oída, mantenía un ritmo repetido y cansino. Ignoraba por completo hacia donde se dirigían, ni la causa, tan solo sentía una terrible inquietud, un miedo profundo hacia algo desconocido. El estridente sonido de un claxon le advirtió de la luz verde del semáforo, metió la primera marcha e indicando con el intermitente su intención de girar hacia la derecha, penetró en unos aparcamientos al aíre libre de un centro comercial. Se detuvo en una de las plazas. La incertidumbre, y un temor creciente a posibles daños neuronales, le mantenían mudo y perplejo. El mismo terror recordado se encontraba en ese instante presente, allí, en el exterior, junto a los altavoces donde se anunciaban ofertas y descuentos. Tenía que localizar al “Brujo” a toda costa, la falta de respuesta del teléfono le hacía temer lo peor. Miró, sacando la cabeza por la ventanilla del taxi, hacia un cielo limpio, varias aves describían alegremente círculos. Todo el presente se encontraba alterado por aquellos recuerdos, imágenes confusas, escenas ocurridas en algún lugar ajeno y a la vez propio. Se estaba volviendo loco. La musiquilla del móvil se dejó escuchar, sobre la pantalla, con letras mayúsculas, la palabra “Brujo” aparecía resaltada. Sin mediar saludo alguno las preguntas se agolparon en un tableteo intenso y veloz.
—¿Qué demonios era eso? —Preguntó atropelladamente. —¿Qué mierda me has dado?
La voz, desde el otro lado, sonó pausada y tranquilizadora.
—Calma, no te agobies, es lo último en diseño, —el “Brujo” intentaba sosegarlo pronunciando cada palabra con lentitud exasperante, —reconocerás que no has probado antes algo semejante, todo un señor viaje.
—Tengo la cabeza como una puta coctelera. —Se quejó.
—Es normal, a mí me costó toda una semana poder volver a pensar en una sola dirección.
—¿Qué quieres decir? —Quiso saber Melitón. —¿Tú lo has probado?
—Por supuesto, nunca pongo en circulación nada que no haya pasado previamente los filtros de calidad mínimos. —Respondió el “Brujo” con acento dolido. —Claro que lo probé y, como te cuento, siete días para volver a poder dejar la cabeza más o menos como estaba.
—Cuando se te pasó el efecto, ¿recordabas retazos de sueños muy reales?
—No me parecían sueños, era como rememorar estampas de otra vida, —por unos instantes se hizo el silencio, poco a poco la voz del “Brujo” retomó el habla para verter preocupantes afirmaciones, —dirás que estoy chalado, pero todo lo recordado me era propio, no era un sueño, estoy seguro.
—Necesitaría un vial cuanto antes. —Anunció el taxista con auténtica ansia.
—Hasta el miércoles me es imposible, no imaginas la demanda, me lo quitan de las manos.
—Está bien, el miércoles entonces, donde siempre.
—Hecho. —Corroboró el “camello”.

Sentado frente al televisor, con los ojos cerrados, Melitón intentaba recomponer aquellos retazos que le habían asaltado por la mañana. La casa de dos plantas, la farola iluminando un pedazo de terreno sin asfaltar, la furgoneta gris con abolladuras en su lado derecho. Y ella, porque en sus recuerdos era ella, una chica de apenas once años, maniatada, recluida en un agujero donde resultaba imposible ponerse en pie. Aquel reducido espacio, su jaula, se encontraba cerrada en su parte superior por una plancha metálica pesada y rugosa. A veces percibía el sonido de unos pasos sobre su cabeza, la vibración a través del metal se le transmitía hasta los mismos huesos del cráneo. Sentía sed, muchísima sed. Un portazo en el rellano de las escaleras le sobresaltó.
Había imaginado que, tras dormir diez horas seguidas, los recuerdos injertados terminarían por secarse y morir. No resultó ser así. Otras nuevas remembranzas, nada más despertar, se fueron sumando a las ya existentes. Ahora retornaba la sensación de escozor en los tobillos, sus propios orines prendían fuego en las heridas producidas por las bridas de plástico. Hacía tiempo que se le habían dormido las pantorrillas y la micción incontrolada, aquel dejarse ir sin condiciones, le provocaban una quemazón cálida y estimulante. Volvía a notar los pies, aunque esa sensación le transmitía un dolor insoportable, era preferible al adormecimiento absoluto de ambas piernas. El deslizar de la plancha de hierro dejó entrar algo de claridad en el diminuto zulo, fue entonces cuando se percató como su lugar de encierro era un simple agujero excavado en el suelo de un sótano húmedo. Un hombre alto, envuelto en una especie de capa púrpura, tironeó de la cadena que le apresaba el cuello. Se irguió sin apenas poder sostenerse, estaba desnuda y llena de barro. Apoyó las manos en el borde del agujero con la intención de impulsarse fuera del zulo. El hombre volvió a jalar la cadena, esta vez con violencia, y sin poder remediarlo, la niña cayó hacia delante hasta dar con el rostro sobre la tierra. Percibió desde el suelo un olor a cera derretida, el cálido aroma se instalaba lentamente invadiéndolo todo, miró hacia arriba y descubrió unas escaleras ascendiendo hasta lo que supuso era la planta baja de aquel lugar. La voz seca del hombre le mandó a alguien que limpiara a la niña.
—Adecéntala, apesta a meados. —El timbre de voz retumbaba metálico contra el cemento que cubría las paredes.
Una mujer, con el rostro cubierto por un velo, cogió el extremo de la cadena y condujo a la niña hasta el otro lado del sótano.
—Quédate ahí, no te muevas. —Le ordenó.
Giró la llave de un grifo y un caño de agua helada cayó sobre su cabeza arrastrando barro y tierra.

Goya.-Asmodea-Goya-PORTADA (2)
“Asmodea” F. Goya

Los días transcurrieron agregando imágenes, retazos de un suceso que se iba conformando con el pasar de las horas. Todo aquel cúmulo de sensaciones, de fotogramas detenidos, componían un relato terrible. Melitón no era capaz de determinar el origen de aquella historia, su mente intentaba componer una teoría lógica donde posibilidades remotas y fantásticas, intervenían utilizando su mente como conducto de expresión. Lo último, la final idea, no resultaba creíble, en ningún momento llegó a imaginar que ese suceso, descrito por capítulos inconexos, alguna vez hubiera sido real. Todo se debía, posiblemente, a una interpretación que su mente realizaba de sueños, escenas de películas, o recuerdos de retazos leídos en la prensa. Un simple viaje, eso sí, extraño y terrible, propiciado por aquel compuesto de novísima factura. Suspiró satisfecho dispuesto a no dejarse arrastrar por el fruto de la nueva droga. Solo quedaba que el “Brujo” le consiguiera un nuevo vial para volver a sumergirse en ese mundo terrorífico y a la vez seductor. Deseaba regresar a las sombras desde la comodidad y seguridad del sofá o la cama. Necesitaba continuar transitando por ese desván donde su mente escondía fotografías del horror más elemental, aquel que sentimos ante lo incomprensible y cuyo origen desconocemos.

Era el sonido de voces hablando, el sueño trajo de la mano aquel orfeón y las sombras de siluetas proyectadas sobre una pared, alguien había colocado una cámara de video y mientras grababa, iba proyectando sobre unas sábanas colgadas a diferentes alturas, con apenas unos imperceptibles segundos de diferencia, la absurda danza donde todos participaban. Miró sus manos, las ligaduras habían sido cortadas, caminaba por un oscuro pasillo precedida de una mujer envuelta en una toga. No podía verle el rostro, agachaba la cabeza mientras sostenía entre las manos un gran cirio, la luz emitida por éste sembraba claroscuros haciendo imposible reconocer a nadie. Al final del corredor pudo distinguir un amplio espacio donde se encontraban otras personas componiendo un círculo. Más velas, colocadas equidistantes entre sí sobre el suelo, acotaban un área lumínica donde parecía estar sucediendo algo extraño y perverso. Detrás, otros pasos, cuyo sonido delataban descalzos, le acompañaban también en silencio. Cuando la comitiva accedió al círculo de luz pudo comprobar cómo, la danza que se estaba ejecutando, resultaba grotesca y falsa. Varios hombres y mujeres, desnudos como ella o apenas cubiertos por mantos, sin moverse del lugar que ocupaban, realizaban movimientos sincopados carentes de todo ritmo. Un sentimiento de absurdo parecía guiarlo todo, una representación bufa y ridícula de algún ritual pagano.
—Aquí están los corderos. —Anunció una voz amplificada por un micrófono. —Hoy sabremos quienes están dispuestos a asumir esta responsabilidad compartida y quien, guiado por ambiciones ajenas, deberá ser expulsado definitivamente.
La mujer que le precedía la tomó por el brazo y la condujo hasta uno de los ángulos compuesto por una estrella dibujada sobre el suelo. Distribuidos en otros vértices del pentagrama distinguió la presencia de dos niños, también desnudos, que se mantenían firmes sosteniendo cirios negros. Un pavor ancestral se apoderó de todo su ser, las piernas apenas eran capaces de sostenerle mientras contemplaba como dos personas, ataviadas con túnicas púrpuras, acompañaban a un tercer niño hasta el centro de la gran estrella.
—Nadie que hasta aquí llega, —recitó la voz, —vuelve a ser el mismo.
Un hombre surgió de las sombras y caminó despacio hasta situarse justo al lado del menor. Horrorizada comprobó como en una de sus manos llevaba una pistola. A partir de ese momento apenas fue capaz de entender lo que la voz amplificada relataba, sonidos inconexos, palabras sueltas que iban componiendo un historia inverosímil y ridícula. Cerró los ojos en el instante en que, en medio de lo recitado, la detonación de un disparo dejó en el aíre un eco insoportable y dañino. Después fueron salves, aleluyas y el cuerpo del niño inerte sobre el suelo. Una gran mancha carmín le brotaba del centro del pecho coloreando de ocres la tierra, el hombre apuntó con el revólver en dirección a la cabeza del cadáver y ejecutó un nuevo y certero disparo, el cráneo dejó escapar un espurreo gris y sanguinolento. El cuerpo tembló al recibir el impacto como si aún atesorara algo de vida.
—Ahora subid a los “angelitos” a las habitaciones, —retumbó la voz metálica, —llegó el momento de la comunión de la carne, el esperado instante del goce único.
Una sacudida eléctrica arrancó a Melitón del sopor que le mantenía aletargado sobre el sofá, inmediatamente una profunda arcada se escapó de su boca y un reguero de vómito salió expelido derramándose sobre la alfombra. Atónito y confundido dejó que las imágenes siguieran fluyendo desde la memoria, varias instantáneas retrataron nuevas escenas, habitaciones de algún hotel de carretera, anodinas y de pobre decoración, donde adultos yacían junto a niños maniatados.
Nada de aquello le pertenecía, recuerdos de una vida ajena a la suya hábilmente entrelazados en su memoria. Solo una cuestión resultaba, a su entender, meridiana y precisa, no se trataba del producto de la fabulación de su propia mente, aquellos hechos habían sucedido, la nitidez con que el relato se desarrollaba, la precisión en los detalles así se lo mostraban. La nueva droga activaba, según llegó a pensar, alguna vía de comunicación, algún nexo inexplicable con quien padeció esos horrores y la propia psiquis del que se encontraba bajo el influjo del fármaco. La única manera posible de desentrañar el fabuloso misterio, se repetía Melitón, pasaba por lograr reconocer algunos de los lugares retratados. Era consciente, a pesar de la confusión instalada dentro de su cabeza, que conseguir una sola pista era algo casi imposible. La furgoneta, el edificio de dos plantas situado a las afueras de alguna localidad, el sótano, las habitaciones de pobre decoración, todo resultaba insuficiente. Necesitaba, si quería desentrañar aquel enigma, seguir penetrando en esas vivencias ajenas.

Goya.-El-Aquelarre (2)
“El Aquelarre” F. Goya

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