# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “El Pozo y los Deseos”.

#El Pozo y los Deseos#

Desde lo más profundo del sueño identificó, sin ninguna duda, el tableteo de las ruedas de la camilla absolutamente desquiciadas. Alguien empujaba y una brisa leve transitaba alrededor de su cara. Olía a humedad, agua profunda y encerrada entre paredes de cemento. Seguro continuaba lloviendo, pero ella, ese presente arrastrado sobre ruedas, era incapaz siquiera de abrir los párpados. Sintió un terrible deseo de dejarse llevar, que fuese la arena quien le arrastrara hacia aquella vida que ya no le pertenecía, pero en cambio, podía recordar.

Cuando por fin alcanzaron el oasis de Alsagüir éste resultó estar bastante concurrido, tres caravanas se encontraban acampadas y esa circunstancia les obligó a levantar las tiendas bastante alejados del pozo. Una vez la imaginaria aldea estuviese completamente edificada, a base de lonas y cordajes, irían con las mulas y el joven rucho a llenar con la necesaria agua el mayor número posible de odres.

La tarde difuminaba el horizonte pintando en la lejanía, con ayuda de la imaginación, ciudades quiméricas, metrópolis abanderadas por inmensos palmerales circundados por piadosos y calmos ríos.
Caminaron precedidos por la reata de bestias cargadas de odres desmayados entre las lindes que cada campamento había establecido, Masmul observó como, algunas de las tiendas vecinas e incluso sobre los arneses de los dromedarios, aparecían impresas leyendas publicitarias de conocidos campos de refugiados, anunciaban los productos que estos elaboraban, la artesanía específica que fabricaban y el número de móvil de contacto. Seguro que esa publicidad le aportaban ingresos extras y cierta permisividad a la hora de entrar y salir de los asentamientos más codiciados, pensaba el guía. Ibba se estaba quedando anticuado y esa postura, impermeable a los nuevos tiempos, terminaría por hacerlos desparecer como clan. Tenía que facilitar que un nuevo líder tomara el mando cuanto antes y, para ello, su idea debía ser puesta en práctica lo más pronto posible. Era el momento de comenzar a remover conciencias y fichas en el invisible tablero que cualquier comunidad establece, crea.
Se acercó con disimulo hasta la hilera que, mujeres y niños, componían alrededor del pozo esperando llegara su turno de llenar las botas. Distribuyendo el trabajo, organizando la tediosa labor se encontraba Habiba, la hija mayor del anciano. La primera pieza que pensaba mover. Tras el respetuoso y convencional saludo, Masmul se quedó parado justo a su lado manteniendo una distancia suficiente que le permitiera hablar mientras, el sonido del agua vertida sobre los odres, creaba un íntimo espacio ajeno a otros oídos. Eligiendo con extrema delicadeza las palabras a utilizar, casi pronunciándolas en un susurro, se dirigió a la muchacha.
—Es inevitable que el sol se ponga, es ley inquebrantable, y que sobre el firmamento tome el relevo y luzca una nueva luminaria distinta.
La joven le miró de soslayo, apenas levanto los ojos de la labor que en ese momento ejecutaba. Con lentitud sus labios respondieron.
—La noche no dura siempre.
—Ni el día, ni los pasos del hombre sobre la arena, pero, mientras sucede, a pesar de saber que tendrá seguro final, debemos asumir nuestra parte del compromiso derivado del existir.
—¿Y qué opina el sol de todo eso?
La pregunta de Habiba dejó perplejo a Masmul, hasta ese mismo momento no había estado seguro de que sus palabras estuvieran siendo comprendidas en toda su profundidad.
—Aún no sabe nada, pero debemos ir pensando en el relevo, tu padre cada vez se aleja más de este tiempo y nos encamina a la ruina más dolorosa, la que se asienta con parsimonia, sin prisas.
Una vez dicho aquello, el guía se arrepintió de inmediato de su sinceridad, si la muchacha hablaba con el patriarca de todo lo expuesto sería considerado un traidor, lo que conllevaba la expulsión inmediata del clan y que su condición social pasara a ser la de un paria, ninguna caravana daría asilo a un expulsado de otro clan. Habiba adivinó en los ojos del hombre el arrepentimiento, el temor.
—No padezcas por lo dicho, tu preocupación por el futuro de todos te honra, solo desearía agregar una cuestión, —apostrofó la muchacha, —¿quién te garantiza que no estoy de acuerdo con el proceder de mi padre?
—No es algo que en este momento me preocupe, primero el timón, después la ruta.
La joven sonrió y con un gesto de la mano invitó a Masmul a retirarse, llevaban demasiado tiempo manteniendo una conversación inaudible y el resto de las mujeres parecían advertirlo, sus cuchicheos y risas veladas así lo atestiguaban. Habiba dedicó una especial sonrisa al hombre mientras éste se retiraba inclinando la cabeza. Dejó a sus parpados aletear más de lo conveniente, prefería que creyeran que Masmul la pretendía, a pesar de tener quince años más que ella, antes que sospecharan la razón verdadera del inusual acercamiento entre ambos.

Partir, abandonar un oasis, siempre produce en el corazón una extraña sensación de nostalgia. Nada especial sucede apenas mientras las tiendas se mantienen en pie, el pan ázimo cocido, las labores de alimentar con forraje al ganado, la cura de algunos animales enfermos o auxiliar el parto de alguna cabra, almacenar agua, acaparar la existencia futura en odres No acaece ningún hecho distinto de cualquier otra parada, de cualquier otro lugar. Pero resulta inevitable, tal vez la falta de arraigo, el que cada instante goce del valor único y verdadero que concede el instante, la certeza de estar vivo y en el presente, deja al corazón arrebatado por esa emoción triste.
La caravana continuó enfilando el rumbo que el sol en su discurrir diario marcaba, el siguiente lugar de parada se encontraba bastante alejado, antes de llegar al asentamiento de Tajaral, antiguo campo de refugiados reconvertido en villa, debían atravesar una cadena de cerros romos y viejos. Allí, al pie de las vencidas moles de piedra, harían noche. Varías cuevas, poco profundas y de amplísimas bocas, se esparcían en las faldas de las ancianas montañas. Aquellas moradas naturales eran utilizadas como corrales para alojar a las bestias. El lugar resultaba grato a los niños, la luz esparcidas por las hogueras, reflejada en los entrantes cavernarios, investían al lugar de una gracia y matiz mágico e irreal que arrebataba la imaginación.
Fue durante aquella jornada, vigilados desde lejos por un vehículo todo terreno repleto de militares que Masmul aprovechó para mover una segunda pieza, la que conforma la etérea e imprecisa presencia de una idea. Intentando hacerla pasar por un simple comentario, inoculó las palabras una tras otra.
—¿Quién vigila al vigilante?
El anciano giró la cabeza de inmediato en dirección al guía y su mano, como queriendo dar una respuesta, acarició la culata del viejo arcabuz.
—No estaría mal que pudiéramos defendernos, llegado el caso. —Matizó precavido Masmul.
—Tu repentino cambio de pensamiento, en otras circunstancias, hubiera debido alarmarme, —comenzó a exponer Ibba, —pero, en cambio, estoy tranquilo. Junto al agua se esbozan las mejores confidencias, no temas, —agregó el anciano al ver el rostro transfigurado por el terror del guía, —no ha sido Habiba, esa muchacha es demasiado prudente, lo evidente fue observado por muchos ojos y referido por distintas bocas. Es ley, norma necesaria.
La ambigüedad de lo vertido por el patriarca, lejos de tranquilizarle, dejaron en el corazón de Masmul una piedra pesada y dolorosa. ¿Le había hablado y por ende dado su consentimiento para cortejar a Habiba? o, por el contrario, ¿estaba al corriente de sus arteras intenciones de ir preparando el camino para aquella que debía sucederle y, de igual manera, aceptaba tan inusual propuesta? Ambas posibilidades le aterraban por igual.

Antes que el sol escapara divisaron las redondas montañas, una hilera de lomas que se mantenía compacta a pesar del empeño puesto por el viento y el empecinamiento en separarlo todo. La visión del lugar produjo en el guía cierto alivio, por unas horas su pensamiento estaría por completo dedicado a los animales de carga, alojarlos, construir con los postes la empalizada, le mantendría ausente y ocupado, el único inconveniente de todo aquello era que no podría preguntar a Habiba sobre lo ocurrido, ninguna excusa fehaciente le permitiría siquiera acercarse a ella sin padecer la reprobación del resto del clan. Aunque Ibba le hubiese dado consentimiento al darse por enterado de sus intenciones y no objetara ninguna oposición, debería previamente otorgarle el permiso con un gesto de carácter público, invitarle a compartir una cena, pasear junto a los dos futuros contrayentes por el poblado, o cualquier acción parecida en la que ambos participaran de un acto familiar y hasta entonces privado. Masmul suspiró contrariado. Una algarabía inusual le sacó de repente del torturante arrobo de sus pensamientos, los niños, tras abandonar las monturas que compartían, corrían entusiasmados y felices en dirección a las cavernas. Ibba sonreía complacido, desde su más remoto recuerdo regresaba aquel lugar festejado por todas las generaciones, las precedentes y esas que ahora corrían aventando arena.
Las risas, el jolgorio, se fue difuminando hasta que un silencio pesado comenzó a mezclarse con la tarde, el guía observó como uno de los niños, el más retrasado del grupo, el pequeño, señalaba hacia delante con la cabeza vuelta mientras buscaba la atención de los adultos. Masmul espoleó la montura tanteando el cinturón, buscaba el puñal que siempre le acompañaba, por su magín desfilaron multitud de posibilidades de riesgos y peligros indefinidos e inimaginables. Algo inusual ocurría delante y la distancia que le separaba de los niños era suficientemente abultada como para que, una situación impredecible, concluyera de la forma más temible. El anciano desenfundó el arcabuz, pero sus movimientos torpes y lentos, le hicieron caer de la montura.
El guía, manteniendo un fuerte galope, miró de reojo a su izquierda, junto a él distinguió, separada unos metros, a Habiba galopando sobre el dromedario mientras sostenía en su mano izquierda una vieja cimitarra. Una suave loma les impedía ver la llanura que se extendía delante de las cavernas, tan solo podían distinguir al pequeño Izza agitando el brazo en demanda de ayuda.
Cuando ambos jinetes coronaron al unísono la duna la visión que se les mostró no parecía en absoluto peligrosa, los niños se encontraban reunidos formando un círculo, no era posible distinguir ni determinar qué era lo que había disparado la alarma, todo parecía normal. Un grupo de críos en corro, solo eso y la montaña perfilando sombras en el atardecer. Habiba fue la que desmontó del dromedario y continuó a pie, Masmul se quedó detenido sobre la ola de arena, atento, listo para intervenir en caso de que fuese necesario. La mujer se adentró dentro del círculo que los niños habían formado y se agachó, el guía era incapaz de distinguir qué sucedía en el centro del redondel. Segundos después Habiba se incorporó llevando en sus brazos a uno de los pequeños, tal vez se había caído durante la alocada carrera y se encontraba lastimado, imaginó el hombre. Irguiéndose sobre los estribos el guía indicó con un gesto del brazo, al resto de la caravana, que no ocurría nada anormal y esperó, sosteniendo por el bocado la montura de la mujer, a que ésta regresara.
La cercanía de Habiba le mostró la causa del alboroto, el niño que llevaba entre sus brazos estaba completamente desnudo y su piel, el color de la epidermis, eran de una tonalidad ajena, extranjera. Los ojos de la mujer se tropezaron con los de Masmul, en ellos el hombre no encontró dulcedumbre ni amor, transportaba al pequeño como quién lleva un fardo, un bulto al que hay que abandonar cuanto antes.

Sus temores, esos que arrastraba desde el episodio del pozo, se vieron completamente justificados, no así los motivos, Masmul fue invitado a compartir la cena de aquella noche en la tienda del patriarca, la única razón verdadera era determinar qué hacer con el niño encontrado.
Cuando penetró dentro de la carpa los comensales ya se encontraban alrededor de la mesa sentados sobre amplios cojines. Ibba presidía el ágape situado en la cabecera del rectángulo compuesto por un simple mantel, a su diestra se encontraba su esposa, Jalilla, y a su siniestra las dos hijas de ambos, Habiba y Malak, el otro extremo de la tabla estaba reservado para el invitado, para el guía. Tras los saludos de rigor y las letanías que ese tipo de acto social comportaba, los comensales comenzaron a ingerir los alimentos en el estricto orden que la tradición no escrita, transmitida de boca en boca, establecía para los nómadas del desierto.
Mientras paladeaban los manjares delicadamente seleccionados, un baile de miradas soterradas, de gestos invisibles, se derramaron silenciosos por encima de bandejas y cuencos, por debajo de párpados y pestañas. Labios que se fruncen, ojos mirando desvalidos al cielo, un lenguaje sin palabras ni sonidos manteniendo una conversación muda y directa. Al finalizar la comida, el anciano se dirigió sin preámbulo alguno al guía, necesitaba conocer su juicio sobre la extraña aparición de aquel pequeño extranjero.
—Mi apreciado Masmul, quisiera saber tu parecer, ¿qué deberíamos hacer con el niño que nos ha sido entregado?
Sin solicitar permiso, contraviniendo cualquier norma de cortesía, Habiba contestó a la pregunta. Los ojos de Ibba mostraron cólera contenida.
—No debemos dudar en absoluto, entregarlo a las autoridades de Tajaral nada más llegar, pudiera ser que sus padres le estén buscando. —Indicó la muchacha con vehemencia.
—Quisiera pedirte disculpas en nombre de mi hija, —intervino el anciano ignorando las palabras pronunciadas por la joven, —la impericia o el desconocimiento no son reprobables, la falta de respeto a las más elementales normas de cortesía merece, cuando menos, ser puestas en evidencia. Te repito mi ruego, ¿qué debemos hacer?
Masmul se mantuvo unos segundos en silencio antes de responder, sopesaba las dos únicas alternativas posibles. Deseaba responder sin que el patriarca se sintiera desautorizado. Algo en su interior le decía que Ibba no deseaba, al menos por el momento, desprenderse del recién llegado. Sus elucubraciones, el mosquete, las pláticas que mantenía últimamente indicaban que había estado esperando algo y que ese algo, de seguro, se encontraba encarnado en la figura del niño. Recordó el taumatropo encontrado por el cernícalo, las imágenes que el trozo de metal tenía grabadas. El hombre de la espada, el niño.
—El camino mostrado por Habiba, —comenzó a exponer el guía, —no debería ser, pese a la inexcusable impaciencia que su juventud derrocha, arrojado al olvido. Pudiera ser, tal y como indica, que unos padres desesperados le estén buscando…
—¿Pero…? —Interrumpió el anciano.
—Pudiera ser que nada de esto sea casual, —Ibba esbozó una sonrisa al escuchar esas palabras en los labios de Masmul, —Habiba desconoce las señales que solo los ojos del verdadero guía, aquel que nos ha conducido con sabio proceder hasta el hoy, es capaz de percibir y desentrañar. Existe un lenguaje que no todos están capacitados para distinguir…
Por segunda vez la voz de la muchacha se dejó oír interrumpiendo la respuesta a una pregunta formulada por el patriarca.
—Fantasías, supersticiones que nos arrastran a tomar decisiones equivocadas, no podemos decidir el futuro de un niño basándonos en presentimientos, en vanas imaginaciones, no tenemos derecho a ello.
El patriarca golpeó el tablero que utilizaban como mesa, las impertinencias de su hija ponían en duda, ante la presencia de un invitado, su incuestionable liderazgo.
—¡Basta! —Clamó con voz cavernosa. —Hemos oído tu parecer, pese al insolente modo en que ha sido expuesto, ahora permite que demos nuestra opinión. —Tras toser prolongadamente, más calmado, prosiguió conciliador exhortando con consejos a la joven hija. —Tu juventud y ceguera no te dejan ver más allá de lo evidente, algún día, cuando tu cabello se enturbie, comprenderás como habitamos un mundo que tan solo muestra una limitada apariencia, hay más, mucho más tras las simples cosas que delante de ellas. Y ahora Masmul, por favor, prosigue.
El guía sopesó las palabras que iba a exponer, no eran fruto de buscar la aceptación del viejo patriarca, ni de exponer aquello que sabía sería grato a los oídos de éste. Todo aquello que Habiba había definido como superstición, parecía en ese mismo instante convertirse en evidencia sólida y veraz. Elegir siempre era un acto irrevocablemente parcial, la negación de otra posibilidad que nunca podría ser ejecutada, pese a ello optó por tomar partido del sutil lado de lo inexplicable.
—Adoptémosle, que sea criado a la usanza de nuestras costumbres, que el sol, el viento y la arena, sean quienes doren su piel, los que le asemejen e igualen a sus nuevos hermanos.
—¿Con qué finalidad? —Preguntó abatida y resignada la muchacha.
—¿Finalidad? —Repitió con tono cansado Ibba. —Pregunta al destino, él así lo ha querido, no te resulta suficiente.
La joven miró a Masmul directo a los ojos, en sus pupilas se dibujaba la triste imagen de la traición y el desengaño, no podía imaginar qué había llevado al guía a querer saber sobre su disponibilidad para aceptar ser la matriarca del clan y, poco después, ante una situación en la que su palabra le hubiese proporcionado el sostén necesario, dejarla sin apoyo frente al padre.
—Y ahora una única cosa antes de retirarme, —anunció con rostro abatido el patriarca, —necesito descansar, la caída del camello ha sido una advertencia que no debo dejar en olvido…
La esposa, las hijas, todas abandonaron el puesto que les correspondía alrededor del mantel y se acercaron al padre negando con la cabeza. El guía, impávido, se temió lo peor.
—…tranquilas, no os preocupéis, —les serenó Ibba, —pero se acerca el momento, ese que siempre acecha y que, a mi edad, se convierte en un fiel amigo dador de sabios consejos. Escuchad todos.
Masmul, con un ligero movimiento ascendente, hizo visible su intención de marcharse, detenido en mitad del gesto esperaba la venia del patriarca. Las cuestiones familiares pertenecían al ámbito privado y nadie debía ser testigo de ellas y, menos aún, las que concernían al señor del clan. Pero la voz de Ibba le retuvo.
—Espera, Masmul, lo que voy a decir te concierne.
Los ojos de Habiba volvieron a encontrase con los suyos, en esta ocasión la mirada de la mujer era algo distinta, parecía estar sacando conclusiones que el guía dedujo erróneas, tanto, como las que viajaron desde sus pupilas la vez anterior.
—Cuando me haya marchado… —comenzó a exponer el anciano ante las amorosas protestas de hijas y esposa, —hay que ser precavido, —terció el Patriarca obligando a callar a todos, —como decía, cuando eso suceda, es mi deseo que Masmul tome por esposa a Habiba. —Las palabras recién pronunciadas dejaron un silencio flotando por el interior de la jaima que no mostraba sorpresa alguna. —Será el hombre, en esta ocasión, el que tome el apellido de la mujer, espero que esto no sea algo que te contraríe… —el guía negó con la cabeza, —al fin y al cabo, es un deseo legítimo de viejo caudillo.
—Completamente normal y por ello aceptable. —Aseveró Masmul.
—Seré yo el que lo anuncie a la tribu, pero si por alguna razón no pudiera… —nuevamente las quejas surgieron prendidas de un amoroso murmullo, —será tu madre, mi esposa, la que lo haga público. Es mi deseo, para la buena gobernanza de la tribu que, en contra de lo que las antiguas costumbres determinan, las decisiones que toméis sobre el futuro del clan sean consensuadas, nada de fisuras, sin disidencias, leal y veraz mutuo acuerdo.
El guía volvió a asentir y los ojos de Habiba le miraron desde la distancia reflejando nuevas dudas y suspicacias. El hombre intuyó que la mujer volvía a errar. Nada de lo que estaba sucediendo había sido previamente urdido.
—Para finaliza, no deseo poner ni un instante más a prueba vuestra paciencia, —prosiguió el anciano, —es mi mandato, que no ruego, que adoptéis al recién encontrado como hijo propio y le instruyáis en los usos y costumbres de los nuestros, como uno más. A pesar de que su nombre me fue revelado en sueños, llamadle Fadir y que así sea hasta que alguien pronuncie el verdadero y él, sin dudar, responda a esa llamada. Y recordad, el amuleto encontrado por el cernícalo le pertenece, guardadlo hasta llegada su mayoría de edad. —Ibba resopló con evidentes signos de extenuación. —Y ahora permitid el descanso a este pobre viejo, ya va siendo hora de retirarme.
Masmul abandonó la carpa, había entrado como guía y regresaba al amparo de las estrellas convertido en esposo y padre. pensaba en los jóvenes que se marcharon, en todos aquellos visionarios, los únicos capaces de entender como el mañana no se encontraba sobre la arena. Suspiró contrariado, el cernícalo permanecía en el interior de su tienda esperándole, le daría algunos trozos de carne seca y después le pondría la capucha para evitarle innecesarios sobresaltos. Le esperaba una larga noche de insomnio.

cuevas-esculpida-en-la-roca-07

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s