# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Atardecer del Día Cuarto”.

#Atardecer del Día Cuarto#

No fue hasta bien entrada la tarde que el amplio recibidor del hotel quedó despejado, una cinta amarilla cruzada por líneas verticales negras advertía de la prohibición de entrar en el edificio. No de salir.
—Lo lamentable es haber perdido la habitación, —anunció quejoso Gastón, —lo digo por usted. No sé dónde demonios pasará las noches, aquí hace un frío atroz.
El “mapache”, en cuclillas y pegado a la pared, miraba al suelo azul de la moqueta, parecía ausente y vencido.
—La pensión, —musito entre dientes, —eso es lo que lamento realmente. Conseguir alimentos aquí resulta imposible.
—¿Cómo sabe eso? Me dijo que jamás estuvo antes aquí.
—No sea tan desconfiado, —repuso Isaías, —propaganda, catálogos, hay suficiente material donde recabar ese tipo de información.
A pesar de poder contemplar el exterior desde el lugar en el que se hallaban ocultos y constatar como nadie transitaba por las calles, aún se mantuvieron un buen rato agazapados manteniendo una afectada actitud de torpes delincuentes. El compungido “mapache” fue el primero en romper la quietud arengando al fotógrafo.
—El reportaje no se va a hacer solo, deberíamos movernos. Ahora llueve menos.
Una lluvia suave y delgada caía con dedicación sobre las aceras, la luz comenzaba a grisear, una plomiza frialdad se extendía fuera, un helor imaginario que las primeras farolas, con su tímida luz blanquecina, apenas eran capaces de disfrazar.
—Tengo el presentimiento de que seremos descubiertos en breve. —Anunció Gastón sin dejar de mirar a través de los perlados cristales.
—¿Vaticinio o deducción? —Preguntó Isaías.
—Más bien lo segundo, la tormenta les ha alborotado el hormiguero, pronto tomarán las riendas de la situación y empezarán a hacerse preguntas.
—¿Preguntas? ¿Qué clase de preguntas?
—De las incómodas, ¿qué hacen dos tipos alojados en el hotel que se acaba de clausurar? ¿cómo es que nadie los ha visto? De ese tipo de preguntas.
Los ojos del fotógrafo parecían imbuidos por la luz espectral de lo inevitable. Nada, parecían decir, podrá evitar aquello que debe ocurrir, por terrible que sea.
—Aquí ocultos nada podremos hacer.
—Está bien, pongámonos en movimiento. —Anunció Gastón incorporándose de un tirón.
—¿Algún plan? —Preguntó tímidamente Isaías.
—Debemos dirigirnos al edificio principal antes de que retomen el control, mostrémonos como clientes enfadados, seguramente es a lo único que en realidad temen. Un consumidor muy, pero que muy cabreado, en un cambio de turno accidentado puede descontrolar la situación por completo y si conseguimos hacer suficiente ruido, harán cualquier cosa por callarnos.
—Me sorprende, —le respondió el “mapache” con una sonrisa, —aunque suena muy peliculero, parece una alternativa bastante acertada.
—Créame, ninguna forma de tiranía desea quedarse a solas frente a un espejo y, menos aún, que el reflejo proyectado lo puedan ver todos. Gritemos.

Embutido en el impermeable amarillo, seguido por una sobra ojerosa, los dos accidentales camaradas abandonaron el hotel, un aíre limpio les despejó el semblante, la lluvia sobre el rostro resultaba benéfica. Extrañamente, Gastón pudo comprobar como, un sentimiento de certera resignación presidía su empuje. Estaba vivo, esa era la fuerza motriz. Nunca hubo antes sentido semejante emoción, básica, elemental, solo se tenía a sí mismo y eso le bastaba.
Las distancias, comparadas con el tiempo invertido en recorrerlas con el carricoche eléctrico, le resultaban ahora irregularmente extensas. Esa anormal percepción del espacio, de los trayectos, se confabulaba con la idea, cada vez más desarrollada en su mente, de que los edificios eran más altos. Todo estaba cambiado. Era tal su confusión que, en un par de ocasiones, pensó se había despistado y tomado un camino equivocado, pero no, las antenas que coronaban el corazón de la necrópolis, con sus luces intermitentes, rojas, verdes, señalaban el centro neurálgico de aquel organismo autónomo. Un tumor, una excresencia alojada en el costado de la ciudad. El fotógrafo se detuvo y apoyó las espaldas contra una pared, el resplandor azul de los vehículos de seguridad se estrellaba contra el edificio situado en la acera de enfrente. Resultaba necesario colocarse en una posición desde la que pudieran ver la entrada a las oficinas y esperar, aguardar a que alguna inesperada afluencia de empleados o clientes les permitiera confundirse con el resto del rebaño.
—En cuanto sea posible vamos a cruzar a la otra acera, —anunció el fotógrafo señalando enfrente, —después avanzaremos hasta ese saliente y en el hueco situado justo debajo, esperaremos como pacientes cazadores.
Aquella jerga infantil sacaba de sus casillas al templado espíritu de Isaías, todo, en las palabras de Gastón y en la forma fluida de encadenarlas, parecía extremadamente sencillo de realizar, sin incidencias imprevistas. Posible. Y esa percepción le provocaba un sentimiento de intranquilidad creciente. Sentía miedo. Terror a que pudieran capturarle. Nadie le echaría en falta. Su indefensión era tal que podía considerarse, sin necesidad de ser arrestado, un “recuperado” en vida. Se contaban demasiadas leyendas sobre la Corporación.

No fue hasta el cambio de turno. Varios microbuses fueron llegando desde diferentes puntos de la Ciudadela, sobre el parabrisas llevaban inscrito un número de tres cifras y dos letras, manzanas, cuadrículas del gran enjambre. Del interior de los autobuses comenzaron a salir los operarios que habían finalizado su jornada. Monos de trabajo, encorbatados trajes, bolsos sobre las cabezas, todos mezclados intentando evitar una lluvia fina y caladera. Cansados y mojados avanzaban a trompicones intentando llegar al edificio central, en las calles laterales de aquella manzana se encontraban los accesos destinados a los vestuarios del personal. En aquellas asépticas salas comenzaba y fenecía el día.
Los dos camaradas se incorporaron y adecuando el ritmo de su andar al de la turba, penetraron en el amplio salón del edificio principal sin problemas. En el interior reinaba el caos. Operarios uniformados con chalecos reflectantes de diferentes colores, deambulaban en solitario o en pequeños grupos, portando cajas de herramientas y extrañas máquinas cubiertas de lucecitas verdes o rojas. La confusión aún parecía reinar en la Corporación. El fotógrafo, con un gesto de la cabeza, indicó al ”mapache” su intención de dirigirse al mostrador principal, allí, un enjambre de personas se agolpaba vociferando y gesticulando con los brazos. Resultaba imposible avanzar hasta la primera fila, codos y caderas oponían una resistencia pasiva infranqueable. El fotógrafo se sumó al grupo de personas amontonadas frente al mostrador, las voces se mezclaban en un guirigay ininteligible. Los recepcionistas elevaban el tono de la voz intentando hacerse oír, frases deslavazadas, palabras sueltas dando fe del caos existente. Nadie parecía saber cuándo los servicios básicos se restablecerían. Gastón supo, de aquella estentórea manera, como el suburbano se encontraba detenido en un punto indeterminado de la zona yerma, aquella donde las antiguas construcciones industriales se desmoronaban lentamente. En mitad del tumulto, esperando paciente coronar el inalcanzable mostrador, el fotógrafo observaba al “mapache”. Los ojos de Isaías, rodeados de aquella oscuridad insana, se movían nerviosos en todas direcciones, parecía estar buscando un posible acceso a las instalaciones. Un empujón inesperado en las espaldas catapultó al fotógrafo contra el mostrador. El rostro de una muchacha uniformada, con evidentes signos de cansancio, se encontró con el suyo.
—Necesito localizar a una persona. —Gritó Gastón en mitad del desconcierto.
La empleada preguntó el nombre mientras consultaba la pantalla de un pequeño terminal, apenas tardó un minuto en indicar el lugar donde se suponía debía estar. El hotel del sector sur salió de la boca de la muchacha y con él la moqueta azul, los días previos, lejanos, muy lejanos, y ese regreso en solitario que parecía haberlo trastocado todo. El fotógrafo explicó que aquel establecimiento, en ese instante, se encontraba precintado y cerrado al público. Allí no estaba. La faz de la joven demudó el color, tal vez la confusión reinante le había jugado una mala pasada y ese lugar, el hotel, no debía ser nombrado. Gastón, en tono amenazante, insistía en la necesidad inaplazable de hablar con algún responsable, pero sus exigencias, pronto se vieron aparcadas abruptamente, otro cliente, encolerizado y blasfemando, había conseguido llegar al mostrador y atraer la atención de la recepcionista. En la distancia, Gastón elevó los hombros en señal de rendición. Isaías parecía no haber perdido el tiempo, gesticulando con cara y manos intentaba señalarle la portezuela situada bajo la escalera principal. Mientras aguardaba había observado como algunos de los operarios, y personal embutido en batas blancas, utilizaban aquel acceso para evitar los saturados e impredecibles ascensores. La electricidad seguía fallando y los generadores habían sido reservados en exclusiva para alimentar a los equipos de mantenimiento. El fotógrafo se deslizó entre el gentío y se dirigió en dirección a las escaleras, al pie de éstas le aguarda el “mapache” sonriendo y con gesto de falsa felicidad.
—¿Y bien? —Preguntó mostrando exageradamente los dientes.
—No tienen ni idea. —Afirmó Gastón. —Deben haberla trasladado a otra hospedería, pero no me lo confirman.
—¿Pudiera haberse marchado? —Propuso Isaías sin mucha convicción.
—He oído que el suburbano no funciona, se encuentra detenido en mitad de los antiguos almacenes, vacío, sin viajeros.
—No creo que su amiga esté ahora en otro hotel. —Aventuró el muchacho. —Lo sabrían en el mostrador.
—¿Alguna idea?
—Por aquí se accede a las instalaciones privadas. —Anunció victorioso Isaías.
—¿Y usted cómo lo sabe?
El “mapache” no respondió, se limitó a señalar el cartel situado justo en el centro de la puerta donde se anunciaba, escrito en varios idiomas, la prohibición de acceder a todo aquel que no fuese personal autorizado. Sonrió maléfico.
—Entremos en las instalaciones subterráneas, allí abajo están las tripas, el verdadero organismo de la Ciudadela.
Mientras lanzaba la propuesta, la sonrisa del “mapache” se agrandó hasta convertirse en una forzada mueca. Al parecer aquel extraño personaje nunca perdía el tiempo.
—¿Realmente piensa que se puede encontrar ahí?
—Resulta esencial entender la forma de obrar de estos lacayos. —Comenzó a explicar Isaías. —Ignoro las razones, pero todo aquel dispositivo desplegado junto al hotel algo tenía que ver con… ¿Daniela?
Mientras asentía con la cabeza Gastón iba hilvanando en la rueca de la nada teorías absurdas y sin sentido. Era obvio, la habitación se encontraba desordenada y con claros signos de violencia, la muchacha podía encontrarse detenida por los responsables de seguridad. Tal vez había olisqueado demasiado cerca de la mierda o contravenido alguna norma esencial. Pudiera estar esperando en alguna sala de detención, en ese preciso momento, al restablecimiento de la normalidad para ser expulsada. Todo resultaba posible.
—Si nos descubren estamos jodidos. —Sentenció el fotógrafo.
—Ni lo imagina. —Remató Isaías. —Se lo puedo asegurar.
—Se comporta como si supiese más de lo que en apariencia parece.
Isaías volvió a sonreír de esa forma torcida y perversa.
—En algún momento le explicaré todo, —convino el “mapache”, —ahora entremos, nos espera un largo corredor, la tercera puerta es la que buscamos. Si nadie nos intercepta, una vez alcancemos ese objetivo, estaremos casi a salvo.

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El fotógrafo le miró con desconfianza, era notorio que aquel ser ojeroso había estado antes en el edificio, conocía los métodos de actuación de la Corporación y lo más inquietante, estaba al tanto de la distribución de los diferentes departamentos.
El pasillo se encontraba en penumbra, las luces de emergencia señalaban puntos demasiado alejados entre sí, un pespunte en la parte superior de la pared que apenas insinuaba el trazo. Avanzaron despacio para evitar tropezar, sus oídos eran ahora la única guía posible. Cualquier ruido les hacía detenerse y la tercera puerta, anunciada por el “mapache”, parecía un lugar mítico e inalcanzable. Gastón había localizado lo que supuso era la primera entrada, al pasar junto a ella Isaías anunció, monocorde y didáctico, que se trataba del acceso a los aparcamientos y al puesto de control.
—Por ahí llega, y cuando es preciso sale, la mercancía.
—¿Hay vigilancia? —Quiso saber el fotógrafo.
—Toda la imaginable, escáneres, detectores de metales y la presencia de dos o tres vigilantes por puesto.
La segunda puerta se hizo esperar, palpando la pared, evitando tocar las conducciones eléctricas, ambos camaradas avanzaban con el corazón comprimido. Ninguna excusa les resultaba suficientemente coherente, en el probable caso de que fuesen interceptados, como para salir airosos del lance. Si eran localizados todo acabaría en ese mismo instante.
—Por aquí se llega al despacho de Feraud, —indicó Isaías, —¿llegó a conocerle?
—No, ¿qué pinta en todo esto?
—Es el químico jefe, desarrolló la fórmula que hace posible una recuperación casi total del difunto. —Mientras hablaba el tono de su voz y sus ademanes se iban agriando. —Es el mayor hijo de puta de todos, no se lucra directamente de ninguna actividad ilegal, hace la vista gorda y calla, teme que descubran su verdadero secreto, su punto débil.
—¿Su secreto? —Insistió el fotógrafo.
—Preferiría no entrar en detalles, tal vez más adelante. —El hombre suspiró profundo. —Continuemos, la siguiente puerta nos lleva a nuestro objetivo, una especie de dispensario donde son tratados los cuerpos. Quirófanos y habitaciones hospitalarias.
Utilizando como única referencia las rojas luces de emergencia, los dos hombres prosiguieron avanzando por el pasillo hasta detenerse justo delante de la puerta número tres. Antes de abrirla, el “mapache” pegó la oreja al batiente intentando detectar cualquier posible ruido que denotase actividad del otro lado. El silencio era demoledor.
—Aparentemente no hay nadie. —Anunció precavido. —¿Entramos?
El fotógrafo se mantuvo unos segundos en silencio para después, resignado, asentir con la cabeza.
La hoja del portón fue cediendo al comedido impulso dado por Isaías, un aroma a desinfectante clínico se coló hiriente en el pasillo. Gastón recordó el fuerte olor que flotaba en la Ciudadela en aquellos primeros y lejanos días, ahora, esa presencia había desaparecido por completo, imaginó como la lluvia había borrado por completo el rastro químico dejando, a cambio, una fragancia ahíta de ozono.
—No veo a ningún operario ni vigilante, sígame, —acució Isaías, —allí están las habitaciones de los huéspedes.
—¿Huéspedes? —Repitió inquisitivo el fotógrafo.
—Es el término con que denominaban a los especímenes utilizados para experimentar fármacos. —Explicó el “mapache”.
—No me creerá, pero no he visto jamás a ningún “recuperado”, ignoro el aspecto que tienen.
—No se pierde nada, y ahora vamos a buscar a su amiga, miremos en las habitaciones.
La sala, amplia e iluminada por potentes lámparas encastradas en el techo, mostraba la amable apariencia de un consultorio privado. Sillones, mesas con revistas, y sedantes grabados de paisajes decoraban un ámbito séptico y blanco. Todo peligrosamente normal. Tras comprobar que ninguna de las seis habitaciones existentes en el salón se encontraba ocupada, Isaías propuso pasar a la dependencia siguiente. Allí se localizaban los quirófanos, el lugar donde eran tratados los cuerpos hasta su total recuperación. Un número indeterminado de puertas, de doble batiente, se abrían en el lateral derecho de un largo corredor. Todas, salvo una, mostraban un piloto luminoso de color verde situado sobre el vano.
—Miremos allí, —indicó Isaías señalando en dirección a la única luminaria de color rojo que se mantenía esplendiendo, —esa sala está ocupada.

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Cuando Gastón empujó la puerta, y sus ojos se posaron sobre una mesa de aluminio ocupada por un cuerpo parcialmente cubierto con una sábana, un terror atroz se adueñó de todo su ser. Lívida, con el rostro velado por una mascarilla de plástico transparente, yacía inerte Daniela. Sus brazos se encontraban conectados, mediante vías intravenosas, a una máquina llena émbolos y tubos de vidrio conteniendo líquidos de diversos colores. El fotógrafo miró aterrado al “mapache”.
—No se asuste más de lo necesario. —Intervino de inmediato Isaías. —No ha muerto, aunque lo parezca, ni se encuentra en proceso de recuperación. Lo que le están haciendo, me temo, tiene que ver con otra historia.
—¿De qué se trata? ¿Es reversible? —Quiso saber Gastón.
—Toda la culpa es de Feraud, ese maldito hijo de puta no deja de inventar maldades. Ignoro si fue un hecho accidental, —aclaró el “mapache”, —pero ese maléfico viejo descubrió como una de las sustancias utilizadas en el proceso de recuperación, inoculada a una persona viva, producía una extraña paradoja.
—¿Qué efectos provoca?
—Cuando supe de esa nueva aberración aún estaba en proceso de ensayo, —indicó Isaías, —al parecer causa un estado de embriaguez inductor del sueño, el durmiente permanece en ese estado durante al menos doce horas, al despertar recuerda cosas…
—Retazos de sueños. —Interrumpió Gastón.
—No exactamente, el recuerdo resulta más vívido que una simple composición onírica, se adhiere al cerebro, lo invade y acude sin ser llamado.
—Está hablando de una alteración mental grave, un estado similar a la locura o la esquizofrenia.
—Nada de eso, es más espantoso aún. —El “mapache” guardo silencio por unos instantes, parecía rememorar algún hecho luctuoso concreto, —ese recuerdo es idéntico a cualquiera de los realmente vividos, no existe diferencia. Se podría reconstruir una vida, ajena, y a la vez completamente personal, una existencia que queda interrumpida en el instante mismo del despertar.
—Ignoro la causa, pero esa posibilidad me produce un espanto terrible.
—Dejémonos de cháchara, —terció Isaías, —si no desea terminar así, dentro de eso que le espanta, marchémonos cuanto antes, esta tranquilidad es lo que realmente me aterra. —El muchacho quedó pensativo, parecía rumiar algún plan de acción. —No sé si saldrá bien, pero es lo único que se me ocurre, desconozco si resulta conveniente “desenchufar” a su amiga, esas máquinas cumplen una rutina, un protocolo, terminará parándose sola.
—Llevémonosla entonces. —Propuso Gastón entusiasta.
—Exacto, esa es la idea, iremos con una camilla hasta los aparcamientos, justo en paralelo al túnel, el que une la ciudad con la Ciudadela, existe un corredor de evacuación para casos de emergencia, por ahí saldrá, tardará algo más que utilizando un coche, pero en cambio es una ruta segura, nadie transita por ahí. —El “mapache” quedó pensativo unos segundos, como si intentase recordar algo etéreo e inasible. —Una vez fuera tendrá que ingeniárselas para llegar a su destino y, recuerde, cuando los sensores de los cuatro émbolos se tornen rojos, podrá desconectar a su amiga.
—¿Usted se queda aquí?
—Claro, intentaré localizar a Feraud, necesito arreglar cuentas con ese maniaco.
—Tengo una duda, —anunció Gastón, —conociendo esta salida ¿cómo es que no la utilizó para colarse dentro?
—La maldita puerta de acceso solo se abre desde dentro, —Isaías adornó esas palabras con un gesto de contrariedad, —simple y demoledor, me hubiera visto obligado a salir al túnel y a tener que pasar por el control.
El fotógrafo sonrió divertido, los dos hombres se desearon suerte y partieron con rumbos equidistantes. Dentro y fuera del túnel seguía lloviendo.

 

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