# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “El Pastor de Dunas”.

#El Pastor de Dunas#

Cuando abrió los ojos una intensa luz blanquísima le hirió el iris. Estaba inmovilizada, podía sentir correas aprisionándole los tobillos, las muñecas y las caderas. Una banda plástica le apresaba el cráneo. Cerró vencida los párpados. Un silencio oclusivo parecía envolver toda la estancia, tan solo un leve rumor indicaba, suave, artificial, que algún aparato estaba en funcionamiento. Recordaba perfectamente el momento anterior, ese preciso segundo en que dejó de estar consciente, Jakob y Feraud, la habitación del hotel, la conversación mantenida. Dedujo que toda aquella tranquilidad desplegada por el viejo químico había sido solo una argucia, una forma de perder tiempo hasta que los mercenarios de la Corporación irrumpieran para poner las cosas en su sitio. Sintió terror. El bisbiseo de la máquina elevó el tono, un fuego frío se desplazó por su brazo derecho ascendiendo en dirección al corazón. temió por su vida. Abjuró para sus adentros de toda aquella locura y la razón se le volvió a escapar dejándola abandonada sobre una mesa de aluminio. Estaba nuevamente sedada.

Los trueques habían sido satisfactorios, al menos de eso se jactaban, y en el lento caminar de las bestias se apreciaba la complacencia del patriarca. La caravana avanzaba sinuosa por caminos de arena que tan solo el guía parecía advertir, olas doradas y brillantes iban trastocando el paisaje, amoldándolo al capricho del viento y las horas. Antes de que la tarde irrumpiera con su cántico nostálgico, con esa querencia a piel de cabra y fogata que se diluye y acomoda al cálido aroma del té, debían localizar el lugar idóneo donde solían montar el campamento.
El hombre que cabalgaba en cabeza transportaba sobre una percha, ajustada a la silla, a un joven cernícalo. El animal no llevaba capucha, ni permanecía atado, miraba con ademanes nerviosos al cielo, a cualquier remolino que el viento promoviera. A veces, impelido por resortes invisibles, por deseos que tan solo a un ave atañen, impulsándose desde la montura elevaba el vuelo, describía en lo alto varios círculos y regresaba chillando feliz.
Recostado sobre el dromedario Ibba meditaba sobre lo dulce que eran sus jornadas, cada día planteaba un reto, humilde, ajustado a la limitada fuerza de lo humano. Los dioses eran complacientes, hasta entonces no les habían puesto ante un dilema que provocara dolor o cualquier otro sentimiento negro y pesado. El primogénito había desertado, abandonado el clan en aras de sueños extranjeros, pero a pesar de ello, conocedor como era de las sutilezas y esclavitudes que tientan al alma, había aceptado la decisión sin sentir quebranto en su corazón. Solo el recuerdo del niño que fue, aquel que partió, le volvía nostálgico.
Las cabras eran felices, las monturas sumisas y cooperativas, con aceptación transportaban el sencillo mundo en que se desenvolvían sus quehaceres, la vida que a cada cual le había tocado representar. Mujeres, niños y hombres admitían los dones recibidos, el aire, el agua, la existencia que cada instante se revelaba enigmática y simple. Solo los jóvenes se encontraban en peligro, el enemigo viajaba en sus faltriqueras, se retroalimentaba de falsos sueños que tecla a tecla iba creando.

Cuando el sol se aplastaba contra el lomo de una inmensa duna, el guía, Masmul, anunció con un gesto del brazo que más adelante se encontraba el pequeño pozo donde acamparían. Unas cuatro o cinco palmeras, despeinadas, se recortaban contra el azul infinito señalando el lugar. Ni cerca ni lejos se apreciaba la presencia de algún otro clan, pasarían aquella noche solos, en íntima comunión con el negro cielo, cada cual dedicado a lo suyo, en respetuoso silencio.

Una vez se detuvieron, todos los componentes de la caravana comenzaron a edificar el diminuto país que cada parada obliga al nómada. Con estacas y cordajes construyeron el simbólico redil en que el ganado dormiría engañosamente seguro. Después se elevaron las tiendas creando un falso remedo de aldea, callejas de paredes de piel de cabra que iban a morir en una volátil plaza. La noche encendió hogueras y sentados sobre las esteras dieron gracias mirando a un sol que, indiferente y ensimismado, se marchaba pensando en el regreso. Las risas de los niños anunciaron que el tiempo de lo humano comenzaba y el pan ázimo, la manteca, la carne seca y los dátiles, instauraron el sagrado momento dedicado al cuerpo, ese armazón que soporta y da abrigo al alma.
Cuando el aíre se fue tornando frio, todos buscaron el cobijo de las tiendas. Masmul transportó la percha hasta el interior de su morada y, clavándola sobre el suelo, dejó que el cernícalo se posara dispuesto a pasar la noche en compañía de aquellos extraños seres que precisaban, para su supervivencia, de la participación de otros animales.
Ibba, una vez todos se recogieron en sus cimbreantes viviendas, aún se demoró fuera un tiempo en soledad, recordó las gracias silenciosas que, en la mañana, sobre el lomo del dromedario, había lanzado a los cielos sin olvidar que no todos en la familia sentían regocijo. Pese a la satisfacción interior que degustaba con complacencia era sabedor de las inquietudes que atormentaban a otros y, por lo tanto, debía consultar a los cielos. Los jóvenes abjuraban calladamente de aquella forma de vida, cada vez era más común tropezarse con antiguos campos de refugiados hoy convertidos en ciudades florecientes. Las donaciones de particulares, los óbolos entregados por empresas supranacionales, el apoyo logístico y pecuniario de algunos estados poderosos, habían convertido los antiguos sembrados de tiendas de campaña en incipientes villas, colegios, hospitales y la creación de rudimentarias cooperativas, permitían sobrevivir a aquellos grupos humanos. Acceso al agua, pozos, huertas colectivas donde la población, que en un primer estadio solo trabajó para subsistir, producía ahora bienes altamente valoradas. El comercio creado alrededor de esos campos era mantenido y fomentado por empresas hondamente especializadas en la creación de marcas distintivas únicas. Los mercados de las metrópolis estado exhibían los dones que afamados campos de refugiados exportaban y cuyo precio, su valor, crecía sin mesura. Bautizadas con sonoros y exóticos nombres, algunas de esas nuevas villas llegaron a cotizar en bolsa, dividendos que se mantenían en alza gracias al adormecimiento de la conciencia que procuraban al llamado primer mundo y a la estulticia que siempre acompaña a todo acto humano. Hasta la piedad era un gran negocio.
Tomó asiento sobre la arena, el calor que absorbiera a lo largo de la jornada se iba diluyendo en aíre y sueño, hincó los dedos y sintió como los millones de granos se escurrían inaprensibles, esquivos. Recordó el viejo arcabuz que le entregara su padre, dormía envuelto en lino, engrasado e inútil. El tiempo en que la lucha era posible había fenecido, un inservible armatoste que en otro momento fue signo fehaciente de independencia frente al mundo, hoy adquiría su verdadero valor como inerte pieza de coleccionista. Pensaba que aquella arena informe, restos de un mundo antaño de piedra concreta, era el símil, la respuesta que las deidades le entregaban. Contra todo aquello el viejo Ibba se sentía incapaz de combatir. No tardarían los jóvenes en pedirle la parte que les correspondía de la heredad y con ella en los bolsillos, partirían rumbo a un incierto mañana repleto de extrañas ideas.
Mientras se dirigía a la tienda en busca del sueño creyendo haber recibido una respuesta de los antiguos dioses, comprendió que era imposible pastorear dunas.

Los dromedarios se encontraban enjaezados y con la carga dispuesta en los costados, la mañana se presentía cálida y voraz, emprenderían la marcha hacia el este y pese a la inquietud que esos artificiales lugares le provocaban, inevitablemente tendrían que pasar cerca de uno de aquellos prósperos asentamientos.
—¿No resulta posible bordearlo? —Preguntó al guía casi en un susurro, no deseaba ser escuchado y que en esa pregunta adivinaran el pavor que aquellos campamentos le procuraban.
Masmul negó con la cabeza, resultaba innecesario volver a explicar que andaban escasos de trigo y como allí podrían conseguirlo. La manteca que transportaban en pequeñas vasijas de arcilla era muy valorada, con el trueque conseguirían una cantidad abundante de granos que evitaría, más adelante, tener que volver a relacionarse en bastante tiempo con ningún otro nuevo poblado. Ibba sonrió, en aquellas absurdas insistencias percibía como la vejez le rozaba con su ala de pájaro herido y, por ello, se volvía cada vez más un ser torpe y reiteradamente cansino.
El hombre del cernícalo chasqueó la lengua, un lenguaje que todos los animales entendían a la perfección y que les obligaba, con tan simple mandato, a ponerse en manos del camino. La caravana se puso una vez más en movimiento.
Un balanceo acompasado marcaba el ritmo de la marcha, desde lo alto de la montura el anciano, dejándose mecer indolente, recordaba el día en que Igmaz, el primogénito, mantuvo entre las manos, como si fuese un tesoro de valor incalculable, aquel artilugio endemoniado. Lo miraba con insistencia esperando que la proximidad del asentamiento le proporcionara cobertura y con ella respuestas. Los satélites que merodeaban desde arriba permitían, dentro de los antiguos campos de refugiados y en sus cercanías, un grado de conectividad suficiente como para poder abarcar el universo con un solo dedo. Ibba no comprendía nada de todo eso, lo único que llegaba a entender era como, por culpa de esos artefactos, los jóvenes deseaban marcharse. Miró con desespero al cielo y en un arrebato, subvirtiendo su natural carácter manso, pidió con vehemencia a las fuerzas que enredan al destino le fuese permitido poder enfrentarse a tan etéreo enemigo. Ser adalid combatiendo al imparable futuro impuesto, hábilmente conducido.

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Sobre la pista de grava que desembocaba a las puertas del asentamiento, como ocurriera en el pasado, Masmul cargó uno de los dromedarios con gran cantidad de vasijas repletas de manteca, aseguro la carga con mimo y miró a Ibba para solicitarle un ayudante que le acompañara. No fue necesario, su sobrino, espoleando la montura se adelantó colocándose justo al lado del guía. Rememoró en ese instante como padre e hijo, en aquel aciago día, dejaron que las pupilas se encontraran a mitad de camino, ambos supieron entonces lo que irremediablemente iba a suceder, ese instante sería el último en que sus pasos coincidirían sobre la faz del planeta, ese hermoso jardín pervertido. El asentamiento se tragaría al hijo de su hermano, tal y como ocurriera con el primogénito, para siempre.
Mientras los dos jinetes se alejaban dejando tras sí una nube de polvo, Ibba, por segunda vez en el corto espacio temporal de una jornada, pidió a los antiguos dioses le concedieran la gracia de liderar las huestes, futuras vencedoras, de ese oscuro tiempo de falsa igualdad que se estaba instalando entre sus confundidos semejantes.

La llegada anticipada del cernícalo, gritando orgulloso desde los cielos, le anunció que Masmul regresaba del asentamiento. No miró atrás, se limitó a chasquear la lengua ordenando con ello a los animales que se fueran irguiendo. La columna de dromedarios, parsimoniosos, se puso en pie y con paso calmo emprendieron de nuevo la ruta invisible que llevaba hacia el este. Buscaban el oasis de Alsagüir, la siguiente casilla en ese tablero de inestable grafía que se edificaba a base de arena y aíre. La tardanza del guía le hablaba de decisiones ajenas, del camino que el sobrino abandonaba, como tantos otros, y de la posible conversación mantenida con Masmul antes de anunciarle su resoluta decisión de no regresar al pasado.
Cuando el jinete se colocó a su lado con el ave aferrada a la percha, el interés de la plática se centró tan solo en el resultado del trueque. El dromedario que acompañaba al guía llevaba en los costados y sobre la joroba enormes sacos repletos de trigo. Sobre la arpillera que contenía el preciado grano, impreso en negro, destacaban las siglas de una organización de ayuda internacional. Alguien se estaba lucrando, como siempre, de la supuesta inocencia de otros, esos otros que lavaban su conciencia entregando unas pocas monedas.
El guía advirtió que en el flanco de la montura de Ibba, embutido en una hermosa funda de cuero repujado, se encontraba el viejo arcabuz. Mientras informaba de los kilos de grano conseguidos iba pensando en lo inconveniente de ese gesto. Los clanes que deambulaban por el desierto lo hacían sobre un territorio que pertenecía a cuatro ciudades estado diferentes. El permiso para que, de forma indiscriminada pudieran desplazarse sin respeto por las imaginarias fronteras, era una cuestión que pendía de un fino hilo. Los recientes tratados, armisticios y convenios de paz, entre aquellos países hasta entonces siempre en continua pendencia, perjudicaban el libre tránsito. Vagar ajeno a los acuerdos internacionales, armados, complicaba en demasía el asunto.
—¿Resulta necesario? —Preguntó Masmul señalando el arma con un gesto de la cabeza.
—Cada día más. —Respondió grave el anciano mientras espoleaba con los talones a su montura.
—No me ha preguntado por su sobrino.
—Ese muchacho es listo, sabe que estamos a punto de desaparecer y ha escogido el camino fácil. —Sentenció Ibba.
—Lo dice como si esa fuera la opción más acertada. —Dedujo mordaz el guía.
—Y lo es, créeme que lo es. —Arrugando los ojos miró hacia adelante para después agregar. —Es listo, ya te lo he dicho, esta guerra no le pertenece, ya está contaminado, no nos serviría, sería como tener al enemigo junto al hogar.
—¿De qué guerra habla? —Quiso saber Masmul. —Que yo sepa, desde hace más de diez años los conflictos se han estado redimiendo por medio de la palabra, nunca se habían conseguido tantos acuerdos sin pegar un solo tiro.
—¿Y en verdad crees que por ello se han resuelto los problemas?
—Al menos hay paz. —Apostrofó el guía.
—La del camposanto, esa y no otra la concordia que disfrutamos.

Tuvieron que detenerse antes de llegar a Alsagüir, la noche les ganó la mano, el tiempo empleado en la compra del grano les había retrasado.
Cuando el sol se transformó en una calabaza madura la aldea de piel de cabra fue invocada a golpe de brazo y espalda, el calor de la hoguera le terminó de dar vida y el berrido de los cabritillos hizo más creíble la eternidad de lo efímero. Sentado sobre la arena, alejado del campamento, sin que hubiese transcurrido una jornada completa, Ibba volvió a implorar por tercera vez a los antiguos dioses ya muertos, la gracia de poder ver un mañana donde ahora solo era posible vislumbrar un hoy. El anciano percibía en carne viva como el tiempo presente se prolongaba día tras día en un todo indistinguible. La vida se había transformado en una línea recta, sin quiebros, unísona y monótona. Ese el pago, el óbolo entregado a los nuevos dioses de oro y grafeno, seguridad de predecible establo a cambio de muerte en vida. Sin disidencias, todo uniformado e idéntico. Nadie estaba dispuesto a prescindir de las golosinas entregadas. Falsos mercaderes dictando leyes, incluso las normas que atañen solo al alma.
Una estrella fugaz, un meteorito penetrando en la atmósfera, pintó una línea de fuego en el firmamento, un arañazo que rasgaba por unos instantes la negritud. Ibba sonrió satisfecho, imaginó, creyó que sus plegarias habían sido nuevamente escuchadas y el amanecer del siguiente día corroboró esa sensación, esa certeza.

En la mañana, cuando la caravana se ponía de nuevo en marcha, un rebuzno desesperado, agónico, se dejó escuchar tras una gran duna. Instantes después, sobre el lomo del gigante de arena se recortó la silueta de un pequeño asno perdido. El anciano supo entonces que un nuevo tiempo comenzaba y que aquel animal era el mensajero, un humilde heraldo para anunciar la llegada del que traería el fuego y la luz. La esperanza que solamente él sabía perdida.
El borriquillo se dejó atrapar dócilmente, no llevaba riendas ni ningún tipo de arnés o apero. Tampoco se le apreciaba la delgadez que se podía esperar de un animal perdido en el desierto. A pesar de ello el anciano ordenó a Masmul, antes de proseguir por el camino del este, organizara una batida por los alrededores, pudiera ser que perteneciera a alguna caravana atacada por bandidos. El guía liberó de la percha al cernícalo y tras susurrarle unas palabras le invitó con un ademán del brazo a volar.
Una hora después los batidores regresaron anunciando que no habían encontrado rastro alguno de otros seres humanos. Nadie, en varios kilómetros a la redonda, compartía con ellos el azulísimo cielo. El ave regresó una vez la caravana se encontraba en movimiento, el asno caminaba feliz atado a la silla de una de las mulas de carga y el cernícalo, en vez de posarse sobre la percha, lo hizo sobre el lomo del rucho sin que éste demostrara inquietud o temor por aquella intromisión inesperada. Ibba, desde su entronizada montura, pudo observar como Masmul, tras descender del dromedario sobre el que cabalgaba, se acercaba a pie hasta la extraña pareja que componían aquellos dos animales. El guía, con movimientos lentos y cuidados, cogió algo del pico de la rapaz, al anciano le pareció se trataba de una cadena dorada que llevaba engarzado un pequeño colgante.
—¿De qué se trata? —Preguntó el patriarca.
Mientras Masmul aceleraba el paso para colocarse junto a Ibba, no dejaba de mirar con detenimiento aquel brillante talismán.
—Parece una especie de amuleto. —Gritó mientras se aproximaba al anciano.
Cuando éste lo hubo cogido comprobó como, la cadena de finísimos eslabones, se le escurría entre los dedos como si en vez de metal hubiese sido elaborada con mercurio sólido. Tomó el colgante y se lo acercó a los ojos, su vista acusaba el implacable transcurrir de los años y precisaba de aquella exagerada proximidad para poder distinguir detalles. No parecía estar fabricado con ningún metal noble, no había rastro alguno de oro o platino. El sutil tacto del anciano era capaz de distinguir, con solo pasar la yema del pulgar, si un objeto contenía tan preciados elementos. Años y años de trueques y cambalaches le habían dotado de una sabiduría táctil casi mágica. El colgante presentaba grabadas dos figuras, una en cada cara, por uno de los lados se apreciaba la figura de un hombre adulto que mantenía en alto una espada, la otra tenía impresa la figura de un niño. Siluetas esquemáticas, sin detalles que pudieran identificarles con deidades o espíritus de algún antiguo culto ya desaparecido. Pero lo más extraño, lo que llamó poderosamente la atención del patriarca era que, el supuesto amuleto, no se encontraba engarzado a una sola cadena, dos finísimos cordeles de cobrizos eslabones atravesaban el medallón a través de diminutos agujeros, uno por cada lado. Era como si la medalla sostuviera a las cadenas.
—Resulta extraño. —Aventuró Ibba.
El guía miró con curiosidad el brillante objeto que el cernícalo encontrara y le pidió al viejo se lo entregara para poder examinarlo con detenimiento. La forma en que estaban incrustadas las cadenas le trajo recuerdos de la infancia. Un sencillo juguete que su abuela elaboraba con bramante y un trozo de madera. El pájaro dibujado sobre una de las caras y en el otro lado, una jaula vacía. Los cordeles se retorcían todo lo posible y jalando después con fuerza de ambos extremos, el trozo de madera giraba a gran velocidad. La imagen entonces mostrada fundía en un todo jaula y pájaro dando como resultado la visión de un ave enjaulada. Taumatropo recordó se llamaba aquel sencillo divertimento. Masmul tomó los extremos de las cadenitas y las fue enrollando hasta el límite máximo que el dúctil metal le permitía, después tiró con fuerza y el talismán comenzó a girar a gran velocidad. Ambos lados se fundieron en una sola estampa, la imagen de un hombre adulto sosteniendo en alto una espada y en su interior, perfectamente acoplado, un niño de corta edad se mostró diáfano y claro.
El anciano sonrió complacido y retorciendo uno de los extremos de sus bigotes formuló una pregunta al guía, una cuestión en apariencia intrascendente.
—¿Quién encierra a quién? ¿El hombre al niño, o el niño al hombre? —Sin esperar respuesta chasqueó la lengua y la caravana, como un único organismo, se puso en movimiento.
Desde atrás, ya sobre el dromedario, Masmul lanzaba al viento una posible respuesta.
—Lo lógico es que el niño encierre al hombre, que sea lo primero.
—Entonces no tendré la dicha de ver el comienzo de la guerra. —Aseveró con tristeza el anciano.
El guía no respondió, preocupado por la deriva que el patriarca parecía tomar se preguntaba cuál sería la mano entonces, cuando la vejez le hiciese delirar aún más, que marcaría el rumbo a seguir. No quedaban jóvenes, solo infantes y mujeres. En su cavilar elucubró un plan, una idea que tendría que exponer al patriarca y que éste, dada su inquina a todo lo nuevo, presumía difícilmente aceptada. Pensó que lo adecuado sería plantearla cuando las condiciones fueran propicias y se encomendó al azar, como ya lo hiciese en otras ocasiones.

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