Florencia Fontan, poema “Paragüas”.

Paraguas.

Tras la lluvia el cielo se quiebra
sobre las azoteas y un resplandor
de magnesio ilumina calles y plazas.
Nada escapa a ese esplendor,
el hueco, precisa rotura, fractura
que las luciérnagas tamizan
con la dorada refulgencia inevitable
que indiviso lo iguala y adormece.

En ese luminoso instante todo
comienza a ser real, fidedigno.
Acharoladas aceras, agua sucia
compitiendo por anular escaparates
y al neón terrible de lo aceptado.
Fumas y se eleva tu alma libre
prendida entre cordeles y verticales
publicitarios. Sonríes, como lo hacía

Cary Grant y los paraguas huyen
cogidos del brazo o se duermen
apresados en amables mostradores
de cálidas cafeterías. Allí sueñan
un mundo de poliéster e invariables
varillas, bastones de nobles maderas,
y se horrorizan al contemplar
el cadáver dislocado
de una sombrilla sobre la acera.

sonrisas2 (2)

 

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