# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Conversaciones Accidentadas (Noche del Día Tercero)”.

#Conversaciones Accidentadas#
(Noche del Día Tercero).

Cuando la puerta se abrió Feraud penetró en la estancia sin esperar a ser invitado, miró de soslayo a Jakob y, dejándose caer con violencia, tomó asiento en el filo de la cama resoplando y acalorado.
—Le estaba esperando. —Anunció el músico.
El viejo químico no respondió, parecía estar intentando atemperar su respiración, la subida a la tercera planta por las escaleras le habían dejado absolutamente derrengado.
—¿Ha venido por Jakob? —Preguntó Daniela.
—No hay prisas, —resolló entre jadeos, —espere a que me recomponga y de inmediato nos marcharemos.
—Le estábamos esperando, —insistió la muchacha, —su pupilo aseguraba que no tardaría en aparecer.
—¿Un acto de premonición? —Apostrofó Feraud en tono burlesco. —En verdad suceden cosas inverosímiles con estos individuos, más de las que pudiera imaginar, pero la clarividencia de momento no se encontraba entre ellas.
—No se trata de eso, según Jakob intentan quitarle de en medio. Le han hecho venir hasta aquí para neutralizarle, al parecer sabe demasiado.
—¿Demasiado de qué? —Recalcó el químico imaginando como, aquellas afirmaciones, solo pretendían confundirle.
—Sobre los negocios sucios de la Corporación. —Explicó la joven.
—Se equivoca, —aclaró el anciano, —lo único que podría denunciar es la falta de pulcritud a la hora de seguir al pie de la letra el protocolo establecido por ley. Sobre razones o motivos, jamás deseé saber, no me interesan en absoluto.
—No se trata de nada de eso, —intervino el músico, —desean eliminarle a usted y a mí, a los dos.
—¿Y eso?
—No ansían que trascienda la posibilidad de dotar al “recuperado” de todo el bagaje humano anterior al hecho concreto de la muerte. Usted fue quien lo logró y Jakob la prueba evidente, por cierto, —apostrofó Daniela, —pensé durante nuestra entrevista que intentaba decirme algo, que deseaba interviniese de forma activa en la denuncia de hechos ilegales, pero veo que estaba equivocada.
—Era parte del cometido de la entrevista, —explicó Feraud, —debía saber sobre su posible predisposición a intentar sacar tajada de lo que en este lugar pudiera descubrir o imaginar. No desean publicidad ninguna, no la necesitan, y menos aún de esa que pudiera hacer saltar algún tipo de escándalo, aunque éste fuera falso. Además, hay algo sobre lo que andan un poco perdidos y esa cuestión, la desconocida, es en realidad el motivo de todo este barullo.
—Ignoro a lo que se refiere, —comenzó a explicar Daniela, —pero lo que Jakob insinúa es de por sí, y sin necesidad de agregar nada más, suficientemente escandaloso como para hacerlo público y que la justicia intervenga.
El viejo químico mantuvo la mirada de la muchacha, en el iris se apreciaba un brillo acuoso. Un asomo de desprecio asomaba por encima de ambos párpados rematado por media sonrisa, una mueca dislocada, un cansancio atroz dibujado en una faz familiar.
—Lo que a usted le escandaliza hoy, no ha dejado de suceder nunca. Dejémonos de tonterías de una vez por todas. —Sentenció Feraud categórico.
—¿Acaso no le indigna?
—¿El qué? ¿La esclavitud? ¿La pederastia?
El “recuperado” giró la cabeza en dirección al químico, un rictus forzado y artificial de sorpresa le nimbaba el rostro.
—¿Estaba enterado? —Preguntó Jakob intentando que el asombro no le desdibujara la expresión.
—Olvidemos por un instante todo lo relacionado con la Corporación, —propuso Feraud, —creo que sería lo conveniente para poder exponer con absoluta claridad lo que está sucediendo. —El anciano resopló como queriendo hacer visible lo fatigoso que le resultaba tener que explicar algo. —La “recuperación”, el negocio, es similar a cualquiera de los muchos que el ser humano ha emprendido. El petróleo, el uranio, la hamburguesa, los plásticos, ¿imaginan por dónde voy?…
Daniela bajó los ojos hasta que su mirada rodó por la moqueta, pensó en sus compresas, en ese grifo diferenciado que al accionarlo vertía un caño de agua limpia y caliente sobre las manos. El anciano seguía hablando y las palabras se agolpaban a la entrada de sus dos oídos formando un tapón de cerumen y dolor, indiferencia, mercurio y fibrocemento.
—… lo demás es la mierda, la costra inevitable que alrededor de cualquier pústula florece. —El mirar de Feraud parecía arrebatado por la inspiración, clavó los ojos en Jakob y prosiguió con el alegato. —¿No resulta paradójico? Muchos de esos desgraciados nacieron del revés, cada paso dado, las omisiones, las acciones, todo les condujo a una situación irreversible. Murieron solos, abandonados por el resto de sus congéneres. Triste, ¿verdad? —El químico comenzó a reír con ademanes sincopados, un creciente murmullo apenas retenido entre los dientes. —Y ahora llega la ciencia y le condena a ser un esclavo eternamente. Resulta hasta cómico.
Un silencio pesado y brillante se colocó por encima de las cabezas de todos, planeaba ominoso bajo el techo de la habitación, la risa de Feraud se extinguía en el filo del labio y la lluvia se escurría por los cristales feliz de ser líquida.
—¿Cuál es entonces el nuevo negocio? —Quiso saber Daniela. —El importante.
—Lo que a mí me condena. —Contestó Jakob.
La muchacha no entendía, miraba alternativamente a ambos seres, tan remotos, alejados por completo del concepto de realidad que acunaba entre sus parietales. Extranjeros compartiendo espacio, no tiempo.
—Una pequeña porción de uno de los compuestos que permiten resucitar a un muerto, aquel que actúa sobre el cerebro, el mismo capaz de rescatar de la nada la suficiente información como para crear una historia coherente, una vida recordada, —aclaró el químico, —en el torrente sanguíneo de una persona viva produce unos efectos inimaginables.
—Ilústreme. —Solicitó Daniela.
—Está en fase de experimentación, los resultados han sido disparejos, solo una cuestión parece… —Feraud se vio interrumpido abruptamente por la acalorada intervención de la joven.
—¿Deduzco acertadamente que la Corporación es la promotora de la investigación? ¿Que es ella la creadora de una nueva droga?
—No alucine, —aconsejó el anciano, —¿acaso no es lícito que una inversión de miles de millones busque la máxima rentabilidad? Quisieron encontrar otras aplicaciones para algunos de los compuestos creados, eso es todo, el que ahora circule por la ciudad una nueva experiencia mística es culpa de otros. Los mismos en el fondo, pero otros. —Aclaró el químico gesticulando puntos sobres invisibles “ies”.
—No me ha terminado de explicar el efecto causado por la droga. —Protestó torpemente enfurruñada Daniela.
—No deja de interrumpirme con tonterías, —se quejó Feraud, —una pequeña cantidad, milímetros cúbicos, tienen la capacidad de crear en una sola noche de normal sueño, toda una vida, el recuerdo completo de una vida inconclusa, detenida en el momento vital del soñante.
—El recuerdo de algo que nunca ha existido, pendiente de concluir… —repitió la muchacha como coreando un rezo. —… y del que jamás sabremos su final porque fenece con nosotros mismos.
—No sé si se percata de las consecuencias. —advirtió el anciano, —en cualquier caso, terrible, monstruoso.
Desde el batiente entornado de la puerta una melodía repetida, recordada, advirtió de que el elevador se encontraba detenido en la tercera planta. La puerta de aluminio se descorría prolongando un vaivén de rieles y rodaduras, botas amortiguadas, sonidos de metal y plástico en letal armonía se desplazaban por el pasillo pegados a la pared. Dos hileras formadas por tres hombres uniformados describían un carril enmoquetado de color azul. Gestos del puño alzado, del dedo índice señalando esquemas desdibujados en la memoria, órdenes concisas y elementales.
Un sonido seco y dulce describió una línea imaginaria atravesando de lado a lado el dormitorio, una avispa de plástico impactó en el cuello de Daniela y un sueño, una amable entrega, se le apoderó de las articulaciones y de la voluntad. El segundo impacto describió una hermosa diagonal hasta que, algo sólido y volátil, se interpuso en su trayectoria. La cabeza de Jakob reventó como una calabaza madura, restos de una baba gris salpicó las paredes y los cristales de las ventanas más cercanas, un reguero azulino, aguado, resbalaba por los paramentos insonorizados hermoseando el entorno.
El anciano se incorporó resoplando del filo del lecho donde había permanecido en todo momento, se miró con pulcritud la blanca bata por si contenían algún resto de cerebro del músico. No parecía sorprendido. Por unos breves instantes estuvo esperando la irrupción de una segunda percusión y la posterior caída de telón definitiva, pero nada de eso ocurrió. Erguido, sin saber con certeza qué estaba sucediendo, optó por impartir órdenes a los recién llegados. Imaginó que su “retirada” se iba a producir en otro lugar, en un ámbito más privado y utilizando procedimientos menos sucios.
—Llévenla al laboratorio cuanto antes, recojan los casquillos y busquen en todos los cajones, saquen de aquí todos los objetos personales de la muchacha y no olviden mandar, cuando hayan terminado, a alguien que limpie toda esta mierda. —Aún no había dado ni medio paso cuando se detuvo en seco. —Quemen el cuerpo, el envase, lamentablemente el contenido se ha derramado.

El convoy formado por los equipos de seguridad había continuado, tras dejar a Feraud a la puerta del edificio principal, en dirección a los aparcamientos subterráneos. El químico penetro en el área de recepción quitándose con dificultad, y grandes aspavientos, el inútil chubasquero. No pensaba regresar al despacho, su intención era bajar por los conductos de servicio hasta los aparcamientos y sin comunicárselo a nadie, abandonar la Ciudadela rumbo a casa. Debía anticiparse a sus captores. Aquella huida estaba prevista de antemano, meses antes, cuando sintió el cerco y el aliento mentolado de Armitt merodeando demasiado cerca, preparó un par de maletas y un equipo portátil de mantenimiento. No estaba dispuesto a que su hija cayera en manos de aquellos depravados. Un viejo estraperlista, perteneciente a un grupo disidente, al que había pagado de antemano una sustanciosa cantidad, le guiaría por el intrincado sistema de conductos anejos a los subterráneos. Aquella inmensa red de galerías usada para realizar los trabajos de reparación y mantenimiento de la urbe, le serviría para abandonar la ciudad camino de un lugar desconocido en el que poder ocultarse. Estaba convencido, si al final conseguía huir, su vida estaría bailando sobre un tembloroso alambre impredecible. Un escalofrío le recorrió las espaldas, su dermis detectó de inmediato la presencia cercana de Armitt. El magnetismo irradiado por aquella mujer implementaba señales de alarma en las pituitarias del anciano. La voz seca y expeditiva de la jefa de seguridad apartaba con pericia cuerpos y sombras, gruesas columnas y frágiles pensamientos, hasta alojarse en la cabeza de Feraud con precisión de bala. Antes de que la mujer pudiera hablar, el anciano se anticipó informándole de lo sucedido, necesitaba quitársela de en medio cuanto antes.
—Jakob ha sido retirado y la muchacha, en estos momentos, debe encontrarse sedada en algún lugar del laboratorio.
—Ya he sido notificada en detalle, nada de eso me preocupa, —respondió con sequedad Armitt, —necesito hablar con usted de otra cuestión, en privado. Sígame.
El químico la miró con gesto sorprendido, pensó de inmediato que se trataba de algún ardid para neutralizarlo o, cuando menos, para proceder a su detención sin provocar demasiados aspavientos. La mujer se encaminó en dirección a la puerta situada bajo las escaleras, de reojo iba comprobando, cada tres o cuatro pasos, que el químico la seguía. Aquel viejo idiota era capaz de cometer cualquier locura, sobre todo si llegaba a creer que su integridad estaba en peligro. Al instante de penetrar en el largo corredor Aline se detuvo, no deseaba demorar más lo que tenía que decirle a Feraud.
—Mire, dejémonos de disimulos y hablemos claro, —comenzó a exponer Armitt, —sé que usted tiene a su hija en su propia casa y que conoce, como no podía ser de otra forma, los trapicheos que la Corporación tiene con los “recuperados” no reclamados por nadie.
El anciano la observaba hablar, apreciaba, con solo mirarle, como todo su cuerpo estaba en tensión. Feraud no se fiaba de las confesiones vertidas sin justificación alguna por la responsable de seguridad. No podía imaginar a dónde quería llegar mostrando sin pudor las cartas jugadas por ambos. No era ese su estilo.
—No afirmaré ni negaré nada, —se defendió el anciano, —no hasta saber qué es lo que está buscando.
—Simplemente ayuda, —confesó Aline, —hasta ahora mi conciencia estaba tranquila…
—No imaginaba que la tuviera, —bromeó ácido Feraud, —ese tipo de apósitos, en gente como usted, solo sirven para traen problemas al resto de los mortales.
—Déjese de tonterías, hablo en serio. —Protestó la mujer. —Aprovechar a los hijos de la calle, los “sin techo”, no me suponía ninguna contrariedad, para mí solo se trataba de “recuperados” en su estado más primario, casi animales. Sus recuerdos no existían, la consciencia del yo desaparecida, en realidad se trataba de marionetas completamente desligadas de su antigua memoria. Eran otra cosa. —Aline cerró los ojos para tomar aíre, después prosiguió hablando en tono apesadumbrado. —Reutilizar “recuperados” con todo su bagaje emocional intacto, capaces de acceder a lo más recóndito de su pasada memoria, es otra cosa, sobre todo si se trata de niños.
La mujer parecía a punto de derrumbarse, la barbilla le temblaba de forma incontrolada. Mientras, el anciano escuchaba estupefacto, recordaba haber aplicado las mismas técnicas utilizadas con Jakob en algunos niños, pero siempre supuso que tras esa “recuperación” se encontraba el deseo de una familia destrozada por la muerte prematura de un hijo. La esperanza de revertir lo que, hasta hacía poco tiempo, era un hecho inalterable.
—¿Y qué piensa hacer? ¿Por qué me cuenta todo eso?
—La entrega de hoy son dos niñas de pocos años, las tengo en la furgoneta, no quiero llevarlas. No puedo llevarlas.
Aline Armitt se derrumbó tras soltar la bola de pelos que llevaba en el estómago, su empaque felino se deshizo a los pies del anciano, un charco de llanto y desesperación se esparcía por la oscura galería. Feraud la observaba sin sentir piedad alguna.
—Mire, le voy a hablar con absoluta sinceridad, —comenzó a explicar el anciano, —lo que piense hacer al respecto me importa poco, lo único que deseo es marcharme de este antro cuanto antes y poner la suficiente tierra de por medio como para que no me encuentren jamás.
—Lléveme con usted, —suplicó entre sollozos Armitt, —a mí y a las niñas.
—¿Está loca acaso? Desertar de un puesto de extrema confianza, teniendo en cuenta los motivos que me llevan a ello, razones, por otro lado, que la Corporación conoce perfectamente, sería suficiente motivo para que intenten darme caza de mil maneras diferentes, legales e ilegales. —El químico tomó aíre antes de proseguir. —Hacerlo tras secuestrar a dos infantes “recuperados”, y perdone si le parezco indiferente, sería un auténtico suicidio. Me acusarían de todo lo abyecto que pudiesen imaginar. Revertirían lo sucedido hasta hacerme culpable de sus propios delitos, les entregaría un cheque en blanco.
La responsable de seguridad secó sus lágrimas con el dorso de la mano, absorbió fuertemente por las narices y, de un solo movimiento, grácil y efectivo, le colocó a Feraud un revólver en la sien izquierda.
—Perdóneme si le parezco una auténtica hija de puta, —expuso enérgica Aline, —tengo autorización para quitarle de en medio sin restricciones, no olvide que las técnicas por usted utilizadas maquillan cualquier muerte, después idearán una razón lo suficientemente convincente como para justificar su desaparición. —La mujer soltó una carcajada tétrica y falsa. —Incluso podrían concederle un nivel de consciencia bastante alto, seguiría trabajando todos los días como si no hubiese sucedido nada. Paradojas del destino, sería el nuevo Jakob Hoffnield. Tentador.
—Deje las probabilidades para otro momento, —le cortó en seco el químico, —ahora toca salir de aquí.
—Bajemos al laboratorio, mientras vaya conmigo estará a salvo, una vez allí cogeremos el mayor número posible de viales de mantenimiento, saldremos por el subterráneo en la furgoneta de la Corporación, junto con las niñas.
—No sé si mi contacto querrá llevarla a usted y a su carga, —advirtió Feraud, —en cualquier caso, prepare una gran cantidad de dinero, la libertad no es gratis.
—Nunca lo fue. -Sentenció Aline.
Encañonado por el revólver, con la mujer pegada a sus tobillos, el químico avanzó por la galería de mantenimiento camino de los laboratorios. Necesitaron echar mano de cuatro maletines frigoríficos para poder transportar los viales con absoluta garantía de conservación, antes de partir definitivamente Feraud contacto, desde su propio despacho, con el encargado de llevarlos hasta el exterior de la ciudad. Quince minutos después ambos viajaban en el interior del furgón en dirección a la casa del anciano. Todo debía realizarse con extrema urgencia, recoger a Camile, cargar el dispositivo portátil de mantenimiento con todos los accesorios y, por supuesto, las dos maletas. La voz, al otro lado del teléfono, había sido concisa en cuanto a las estrictas normas a seguir, lugar de encuentro y hora, un retraso superior a cinco minutos y el misterioso contacto daría por abortado el intento sin derecho a devolución del importe entregado.
—Su amigo, ¿ha puesto alguna objeción? —Quiso saber Armitt mientras el furgón se desplazaba, ya fuera del subterráneo, en dirección al domicilio del anciano.
—No es mi amigo, —le indicó Feraud, —y respondiendo a su pregunta, solo ha puesto una condición o, mejor dicho, dos, dos seguidas de cuatro ceros. ¿Le parece suficiente objeción?
—Lo único que puedo decirle es que, la Corporación, tendrá que maquillar su contabilidad, ellos subvencionan mi huida y la de las niñas. Por cierto, ¿hacia dónde vamos?
—No tengo la menor idea. —Confesó el anciano. —Fuera, lejos de las macro ciudades, durante un tiempo permaneceros ocultos dentro de algún grupo humano, una tribu, una aldea, desconozco qué hay ahí afuera. Un mes, solo treinta días, después cada cual tendrá que arreglárselas por su cuenta.

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