# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “De la Ciudad a la Ciudadela (Mañana del Día Cuarto)”.

#De la Ciudad a la Ciudadela#
(Mañana del Día Cuarto).

Había echado mano del fondo de resistencia sin comunicárselo a Pablo, faltaba una importante cantidad de dinero que no pasaría desapercibido y que había entregado a un desconocido sin tan siquiera emitir un recibo a cambio. Un sangrante hueco. Mientras se dirigía nervioso a la estación principal del suburbano, pertrechado con la mochila y el impermeable amarillo, llegó a temer que la extraña propuesta de Elías no hubiese sido otra cosa que un timo, un hábil engaño para estafar a incautos e impulsivos soñadores. Fueron veinte minutos de alterado desasosiego mientras el automóvil de Pablo le llevaba a través de calles y avenidas, la radio emitía el noticiario y advertía de torrenciales lluvias acompañadas de un fuerte aparato eléctrico. La conversación entre ambos no acompañaba, lo único que realmente mantenía alerta su atención era el deseo de llegar cuanto antes a la estación para poder confirmar la presencia en el andén del involuntario acompañante.
—¿Tiene que ser hoy? —Había preguntado Pablo.
Gastón le miró ausente, por un breve instante no supo de qué le hablaba, ¿a qué se refería con lo de hoy? Poco a poco la realidad se asentó dentro del habitáculo del automóvil y la razón le puso sensatas palabras en los labios.
—Se supone que Daniela sigue allí, siempre resultará más fácil moverse sin resultar sospechoso si conozco los lugares a los que debo dirigirme, ella me puede indicar.
—¿Y tu acompañante?
—Nos separaremos en algún apeadero, desconozco cuál es el sector concreto al que se dirige, —mintió Gastón. —para el regreso, como te expliqué, no le necesito. Cuando termine el reportaje entraré en el suburbano y antes de las nueve de la noche estaré de regreso.
Los dos sonrieron sin ganas, un pálpito extraño parecía suspenderse en el aíre. Pablo imaginó que aquellas negras nubes avanzando desde el oeste contribuían a esa injustificada sensación de intranquilidad. La luz se mostraba menguada, el cielo había trocado el luminoso azul, de todos los días, por una aguachirle grisáceo igualando en penumbras a todas las cosas. El aíre estaba cargado de electricidad y ozono.
Previsoramente Pablo detuvo el coche fuera del estacionamiento. Su mente había estado fabulando posibles alternativas al encuentro con el extraño personaje. No solo podía tratarse de un timador profesional, como en realidad temía Gastón, en el peor de los casos le imaginaba como componente de una brigada policial, en pleno ejercicio de investigación, sobre una red que estuviese trucando, de manera fraudulenta, pases ya caducados y, ahora, en ese mismo instante, fantaseaba con la posibilidad de que un grupo de hombres armados estuvieran esperándoles en el interior de los aparcamientos prontos a detenerles.
—Bueno, esta misma noche nos veremos. —Aquella sencilla despedida le sacó de sus oníricas y fútiles elucubraciones.
Ambos hombres se abrazaron sin abandonar el vehículo. Pablo, con la cara comprimida contra el cuello de Gastón pudo contemplar a Elías deambulando nervioso por las escalinatas que llevaban al suburbano. Dedujo sin dudarlo que se trataba de él. Sus ojeras de mapache, a plena luz del día, destacaban como dos ominosas marcas señalando alguna culpa cometida y aún no confesada. Algo en aquel individuo no terminaba de gustarle.

Cuando el suburbano ascendió al exterior, después de atravesar media ciudad bajo tierra, una luz plomiza y vertical vino a su encuentro. Aún le temblaban las manos recordando el momento exacto, e incierto, en que Elías pasó la banda magnética de la tarjeta por la pantalla que permitía el acceso al andén. Un gorjeo de sonidos eléctricos se dejó oír en mitad de la estación, pensó de inmediato en que habían sido descubiertos y un montón de falsas excusas y razones, a cual menos convincente, se le agolparon en la cabeza dispuestas a provocarle una trombosis. Pero no, la barra metálica que obstruía el paso cedió y, en dos movimientos sincopados, ambos viajeros se encontraron del lado correcto de la historia. Miró por la ventana, aún atravesaban la zona muerta situada entre la ciudad y la Ciudadela, un vasto territorio altamente erosionado donde apenas sobrevivían algunos arbustos macilentos y agónicos junto a los restos de antiguas edificaciones industriales, esqueletos de una época ya acabada. Aprovechó para disparar algunas instantáneas a las viejas instalaciones, a los almacenes y fábricas unidos entre sí por enormes tuberías oxidadas. El terreno, alrededor de aquellas construcciones, presentaba un color rojizo fruto de la herrumbre y la descomposición natural de los metales. La imagen que observaba a través del objetivo se iluminó de repente con un blanco estridente y cegador, unos segundos después el tronar de mil cañones se dejó escuchar en el desierto interior del vagón.
Una lluvia gruesa y violenta comenzó a zaherir la tierra cuarteada y en cuestión de pocos minutos decenas de cauces resecos, ramblas y quebradas, comenzaron a recoger el agua y a llevarla a destinos ignorados. Llovía torrencialmente.
—Han dejado algunos datos originales en la tarjeta. —Anunció de repente Elías.
—¿A qué se refiere?
—El suburbano se detendrá en el mismo apeadero que lo hizo entonces.
A Gastón, aquella referencia al pasado le sonó remota, imágenes lejanas de un lugar y un tiempo apenas sustentadas en la memoria. Borrosas. Festejó interiormente la noticia ofrecida por su acompañante momentáneo. Conocer, aunque fuese ligeramente, el lugar en que se detendrían, le facilitaba el desplazamiento por el entorno.
—¿Algo más que deba saber? —Preguntó una vez se hubo sacudido los pensamientos.
—El hotel, —continuó exponiendo Elías, —también tiene reservada la misma habitación con pensión completa incluida.
—Bueno es saberlo, no pienso visitar el comedor, —explicó Gastón, —pero es posible que utilice la habitación. Como le informé una amiga puede que continúe hospedada allí, quiero comprobarlo.
Fue entonces cuando comprendió lo que su compañero, realmente, le estaba intentando hacer entender. Ambos bajarían en el mismo apeadero y, según se desarrollaran las circunstancias, resultaba seguro que aquel ojeroso personaje terminaría suplantándole. Él sería quien haría uso de la habitación, de la manutención incluida en la estancia y del posible vehículo eléctrico que pudieran haberle destinado. Elías percibió el gesto de pavor recién dibujado en el rostro del fotógrafo.
—No se preocupe, —le tranquilizó, —gracias a ello usted sale mejor parado de todo esto, siempre que no le descubran. —Advirtió. —El nombre han sido modificado, así como su número de identidad, nada debería relacionarle con la tarjeta. En el supuesto de que me descubriesen siempre podré decir que la encontré en una papelera. Así que recuerde, —le indicó el “mapache”, —la tiró en uno de los contenedores de la estación principal nada más llegar al destino. Eso es todo.
El suburbano comenzó a perder velocidad poco a poco, la lluvia se estampaba contra los cristales del coche dibujando efímeras estrellas de agua, nada presagiaba que la tormenta fuese a remitir en breve. Los hombres miraron al unísono al exterior desde la seguridad del vagón, los edificios se erguían impasibles, estoicos soportaban el diluvio que desde un cielo plomizo se precipitaba sin compasión alguna. El convoy se detuvo en el apeadero, un sonido de fuelle hizo abrir las compuertas del coche y los únicos viajeros que transportaba el ingenio descendieron resignados a calarse por completo. Isaías no llevaba impermeable, alzó innecesariamente el cuello de la cazadora y cogió la bolsa deportiva que llevaba como único equipaje. Gastón abandonó el suburbano embutido en el recio chubasquero amarillo, bajo éste, y acoplada a las espaldas, llevaba una pequeña mochila. Ambos caminaron en dirección norte por una amplia acera, el ferrocarril paso junto a ellos en completo silencio, un desfile de ventanas idénticas, de asientos pulcros sin ocupar pasaron como láminas de un antiguo e imperfecto cinematógrafo. Isaías sintió como si con aquellos vagones se alejara cualquier ápice de realidad, ahora imperaba lo anacrónico, ante él se extendía un mundo cuyas normas nadie había escrito ni imaginado.
—Allí, en la esquina de aquella manzana se encuentra el hotel. —Anunció Pablo.
—Espero que su amiga se encuentre aún hospedada. —Deseó el “mapache”. —Necesito que me oriente, ignoro donde se encuentra todo y por supuesto lo primordial, saber por dónde empezar a buscar.
—¿Tiene alguna idea?
El suelo por donde caminaban se encontraba completamente encharcado lo que les obligaba a ir sorteando de continuo pequeñas lagunas, a pesar de ello los zapatos de ambos se encontraban completamente empapados.
—Sé que la familia había adquirido algunos apartamentos nuevos, ella me lo dijo, los llamó de una peculiar manera, —explicó Isaías, —moldeables, ajustables, algo así.
—Esos edificios se encuentran más al norte, casi en el límite del terreno por ahora construido.
—¿Llega hasta allí el ferrocarril?
—El suburbano te acerca a todas partes. —contestó Gastón sonriendo, —Démonos prisa, cada vez llueve con más fuerza.
Los dos hombres emprendieron una carrera aleatoria y sincopada, esquivaban los charcos alejándose el uno del otro, describían recorridos desiguales que, por fortuna del azar, a veces les acercaban. Riendo nerviosos y absolutamente calados penetraron a la carrera en el interior del recibidor del hotel. Un silencio amortiguado de moqueta les recibió, en el mostrador de la recepción no había nadie, el lugar parecía desierto y abandonado.
Durante unos minutos permanecieron cerca del mostrador, tal vez el empleado se había ausentado por cualquier razón y, en breve, se incorporaría a su puesto. Desde el lugar en que se hallaba, pacientemente esperando, Gastón pudo comprobar como el salón del restaurante continuaba a oscuras, nadie había descorrido los grandes cortinajes que cubrían los ventanales. Ningún aroma a café recién hecho se esparcía por la estancia animando la mañana. Todo presentaba una imagen de urgencia, de actos realizados con prisas, ejecutados con la rapidez de quien huye. Se desplazó del otro lado del mostrador buscando señales que pudieran mostrarle, o al menos insinuarle, lo ocurrido. Los cajones situados bajo la balda superior permanecían cerrados y a los pocos que pudo acceder no contenían nada en su interior.
—Aquí no hay nadie. —Anunció Isaías convencido. —Tampoco hay fluido eléctrico.
—Subamos a la tercera planta, allí se encontraban nuestras habitaciones.
Tras localizar la disimulada puerta de servicio, gracias a un indicador de emergencia situado sobre el vano, los dos hombres penetraron en el distribuidor que accedía a las escaleras. Un ámbito opresivo y oscuro vino a recibirlos, las luces de emergencia apenas lanzaban un tenue resplandor cárdeno, penumbra y sombras se agolpaban en esquinas y huecos. Gastón encendió la linterna y despacio, ascendiendo con lentitud, fueron coronando rellanos hasta encontrarse frente a la puerta de la tercera planta. A través del ojo de buey comprobaron que el corredor se encontraba también desierto, ni siquiera las máquinas limpiadoras deambulaban por aquel espacio silencioso y amortiguado, tan solo un resplandor de luz natural reflejada sobre la moqueta rompía el monótono color con que parecía envolverse todo. Una de las habitaciones debía encontrarse abierta y, por la localización del destello, debía tratarse de la estancia de Daniela. Empujaron el batiente y accedieron al largo corredor, pese a la certeza de encontrarse solos, ambos hombres caminaban casi de puntillas, cualquier roce o sonido inesperado provocado por ellos mismos les helaba la sangre y los obligaba, de inmediato, a detenerse buscando la mirada del otro. Cuando alcanzaron la luz natural Gastón pudo confirmar, de un solo vistazo, que aquella había sido la habitación de su amiga. Sorprendido y asustado comprobó, una vez penetró en el interior, que en aquel lugar se debía haber cometido algún acto violento. Las sillas volcadas, la ropa de cama dispersa por el suelo, cajones de cómoda y armario sacados de sus raíles, todo apuntaba a un episodio donde la precipitación y la fuerza habían jugado un papel principal. Pese a encontrarse todo revuelto, no detectaron ni una sola señal dejada por Daniela. El cuarto de baño presentaba los mismos signos y estragos, ni rastro de enseres propios de la muchacha, tan solo un pequeño frasco, que no pasó inadvertido al “mapache”, desentonaba olvidado junto al retrete.
—Tiene adherida una etiqueta de la Corporación. —Anunció triunfal Isaías. —Esto no me huele a nada bueno, deberíamos marcharnos cuanto antes, quienes hayan sido los artífices pueden volver en cualquier momento. Seguro se darán cuenta de que les falta el envase y volverán para limpiar la habitación con mayor detenimiento.
El sonido mínimo del ascensor interrumpió el frustrado dialogo, alguien lo había llamado desde abajo y en pocos minutos se encontraría, presumiblemente, en la tercera planta. Sin mediar advertencia alguna los dos polizones se dirigieron de inmediato hacia las escaleras, el indicador lumínico situado junto al elevador señalaba la inminente llegada de éste. Fue cuestión de pocos segundos, con la puerta de la salida de emergencia convenientemente cerrada y, con ambos fugitivos pegados a la pared del rellano, unos pasos amortiguados por la moqueta señalaron la presencia de más de una persona en el largo corredor. Voces opacas llegaban absorbidas por el entorno, una conversación intermitente y sesgada se dejaba escuchar. Alguien maldecía, culpaba a otro de un descuido imperdonable y el trasteo de objetos movidos con violencia advertían de una situación realmente peligrosa. Aquello no se trataba de un inocente juego.
Con absoluta cautela descendieron las escaleras despejando sombras con la ayuda intermitente de la linterna de Gastón. Encendidos fugaces dejaban la impronta en la retina del lugar aproximado en que se localizaban barandas y escalones. Un ejercicio esporádico de luminotecnia que les permitía seguir bajando sin delatar accidentalmente su presencia. Cuando por fin alcanzaron la planta baja, presos de ahogos y palpitaciones violentas, decidieron, antes de abandonar el refugio en el que se encontraban, comprobar si la entrada del edificio se hallaba despejada. Abatidos distinguieron la presencia en el exterior de varios vehículos con los faros encendidos. A través de los cristales, nebulosos por la acción de la incesante lluvia, media docena de individuos permanecían en actitud vigilante bloqueando el paso entre la acera y la entrada al vestíbulo del hotel. Aquellos hombres portaban armas y parecía ir uniformados, el logotipo mercantil de la Corporación lucía, en un llamativo color púrpura, adherido en el frontal de las gorras con las que cubrían sus cabezas. Gastón dedujo que se trataba de la seguridad privada de la compañía. Algo extraño, que le resultaba incapaz de imaginar, estaba sucediendo. Una cuestión desconocida señalaba directamente a Daniela como única referencia. Debía encontrarla.
—Lamento que mi amiga no le pueda orientar en su búsqueda, —se excusó Gastón, —debemos separarnos en cuanto podamos salir de aquí.
El “mapache” le miró compungido, su aspecto era de absoluto abatimiento.
—Creí que llegar hasta aquí era el principal problema al que me enfrentaba. —Suspiró profundo antes de continuar. —Ahora comprendo cuan equivocado estaba, existen centenas de miles de apartamentos, jamás daré con lo que busco sin ayuda. Déjeme acompañarlo.
—Seremos más vulnerables si vamos juntos.
—No crea, —aseguró Isaías, —podré ayudarle. Mis asuntos pueden pasar a un segundo plano, no tengo prisa.
—Muy bien, —terció Gastón, —vayamos juntos.
Mientras la lluvia continuaba creando cauces y riberas donde no los había y los vigilantes de la Corporación se mantenían a la intemperie marciales y estoicos, los dos accidentales compañeros de viaje continuaron ocultos en el distribuidor de las escaleras de servicio. Esperarían a que la salida del hotel quedara despejada y, entonces, se dirigirían al edificio central, el corazón vivo de la necrópolis.

tren11 (2)

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