# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Lluvia en la Ciudadela (Anochecer del Día Tercero)”.

#Lluvia en la Ciudadela#
(Anochecer del Día Tercero).

Un murmullo sordo traspasaba apenas el grosor de la puerta, un hurgar de dedos sobre la madera y el trasteo incierto sobre el pomo. Daniela creyó morir. Alguien pretendía entrar en la habitación. La lámpara estaba montada, entretenerse en quitar la tulipa y la bombilla no resultaban ser prioridades prácticas. Armándose de un valor del que carecía, se acercó hasta la mirilla y guiñando un ojo aplicó el otro al visor. Un ámbito rojizo se dibujó del otro lado, aquella visión produjo en la muchacha una extraña sensación, era como estar mirando otra realidad, un mundo denso donde los objetos se movían afectados por una gravedad más atrayente y opresora, a otro ritmo. La aparición sorpresiva de un rostro a través del diminuto nexo que la mantenía unida al pasillo la hizo retroceder violentamente y, tras dar unos inciertos pasos de espaldas, caer sobre la moqueta de la habitación con el rostro demudado por el pánico. Recordó de inmediato los rasgos de aquel ser, el hombre sentado sobre el filo de la cama de aspecto soñador mirando hacia la ventana al que Feraud hubo preguntado si recordaba algo. No era capaz de acordarse del nombre, el insigne músico, había apostillado el viejo químico, solo eso retuvo, eso, y el aspecto ceniciento de la piel que ahora, cubierto por la pátina rojiza de las luces de emergencia, le hacía parecer lozano y vivo.
—Sé que está ahí, no tiene nada que temer. —Las palabras de Jakob llegaban desde otro lugar, lejano, instaladas en ninguna parte.
Daniela permaneció en silencio, una reacción infantil que no le exoneraba de una realidad potente e instalada con firmeza en mitad de aquel instante concreto. Cerró fuertemente los ojos en un intento por que aquella pesadilla, al igual que ocurriera en miles de ocasiones, se diluyera en un despertar lento y conciliador.
—Por favor, abra, necesito hablar con usted. —Insistía la voz del pasillo.
Fue entonces cuando el rítmico sonido regresó para quedarse, un preciso percutir claro y reiterado parecía ejecutarse a sus espaldas, acompasado titilar de recuerdos. La cadencia matemática parecía provenir del interior del cuarto de baño. Una canica botaba una y otra vez lanzando al aíre un sonido de vidrio contra loza. El compás resultaba falso, demasiado espacio en silencio entre un golpe y el otro, excesivo paréntesis donde el sonido desaparecía por completo para regresar después, anacrónico, artificial. Las palabras del que esperaba al otro lado de la puerta le hicieron retornar a un ámbito de moqueta y aroma químico. Fuera diluviaba.
Miró los cristales tintados como queriendo enajenarse del momento, una huida inexistente desde un lugar quieto, estático y blandamente parado.
—Abra, se lo suplico. —Le exhortó el músico.
La muchacha se incorporó lentamente, el ruido espaciado de canica continuaba martilleando indiferente a sus pensamientos. Era un metrónomo recordándole, advirtiéndole que en ese ámbito todo era posible. Se incorporó con parsimonia y despacio alargó la mano hasta tocar con la punta de los dedos la manilla, fría, impersonal. Estaba convencida, la única manera de vencer el terror que le aprisionaba las entendederas era enfrentando su debilidad a esa voz de hojas secas y arrugadas. Giró el pomo, mientras la puerta se abría la luz rojiza se vertió sobre su cuerpo como un sudario, frente a ella, Jakob el músico, con expresión neutra la miraba directamente a los ojos. Titubeante, imaginando para infundirse aliento que aquello era un sueño, una irrealidad proyectada por el subconsciente, Daniela, con un gesto parco del brazo, invitó al “recuperado” a pasar. Cuando la puerta volvió a cerrase en el pasillo se hizo el silencio, un zumbido sordo suplantaba la insonoridad, rellenaba ese hueco que la falta de ruido deja.
Mientras aquel ser de aspecto marchito penetraba en la estancia ataviado con una bata blanca idéntica a las utilizadas por Feraud, la muchacha continuaba preguntándose qué fuerza, ajena a su razón, le había ordenado abrir la puerta y permitir la entrada del extraño individuo. El músico caminó en dirección a una silla situada en ángulo con la ventana, con ceremoniosos movimientos tomó asiento y, mirando fijamente a través del cristal, comenzó a hablar como si allí no hubiese nadie más.
—Era algo que había olvidado… —El hombre había dejado la frase inconclusa, como una provocación, un anzuelo tendido invitando a la charla.
—¿De qué me habla? —Preguntó Daniela.
La cuestión planteada fue respondida por Jakob obviando la pregunta, resultaba evidente su forma consciente de ignorar al interlocutor, estaba equivocaba, dedujo la joven, el único afán del músico era hablar.
—La lluvia me ha traído el agua y me ha llevado a su ausencia. No siento sed y por lo tanto no puedo disfrutar saciándola, ni siquiera con ese anticipado placer que se goza con solo desear satisfacerla.
La joven observaba asombrada. Recordó la prohibición específica que le hicieron antes de admitir su solicitud de visita con fines formativos, de introducir comida en los departamentos, nada de música ni niños, y las risas absolutamente vedadas. Dedujo, de la charla del músico, el porqué de la inexistencia de ventanas en los apartamentos. El agua no podía ser evitada con solo prohibirla, ni las flores, ni esas grandes masas nubosas que se desplazaban en ese mismo instante por un cielo negro. Era la vida la que en realidad estaba censurada, todo aquello sin valor de mercado y cuya valía resultaba imposible de definir o calcular.
—Las carencias por las que se lucha, todo aquello que puede extinguir la vida, eso la define, la concreta.
Aquella afirmación quedó flotando en los oídos de Daniela, según Jakob lo que apagaba la vida contenía a la vida más que el existir mismo. El músico definía un estado vital a partir de todo aquello que lo imposibilitaba.
—El día en que nos presentaron Feraud le preguntó si recordaba, ¿había olvidado la lluvia? —La pregunta de la joven solo pretendía ser amable, no le movía la curiosidad.
—Ese viejo parece no enterarse de nada, solo le preocupan sus asuntos, ignora lo que en realidad está sucediendo.
—¿A qué se refiere? —Preguntó Daniela mirando al exterior, la lluvia golpeaba en el poyete de la ventana salpicando los cristales, lo único que deseaba era que aquella absurda situación acabase cuanto antes.
—Los cuerpos anónimos, ahí está la clave, aquellos que nadie reclama.
La muchacha le miró sorprendida, siempre había creído que el procedimiento de recuperación era algo cuya realización precisaba de una serie de protocolos inevitables y precisos. En primer lugar, una petición efectuada por un familiar cercano y el posterior aval de un doctor certificando que, los órganos internos, se encontraban en perfecto estado para poder llevar a cabo todo el proceso con garantías de éxito. No se admitían enfermos cuyo tratamiento prolongado se convertiría en un lastre económico insoportable. Solo así se autorizaba una recuperación, era imprescindible la existencia de familiares que se hiciesen cargo del mantenimiento posterior y de todos los ingentes gastos generados por el alquiler del apartamento.
—Espere, ¿cuerpos anónimos? —Quiso saber la muchacha.
—Sí, no solo se apropian de aquellos desgraciados cuyos familiares, una vez vence el contrato, dejan de hacerse cargo del mantenimiento, también de los desharrapados encontrados muertos en un portal, de los mendigos que amanecen tiesos junto a la boca del suburbano, esos son los anónimos, el verdadero negocio a la larga.
—¿Qué utilidad tienen? —Jakob giró la cabeza antes de contestar buscando los ojos de la joven.
—Todo lo que pueda imaginar y más aún. —Sentenció enigmático. —Nada bueno, se lo aseguro, han encontrado la solución perfecta para poder perpetrar todo tipo de aberraciones sin temor a la ley, sin pervertir ningún dogma.
Manteniendo la mirada opaca del músico, temiendo a las respuestas que éste pudiera darle, Daniela hizo una sola pregunta.
—¿Quién se encarga de eso?
—Armitt, Aline Armitt, ella es la responsable de derivar por otros conductos a los sobrantes que llegan y, después, de remitir los encargos a la dirección acordada.
—El doctor Feraud, ¿qué papel juega? —Mientras formulaba la pregunta los ojos de la muchacha se giraron hacia la puerta, algo parecía deambular fuera, unos pasos comedidos, vacilantes.
—Ya se lo he dicho, no se entera de nada, se limita a firmar los certificados finales una vez se ha producido la recuperación. Solo eso, el proceso está automatizado, si el cuerpo trae los avales necesarios no hay preguntas, se ejecuta el protocolo y a otra cosa.
—¿Cómo se ha enterado de todo eso? —Daniela hablaba angustiada, parecía deseosa de que todo aquello solo fuera el delirio de una mente confundida e imperfecta. —¿Desde cuándo lo sabe?
—Somos poco menos que muebles, infinitamente inferiores a cualquier mascota. —En su voz no se apreciaba queja alguna. —Todo lo tratado de una forma sistemática, todo, pasa a ser un producto, pierde su valor individual e intrínseco. Haga memoria. Campos de refugiados, de internamiento, allí la humanidad no reside, no existe, son solo números precedidos de algunas pocas letras. —Jakob volvió a posar sus resecos iris sobre el cristal perlado de gotas de agua. —Yo era una cosa, un objeto con el que experimentar, cada vez que cerraba los ojos tendido sobre la mesa de aluminio, un temor profundo me invadía, un terror a dejar de ser, por segunda vez, sin que en esta ocasión nadie así lo sintiera. Yo no era nada, un certificado de defunción había puesto punto y final a una existencia completa, un pedazo de historia que ya no me pertenecía. Esa vida estaba conclusa y el ahora, el ser que permanecía con los ojos cerrados esperando volver a despertar, ya no era nadie, nada. Ninguna ley nos define o protege, como le he dicho, somos enseres, mobiliario en movimiento. Nadie presta atención a una cómoda, ni omite un tema por encontrase delante de un jarrón, hablaban sin mesura, todo lo decían con claridad absoluta, diría incluso que obscenamente.
Para la joven esa revelación, viniendo de un “recuperado”, resultaba cuando menos asombrosa. Jakob se expresaba con absoluta claridad, el lenguaje empleado no era vulgar ni mediocre. Se podía deducir como, algunas de las cualidades que en vida favorecían al “recuperado”, podían ser rescatadas de la psique de su antiguo propietario e insertadas en el recipiente una vez reciclado. Necesitaba hablar cuanto antes con Feraud, la recuperación, según le indicó el anciano, podía profundizar en diferentes niveles de recobro de consciencia y el músico era evidente prueba de ello.
—¿Por qué me cuenta todo eso?
—La gente debe saberlo, están pervirtiendo la realidad y las consecuencias pueden ser terribles.
Mientras escuchaba la arenga Daniela negaba con la cabeza. Seguro se trataba de un asunto aislado, pensaba, una pequeña corruptela para sacar un dinero extra y dar utilidad a unos cuerpos que nadie jamás iba a reclamar. Después de todo los seres a los que hacía referencia el músico habían sido recuperados en su más bajo nivel, apenas eran un remedo de lo humano, solo la forma antropomórfica mantenía algún nexo con el pasado al que pertenecieron sus mentes. Ahora, como el mismo Jakob había asegurado, no eran nada, subproductos destinados a la eliminación.
—No sabría por dónde empezar, busque a otra persona, —aconsejó la muchacha, —además, desconozco por completo cual es el resultado final de la recuperación.
—¿A qué se refiere? —Quiso saber el músico.
—¿Qué queda de Jakob en el interior de su cabeza? —El hombre le miró perplejo, no parecía haberse cuestionado hasta ese mismo momento su propia identidad.
—Todo…, o casi todo.
—¿Recuerda el pasado?, lo ocurrido antes de… —la frase quedaba abierta, Daniela era incapaz de encontrar un remate que la concluyera con suficiente lealtad a la situación.
—No quiero confundirla, —reconoció con pesadumbre el músico, —sé quién soy, guardo memoria de los hechos más significativos de mi vida, el resto, lo nimio, como cualquiera lo completo con posibilidades, con interpretaciones personales y posiblemente carentes de una veracidad absoluta, eso es lo que hacemos todos, incluida usted.
—¿Notó los cambios producidos por los diferentes grados de recuperación? ¿Fue consciente de ello?
—No, cada avance suponía un borrado de lo anterior, en mi memoria todo es una sola línea continua, recta, sin quebraduras, nada roto atestigua lo sucedido. —Jakob cerró los ojos con fuerza, parecía intentar recordar algo cuya imagen se le escapaba.
—¿Ha olvidado su muerte?
Un silencio espeso se acopló al mobiliario y la moqueta, los pies quedaron clavados en un alquitrán denso que impedía el movimiento. Un breve instante, una cuestión planteada y la débil línea que mantenía a la realidad dispersa y camuflada en el entorno, se rompió de repente. Consciente del momento, de encontrase hablando con alguien que debía estar enterrado, Daniela sintió un vértigo profundo que le arrastraba hacia un terror hasta ahora insospechado. No sentía aversión al hecho de mantener un dialogo con un cadáver en movimiento, su temor radicaba en la posibilidad de escuchar, de boca de quién había paladeado la muerte, alguna cuestión que le enfrentara a una realidad insospechada. Temía a lo desconocido.
—No la he olvidado, —la respuesta de Jakob se deslizó por la mente de la joven como un reptil escurridizo, —pero no pienso en ello, no deseo indagar y descubrir algo inevitable. —La joven permaneció muda, tampoco deseaba saber. —Siento que algo no funciona completamente, —continuó exponiendo el músico, —pero ignoro si ello es algo normal tras el proceso de recuperación o, por el contrario, se debe al involuntario quebrantamiento de un dogma, una ley desconocida que atañe a la vida y la muerte. Tal vez por ignorancia nos hemos condenado.
—No deseo saber nada de todo esto. —Concluyó la joven mientras sentía un escalofrío recorriéndole la columna vertebral. —Mi único interés es la arquitectura y, desde mi llegada a este sitio, todos pretenden involucrarme en algo que me sobrepasa. Ya debería haberme marchado, esta prórroga innecesaria me ha mantenido atrapada más de lo deseado. En cuanto la normalidad se restablezca y cese esta maldita lluvia enviaré mi renuncia. Busque a otra persona.
—Puede que sea demasiado tarde para usted, —respondió Jakob vertiendo un halo de misterio junto a sus palabras, —debería hacerse algunas preguntas, esas misma que me ha hecho a mí.
—¿Pretende asustarme?
—Lo que realmente debería hacerle sentir pavor, —concluyó Jakob, —es su negativa a mirar de frente. No siga huyendo. Esto nos atañe a todos, vivos o muertos.
El músico, tras soltar aquella frase lapidaria, retornó a mirar por la ventana con expresión anodina, parecía como si la negativa de la joven a prestar ayuda no le afectara en absoluto. La propia Daniela estaba perpleja, esperaba por parte de Jakob un poco más de insistencia, un intento al menos de arrancarle un compromiso por leve y poco práctico que este fuese. Pero no, el insigne artista se limitaba a contemplar el caer de la lluvia y a ensimismarse en los escasos resplandores dorados que las luces de los distantes apeaderos hacían refulgir.
En mitad de ese silencio compartido alguien, desde el otro lado de la puerta, golpeó con los nudillos sobre la madera, Jakob no se inmutó al sentir la leve llamada. La muchacha, por el contrario, demudó el color del rostro hasta adquirir una lividez propia de la muerte.
—No se angustie, —le aconsejó el músico, —es Feraud, viene a buscarme.

El vehículo llevaba estacionado y con la carga preparada en su interior desde primeras horas de la tarde. La potente lluvia, los cortes del fluido eléctrico y el espíritu escapista de Jakob, habían postergado la partida del furgón y Armitt se mostraba por ello nerviosa y dispersa. En tres ocasiones, en un corto periodo de tiempo, bajó hasta los aparcamientos para comprobar personalmente como la furgoneta refrigerada continuaba estática en el mismo sitio y, de paso, confirmar la presencia del químico en el interior de su despacho. El maldito viejo había mandado a sus casas a todo el personal del departamento de recuperación y aguardaba, paciente, a que el reloj le indicara cuando podía marcharse. Aline no podía esperar ni un solo minuto más, el contacto solía recibir la entrega a una hora prefijada y en un lugar concreto y, tenía órdenes precisas, de abandonar el intercambio si la demora superaba los cinco minutos. Nunca esa circunstancia se había cumplido. Armitt se enorgullecía de la fiabilidad y precisión de la gestión de esas entregas, las cuales supervisaba personalmente. No podía fallar. Miró el reloj con impaciencia, normalmente a esa hora los aparcamientos se encontraban atestados, no podía permitir que el ratón pusiera en peligro al gato. Gallarda, reinando sobre las escaleras que conducían a la primera planta del edificio principal, mirando sin ver la tablilla que uno de sus subordinados le mostraba, distinguió la penosa figura de Feraud deambulando subrepticiamente entre el resto del personal. Parecía un turista indolente paseando ajeno al ajetreo de una ciudad en hora punta. Maldijo para sus adentros y, sin dudarlo, se encaminó a su encuentro dispuesta a quitarlo de en medio lo más expeditivamente posible. Pensó en encargarle la búsqueda de Jakob, excusa perfecta, y que le acompañara Cerbero con órdenes precisas de demorar lo máximo posible el regreso. Afuera diluviaba.
La conversación con el químico fue absurda, como todas las que mantenía con el viejo chiflado. Ambos sabían del secreto, de la falta cometida por Feraud y de las terribles consecuencias que depararía esa irregularidad si llegara a descubrirse. Aline podía apretar al viejo aún más, acorralarlo y verle claudicar derrotado, borrar su sonrisa socarrona y altanera, pero no estaba segura de si realmente era lo conveniente. A veces temía que el responsable de las recuperaciones, precisamente por depender de su departamento la previa autorización y posterior certificación final del producto, estuviese al corriente de esa labor subterránea e ingrata que la propia Corporación le encargara en su momento. Favores personales, esa fue la definición empleada.
La mujer se escabulló en dirección a los aparcamientos, había conseguido deshacerse de Feraud durante al menos un par de horas, tiempo suficiente para ir al punto de entrega, soltar la mercancía y volver sin que nadie la echara de menos. Un trueno retumbó imponente por encima de sus pensamientos y las bóvedas de los aparcamientos prolongaron un desgarro sonoro de profundas mazmorras. Aceleró nerviosa el paso, entre unas cuantas furgonetas vislumbró aliviada el vehículo aparcado. Su inconfundible estructura, similar a la utilizada para el transporte de reos, le hacía único.
Una vez se hubo acomodado en el asiento arrancó el vehículo y tras caracolear por entre media docena de columnas, enfiló la calle que le llevaba directa al túnel. Nadie circulaba por la carretera a esa hora, de reojo comprobó que la autorización para salir al exterior se encontraba justo sobre el lado derecho del parabrisas junto con el albarán de entrega, suspiró aliviada. Ahora solo quedaba dejarse deslizar por la calzada y en unos cuarenta minutos aproximados todo habría acabado. Afuera debía seguir diluviando, observó cómo algunos de los tragaderos exteriores, cegados por la broza arrastrada por las torrenteras, comenzaban a verter agua en el interior del subterráneo. Columnas de agua caían como accidentales cascadas desde el techo del túnel y las luminarias, tras lanzar un coro de chisporroteos y pequeñas tracas, colapsaban en un cortocircuito inevitable dejando amplios tramos de la calzada completamente a oscuras. Aline encendió los faros del furgón, las luces de cruce resultaban insuficientes. Desde atrás le llegó el murmullo de unas voces agudas, la “carga” estaba despierta, por alguna razón, o descuido, no los habían sedado. Normalmente las entregas viajaban convenientemente anestesiadas y sujetas con correas a una camilla fija. La distribución de estas, encajadas en una estructura dividida en diferentes niveles, permitía transportar hasta un total de seis entregas. Sin dejar de mirar la oscura galería que se extendía recta delante de sus ojos, Armitt descorrió la trampilla que comunicaba la cabina del vehículo con el espacio destinado a la carga, distinguió de inmediato como los soportes donde se encastraban las camillas habían sido desmontados y sustituidos por asientos individuales. Eso solo podía significar una sola cosa, la “carga” tenía la consideración de alto valor, normalmente se trataba de recuperados con un elevado grado de consciencia. Nadie se lo había advertido. Estirando el brazo derecho sin soltar el volante, agarró la tablilla y extrajo el albarán de entrega, deseaba saber quién, o quienes, eran los clientes, los compradores. Con gran dificultad extendió el papel rosado sobre el volante, accionó el interruptor de la luz de la cabina y alternado la visión de la calzada con la del pliego de entrega, fue buscando la casilla donde se inscribía el nombre de la sociedad o particular que realizaba la compra. Distinguió tres letras mayúsculas separadas por puntos sin el remate clarificador de algún tipo de forma jurídica que definiera a una empresa o sociedad. Sin duda se trataba de un particular. Giró el volante hacia la derecha y estacionó el furgón en una de las isletas destinadas a paradas de emergencia. Mantuvo el motor en funcionamiento y descendió de la cabina dispuesta a comprobar quienes viajaban en la parte trasera del vehículo. En un gesto involuntario se palpó la axila izquierda, notó de inmediato la segura dureza del revólver de reglamento. Introdujo la llave en la cerradura del portón trasero y con lentitud comenzó a girar la manilla. La caja de carga se encontraba en penumbra, tan solo pudo distinguir los respaldos de dos sillones. Contrariada se encaramó al vehículo encendiendo de inmediato la linterna que siempre llevaba dentro de una cartuchera sujeta al cinto. Un jadeo lloroso se dejó sentir desde el otro lado de ambos asientos, un murmullo desesperado dejando agujas de hielo atravesadas en las venas. Agachada avanzó hasta colocarse justo al lado de la “carga”, con temor reverente fue dejando al halo de luz que controlaba con su mano, discurriera desde el suelo hasta la parte superior del habitáculo. Horrorizada confirmó lo que sus temores le estaban anticipando. Sobre los sillones, sujetas con correas por brazos y piernas, dos niñas de poco más de nueve años la miraban destilando pánico desde sus opacas pupilas. El rictus de espanto de sus rostros le hizo comprender a Aline que el grado de recuperación era bastante alto. Armitt no abrió la boca, ni intentó tranquilizar a las niñas, se giró lentamente y de un salto abandonó la caja de la furgoneta. Le resultaba imposible hilvanar ideas.
El agua seguía cayendo con violencia desde los aliviaderos situados sobre el techo del túnel, algunos tramos de la calzada se encontraban inundados y en penosa penumbra. Acuclillada junto al furgón la responsable de seguridad volvió a comprobar el albarán de entrega, se negaba a querer entender lo que sospechaba estaba ocurriendo. El grado de recuperación de aquellas niñas era un proceso que estaba en fase experimental, tan solo se le había aplicado a algún personaje insigne, como era el caso de Jakob. Personalidades destacadas en ámbitos del saber y la cultura cuyo conocimiento, de conseguirse una recuperación total, no se extinguiría nunca, perpetuándose y dando nuevos frutos eternamente. Para Aline estaba claro que esa no era la razón, turbios deseos, mentes enfermas procurándose repugnantes placeres donde resultaba imprescindible que, la víctima, estuviera plenamente consciente de lo que le iba a ocurrir. Las entregas anteriores no supusieron problema alguno, fardos, paquetes, eso era todo. Cuerpos recuperados cuya utilidad, dado el bajo grado de consciencia, siempre supuso Armitt eran comprados para la realización de tareas básicas y elementales. El suministro de aquellos seres, según le habían explicado, provenía de gentes cuyos cadáveres nadie reclamaba, vagabundos, “sin papeles” y condenados a la pena capital cuyo último deseo fue ese, ser recuperado a un nivel elemental. Aquel comercio era absolutamente ilegal, pero a ningún estamento oficial o cuerpo de seguridad se le había encargado velar por el cumplimiento de las leyes que regulaban la recuperación de cadáveres. El negocio era perfecto.
Un murmullo se escapó por las rendijas del portón de la furgoneta, no era llanto, apenas recordaban cómo era eso de llorar. Un balbuceo horadando los tímpanos de Aline, dejando pústulas por el estribo y el yunque del oído de la mujer, un lamento mínimo e insoportable que erizaba las neuronas y dejaba un poso sucio y maloliente en los huecos del alma. Por primera vez en muchos años, la responsable de seguridad de la Corporación para la Tanatopraxia se sintió perdida y sin saber qué hacer.
Se acomodó en el asiento del conductor incapaz de continuar en dirección al distrito señalado en el albarán, el murmullo proseguía enganchado a sus espaldas, suplicante, terriblemente perdido. Nadie jamás sabría, si al final cedía al impulso de cumplir con sus obligaciones, lo que después ocurriría con aquellas niñas en algún sórdido lugar. Miró angustiada hacia el fondo del túnel, el lateral izquierdo de la calzada, debido a la ligera inclinación que soportaba el firme, acumulaba al menos un metro de agua. Un caudal constante se precipitaba voraz desde diversos puntos de la techumbre del subterráneo. Sin meditar en exceso las posibles consecuencias de la decisión recién tomada, giró el volante hacia la izquierda y, con lentitud excesiva, dejó que el vehículo realizara un cambio de sentido. Estaba dispuesta a regresar al edificio central y, una vez allí, pese a que con solo imaginarlo se le revolvían las tripas, pedir consejo y ayuda a Feraud. Él sabría con toda seguridad cómo actuar toda vez que, incumpliendo la restrictiva normativa dictada por el Ministerio de Tanatopraxia, mantenía a un “recuperado” conviviendo en su propio domicilio. Siempre estuvo segura de ello, aunque jamás pudo demostrarlo.

tunel1 (2)

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