Nerea Atutxa, narrativa “Cerrado por Lluvias”

12/19/2018
Cerrado por lluvias

Eran unas oscuras nueve de la noche en la ciudad de la luz. Tras haber recorrido la parte costera de Brooklyn nos dispusimos a cruzar el rio Hudson por el puente más cercano. Julia había querido detener el tiempo y el puente por medio de la tecnología, instantáneas en la agitada vida de la ciudad de Nueva York. Bajamos por Old Fulton Street y accedimos a la pasarela desde unas estrechas escaleras que nacían desde las tripas del puente. Un imponente artilugio suspendido mediante cables de acero, una verdadera arquitectura de alguien que realmente quiere unir.
“¿Nos arriesgamos?” La alerta de las vaporosas nubes nos detuvo durante unos segundos ante la gran autovía que se abría a nuestros pies con apenas final visible al otro lado de la orilla del rio. “Yo creo que sí, vamos”. Julia decidida tomo la delantera así que no dude en seguir sus pasos, como aquel que en el desierto pisa las huellas del que va en cabeza. Entre la bruma, se divisaba la gran manzana como un enorme faro en medio de una tormenta atlántica. Como una ciudad de desenfreno que te invita a cruzar para nunca dormir. El ambiente grisáceo junto con la tenue luz del puente se mezclaba con el fresco viento helado del Hudson que convertía la escena en mística y algo terrorífica. Solo cinco pasos al frente hicieron falta para que las nubes obstaran por cambiar el rumbo de las pisadas. Una intensa lluvia comenzó a caer sobre nuestras cabezas y Julia, tan segura como la primera vez, dio la vuelta echando a correr hacia mí. Nos refugiamos en las escaleras apenas cubiertas por donde habíamos llegado al puente. Sin paraguas, sin poder volver hacia Brooklyn solo podíamos salir de la situación cruzando, una especia de prueba de acceso de la propia ciudad. Un reto para poder cruzar y unirnos al ruido y el vapor subterráneo de Manhattan.

En un receso de la lluvia volvimos a intentarlo, ahora sí, sabiendo que aunque lloviese hasta la inundación, cruzaríamos el puente de Brooklyn. No volvió a caer una gota. La lluvia cesó. La ciudad nos dio acceso y las nubes se tomaron la noche libre para dejar cerrado el puente para nosotras. Mundanos huyendo de la lluvia éramos las únicas sobre las vigas de metal. Desde allí, se contemplaba toda la ciudad. A un lado luz, pequeñas ventanas cuadriculadas que formaba dibujos en las caras de los edificios. Brooklyn dormía al otro lado en un barrio de edificios no tan altos y al Norte de éste, Queens.
Aquel conector, aquel viaducto era la ruta 66 que atravesaba los distintos mundos de la ciudad. Una ruta en la que Julia y yo viajábamos solas. Teníamos el puente para nosotras y en complicidad y en silencio el momento fue nuestro. Dejando de controlar el tiempo bailamos en el puente de Brooklyn e intentamos apropiarnos del tiempo que nos dejaba robarle. Un skyline que intentamos atribuirnos. En mitad de la enorme pasarela húmeda de gotas de lluvia, respiramos el aire de taxis amarillos, escuchamos la voz que clamaba el Empire State e imaginamos las mil y una luces rectangulares prendidas en los rascacielos newyorkinos. Tomamos el control de la unión del corazón de Manhattan, capitanas al abordaje de un nuevo buque con el que volver a navegar. Habíamos abordado sin coerción aquel montón de piedra y acero que se elevaba como una escalera mecánica hacia el estrés y los focos de la polis. Y todo ello, gracias a la lluvia, a la que temen los mundanos pero la que aquel día de noviembre cerró el puente de Brooklyn para nosotras.

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