# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez “Lluvia en la Ciudadela (Tarde del Día Tercero)”.

#Lluvia en la Ciudadela#
(Tarde del Día Tercero).

Realmente estaba disfrutando, su espíritu estaba hecho para la investigación, no para repetir incansable una fórmula fiable, segura y de resultados predecibles. Aquella locura desatada le resultaba refrescante, ver a la atlética Aline corriendo de un lado para otro, con los nervios erizados como púas, era para Feraud un sobresueldo del que, además, no tenía que tributar a la Hacienda Pública. Todo un premio.
El turno de las cuatro de la tarde llevaba ya más de tres horas y media sumido en el descontrol, el personal que componía su sección, en este tipo de encrucijadas, resultaba prescindible, así que los despachó nada más enterarse del fatídico fallo eléctrico. Ahora tenía todo el departamento para él solo, ahora era plenamente feliz.
Armado de la linterna decidió dar un paseo por el gran salón de acceso al edificio, allí estaba la responsable de seguridad impartiendo órdenes, enjuta, fibrosa y marcial. Al químico le pareció que aquella mujer también estaba disfrutando, aunque un poquito menos, Era obvio que la situación desbordada era competencia exclusiva de ella y, encaminar de nuevo a la locura por la senda precisa de lo monótono y cotidiano, no debía de ser una tarea fácil. Sobre todo, teniendo en cuenta que los desatados elementos atmosféricos no parecían querer colaborar. Llovía con inquina y estaba deseando salir, ver con sus propios ojos como los “recuperados” se desenvolvían fuera de los habitáculos. Pedírselo a la señora Armitt era algo impensable, sobre todo desde que el químico adquirió consciencia de estar siendo vigilado por la supervisora de seguridad. No le era ajeno saber cómo la Corporación estaba deseando encontrar a un sustituto lo suficiente cualificado, un patán con deseos de promoción capaz de pasar por el aro las veces que resultaran necesarias, para darle a él la patada. Miró hacia donde Aline se encontraba, la mujer estaba embebida observando una tablilla sostenida por uno de sus colaboradores mientras negaba con la cabeza, los problemas debían de estar multiplicándose. Caminó distraído hasta situarse junto a la puerta principal, el agua caía a raudales, un torbellino líquido descorría una tupida cortina sobre el edificio contiguo. Feraud era conocedor de las desconfianzas que despertaba en la dirección, la desaparición sistemática de viales de mantenimiento era algo acreditado, los diferentes intentos por determinar la causa se habían visto dificultados por montañas de burocráticas peticiones realizadas por su propio departamento. Para cuando Armitt consiguió una orden habilitándola para realizar una investigación sin necesidad de tediosos permisos previos, el espacio donde en teoría se había cometido el delito se encontraba extrañamente pulcro, sin rastros de ninguna índole. Aquel día los ojos de la responsable de seguridad eran dos dagas envenenadas mirándole, escudriñando y deseosa de que algún gesto, un guiño nervioso, delatara a Feraud como partícipe o, al menos, necesario encubridor. Pero no, lo que encontró Armitt fue una sonrisa displicente y socarrona, una mueca de inocencia hábilmente situada sobre el impenetrable rostro del químico.
Un poderoso trueno recorrió el gran salón, los hombros de los allí presentes se encogieron parecía como si esperasen, tras el poderoso retumbo, el advenimiento de una enérgica explosión que les lanzara por los aíres. Aquellos terribles desgarros producían en el químico cierto nerviosismo, su pensamiento entonces emprendía el vuelo rumbo a la ciudad y preguntas cuya respuesta intuía se perfilaban en su mente. El secreto, la razón de tantos disimulos se le agarraba al estómago produciéndole una tortura lenta, casi ceremonial. Las veces en que Aline estuvo merodeando, cerca, rozando casi aquello que ocultaba, un regusto extraño se le apoderó del ánimo. La excitación producida tenía dos vías de acceso, cada palabra, la contra pregunta, una insinuación, le llevaban a merodear la frontera imaginaria donde se encontraban el natural terror a ser descubierto y, sus certeras consecuencias penales, con el inexplicable ardor provocado por saberse vencedor de esos duelos verbales. La inteligencia le permitía solventar favorablemente, a veces en el último momento, las insidiosas pesquisas de la señora sabueso Armitt.
—¿Estaría asustada? —Se preguntaba, y lo que aún podía ser peor. —¿Sabría siquiera qué es el miedo?
Miró el reloj de pulsera, aún el turno no había terminado, si no era precisa su presencia, a las diecinueve horas y treinta minutos en punto se marcharía rumbo a casa. Ese costoso hogar construido a las afueras de la ciudad que le mantenía hipotecado hasta las cejas, la necesaria, la precisa vivienda alejada del resto del mundo donde miradas ajenas no pudieran penetrar. Un lugar carente de preguntas para poder vivir en paz, consciente del límite, ajeno a la seguridad de saber si en realidad estaba haciendo lo correcto, pero aceptando esa dicotomía que a veces le desbarataba el alma. El químico suspiró malhumorado y volvió a consultar el reloj de pulsera. En algunas ocasiones tenía la sensación de que el tiempo, allí, se comportaba de distinta manera. Ahora tocaba la lentitud más odiosa. Alzó la mirada y sus ojos se encontraron con los de Aline, le observaba como lo hace la lechuza al ratón, una dosis de deseo y dos de desprecio. Con gesto seguro, falsamente confiado, Feraud le devolvió una cínica sonrisa mientras, con una de las manos, la saludaba imitando un gesto militar. La mujer no parecía sorprendida, el químico se temió lo peor, era probable que estuviese buscándole. La responsable de seguridad descendió y se dirigió directamente hacia el lugar donde se encontraba el hombre, mientras se desplazaba ella también miró su reloj, un artilugio pesado lleno de cronómetros y marcadores cuyas utilidades le eran desconocidas.
—¿No estará pensando en marcharse? —Le soltó a modo de saludo una vez se encontró a escasos pasos del químico. —Seguimos en alerta, —aclaró en tono displicente, —se lo digo por si aún no se ha enterado.
—Resulta imposible no darse por enterado, —respondió con sorna, —en las contadas ocasiones en que su departamento ha sido de cuestionable utilidad, usted se ha encargado con eficiencia de viejo sabueso de hacerlo público y notorio.
—Déjese de tonterías, —le respondió la mujer, —antes de hablar debería comprobar si tiene los deberes hechos. llevo buscándole más de media hora, pareciera que se esconde de algo.
El químico la miró desconcertado, no sabía de qué demonios le estaba hablando y aquella enjuta arpía, con sus ojos fatalmente brillantes, parecía hablar completamente en serio.
—Su amigo Jakob, el ilustre músico, parece haberse largado aprovechando que usted mandaba a todo el personal a sus casas y el departamento quedaba sin vigilancia alguna.
A Feraud se le demudó el rostro, pensó de inmediato como aquella inesperada incidencia le alejaba aún más del ansiado regreso al hogar. Sin ninguna duda el tiempo allí jugaba con todos, era preferible desvestirse de deseos, no anhelar nada relacionado con minutos u horas porque, entonces, algo inexplicable conseguía siempre retenerte, no era la primera vez.
—¿Sabe hacia dónde se dirigía? —Preguntó intentando parecer preocupado por aquella inoportuna circunstancia.
—¿Cómo quiere que lo sepa? No está, eso es todo. —Respondió desabrida la mujer. —Hay un vehículo afuera esperándole, le acompañará uno de mis hombres, solo por si acaso. Encuéntrelo sin demora, él es la prioridad.
—¿Sabe al menos por dónde ha salido?
—Por el mismo lugar que usted ha dejado abierto, el pasillo de mantenimiento, por cierto, —anunció sonriente, —lleva puestas sus ropas, las cogió de la taquilla del despacho junto con un llavín maestro. Y ahora lárguese de inmediato, su “recuperado” especial parece saber muy bien lo que hace.
—¿Qué quiere decir?
—Lo descubrirá usted mismo, —anunció triunfante Aline, —solo le anticipo que ese individuo debe ser eliminado cuanto antes, créame, son ordenes directas de la Cúpula. Y póngase un impermeable de la corporación, el naranja, no querría que una lamentable confusión le pusiera del otro lado del tablero de un solo disparo.

Mientras caminaba aceleradamente en dirección a la entrada del edificio y se iba colocando el chubasquero, su pensamiento no podía dejar de ausentarse, los truenos se repetían con una frecuencia cada vez mayor, necesitaba regresar lo más rápido posible a casa.
Al lado de la acera se encontraba detenido el transporte anunciado por Aline, no se trataba de uno de los carritos eléctricos usados para el trasiego de las visitas, era una especie de armatoste con apariencia militar, verdes mimetizados que en aquel universo blanco destacaban especialmente. El vehículo llevaba adosado en la parte superior una amplia batería de luces de distintos colores, blancos focos para iluminar la noche y alarmantes azules de emergencia, todos permanecían altivamente esplendiendo. El conductor, cuando distinguió al químico aproximándose bajo la torrencial lluvia, desde el interior del habitáculo abrió la portezuela para que Feraud penetrara.
—Dese prisa, —aconsejó a gritos, —estos impermeables son una mierda, si permanece mucho tiempo bajo el agua se calará sin poder evitarlo.
El hombre se acomodó como pudo dentro del reducido espacio destinado al acompañante, un sillón de tamaño minúsculo que apenas le permitía estirar las piernas. Observó de reojo la etiqueta cosida sobre la pechera del vigilante, un nombre destacaba sobre ella precedido por una abreviatura indicativa del rango, sargento Cerbero, al químico le resultó irónica la coincidencia entre profesión y apelativo.
—Usted dirá, ¿para dónde tiro? —Preguntó el chofer interrumpiendo sus infecundas ensoñaciones.
—Aline no me ha informado de lo sucedido, pretende que lo descubra por mí mismo.
El vigilante le miró con rostro de sorpresa, al parecer todos en la ciudadela estaban al corriente del comportamiento anormal del músico, si es que algo en aquel ser podía calificarse como tal.
—Al parecer ha ido por ahí abriendo puertas, —explicó el sargento, —se desconoce el número de ellas que a estas horas han sido abiertas.
—¿Sólo las abre? —Quiso saber Feraud.
—No, arenga al resto de… —el vigilante dejó la frase abierta incapaz de encontrar un término adecuado que definiera a esos seres, —han tomado varios edificios…
—¿Tomados? —Preguntó alarmado el químico. —¿Emplearon la violencia?
—No, que va, se limitan a amontonar muebles en los accesos impidiendo el paso. Resulta difícil intentar sacarlos sin producir daño alguno, son propiedades privadas cuyo coste resulta muy elevado. —El chofer puso el vehículo en movimiento sin esperar le fuera dado un destino concreto. —En el caso de que la Corporación tuviera que indemnizar a las familias estaríamos hablando de miles de millones, sería la ruina.
—¿Les han dado instrucciones concretas?
—Armitt convocó una reunión para explicar la situación, ha hecho hincapié en que intentáramos por todos los medios no producir daño alguno.
Las calles continuaban anegadas y despobladas, el transporte enfiló una de las avenidas principales mientras algunos de los potentes focos situados sobre la techumbre del vehículo, de forma automática, despejaban sombras por las calles transversales. Aquel perfecto lugar parecía más desierto que nunca.
—¡Allí! —Gritó desaforado el conductor señalando con la mano hacía un oscuro portal. —Algo se mueve en el interior de ese edificio.
Sin esperar una orden concreta el chofer giró el volante en la dirección que había señalado, Feraud, por mucho que lo intentaba, no conseguía distinguir movimiento alguno, el cristal medio empañado lo hacía particularmente difícil.
—Detenga este armatoste. —Ordenó enérgico el científico. —Esperé aquí mismo, continuaré a pie, resulta más tranquilizador para ellos una simple linterna que tanto aspaviento de luminotecnia.
Casi sin esperar a que el transporte se detuviera del todo, el doctor se bajó trastabillando sobre los abundantes charcos. A punto de caer consiguió enderezar el cuerpo en el último instante, el haz de luz circular de la linterna se clavó en la entrada del edificio de inmediato, parecía querer anunciar con ello que se encontraba bien. Caminó bajo una lluvia pesada contra la que, el inservible chubasquero naranja, no parecía poder contener. Hilos de agua recorrían sus espaldas empapando por dentro de la ropa la camiseta, un frío húmedo y desagradable se iba instalando poco a poco en todo su cuerpo. Se sintió estúpido, un pensamiento anormal en mitad de aquella inmensa locura. Se disponía a hablar con los “recuperados”, seres con la capacidad del habla anulada o seriamente disminuida. Si, estúpido.
Cuando llegó frente al portal se detuvo. Proyectando la claridad de la linterna, husmeando en el interior, quiso anticipar a sus ojos aquello que le esperaba. No conseguía distinguir nada. Tragó saliva y sin esperar un solo momento más atravesó el vano, la puerta se encontraba semiabierta, una cómoda, de las muchas que se repartían idénticas por todos los apartamentos, bloqueaba parcialmente el acceso. No parecía una barricada, pensó, más bien resultaba ser una invitación tácita para que alguien entrara. El agua dejó de caer del techo, ahora se limitaba a escurrirse por el linóleo naranja del impermeable buscando empaparse en la paz anónima de la moqueta. Esos pensamientos, recurrentes, como cuchilladas, le resultaban ajenos. Implantes etéreos lanzados desde una distancia imprecisa buscando un hueco en su cabeza. Sin atreverse a dar un solo paso fue recorriendo con la luz portátil todo el espacio que componía el pequeño portal. Visionado al íntimo resplandor de la linterna, las paredes, el primer tramo de escalera, le resultaron irreales, era como estar consciente dentro de un sueño ajeno y, a la vez, ligeramente recordado. En mitad de aquel soliloquio interno, de repente, se le erizó el alma, junto a la puerta del ascensor, buscando refugio bajo el hueco de las escaleras, un grupo de unos seis “recuperados” se mantenían en silencio, muy juntos, con los ojos perdidos en la moqueta, no parecían ser conscientes de la presencia del químico. Una sensación que, de inmediato supo no era miedo, se le agarró a la garganta, estrangulándolo, imposibilitándole tragar siquiera saliva. Aquellos seres parecían desvalidos, perdidos en un lugar del que no comprendían nada. Ellos eran realmente los asustados.
Desde el exterior, estridente, la sirena del vehículo militarizado dejó escapar un breve lamento reclamando atención. El grupo amontonado bajo las escaleras ante aquella intromisión sonora se movió como un solo cuerpo, contracciones sincopadas, rítmicas y violentas. Los ojos de cristal seco, aspaventados, se encontraron con los de Feraud, le miraban con una insistencia implacable mientras en sus bocas, una mueca excesiva mostraba un terror indefinido, la expresión de un pánico incapaz de ser comprendido. Al profesor le parecieron, aquellos rostros contraídos, parecidos a las máscaras Noh utilizadas en el teatro clásico japonés y, aquella semejanza, solo sirvió para que se sintiera más intranquilo aún. La voz del chofer, asaltándole desde las espaldas, le hizo dar un involuntario brinco.
—Regrese de una vez al vehículo, —le gritó el sargento mientras con la linterna iluminaba el interior del portal, —estos no son nuestro objetivo, ya indicaré por radio a la central que aquí se encuentran algunos de estos desgraciados para que pasen a recogerlos y los recluyan en sus departamentos.
El sargento, mientras vociferaba intentando hacerse oír en mitad del fragor de la lluvia, sostenía sobre su cabeza un trozo de lona pretendiendo con ello inútilmente guarecerse del torrencial diluvio.
—Así no encontraremos a Jakob jamás. —Le respondió mal humorado el profesor. —Dando vueltas, confiando en el azar, podemos seguir dando tumbos toda la noche.
El conductor no respondió, se limitó a alejarse a la carrera en dirección al vehículo en un claro intento por continuar con la conversación protegido convenientemente del aguacero.
Cuando Feraud consiguió encajarse sobre el minúsculo asiento, se encontró con la sonrisa de Cerbero, el hombre negaba con la cabeza mientras gruesas gotas de agua le descendían por el rostro.
—Aline no confía en el azar, ya debería saberlo. —Soltó un bufido antes de proseguir. —Algunas cámaras se alimentan por generadores, un número suficiente como para poder seguir las andanzas de cualquiera y determinar la dirección tomada.
—Entonces, ¿para qué diablos nos hemos detenido en ese edificio? —Quiso saber Feraud.
—Antes de dirigirse en dirección al hotel correspondiente a este sector, el músico visitó algunos edificios, —comenzó a explicar el chofer, —tengo ordenes de comprobar si ha liberado a algunos “recuperados”, como se temía Armitt, y de confirmarlo a la central, eso es todo, Nada de azar.
El transporte se puso de nuevo en movimiento, con un hábil giro abandonó la calle transversal y enfiló la arteria principal. El nivel del agua sobrepasaba las aceras y en breve penetraría dentro de los edificios. Resultaba probable que los sótanos y dependencias situadas bajo el nivel de las plantas bajas pronto se encontrarían inundados. El desastre parecía inevitable.
—Y ahora, ¿hacia dónde?
—Tres manzanas más adelante, al parecer se entretuvo bastante en esa edificación, desconocemos la causa, pero algo debe haber allí.
El vehículo iba apartando el torrente en que se había convertido la avenida con violencia, como un bergantín hendía la masa acuosa creando potentes olas en sus costados. Una marejada artificial obligaba al agua a entrar en los edificios propiciando que los sótanos comenzaran a inundarse.
—¿Hay alguien hospedado en el hotel? —Preguntó sin mucho interés el profesor.
—Una estudiante de arquitectura, al parecer se encontraba realizando una tesis, le ampliaron el permiso de estancia apenas hace veinticuatro horas.
—¿No les preocupa que Jakob la encuentre?
—Resulta improbable, demasiada casualidad, el músico nada sabe de la existencia de la muchacha. —Respondió convencido el chofer.
Feraud se mantuvo en silencio, recordó de inmediato el rostro jovial de Daniela, el mechón de cabello que se desprendía de una de sus orejas y se quedaba oscilante delante de la nariz. Pensó que, tal vez, toda aquella locura no era fruto de la casualidad. El solapamiento de la realidad, del que estaba convencido absolutamente, estaba jugando nuevas cartas. Sonrió para sus adentros. Era probable que se hubiese equivocado aquel día al lanzar aquel juicio de valor con tanta precipitación y, no, no todo daba igual. Le resultaba imposible dejar de recordar.

La primera vez, recién acabado el proceso y aún con las manos llenas de ese líquido denso y pegajoso, Feraud contempló su obra. Había tenido tiempo para prepararlo todo, conocer de antemano, con bastante certidumbre cuándo el final definitivo se hallaba cercano, le había resultado esencial en sus preparativos. Primero la venta del piso céntrico, un negocio donde perdió dinero pero que dada la urgencia por conseguir liquidez cuanto antes, le resultó conveniente. Después encontrar el lugar propicio, alejado de las aglomeraciones humanas. Un grupo de pequeñas villas rodeadas cada una de ellas por un amplio jardín privado. Conseguir la hipoteca no resultó excesivamente costoso, contar con el aval del dinero conseguido por su antigua vivienda, le abrió despachos y voluntades. Sacar los componentes químicos necesarios fue más laborioso. Armitt se convirtió en su sombra, una oscura sensación husmeando tras cada paso dado, como un efectivo perdiguero parecía perseguirle en todo momento. Podía sentir la baba de Aline pegada a los talones. Los artilugios, las máquinas necesarias para inyectar los fluidos en el preciso orden y en las cantidades adecuadas, le obligó a viajar a diferentes ciudades cercanas. No deseaba dejar un rastro claro. Tomaba el tren subterráneo por la mañana, bien temprano, y ponía rumbo a alguna urbe donde sabía de antemano como, ese tipo de artilugios para procesos químicos avanzados, podían ser conseguidos sin dificultad. Nunca facilitó una dirección de entrega, si lo solicitado se encontraba en existencia se lo llevaba él mismo de regreso al nuevo hogar si, por el contrario, era necesario pedirlo al almacén, entregaba una abundante cantidad de dinero en señal y el día indicado regresaba para retirarlo. Resultaba obvio que los dependientes, en esas ocasiones, le miraban con suspicacia. Solo precisó la participación de un viejo amigo en el que confiaba más allá de lo razonable, el doctor Quesada. Ese hombre, al que nunca le estaría lo suficientemente agradecido, contraviniendo el juramento Hipocrático certificó una muerte que aún no se había producido y colaboró en la exhumación de un cadáver inexistente. A nadie le extrañó que él, trabajando en la Corporación, prefiriera incinerar el cuerpo de su hija antes que proceder a su “recuperación”, a nadie. Y ahora, después de tanto esfuerzo y movimientos clandestinos allí estaba, sentada por fin sobre un sillón mirando el vacío.
Los pensamientos que invadieron el cerebro de Feraud, aún hoy le resultaban molestos, molestos y perturbadores. Imaginó entonces como, con un buen maquillaje, aquel color cetrino, la lividez de los labios, toda la apariencia apagada, resultarían más luminosa, compartirían un hueco en eso llamado vida. El químico no se permitía engaños, ni siquiera a sí mismo. Todo su afán se centró en seguir ensayando métodos más evolucionados con el músico, su conejillo de indias particular. Era consciente que el pobre resultado conseguido podía satisfacer a los clientes en general, al fin y al cabo, solo buscaban una presencia, un símil de aquello que ya no existía. Pero la razón no le mentía. Siempre supo como la extraña sentada frente a él nada tenía que ver con la muchacha jovial y curiosa con la que había compartido parte de su existencia. A veces, contemplando aquella entidad adormecida, le invadía una extraña y perversa sensación. Presentía como si dentro de aquel cuerpo durmiente, desde el fondo, una voz familiar le llamara reclamando ayuda. La voz de un genio atrapado en una botella cuya apariencia, pese a los certeros rasgos, era tan solo similar a la de su hija Camile.
Mientras el vehículo doblaba una esquina en busca del hotel, Feraud siguió pasando lista a los logros conseguidos y que, sin la necesaria e involuntaria participación del músico, no hubieran sido posibles. Recordaba el primer día en que Camile balbuceó unas pocas sílabas, los ojos de la muchacha, fríos de reptil, se adelantaban intentando dar forma audible a una idea. Fruncía el ceño, juntaba los labios en una mueca angustiosa que invitaba al químico a terminar la supuesta palabra. El corazón se le hizo trizas cuando una voz aguda y descontrolada, brotando de la garganta de la muchacha, musitó dos sílabas gemelas sin acentuar. Mama. El profesor lloró desconsolado, imágenes fermentadas en el recuerdo se esparcieron por el tablero de la memoria, instantáneas donde una Camile, sostenida entre los brazos de su madre, intentaba cogerle las gafas con insistencia y desbordado interés mientras él, sonriente y derramado miraba con asombro aquellas pequeñas manitas. Recordaba eran perfectas, minúsculas y perfectas. La voz del chofer le sentó de un sonoro manotazo en el reducido sillón del transporte.
—Mire, la puerta del hotel se haya abierta. —Anunció alarmado el conductor.
La moqueta, oscurecida en un amplio e irregular círculo, mostraba la lluvia absorbida y unas huellas precisas que se difuminaban hasta desaparecer frente a la puerta que accedía a las escaleras de servicio. Mientras el vehículo se situaba sobre el acerado, en un intento por entorpecer la posible huida del músico, Feraud recordó la negativa rotunda del Ministerio de Tanatopraxia a la comercialización de las unidades individuales de mantenimiento. No deseaban que los “recuperados” se mezclaran con el resto de la población, era preferible se mantuvieran dentro de las instalaciones de la Corporación. Demasiado dinero estaba en juego y, aunque no querían reconocerlo, la economía mundial dependía casi por completo de aquella nueva industria. La voz del compañero de viaje volvió a arrastrarle a las calles desiertas, a la lluvia incesante y al tremolar esporádico de unos truenos que no preconizaban el fin de la tormenta.
—Debemos entrar, preferiría fuera usted delante, —anunció con voz temblorosa, —le conoce y traerle de regreso puede resultar una tarea más fácil.
Feraud hacía rato, mientras devanaba el intrincado ovillo del recuerdo, que había comenzado a sospechar como el amnésico músico, había estado ocultando en realidad su verdadero estado de consciencia. Parecía saber más de lo conveniente. Cuando escapó tuvo la previsión de ponerse las vestimentas del químico, robar la llave maestra e ir creando confusión a su paso, lo que parecía denotar una planificación previa, meditada. Y para mayor certidumbre, la dirección tomada, el hotel donde se encontraba Daniela, confirmaba los más terribles temores y recelos. El conejillo de indias salía de la chistera. Feraud sonrió complacido por tan anómalo comportamiento, era sabedor de antiguo de esa arrebatadora pasión que sentía por el caos, su alma se regocijaba cuando un sistema se mostraba impredecible. Tal vez la precisión a la que obligaba su labor, las mediciones estrictas y encorsetadas requeridas para elaborar todo un protocolo concreto, le llevaban a buscar un equilibrio necesario solo encontrado en la distorsión de la norma.
Unos rítmicos golpes sobre el cristal de la portezuela del transporte dibujaron, desde el otro lado, el rostro del chofer perlado de lluvia, parecía urgirle a bajar del vehículo mientras sostenía en la mano una linterna con la que embocaba el haz de luz hacia el interior del establecimiento hotelero. Dentro no se percibía el menor movimiento. El químico salió del vehículo encasquetándose de inmediato la capucha naranja, el agua empujada por el viento se desplazaba de lado haciendo inútil cualquier intento por evitarla.
—Ya le dije que estos chubasqueros no sirven de nada. —Reiteró el conductor ejecutando sin pretenderlo un ejercicio casi adivinatorio, parecía haber leído el pensamiento a Feraud.
El profesor no respondió, se limitó a encender su linterna y resoplando se introdujo en el interior del salón principal del hotel. Las luces de emergencia esplendían pobremente, apenas se distinguían algunas siluetas, solo al fondo, donde el mostrador de la recepción se hallaba, la claridad parecía ser un poco más intensa. Caminó despacio en aquella dirección, apenas había dado una escasa media docena de pasos el químico se detuvo en seco. El chofer permanecía en la puerta apuntando con la linterna en dirección al ascensor.
—¿No piensa acompañarme? —Preguntó el profesor.
—Lo siento, pero no puedo dejar al vehículo abandonado.
—No me joda, —se quejó Feraud, —¿quién cree que se lo va a llevar?
El conductor se encogió de hombros por toda respuesta, no parecía tener intención de desertar del puesto que se había asignado a sí mismo.
Resignado, el químico se dirigió hacia la puerta de servicio. El ascensor permanecía parado, aunque esto no parecía ser una contrariedad para Feraud, aunque se hubiese encontrado en perfecto funcionamiento el anciano profesor jamás lo hubiera utilizado. Empujó la puerta y el distribuidor de las escaleras se mostró como una promesa no pedida. Una vez hubo entrado comenzó de inmediato el ascenso hacia la tercera planta, demorar lo inevitable no entraba dentro de su forma de proceder. Mientras recorría los escalones con parsimonia su mente no se mantenía ociosa, elucubraba, recogía pedazos de recuerdos para intentar determinar desde qué momento el músico se la había estado pegando con tantísimo acierto y, dilucidar de paso la cuestión principal, ¿qué pretendía el conejillo de indias al buscar un encuentro con Daniela? Todos los logros para conseguir una consciencia lúcida y, hasta cierto punto coherente, se habían logrado experimentando con Jakob. Él era el patrón a seguir, el método demostrado mediante el cual se iban estimulando zonas concretas del cerebro hasta conseguir un estado mental bastante semejante al de cualquier humano medio. La conclusión no dejó dudas. Si un músico “recuperado” era capaz de componer pequeñas piezas para piano, ¿por qué no podría elaborar un técnico proyectos precisos y competentes? Cuanto esfuerzo fue necesario, qué cantidad de horas dedicadas a ir puliendo los fallos accidentalmente descubiertos, esas evidencias no tangibles hasta que se hacía evidente el error, aquello no previsto. Feraud repasaba cada episodio, las alegrías sentidas al poder superar un inconveniente fortuito. Todo bajo control, aseguró convencido a los gerifaltes en más de una ocasión, y desmintiéndole, cuestionando lo acertado del parche, la realidad le situaba frente a otro reto. Pero todo era asumible, nunca trabajó con más ahínco que en aquellos meses, los logros obtenidos eran propios, serían puestos al servicio de la Corporación y lo realmente importante, en favor de sí mismo.
Cuando alcanzó la tercera planta, casi sin darse cuenta del recorrido realizado, sintió un extraño e inusual sentimiento de terror. Impropio. Un pensamiento cósmico, dolorosamente filosófico, invadió sus entendederas. En cuestión de breves minutos se encontraría situado frente a un hecho real, físico, la moqueta de un pasillo, una puerta cerrada o entreabierta, las luces de emergencia rojizas, y en ese estrato tangible, palpable, la realidad, la consciencia, se encontraría repartida en seis planos, cuando menos. Daniela ajena al momento, y su pensamiento intruso y libre; Jakob jugando una partida de la que él solo podía intuir las posibles consecuencias, y la consciencia de éste, ocultada, disimulada en un ejercicio vacuo de mirar por la ventana hacia unas calles falsas y, lo peor de todo, sus propios ojos observando, recibiendo esa información que de antemano estaba procesando, previendo, y la imaginación arrastrando a Camile, la voz extraña y gutural, el dolor de tanto esfuerzo cuestionado. El profesor tragó saliva.
El corredor se encontraba desierto, se alejaba hacia la izquierda describiendo una suave curva, el final, la pared donde éste terminaba, resultaba invisible a los ojos. Una amalgama oscura ribeteada de un halo rojizo ocultaba el fondo del pasillo, unos cuantos metros más adelante de donde se encontraba pudo observar una tajada de luz descomponiendo la moqueta. Una claridad procedente de una de las habitaciones, posiblemente la de Daniela, proyectaba por la rendija inferior de la puerta una línea brillante y dorada. Un leve faro en mitad de la confusión oclusiva que la insonoridad de la moqueta y la carencia de una luz definiendo el espacio, hacían deseable y necesaria. Feraud, con las espaldas pegadas a la pared, fue desplazándose lentamente en dirección de aquel ínfimo oasis lumínico. Se sentía torpe y ofuscado, sus sentidos parecían no querer acompañarle en ese desplazamiento lento y tembloroso. ¿Qué le estaba sucediendo? Su mente lanzaba pensamientos no solicitados, juicios no pedidos. ¿Por qué se desenvolvía con tanta soltura en la mentira? Cada vez que efectuaba un ejercicio de introspección sus pies se detenían, era incapaz de avanzar y pensar a la vez. Deseó con todas sus fuerzas dar media vuelta y largarse, que fueran los de seguridad los encargados de retornar a Jakob a sus aposentos. Pero mientras se diluía en esa posibilidad, las piernas se le desplazaban lateralmente obligándolo a avanzar como una ilusa polilla en dirección a una luz redentora y celestial. Era evidente que ese encuentro, al que se encaminaba irremisiblemente, resultaría esclarecedor. Tal vez se trataba, sin saberlo aún, del último estadio de una investigación comenzada hacía ya un par de años. Fue necesario, pese al dolor y los remordimientos que le acompañaron desde entonces, que Camile no pereciera absolutamente poseída por la enfermedad, esto hubiese supuesto la destrucción de tejido cerebral y la posterior incapacidad de poder recuperarla satisfactoriamente. Feraud se detuvo, la palabra evitada, aquella que pendía detrás de todo recuerdo, acechante, señalándole sin hacerse sonora a sus oídos, se le escapó por la boca como un insulto, igual que una tos incontenible.
—Asesino. —Musito en mitad del pasillo.
El químico, sorprendido por ese imprevisto regurgitar de palabras, se sostuvo las piernas en un intento por impedir que éstas le arrastraran hasta la habitación de Daniela. Era tarde, su mano izquierda rozaba la madera del marco de la puerta y un murmullo, de conversación íntima, parecía atravesar el batiente e instalarse justo a su otro lado. Miró hacia el final del pasillo, todo desierto, apenas pudo distinguir algo borroso situado sobre el suelo, parecía un trapo. Rayas horizontales, flecos en uno de los lados. Aquel paño, posiblemente perdido por alguien, le resultó semejante a una bufanda

lluvia02 (2)

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