Miquelius Monk, poema “Heredad, un reino en el sol”

Heredad,
un reino en el sol

I

El abandono de nuestras divinidades
fue la causa de las primeras desgracias,
el nuevo orden se limitaba a flagelar a las ciudades una a una para luego dominarlas.
Robé un mapa a Estrabón y huí a tierras lejanas.

Huyendo me refugié en un bazar del Mediterráneo,
allí me hablaron de la maravilla de una isla
comerciantes musulmanes, judíos y cristianos,
donde peregrino andar mirmidón
busca la cueva de la Heredad.

Partí del puerto de Salerno
en el buque de un capitán amalfitano.
en el vaivén de las noches
la tripulación cayó en un embrujo,
y el capitán fue asesinado.

El barco y yo naufragamos
cuando una tormenta nos sorprendió
cruzando el Adriático.
Desperté frente abigarradas casas al borde del mar
y a lo lejos, la montaña, la bruja y el faro.

Fui al adoratorio de la ciudad
atraído por el movimiento ondulado
de un mar atrapado por dos estrechos.
Y allí la estrella de la tarde me vistió
con ropa ceremonial ocultando mis huesos.

Y a lo lejos la voz del heraldo entre gritos manifiesta
sobre el palco imperial del hipódromo
el emperador ha sido cegado.

El mundo se acaba y yo sobre un caballo de árabes ojos
me adentro en la más profunda piedra.
Estoy preparado.

II

Sucesivos escalones descienden en grutas
a las entrañas de la roca,
exhalo el incienso de mis antepasados
buscando la paz en altares recónditos,
el hundidero aguarda murmullos y oraciones de música bizantina
llevándome a un paisaje de castillos desfigurados.

Sobre una barca veo a mi padre
y observo lo que andaba buscando.

Prometo no abandonar tu legado
y cuando mi rostro envejezca
recordaré el tuyo,
hablaremos con la sabiduría
de dos imaginarios imperios,
nuestros estandartes orlados
mostrarán las huellas,
el uno olvidado, y el otro enfermo.
Entonces recordaremos
que había más allá
de los montes Pónticos y
el porqué de aquellas travesías
de ingente esfuerzo.

Arcadio beso me darás
e instantáneamente caeré
en el más profundo sueño estigio.
Inhóspita rivera donde juraron
los dioses helenos invocando a la muerte.

¡Yo quebranto ese juramento
y levanto una espada de hierro candente!
Por nosotros, por quienes fuimos, y
ni las rocas o las olas sabrán apreciar
aquel latido de oníricas figuras
iluminadas por la fuerza de una cerilla
y sabrás al final de todo que los dioses nos envidian.

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