# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez. “Lluvia en la Ciudad (Tarde del Día Tercero)”.

#Lluvia en la Ciudad#
(Tarde del Día Tercero).

Había escuchado la locución un millar de veces, agotado todas las posibilidades ordinales ofrecidas y en ninguno de los departamentos a los que fue derivado le ofrecieron una solución. La protección de datos era un socorrido y eficaz mantra alejando inoportunas peticiones. Nadie podía darle información sobre Daniela. En alguna ocasión albergó la esperanza de que el sufrido operador se apiadase de su petición, creyó conseguirlo, pero nada más lejos de la realidad, nadie estaba dispuesto a ejercer de paloma mensajera, bastante tenían con aguantar la exposición de solicitudes estúpidas y enrevesadas como para molestarse en abandonar su puesto e indagar por otros cauces aquello tan importante e impostergable. Llovía a cántaros y el cielo traía de la mano de la luz quebrada un vozarrón de truenos blandos. La segunda opción hubiese sido la más viable y sencilla, pedirle a alguien un pase de propietario y con esa tarjeta en la mano haber accedido al suburbano sin complicaciones ni restricciones. Pero ningún conocido poseía un apartamento en propiedad, o al menos eso era lo que aseguraban. Pablo tenía su propia teoría al respecto.
—Mienten, —afirmaba, —sienten pudor, vergüenza de reconocer que han comprado uno.
Durante toda la mañana había intentado salvar algunas de las fotografías, trabajo en balde, seguían presentando un aspecto irreal de dibujo incompleto. Tan solo la imagen de una subliminal Daniela, representada por esa especie de desvaído pictograma, permanecía sobre la mesa del estudio modificando carantoñas y gestos. Una niña, sí, tal vez de unos tres o cuatro años que, de alguna extraña manera, presentaba un cierto parecido con Daniela. No fue hasta bien entrada la tarde que cayó en la cuenta de que el móvil seguía sin dar señales de la muchacha. Las imágenes impresas colmaban la papelera, afuera diluviaba y el aíre se iluminaba con multitud de relámpagos, Pablo pasaba de un tema de conversación a otro con una facilidad de funámbulo. El café se había acabado y tuvo que conformarse con ese sucedáneo en polvo que yacía reseco en el fondo del frasco. ¡Quién en su sano juicio iba a salir a la calle con la que estaba cayendo! Gastón soltó un alarido de impotencia que, para Pablo, resultaba particularmente familiar y conocido. Era el grito animal anunciando la transformación de un fotógrafo profesional en un ser agresivo y carente de todo tipo de escrúpulos. Se puso en pie y sin anunciar intenciones se colocó el acharolado impermeable amarillo que solía usar en días de lluvia, cogió una de las cámaras que pendían de un antiguo perchero de pie y, sin paraguas ni encomienda, abrió la puerta y salió al descansillo. El viejo ascensor permanecía parado entre dos plantas. Bajó encolerizado y cuando por fin se encontró en plena calle descubrió con sorpresa que el nuevo diluvio universal venía a su encuentro. Grandes riadas de agua bajaban por las calles aledañas arrastrando contenedores y cubos de basura. Buscó en el bolsillo del impermeable el práctico gorro que usaba para esas ocasiones. Una especie de toca plástica cuyo tamaño y diseño protegía del agua de lluvia a cualquier cámara fotográfica que mantuviera a la altura de los ojos, resultaba incomodo moverse en esa postura preventiva, pero su eficacia era absoluta. Maldijo su falta de suerte.
Metió la cámara en uno de los amplios bolsillos del impermeable y una vez hubo subido el cuello para evitar calarse, emprendió una caminata ridícula en dirección al supermercado que había varias manzanas más abajo. No necesitaba comprar nada, ni siquiera café, buscaba romper la frustración que le embargaba, cerrar esa sensación opresora alojada justo en mitad del pecho.
Merodeó por la acera mirando a hurtadillas al interior del establecimiento, apenas media docena de personas transitaban por los pasillos mirando indolentes envases y paquetes, posiblemente esperaban a que la tormenta remitiese para abandonar el lugar y dirigirse de inmediato a sus casas. Gastón se situó justo al lado de la entrada buscando el ángulo preciso que impidiera accionar las puertas automáticas, de vez en cuando giraba la cabeza y a través del cristal empañado miraba dentro. Ni rastro de aquel chico estúpido, el sin nombre de mirar turbio debía librar aquel día, casi siempre le veía remoloneando tras los estantes de la sección de droguería. Bufó contrariado. Nada parecía salir bien. Un relámpago quebró el cielo y el supermercado y las primeras luces que alumbraban el aparcamiento temblaron primero para, después, apagarse de inmediato. En ese preciso instante decidió buscar refugio en alguno de los bares cercanos que solía frecuentar.
Entró en el local destilando agua de todo el impermeable, apenas un par de clientes rumiaban sus asuntos delante de la barra. Buscó una mesa alejada, preferiblemente situada de espaldas a la pared y embocando todos los ángulos visibles del penumbroso antro. Aquella costumbre no tenía una explicación concreta, colocarse en el punto justo desde donde poder abarcar visualmente el salón entero era casi un vicio, una perversión que jamás desistiría de ponerla en práctica.
Cuando llevaba unos minutos mirando el largo y perlado vaso que le habían servido, ginebra con agua tónica, dos cubos de hielo, rodaja de limón, un hombre completamente empapado penetró en el bar. En los ojos de Gastón se percibió la decepción, hubiese preferido alguien más lozano, era joven, apenas veinticinco años, pero su rostro parecía imbuido por sombras oscuras. Ojeras negruzcas le agarraban la faz como murciélagos prendidos de sus párpados inferiores. El desconocido se situó en un extremo de la barra, justo frente a la posición que él ocupaba, pidió una bebida y de un solo trago apuró el vaso. Apenas un instante después indicó al camarero, con un parco gesto de la mano, se lo llenara de nuevo. El fotógrafo recordó la fiesta de cumpleaños del día anterior. La manera compulsiva de beber del muchacho situado en el extremo de la barra le recordaba, de alguna manera, la forma en que él mismo había ingerido chupito tras chupito hacía menos de veinticuatro horas. Esa urgencia por alcanzar un grado de embriaguez inaplazable demostraba una necesidad perentoria de alejarse del presente. Gastón apenas se mojó los labios, un pequeño sorbo dado, posando con delicadeza la boca en el extremo gélido del vidrio, le permitió absorber el aroma cítrico. Las glándulas salivares se le contrajeron violentamente. El anónimo bebedor le miró directo a los ojos y, de inmediato, nada más sentirse sorprendido, esquivó la mirada ahogándola dentro de un vaso donde solo reposaban dos trozos de hielo casi intactos. Volvió a pedir que se lo llenaran. Su rostro, aunque velado por el claroscuro del local y por las marcas de un sufrir oculto, le resultaba extrañamente familiar al fotógrafo. Tal vez se conocieron en alguna fiesta pasada, en un escarceo individual o colectivo donde coincidieron accidentalmente y ahora, en la nebulosa claridad del bar, el recuerdo afloraba en la mente del desconocido como el cadáver de un ahogado. Siempre creyó tener una capacidad especial para detectar a un “congénere”, incluso si este desconocía su verdadera inclinación sexual. Estaba convencido de que, tras el chequeo invisible, aquel bebedor compulsivo no “entendía”, era un “buga” sin ningún género de dudas.
Volvió a beber de la misma manera, despacio, degustando la acidez del limón en perfecta comunión con la ginebra. No deseaba emborracharse, ya no tenía edad para enlazar una cogorza con otra en tan breve espacio de tiempo, debía dosificarse. Absorto en sus pensamientos mundanos, intentando encontrar la forma de poder eliminar la ansiedad sin necesidad de acudir al socorro etílico, no se percató de que el macilento joven había abandonado la posición inicial y se encontraba justo a su lado mirándole. Sin poder evitarlo, cuando advirtió la cercana presencia del desconocido, Gastón dio un brinco sobre la silla y sus ojos espantados se clavaron en la siniestra figura que junto a la mesa se erguía en pie.
—Disculpe, —se excusó de inmediato el joven, —no pretendía sobresaltarle. ¿Me permite? —Agregó señalando la silla que se hallaba desocupada al otro lado de la mesa.
Gastón asintió con la cabeza mientras se aseguraba, se decía a sí mismo, que aquel muchacho desaliñado no “entendía”, no era ese el propósito de su acercamiento.
—¿Qué desea? —Farfulló apenas.
El anónimo bebedor colocó su vaso sobre la mesa y tomó asiento apresuradamente, un olor penetrante a güisqui le acompañaba como una niebla difusa e invisible. Sus mirar torvo, nervioso y esquivo, recorrió el local, se entretuvo por los anaqueles donde se exponían las botellas, se posaron en las manos del fotógrafo antes de situarse sobre las pupilas del turbado oyente.
—Verá, resulta difícil lo que deseo exponerle, incluso temo crea que soy un loco, un demente.
Aquel preámbulo, la presentación, producía en Gastón una desazón creciente, no era la primera vez, deambulando por bares y tugurios que, un piantado, le asaltaba dispuesto a arrastrarle a empresas extrañas y torcidas. A pesar de ello, con un impreciso gesto de la cabeza, animó al desconocido a seguir hablando.
—Todas las mañanas, —comenzó a narrarle, —apenas despunta el día, me dirijo al anden del suburbano que enlaza la ciudad, ésta, —le aclaró innecesariamente, —con esa otra, la silenciosa, la callada…
El fotógrafo sostuvo el vaso con ambas manos, la frialdad del vidrio era un consuelo. No podía creer que aquel joven, el de la nebulosa etílica, le estuviese hablando precisamente de ese lugar. Jamás le habían interesado esas difusas seudociencias que se entremeten en el mundo de lo paranormal, pero la coincidencia, el hecho inapelable de estar frente a un extraño que le exponía algo aún ignorado sobre lo que había sido el tema central de su pensamiento en las últimas cuarenta y ocho horas, no dejaba de ser una casualidad demasiado certera.
—…observo a los usuarios, pocos, demasiado pocos, personas solitarias, alguna pareja de edad avanzada, nunca niños, se meten en un vagón y se marchan rumbo a esa ciudadela, ese barrio que como una pústula le ha crecido a la ciudad.
—No tengo todo el día, —le acució Gastón en un tono que pretendía no ser descortés, —le agradecería fuese al asunto principal, al motivo por el cual usted me cuenta todo eso.
El muchacho sonrió nervioso mientras asentía compulsivamente.
—Apenas permanecen allí un par de horas, retornan y se pierden entre el gentío, pero el otro día, usted, partió en uno de esos vagones luminosos y regresó pasados dos días.
—¿Y…? —Preguntó el fotógrafo no sin explicar, pese a que no le fuera solicitado, las razones de esa diferencia. —Fue por cuestiones de trabajo, soy fotógrafo y documenté un trabajo sobre arquitectura. Eso es todo.
—Eso es lo importante, —los ojos del joven se avivaron, —usted viajaba con un pase temporal, una tarjeta que le permitía estar en ese sitio un tiempo determinado.
—Y de espiración concreta. —Remató Gastón.
—¿Lo conserva? —Quiso saber el muchacho. —¿Lo tiene aún?
—Creo que sí, puede que en la mochila, no recuerdo haberlo tirado.
Unas lágrimas de felicidad brotaron de los ojos del desconocido, parecía como si aquella confirmación fuese algo largamente esperado, una noticia abriendo esperanzas en una turbulenta y abatida alma.
—Le importaría dármelo, le aseguro que si pudiera se lo compraría.
Tomo un trago largo, esta vez la armoniosa conjunción del fruto del limonero y la cebada destilada no eran el objetivo, necesitaba un pequeño aporte etílico para hacer una pregunta crucial y cuya repuesta, de alguna manera, temía le fuese explicada.

Mientras recorría el camino de vuelta a lomos de un taxi, por su mente desfilaban el compromiso dado, la cita inaplazable del día siguiente y una historia truculenta y llena de raros e inusuales matices. Pablo hubiera asegurado, docto y cachondo, que aquel muchacho, Elías, se había escapado del siglo diecinueve, un inmortal penando por nuestro presente en busca de, como no podía ser de otra forma, un amor extinto y de difícil conjunción. —Imposible—, habría agregado Gastón realista y fotógrafo. Continuaba lloviendo y aquella historia, contada hacía apenas unos minutos entre el alcohol y las lágrimas, se amoldaba a la perfección a una noche repleta de relámpagos, truenos y semáforos en ámbar. Deseaba llegar cuanto antes al apartamento para contarle a Pablo todo lo sucedido, omitiendo por supuesto sus merodeos por el supermercado, esos detalles no aportaban nada a un relato denso y espeso, una poética de ultratumba y cementerios muy propia de aquel extinto siglo amante del tenebrismo.
No cogió el ascensor, continuaba detenido e indolente entre dos plantas, de tres en tres recorrió los escalones y se plantó triunfante delante de la puerta. Daniela había desaparecido de su magín, una jovencita y su tesis sobre arquitectura no era rival para lo que acababa de saber, de todas las maneras volvió a mirar el móvil, ni una sola llamada perdida. El joven no parecía nadar en la abundancia, pensó Gastón mientras metía la llave en la cerradura, es más, le dejó claro que no se podía permitir comprarle la tarjeta caducada, tenía que ser un óbolo, una donación voluntaria. Si aportaba capital, se dijo así mismo, y si la siempre avanzada tecnología del fraude lo permitía, tal vez resultara posible que ese mismo salvoconducto, el que pensaba amañar y falsificar, pudiera servirles a ambos para viajar libremente hasta la… ¿necrópolis?

El salón se hallaba apenas iluminado por el resplandor de unas velas colocadas sobre la mesa del comedor. El fotógrafo no pudo evitar sentirse como una puta mierda. Pablo había preparado una cena especial, un ágape para hacerle olvidar las fotos malogradas, la impotencia de no poder contactar con Daniela y toda esa mala leche que, sin justificación alguna, a veces le robaba el alma llegando a suplantarle por completo. El supermercado se dibujaba en sus neuronas, impulsos eléctricos señalándolo como una vil y sucia rata. Una música, ellos no tenían un tema especial, se esparcía envolviendo el tímido resplandor, el íntimo cubículo donde manteles individuales, vasos y platos, brillaban con la claridad entregada por la cera al inmolarse ante el altar de lo cotidiano. Un canalla, eso era él, un estúpido canalla.
Pablo apareció caminando despacio desde la cocina sosteniendo en vilo dos copas de vino, sonreía sin saber, o tal vez sabiendo y por eso las velas, la música y todo el laboreo ingrato que nunca se agradece lo suficiente. Nunca.
—He pensado que resultaba mejor el tinto, —anunció indeciso, —¿está bien?
El cabrón que se mantenía frente a él, el del impermeable amarillo goteando sobre el parqué, dejó a su mejor sonrisa deslizarse sobre la boca y balanceándose al compás de la melodía, con ademanes zalameros y sensuales, tomó a Pablo por la cintura, un beso de película, afectado y teatral, hizo que el contenido de una de las copas cayera sobre el sofá. Resultaba inevitable, un olor a ginebra precedía a las palabras, a esos inevitables “lo siento” que arruinan cualquier entrada en escena.

Comieron con lentitud, toda una liturgia del movimiento pausado, derramar una nueva porción de vino hubiese sido algo inexcusable, ya no había un atornillado beso de por medio.
Esperó al café, al gorgoteo de la cafetera que precisaba de la atenta intervención de Pablo para lanzar al aíre la antesala de la extraña nueva.
—Tengo que contarte algo increíble. —Anunció enigmático Gastón.
—¿El qué? —Las preguntas llegaron en volandas de un intenso aroma a cafetal en llamas. —¿Sobre Daniela? ¿Has conseguido hablar con ella?
La música continuaba esparciéndose por el salón, una selección improvisada, nada elaborado con paciencia y tesón. Una mezcla sacada de “YouTube” cuyo título el fotógrafo hubiese sido capaz de adivinar. Jamás podría dejar de ser un pérfido cabrón, lo llevaba inscrito en el ácido desoxirribonucleico, en su inevitable inteligencia racional.
—No, que va, algo con más enjundia. Un culebrón acorde a estos tiempos, creo que a ti te va a encantar especialmente.
—¿Por qué a mí? —Las preguntas inocentes de Pablo, las terribles cuestiones que el fotógrafo daba por sentado y, peor aún, creía convenientemente admitido por la víctima.
—No sé, cuando te lo cuente me dices, es una intuición. —Rata, si, respuesta de roedor de cola larga y hocico sucio.
Gastón dijo de la lluvia, de la necesidad de tomar algo. Se entretuvo intentando explicar a Pablo de qué bar hablaba. —El de Cuco, si hombre, donde la exposición de pinturas de un tal Olivenza— Recordó innecesariamente que aún permanecía uno de los óleos colgando de la pared, tal vez ese fue el pago del pintor novel por cederle el local. Después narró los relámpagos que a cada instante hacían temblar las luces, los dos parroquianos intentando demorar el momento, siempre fatídico, de tener que tirarse a la calle. La entrada en escena de Elías, las ojeras, el aspecto macilento de alguien que, a veces, duerme en la calle, en la estación del suburbano e intenta confundirse con el resto de los ciudadanos a base de tragar güisqui tras güisqui. El preámbulo sobre la tarjeta temporal de acceso a la blanca metrópolis, ese axioma purulento y aséptico que como un cáncer le había salido a la ciudad.
Pablo desesperaba, los merodeos de Gastón resultaban previsibles, le encantaba prolongar los preámbulos narrativos indefinidamente. Pese a conocer aquella burda e infantil estrategia, le permitía ponerla en práctica solo por el hecho de que parecía hacerle feliz. Paciente esperaba el momento en que, el fotógrafo, diese por terminado el pueril juego al que le sometía, incluso exageraba su deseo por saber de un desenlace eternizado carente ya de interés alguno. Pero si, la historia le parecía excitante, tal vez un culebrón, pero apasionante y de incierta continuidad. ¿Qué buscaba realmente Elías?
—¿Te has involucrado en esa locura? —Quiso saber Pablo. —Puede resultar peligroso y la verdad, no te imagino metido en asuntos de tanta turbidez.
Aquel comentario le resultó a Gastón ligeramente ofensivo, pese a ser joven su aspecto externo no le acompañaba, parecía mayor de lo que en realidad era, la curvatura incipiente del vientre, esas entradas custodiadas por algunas hebras de cabellos blanqueados, las terribles gafas “de cerca”, todo lo alejaba de esa imagen recordada de jovencito alocado que aún, en su imaginación, tenía de sí mismo.
—Voy a intentarlo al menos. —Respondió el fotógrafo pretendiendo parecer seguro.
—No creo que se trate de eso, —argumentó convencido Pablo, —una vez te involucres no habrá vuelta atrás. Ese muchacho intenta falsificar una tarjeta de acceso a la ciudadela, entrar en una propiedad privada y aunque el motivo aun siendo impreciso, en apariencia, resulte noble y hasta romántico, tiene consecuencias cuando menos de índole penal.
—Hasta el preciso momento antes, de entrar en uno de esos vagones, tendré la posibilidad de dar marcha atrás.
—Sigo sin poder imaginar el por qué te has metido en una aventura tan oscura, y no me vengas con la excusa de Daniela, hay otras formas de intentar localizarla. Viniste maldiciendo a la necrópolis y, te recuerdo, que nadie la llama así, solo tú lo haces, pero ahora, de la noche a la mañana, estás deseando regresar. Ni imaginar quiero la cara de sorpresa que pondría Daniela si te presentaras sin avisar, suponiendo que continúe allí. Nada asegura que sea así, solo lo supones.
—Aún no me he comprometido del todo, —respondió Gastón, —mañana lo decidiré. Si no lo veo claro me retiro y ya está.
—¿Estás seguro de eso? —Dejó caer Pablo como si se tratara de una anticipada sentencia.
—Mira cariño, no se trata de Daniela, —anunció con una amplia sonrisa temblando en la boca, —ni del atormentado y oscuro deseo de un desconocido.
Gastón se mantuvo en silencio esperando ser preguntado, sabía que su pareja ardía en deseos de saber sobre los verdaderos motivos. Las cuestiones racionales.
—¿De qué entonces?
—Pienso repetir las fotos, las malogradas y muchas otras nuevas, nada de vigilancia, de restricciones sobre lo que se puede o no plasmar. Ahora me moveré libremente, conozco las dependencias, los edificios que aún están vacíos y por donde podré husmear con cierta autonomía. —Parecía pletórico y revitalizado. —¿Riesgo? Por supuesto, pero limitado, hasta cierto punto controlado. No pienso estar allí más de un día, lo difícil es entrar, para ello se precisa la tarjeta, pero salir es otra cosa, basta con montarse en un vagón y dejarse llevar hasta la ciudad. Simple.
—¿En realidad se trata de una cuestión técnica?
—De pundonor profesional y porque estoy muy cansado de hacer el idiota. —Pablo le miró extrañado, parecía estar esperando una aclaración a tan sorpresiva afirmación. —Sí, todos hacen negocio con ese maldito lugar, ellos controlan y suministran las imágenes, nada de fotos en las instalaciones, lo dejaron bien claro. Abaten los drones que pretenden colarse y quienes intentan sacar fotos con ese método, tan solo consiguen bellas instantáneas de las cubiertas de los edificios.
—¿Y qué piensas hacer?
—Un reportaje en condiciones, plasmar todas las tripas y venderlas al mejor postor.
—Pueden demandarte. —Sentenció rotundo Pablo mientras miraba fijamente a los ojos de su amante.
—Ya buscaremos la forma de que la fuente, el “donante”, reciba una tajada sin que trascienda el verdadero origen del autor.
El fotógrafo evitaba, analizando con falso interés el suelo, enfrentar las pupilas acusatorias que su compañero le arrojaba como un retador guante. Las percibía idénticas a estiletes envenenados y cargados de reproches. En un tono casi de súplica excusadora, Gastón comenzó a hablar con aparente sinsentido, solo él parecía hilvanar en sus pensamientos la idea principal que motivaba un exhorto deslavazado y errático.
—Jamás pudimos llegar a imaginar que terminaríamos en esto. —Su voz estaba saturada por el abatimiento. La felicidad anterior se diluía cuando la realidad inamovible se asomaba por el corredor.
—¿A qué te refieres?
—Ciudades amuralladas, comunicadas por trenes que circulan bajo tierra mientras afuera… —Sus ojos parecían inundarse poco a poco de un agua espesa que le humanizaba el gesto. —Dicen que la barbarie impera en el exterior de las metrópolis, pero no lo sabemos, siempre nos engañan.
Pablo le acarició el cabello con ternura, cuando Gastón se desmoronaba todo su empaque de dictador doméstico quedaba desbaratado. En su lugar afloraba un niño de gesto perdido y ojos soñadores.
—Temo por ti, por nosotros, es arriesgado, pero si necesitas hacerlo, adelante. No lo dudes.
Los dos hombres se abrazaron y un llanto compartido enhebró la aguja con la que se repara la esperanza y los sueños.

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