# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez. “Cuarta Noche”.

#Cuarta Noche#.

Cuando penetró en el hotel, después de que el vehículo la dejara justo frente a la puerta, la lluvia había comenzado a arreciar. El cielo retumbaba para iluminarse, segundos después, en una cadencia continuada y persistente. La luz volvió a temblar y el rostro del recepcionista parecía asustado. El muchacho miró a Daniela nada más abrirse la puerta, con gestos de la mano y los ojos le indicó que se acercara al mostrador. El empleado titubeaba, parecía no saber cómo comunicarle a la joven un hecho que se escapaba a la normalidad controlada de aquel lugar. Se encontró en la necesidad de carraspear varias veces antes de que se le pudiera entender el mensaje completo.
—Nos han comunicado que, en varios módulos, a causa del corte de fluido eléctrico, las puertas de decenas de apartamentos quedaron destrabadas, temen que algunos de los “recuperados” hayan abandonado sus estancias, —Daniela le miró horrorizada, —no hay nada que temer, —apostrofó de inmediato el recepcionista, —insisten en que le haga saber la ausencia de peligro que ello comporta. No son peligrosos.
—¿Qué debo hacer entonces? —Preguntó la joven con evidentes signos de nerviosismo.
—Solo permanecer en su habitación hasta que la retirada se haya completado. Cuando esto suceda se le avisará.
—Está bien, así lo haré. —Confirmó Daniela. —¿Sabe de cuánto tiempo hablamos?
—Lo ignoro, es la primera vez que algo similar sucede, llévese agua de la máquina por si acaso, —le recomendó el empleado, —por cierto, no se va a modificar el código de la tarjeta, no será precisa su sustitución hasta que todo se haya normalizado, y tenga, —el joven le entregó una extraña llave, —si el fluido eléctrico se interrumpiera utilícela, bajo el lector hay un pequeño orificio, inserte el llavín y presione, la puerta se abrirá.
El muchacho miró su reloj de pulsera, instintivamente la joven hizo igual, apenas quedaban quince minutos para el cierre del comedor. Casi a la carrera penetró en el amplio salón. Desierto como siempre no mostraba el más mínimo signo de vida latente. Daniela distinguió sobre la mesa donde se exponía cada mañana el desayuno una bolsa de plástico. El recepcionista entró tras ella, su voz parecía artificial, carente de entonación.
—Es su cena. —Carraspeó nuevamente como si aquella tos, falsa y recurrente, le autorizara a dar malas noticias. —El personal de cocina fue evacuado hace una hora. Yo esperaré a que cene, después me marcharé de inmediato.
—No es necesario, créame, puede irse si lo desea. —Le animó la muchacha.
—¿Seguro? —Preguntó indeciso.
—Comeré tranquilamente y después me encerraré obediente en la habitación, se lo prometo.
El muchacho sonrió y sin perder un solo segundo salió corriendo en dirección a la calle, a través de los cristales y la copiosa lluvia, Daniela pudo distinguir un microbús que parecía estar esperándole junto a la acera. El vaho que empañaba los cristales del vehículo le hizo entender que en su interior viajaban seres vivos, personas que respiraban. Abrió la bolsa y con curiosidad casi infantil miró en su interior. Un par de emparedados, carne y vegetal respectivamente, dos zumos envasados, una porción de chocolate y, aparte, en una bolsa de papel, lo que supuso estaba destinado al desayuno, dos raciones de galletas y un café enlatado de esos que se calientan con solo accionar una lengüeta. Al parecer estaban dispuestos a resolver el problema durante la noche, dedujo la joven, y para el almuerzo todo estaría en su lugar, al igual que en la bolsa, perfectamente empaquetado. Cuando volvió a contemplar la avenida el microbús ya se había marchado. La lluvia caía violenta y sobre las aceras se dibujaba el resplandor de los caminos que los rayos escribían en el cielo. Un trueno hueco de caverna retumbó haciendo temblar los ventanales del comedor. Sintió frio y gozo.
Mientras comía tranquilamente el bocadillo de carne se entretuvo en observar como la luz iba declinando, estar en absoluta soledad en el comedor, sin que nadie le obligara a permanecer en la habitación después de las diez de la noche, le producía una sensación de satisfacción interna extraña e inquietante. Tres días en aquel lugar y se sentía casi como en su casa. Una niña traviesa cuyos padres se han marchado al teatro.
Se encaminó hacia el mostrador de la recepción dispuesta a registrar estantes y gavetas, para su desdicha todos los cajones se encontraban bajo llave, solo la balda situada bajo el tablero superior resultaba accesible. Deslizó la mano por el interior del estante tropezándose con un plano esquemático del hotel y con una linterna idéntica a la de Feraud, comprobó de inmediato si funcionaba. Miró con curiosidad la representación en papel del hotel, sentía cierta predilección por contemplar la realidad disecada sobre un pliego en cuché, planta baja, incluyendo recepción y comedor, y una única representación generalista de todas las plantas, salidas de incendio, escaleras, elevador, todas iguales, idénticas. Sintió un terrible deseo de descalzarse y pisar la pulcrísima moqueta azul, antes de hacerlo miró hacia todos los lados. Sentada sobre la silla ergonómica de la recepción y utilizando los pies uno contra el otro, se sacó los zapatos a base de precisos empujones dactilares. Como dos vainas vacías quedaron sucios y gastados sobre el tejido esponjoso y limpio. Parecían excrecencias ajenas a su cuerpo, apéndices de cuero, de piel de animales asesinados en eficientes y asépticos mataderos. Apoyó las plantas de los pies con delectación, un placer pueril y arcaico subió por sus piernas llenándola de una eléctrica sensación. El recibidor de ingreso al hotel se iluminó unos instantes y un trueno quebrado y desgarrador devastó el silencio todo. Le pareció una respuesta del cielo, una sincronía exacta con el acto voluntario y libre de posar la carne viva sobre el azul marino de la moqueta. La niña traviesa se sintió viva. Impulsada por aquel sentimiento se dejó llevar en volandas, corrió como loca por la amplia sala desde la entrada al comedor hasta las puertas de acero del elevador. Una, dos, tres veces se lanzó a la carrera completamente ajena a la tormenta y a la soledad.
Observó a las sombras avanzando desde la acera contraria, parecían escabullirse entre el agua que desde arriba caía sin medida. Varios resplandores concatenaron un redoble de truenos, era como si estuviesen cañoneando a los edificios desde una loma cercana. Dejó de danzar y correr. despacio se aproximó a las grandes cristaleras, el exterior era una pecera por donde no nadaba nadie, las dotaciones del servicio de seguridad, las que comandaba Aline Armitt, no se dejaban ver. Tal vez aquellos apartamentos que quedaron con las cerraduras destrabadas no se encontraban por aquel sector y nadie vagabundeaba por las avenidas, perdido, ausente de sí mismo. Aquel pensamiento le obligó a dar un paso hacia atrás, la sola idea de contemplar a un “recuperado” y que éste, solitario, confundido, en un borroso intento por pedir ayuda la viera tras los cristales, le producía un pavor difícil de describir. Volvió a comprobar que la linterna funcionaba correctamente, después se dirigió a la puerta de entrada del hotel, dos gruesos vidrios componían los batientes automáticos, los zarandeó con violencia, para su tranquilidad estaban perfectamente anclados entre sí impidiendo el acceso desde el exterior. En un exceso de celo extrajo la tarjeta del bolsillo y la dejó deslizarse por la ranura, quería comprobar su perfecto funcionamiento. Bloqueado el invisible haz de luz por la opacidad de su cuerpo, se accionó la señal muda que invitaba al sensor de apertura a entrar en funcionamiento y las puertas, sin dudarlo, se abrieron por completo. Una ráfaga de aíre limpio, sin trazas de olor químico, penetró en el interior del edificio. La calle parecía más limpia aún. El agua circulaba desbordándose apenas por encima de las aceras y era engullida a grandes mordiscos por los sumideros abiertos justo entre al asfalto y el acerado. Todo funcionaba como un cronómetro perfecto y ajustado, un reloj de cuerda que alguien, oculto entre los edificios, había diseñado con minuciosidad casi divina. Las sombras se amontonaban por todos lados, se retiró lentamente del sitio sobre el que se hallaba y obedientes, las puertas se cerraron. Nuevamente las sacudió y una vez más pudo comprobar que se encontraba absolutamente encajadas. Era hora de sacar agua de la máquina expendedora y de recluirse en la habitación.
Desechó por completo utilizar el elevador, no quería permanecer atrapada en tan asfixiante cubículo. Miró el plano de planta y localizó la ubicación de las escaleras de servicio. Una puerta, convenientemente camuflada por paneles idénticos a los que recubrían las paredes de todo el vestíbulo, se insertaba en un extremo de la pared en donde el ascensor se hallaba. Caminó despacio, sosteniendo en una mano el par de zapatos. Antes de girar el pomo miró atrás, la antesala estaba convenientemente desierta y la oscuridad comenzaba a aposentarse entre los ángulos que formaban algunos muros, se amontonaba densa dentro del comedor asomando su negro hocico, lamiendo con desespero la azul moqueta. El exterior había desaparecido, las farolas, distantes entre sí, apenas eran capaces de arrojar algunas migajas de luz sobre la avenida que la noche engullía de inmediato, celosa, hambrienta. Giró la manilla y un pequeño corredor se mostró en penumbra, al fondo pudo distinguir las escaleras, el tramo situado a la izquierda ascendía hacia la primera planta y el que se abría, justo a la derecha, comenzaba un descenso hacia un nivel inferior que el plano conseguido en el mostrador de la recepción no señalaba. Seguro llevaban hacia las instalaciones técnicas, pensó Daniela, incluso pudiera situarse allí la cocina y los vestuarios del personal, en cualquier caso, era algo que no estaba dispuesta a comprobar. Una sacudida eléctrica hizo temblar a las escasas luces que acompañaban su ascenso, unos segundos de oscuridad completa siguieron al temblor y las luces rojas de emergencia se encendieron. Tibias, parcas, insuficientes. Con el cuerpo pegado a la pared continuó ascendiendo hasta situarse en el primer rellano, una puerta con un ojo de buey en su centro accedía a la primera planta. Al otro lado del cristal la oscuridad era casi absoluta, algunas pinceladas carmesíes formaban líneas y reflejos sin forma precisa. Se situó justo bajo una de aquellas lámparas encarnadas, su cuerpo parecía cubierto por un látex rojizo que se amoldaba por completo a sus formas. Un traje plástico y ajustado salpicándola de sangre luminosa. Aquellos pensamientos le horrorizaron. Recordó que no debía obsesionarse con ninguna idea. Todo lo desechado en la mañana que siguió a su extraña experiencia nocturna, la de la segunda noche, cobraba de nuevo una vigencia alarmante. Encendió la linterna para apartar fantasmas, el efecto, lejos de mejorar, resultó aún peor. El haz de luz dibujaba un trazo circular blanco donde el rojo de las luminarias de emergencia se diluía en una aguachirle sanguinolenta creando una sensación extrañamente volumétrica. Parecía como si una ficticia sangre fluyera de las paredes. Daniela tragó saliva y comenzó el ascenso a la segunda planta pegada a la pared, sudando, la boca seca. Fue entonces cuando un recuerdo, olvidado, sepultado como una pequeña astilla entre las neuronas del cerebro, apareció con claridad proyectado en el pensamiento de la muchacha.

“Su tía la llevaba de la mano, hombres y mujeres de gesto adusto se elevaban como gigantes por todo el rededor, las vestimentas eran oscuras, grises o negras. Ella, una niña de apenas tres años se dejaba arrastrar cogida a la huesuda mano de la mujer. Una resistencia pasiva insuficiente la llevaba renqueante, la cabeza gacha, el suelo era una alternancia monótona de losas color crema interrumpido por una gran alfombra de intrincadas volutas geométricas Su mamá había dicho que no, pero la tía Gertrudis, aprovechando la ausencia momentánea de ella, la arrastraba por la casa camino del dormitorio de la abuela Daniela mientras intentaba convencerla alegando razones absurdas.
—Mañana te arrepentirás de no haberte despedido de ella. Te quería como a ninguna de sus nietas. Eras la preferida.
Las puertas del dormitorio, de dos batientes, permanecían entornadas. En más de una ocasión aquella estancia, su altísima gran cama, habían sido para Danielita y las primas el lugar de juegos en las tediosas y eternas tardes del verano. Y ahora la penumbra la ocultaba, descascarillaba el brillo dorado que en su corta memoria le entregara y se convertía en un panteón siniestro donde la abuela le esperaba postrada sobre el lecho.
—Está como dormida, —había dicho Gertrudis, —ya lo verás tú misma, no seas cría, ya eres mayor para algunas cosas.
En efecto, la impresión que tuvo Danielita, desde el vano de la puerta, era que la abuelita dormía tranquilamente con las manos sobre el pecho. No era la primera vez que la veía en esa postura. —Compórtate, te vigilo, aunque parezca que estoy dormida soy como las liebres, dormito con un ojo abierto— Le había advertido la abuela en innumerables ocasiones. Leandra, la mayor de las niñas, y ella misma, habían reído en sordina hasta dolerles la barriga. Arrastrándose por el suelo reptaban en dirección al salón, allí estaba la mecedora, estática, conteniendo a la enjuta abuela Daniela, las manos en el regazo, casi como en ese instante recordado. Dormida, sus labios componían en pequeños intervalos de pocos segundos, un surtidor sonoro y oclusivo por donde se escapaba acompasado el aíre. La liebre dormía. las niñas avanzaban entre risitas y gestos que pedían, a las más pequeñas, compostura y silencio. Temían ser descubiertas y que la falsa ira de la abuela les hiciera salir en ruidosa estampida sin poder comprobar cómo dormían las liebres. Al pie de la mecedora, Leandra y ella, de rodillas, inclinaban las cabezas intentando ver los ojos de la abuela. Al unísono las niñas se taparon las bocas para no prorrumpir en una delatora y estertórea carcajada. En efecto, el ojo izquierdo de la abuela permanecía entornado, un mirar dislocado y ausente, que nada parecía vigilar, se asomaba entre los párpados. El iris se perdía en dirección de la cómoda, opaco, sin el lustre acuoso que en ese mismo instante presentaba la cristalina mirada de Leandra y la suya propia. Tiempo después, gracias al amplio anecdotario familiar, supo que aquel ojo era de cristal. La abuela Daniela era tuerta.
—Venga, acércate al lecho y dale un beso de despedida a la abuelita. —Ordenó Gertrudis. —Un beso nada más.
Con pasos lentos se fue acercando hasta la alta cama, se sentía empequeñecida ante tanto boato, un olor a naftalina lo envolvía todo. La colcha, de pulcros y precisos encajes, amarilleaba en algunos lados fruto del largo tiempo guardada en un cajón reservada para tan especial evento. Se empinó sobre la punta de los pies con los ojos cerrados y la boca fruncida en un indeseado beso, apoyó ambas manos sobre la cama. Segundos interminables mientras la cara se acercaba al rostro de la abuela. Entreabrió los ojos apenas y entre la turbidez oscura de las pestañas una piel seca, casi opaca, le devolvió la imagen cerúlea de la abuelita Daniela. Sus labios se resistían a entrar en contacto con la mejilla apergaminada que, sin resistencia alguna, se mostraba completamente entregada al designio de los demás. Entonces fue cuando de soslayo, apenas por un brillo en movimiento, distinguió el ojo avizor mirándola directamente, vigilándola desde la muerte. El siguiente recuerdo fue un grito extemporáneo saliendo de su garganta que alborotó a toda la casa. Dolientes y allegados corrían en dirección a la alcoba con caras de sorpresa mientras la tía Gertrudis la arrastraba en dirección contraria completamente azorada.
—Siempre tienes que dar la nota. —Rezongaba con las mejillas arreboladas de vergüenza.”.

Maldijo en silencio a sus recuerdos, a ese maldito limbo donde aquellas imágenes estaban enterradas y gracias a un designio completamente inescrutable, regresaban vívidas y vigentes. Se arrastró, obligada por una fuerza de voluntad sobrehumana, pegada a la pared por el tramo de escaleras hasta coronar el descansillo de la segunda planta. Junto a ella ascendieron recuerdos y episodios del pasado que creía olvidados. No estaba dispuesta a seguir pensando, continuaría su camino peldaño a peldaño sin dejar a su mente confabular con el ambiente terrores pasados. Resoluta mantuvo la linterna enfocando hacia delante y en cuatro largas zancadas se encontró frente al ojo de buey de la puerta de emergencia y servicio que accedía al corredor. Allí estaba su habitación, el refugio necesario.
Empujó con suavidad, el olor químico persistía, aunque mucho más difuso. El corredor estaba desierto, solo las luces de emergencia daban volumen y profundidad al pasillo. La moqueta había trocado su color azul ultramar original por una tonalidad grisácea apagada y sucia. Caminó descalza, la botella de agua bajo el brazo, los zapatos y la bolsa con las viandas en la mano izquierda y sosteniendo con la diestra en alto la linterna. Relativamente lejana distinguió la puerta del dormitorio. Sin pensar, no queriendo dilucidar si su comportamiento era el más adecuado para tan anómala situación, emprendió una carrera consciente e intensa. El haz de luz oscilaba al ritmo de sus pasos, sordos y amortiguados reproducían un redoble espaciado. Llegó con el corazón temblando en la boca y embocó la linterna en dirección al tarjetero. Allí estaba el pequeño agujero, soltó la botella, la bolsa y los zapatos sobre el suelo, buscó el llavín en el bolsillo del pantalón y cuando lo tuvo entre los dedos lo insertó de inmediato. Un leve sonido le advirtió que la entrada era franca, empujó el batiente, recogió sus pertenencias y entró de inmediato en la habitación. Antes de cerrar, con el cuerpo en el interior de la estancia, enfocó la linterna hacia el fondo del pasillo. Perpleja, angustiada, distinguió el bulto que viera sobre el suelo hacía tan solo dos noches Allí seguía, esperándole.
Cerró con violencia, el retumbo se propagó por el pasillo creando un eco que prosiguió vibrando y vivo más allá de lo esperado. Se mantuvo con las espaldas apoyadas contra la puerta. Desenroscó el tapón de la botella de agua y a morro bebió con agonía y desespero. Sentía la garganta cuarteada por la sequedad. El corazón le temblaba en el pecho, la respiración galopaba a lomos de un caballo desbocado obligándole a tragar aíre a dentelladas. Así permaneció bastantes minutos, intentando recuperar el ritmo vital perdido. Nuevamente el silencio retornó al reino gris de la moqueta. Entonces una cadencia, un rebote pausado y cristalino vino a reclamar toda su atención. El sonido de una canica percutiendo contra un suelo sin amortiguación, repiqueteaba claro y continuo. Había oído hablar de aquellos ruidos que, inexplicablemente, se escuchaban en algunas casas, sin que se pudiera determinar el origen fehaciente del fenómeno. Pero el pensamiento de Daniela no vagaba por esos vericuetos, su mente se encontraba centrada, perfectamente señalando, hacia el ojo de cristal de la abuela. El que le mirara cuando sus labios evitaron conscientemente el contacto con la carne muerta.

escaleras2 (2)
Maurist Cornelius Escher (1898-1972)

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