# SILENTIUM # por M. Martínez Fdez. “Mañana del Día Tercero”.

#Mañana del Día Tercero#.

Antes de bajar al comedor Daniela miró a través de los cristales tintados de la ventana, pudo observar como hacia el norte, desde aquella temprana hora, una gran concentración de oscuros nubarrones avanzaba lentamente. El celeste cielo, el próximo, se manchaba con las primeras nubes que llegaban en avanzadilla, inocentes, de bordes blancos y corazón levemente gris. Miró las avenidas inmaculadas, aún las sombras de un día nublado no pintaban las aceras y los edificios, era incapaz de imaginar qué efecto provocaría en el ánimo ese cambio de color. Cogió la mochila y salió al corredor, una silenciosa máquina limpiaba la moqueta. El ascensor acudió a su encuentro y amablemente abrió las puertas.
La recepcionista le entregó un sobre, lo colocó en una de las mesas del comedor mientras se servía una gran taza con café y disponía sobre un plato algunos bollitos de leche, suficientemente untados con mantequilla resultaban una auténtica delicia. Esa noche había sido distinta, tras ducharse y haber realizado algunos sencillos ejercicios gimnásticos sobre la moqueta, durmió del tirón sin sobresaltos ni pesadillas. Acabar la jornada agotada era la solución, el viejo recurso de siempre, la ociosidad era contraproducente, creaba monstruos fabricados de indolencia y molicie. Los peores desvaríos nacían de esa aptitud perezosa, todas las religiones conocidas, todas las abolidas gubernamentalmente mediante decreto, condenaban ese comportamiento irresoluto y de vagancia. Abrió el sobre y extendió el pliego de papel junto al cuchillo y la servilleta. Mientras sorbía el café fue leyendo la misiva, concreta, oficial. En ella le comunicaban que le habían concedido una prolongación de estancia de siete días, así mismo le informaban de los profesionales que le guiarían por las instalaciones y el lugar y hora en que debía encontrarse con ellos. Ese mismo día, a las nueve y treinta, conocería el departamento de seguridad y control, una auténtica milicia privada encargada de velar por los intereses de la corporación urbanística y las propiedades allí existentes. Aline Armitt, como responsable del departamento, se encargaría de mostrarle las instalaciones y todos los sistemas de control implementados, cámaras, inhibidores de frecuencias, drones.

El vehículo eléctrico le aguardaba paciente junto a la acera, la mañana resultaba espléndida, un sol benigno aún calentaba las aceras y las paredes blancas de los edificios. Las moles de hormigón, recubiertas por grandes paneles de piedra artificial, hacían refulgir la luz blanqueándolo todo. Daniela inspiró el aíre libre inundando con alegría sus pulmones, el olor parecía haber menguado o, tal vez, su espíritu se había acostumbrado a esa presencia etérea e inasible que componen aromas y sonidos. Inasibles.
La responsable de seguridad aguardaba justo al lado de la entrada del edificio vertical y distinto, aquel mismo que visitara el primer día, parecía marcial y contrariada. Tal vez consideraba aquella inoportuna visita como una pérdida de tiempo injustificada.
El centro de seguridad se hallaba en los sótanos del edificio, una enorme sala cuyas paredes se encontraban completamente cubiertas por monitores de televisión mostrando imágenes parciales de calles y avenidas. Una docena de operarios controlaban los drones que detectaban las situaciones anómalas que pudieran producirse, si alguna circunstancia se salía de lo normal esos artilugios activaban las cámaras de cercanía y mandaban una señal de alerta, si la eventualidad persistía, una dotación de vigilantes se desplazaba en un vehículo hasta el lugar.
—¿Suelen darse situaciones comprometidas? —Quiso saber Daniela.
—Hasta hoy ni una sola, —informó la responsable con un perceptible tono de falsa satisfacción personal, —pequeñas incidencias, animales que rompe el cercado o penetran por alguna conducción subterránea. Nada de importancia.
Una de las operarias llamó la atención de Aline, la mujer se acercó hasta el lugar donde ésta se encontraba y tras mirar uno de los monitores de sobremesa, mantuvo una charla que denotaba cierta preocupación. Con el extremo de un bolígrafo tocaba la pantalla señalando algo.
—¿Problemas? —Preguntó la muchacha una vez la responsable regresó a su lado.
—La tormenta, al parecer viene precedida por un importante aparato eléctrico.
—Puede afectar en algo a las instalaciones.
—No debería, —afirmó la jefa de seguridad, —contamos con generadores suficientes como para mantener operativos durante bastante tiempo los sistemas más vitales, pero nunca se sabe…, a veces basta temer algo para que suceda.
Un retumbo se dejó escuchar de repente, profundo, cavernoso y vibrante.
—Parece que viene con fuerzas. —Apuntó Daniela.
—Seamos positivos —Afirmó categórica la responsable. —Ahora pasemos al control de admisión del personal.
Abandonaron la amplísima sala por una puerta de emergencia y recorrieron un largo pasillo fuertemente iluminado, al final de éste unos enormes aparcamientos les esperaban. Allí quedaba estacionado el mundo externo, por ese lugar llegaban los trabajadores y el personal técnico, a través de la carretera que comunicaba el mundo real con aquella idealización insonora. Controles de todo tipo evitaban que nadie introdujera ningún elemento externo, aunque todo lo procedente del exterior estaba completamente prohibido, se hacía un especial y exhaustivo control sobre la comida y los artefactos electrónicos, considerados auténticos demonios exógenos. La supervisora se extendía en explicaciones, mostraba pletórica de orgullo aquellas novísimas instalaciones. A Daniela ese derroche de entusiasmo le aburría, aquella misma tarde tenía una visita concertada al único departamento que podía despertarle cierto interés, al margen de su razón primera, la arquitectura. A las cuatro en punto visitaría los laboratorios, el lugar donde los “recuperados” comenzaban una nueva y extraña existencia. Solo pensarlo le provocaba un erizamiento irrefrenable de todo el vello del cuerpo.
Un operario uniformado se acercó hasta Aline y colocando una mano sobre la boca le musitó algo en voz baja. Los ojos de la mujer se encendieron.
—Lamento tener que dar por concluida la visita, —le comunicó falsamente quejicosa a Daniela, —la tormenta, al parecer, se prevé de una magnitud superior a lo esperado. Le recomiendo se refugie en el hotel cuanto antes, salga por donde hemos venido.
La responsable de seguridad estrechó la mano de la muchacha con gesto expeditivo y seco dando, desde ese momento, por finalizada la labor como guía. Volvía a meterse en su estricto papel y con paso recio y decidido se dirigió al centro de control.
Daniela se encaminó hacia el largo pasillo que llevaba a la sala repleta de monitores, algunos empleados corrían en esa misma dirección transportando maletines de herramientas o petates cuyo contenido resultaba imposible de adivinar. El paso tranquilo de la muchacha contrastaba con la urgencia que parecían tener todos, algún que otro vehículo eléctrico de menor tamaño pasó junto a ella llevando como viajeros a hombres uniformados.
Aline Armitt debía de estar gozando de intensa manera aquella excepcionalidad en forma de tormenta. —Pensó Daniela.
Cuando la responsable de seguridad le dijo que no solían darse situaciones extremas en el desempeño de su labor, un deje de frustración y desengaño parecía alentar sus palabras. Las luces intermitentes del pasillo, un sordo ronroneo de pasos percutiendo por todos lados con urgencia y precipitación, los vehículos con sus luces de emergencia encendidas, ese era el escenario ideal para que el rostro de aquella mujer, aburrido y taciturno, se llenara de luz y vida.
Una vez hubo accedido a la recepción del edificio dudó sobre si resultaba más conveniente regresar al hotel o, por el contrario, esperar al responsable de los laboratorios. temía que aquella visita, la realmente interesante, pudiera truncarse. Miró a través de los grandes ventanales, una lluvia torrencial caía con violencia sobre la avenida ocultando los edificios cercanos, la acera de enfrente resultaba gaseosa, apenas se distinguían perfiles o ángulos. Antes de decidir nada, preguntó al recepcionista sobre la posibilidad de contactar con el responsable de los laboratorios, el profesor Feraud, el joven que atendía el mostrador se disculpó de inmediato, desde aquel punto resultaba imposible conectar con ese departamento y menos aún con el técnico responsable. Daniela le devolvió la amable sonrisa y caminó nuevamente hacia los ventanales, la tormenta arreciaba por momentos. Más elevado que el fragor producido por el agua vertida desde canalones y desagües, un tremolar desgajando el cielo se dejó escuchar y sentir. Los cristales trepidaron sacudidos por la violencia de la onda expansiva y las luces del gran recibidor temblaron un par de veces. Un murmullo velado acompañó al trueno, por un instante el atareado personal que en aquel preciso instante transitaban por el salón de ingreso al edificio se detuvieron y miraron con espanto hacia la calle, una cortina de agua descendía desde el cielo con violencia inusitada, los desagües apenas podían tragar los torrentes que empezaban a formarse y a circular libres invadiendo las aceras. Aquella tormenta tomaba visos de convertirse en algo más. Mientras Daniela miraba asombrada el tumulto que el agua iba amontonando en las amplias avenidas, en la distancia, un hombre embutido en una bata blanca, calvo y de edad avanzada, intentaba llamar su atención. Dedujo se trataba del señor Feraud, su rostro evidenciaba el incordio que suponía tener que atender las curiosidades de una mocosa con aspiraciones eruditas. El profesor bajaba por unas escaleras situadas en un lateral del amplio recibidor, hacía notables esfuerzos por avanzar en dirección contraria al resto de personas que por ese mismo lugar discurrían, todos parecían tener excesivas prisas, a excepción de la muchacha y de aquel anciano hombre. Daniela se puso en movimiento dirigiéndose al encuentro del desconocido, un resplandor atroz, seguido de un trueno descomunal, arrancó de las gargantas de los presentes una amalgamada mezcla de voces de sorpresa y reverencial pavor.
—Un buen día para bajar a los laboratorios. —Exclamó a modo de saludo el profesor en un tono de evidente enfado. —Tendremos que hacerlo andando, los ascensores se colapsarán de un momento a otro. Parecen imbéciles. —Afirmó convencido señalando con la cabeza al resto de personas que pululaban por el recibidor.
El hombre se dirigió diligente hacia una puerta situada justo bajo las escaleras, la abrió sin necesidad de tarjeta alguna y se introdujeron en un pasillo que descendía lentamente. Aquel lugar sí que podía pasar por las auténticas tripas del edificio central, el corazón de aquella metrópolis silenciosa y extraña. Ingente cantidad de conducciones eléctricas discurrían por el techo sostenidas por bridas de metal, tuberías que se dividían y multiplicaban perdiéndose en direcciones contrapuestas. El hombre se giró y miró a Daniela.
—¿Trae una linterna? —La muchacha negó con la cabeza. —Es una lástima, tendremos que compartir la mía. —El profesor extrajo del bolsillo un tubo alargado de corto tamaño y una vez se hubo detenido de nuevo, agregó. —No se engañe, tecnología punta, este pequeño tubito es capaz de esplender durante un buen montón de horas.
Nada más terminar de exponer aquella rotunda afirmación, un chasquido intenso, seguido por un trueno de proporciones descomunales, hizo temblar la luz para, de inmediato, dejar al pasillo sumido en la oscuridad más impenetrable apenas mitigada por distanciadas y rojizas luces de emergencia. Daniela quedó paralizada, un temor antiguo y profundo se le instaló en el pecho. Un potente haz de luz blanca dibujó un círculo en el suelo viniendo en su socorro y, tras él, la voz del profesor, seca, maravillosamente áspera, se convirtió en consuelo y ferviente asidero.
—Se lo dije, un par de docenas de imbéciles se desesperan en este mismo instante atrapados en los ascensores y, según se presenta la noche, de seguro puede que tengan para largo.
Aquel viejo insolente y desagradable comenzaba a caerle simpático a Daniela. Previsor y de agrio carácter, mostraba cada vez que le era posible una absoluta carencia de fe en todo lo relacionado con lo humano, lo cual le convertía, a los ojos de la muchacha, en alguien merecedor de cierto crédito.
—¿Podremos ver algo sin luz? —Preguntó la joven. —Me refiero en el laboratorio. —Aclaró innecesariamente.
—No se haga ilusiones, —le respondió el anciano, —apenas si visitará las salas dedicadas a la recuperación. Una introducción histórica, que ya podríamos ir anticipando, para después, realizar un recorrido por la zona de recepción de los cuerpos, el procedimiento de catalogación de estos y el método final seguido. Su solicitud amparada en la arquitectura no da para más.
Lejos de considerarse defraudada Daniela sintió cierto alivio, no deseaba conocer en detalle los recovecos y misterios que activaban un cuerpo inerte y lo convertían en un eufemismo carente de un verdadero significado. “Recuperado”.
—¿Introducción histórica? —Preguntó la muchacha dubitativamente.
—Esto viene de antiguo, —explicó Feraud, —todos esos pueblos, las culturas míticas que practicaban lo que se creía eran simples momificaciones, en realidad realizaban recuperaciones, con métodos más arcaicos y resultados menos notables, pero se trataba de lo mismo. —El hombre sonrió satisfecho e irónico. —Nada nuevo, solo sabemos repetir lo mismo una y otra vez.
—¿Está seguro de eso? —Planteó Daniela.
El hombre de la bata blanca se detuvo en seco y se quedó mirando a la joven, en sus ojos se adivinaba esa condescendencia que otorga el conocimiento profundo de alguna secreta materia.
—En primer lugar, quiero dejarle claro que no seré yo quien le ilumine, —advirtió el profesor, —pero ser sorprendería si llegara a conocer la realidad verdadera de las cosas y en concreto, de ese sucedáneo adulterado y edulcorado artificialmente que llaman historia.
La muchacha guardó silencio, aquel tipo era el único que parecía tener la suficiente información necesaria como para elaborar una tesis que se saliese de lo habitual. Una matrícula de honor caminaba delante de ella embutida en una pulcra bata blanca e iluminando el camino, imagen poética y real, de aquel pasillo de servicio y del conocimiento.
—Aquí es, —anunció Feraud, —esta puerta conduce al centro de recogida.
Penetraron en una solitaria sala rectangular iluminada tan solo por luces de emergencia, un ingente número de cintas transportadoras emergían de uno de los laterales más amplios para terminar desembocando en asépticas mesas de aluminio con ruedas. Al pie de cada una de ellas se apilaban gran cantidad de fardos grisáceos que mostraban en los laterales grandes etiquetas fluorescentes, Daniela dedujo se trataba de las fundas, el práctico envoltorio donde viajaban los cuerpos para su tratamiento.
—Poco que explicar sobre este departamento, —aclaró el profesor, —llegan precintados, identificados convenientemente y tras comprobar que los datos inscritos en las etiquetas cumplen con la normativa que permite interactuar con el sistema lector, se transportan hasta las cámaras frigoríficas.
—Las cámaras, imagino, tendrán una fuente de energía alternativa. —Apuntó la muchacha.
—Sí, por supuesto, —convino Feraud, —pero las cintas no, en este instante algunos petates deben de encontrarse detenidos a lo largo de unos pocos de cientos de metros. En el interior se suele colocar unos cuantos envases de un gel que mantiene una temperatura por debajo de cero, —aclaró, —pero imagino tienen una duración específica, si el apagón continúa y se prolonga más allá de lo esperado, pudiera ser que algunos cuerpos no tuvieran la posibilidad de ser recuperados. Todo un engorro, como puede imaginar.
El hombre continuó caminando pegado a las cintas y deteniéndose de repente se giró en redondo mirando con gesto cansado a Daniela.
—Mire, continuar la visita en penumbras es absurdo, vayamos a mi despacho, allí podremos esperar tranquilamente a que el fluido eléctrico se restituya.
La muchacha asintió con la cabeza, era consciente de que no le sería mostrado el lugar donde el milagro se realizaba, ni las instalaciones que lo hacían posible. El único pretexto que podría argumentar para al menos llegar a verlos era utilizar la excusa de que podían formar parte de aquellos elementos exógenos, pero vinculados a los constructivos, que conformaban todo el entramado arquitectónico que definía la nueva ciudad. La razón de su tesis.

El despacho de Feraud resultaba en exceso minimalista, una mesa soportando la pantalla de un ordenador, dos sillones para las visitas y un mapa técnico de las instalaciones enmarcado sobre una pared. El anciano tomó asiento rezongando y bufando, parecía tener alguna dolencia artrítica.
—Verá, —comenzó a decir en profesor empleando un tono discreto y misterioso, —sin electricidad no hay micrófonos que puedan escucharme, y le confesaré que a veces necesitaría hablar de todo esto, de lo engañado que se encuentra el mundo.
Daniela le miró confusa, aquel hombre parecía querer confesar algo, verter lo que llevaba dentro y, posiblemente, largo tiempo guardado.
—Le hablé de aquellas culturas que rendían un culto a la muerte, de los pueblos embalsamadores, pues bien, nada de lo que le han contado es verdad, al menos, no se parece a la realidad.
—¿Y piensa contármelo? —Preguntó la joven.
El hombre sonrió antes de comenzar un relato que se remontaba al origen de las civilizaciones, mucho antes incluso de lo que las cronologías históricas recogían como ocurrido.
—Como le dije esta ciencia no es nueva, ya en la antigüedad se utilizaba si bien resultaba tan solo asequible a personas de alto rango, poderosos con los recursos suficientes como para poder permitírselo. ¿Acaso cree que los antiguos eran tan imbéciles como para enterrar junto con sus seres queridos ajuares de tantísimo valor? Un tesoro. Y además compartiendo un prohibitivo templo funerario con una cohorte de sirvientes prolija y especializada. Diga que no y estará en lo cierto.
—¿Entonces? —Musito Daniela sobrecogida.
—Los “recuperados” lo pueden ser a casi todos los efectos. —Aclaró el profesor. —La técnica actual resulta mucho más asequible y menos costosa. El término inmortalidad no es una entelequia, es una realidad constatable.
—Pero tengo entendido que…
El hombre la interrumpió con un parco gesto de la mano, miró al techo y suspiró.
—Mire, inocente criatura, esos “recuperados” lo son al nivel más bajo, todo esto es un puñetero experimento, una burda pantomima financiada entre todos para unos pocos, lo mismo que entonces. ¿Acaso nunca se preguntó como era posible que jerarcas de religiones ya extintas vivieran tantísimos años? En las cronologías de algunos cultos se habla de trescientos y pico de años en los que se dedicaban a engendrar varias generaciones. Si algo tienen en común todas las antiguas civilizaciones es la posesión de un calendario bastante ajustado a la realidad. El tiempo que tarda la tierra en girar sobre su eje sigue siendo el mismo que hace miles de años, e igual sucede con su traslación alrededor del sol. Algo en todo eso no encaja.
—¿Cuál es el objeto? —Preguntó aterrada Daniela.
—Construir pirámides. —Tras aquella repentina afirmación el anciano prorrumpió en una carcajada violenta y estentórea. —Es una broma, —aclaró una vez se hubo recuperado de las risotadas, —pero el objetivo es similar, esclavos, nuevos acólitos que no cuestionen nada, mano de obra, fieles de un dios renacido.
—Comprenderá que todo lo que me está contando resulta de difícil, por no decir, de imposible digestión. —La joven se colocó el mechón tras la oreja antes de proseguir. —Pienso que me está tomando el pelo. Se burla de mí acuciado por su propio aburrimiento.
—Ojalá fuese así de sencillo. —Confesó Feraud. —Créame, todo esto comenzó hace bastantes años, aunque para la inmensa mayoría de las gentes pasó completamente inadvertido.
—¿A qué se refiere? —Quiso saber la joven.
—El solapamiento temporal, eso que algunos paranoicos de la conspiración denunciaron se estaba produciendo, —el hombre sonrió divertido, —para una vez que acertaron nadie les hizo ni puñetero caso, pero pasó, vaya si ocurrió.
La joven suspiró desencantada, no era la primera vez que se encontraba con algún lunático que intentaba explicar sus limitados conocimientos urdiendo una siniestra y deslavazada teoría, explicaciones fantásticas a cuestiones mundanas propias de la ciencia.
—Muy bien, —terció Daniela con la única intención de marcharse cuanto antes, —va siendo hora de dar la visita por conclusa, la electricidad parece no tener ninguna prisa por regresar. Si nos es posible ya retomaremos este asunto en otro momento.
Al profesor se le demudó el rostro, parecía ser consciente de la impresión causada, no llegaba a entender cómo el rosario de verdades vertidas no espoleaba el ánimo de la muchacha.
—Ya veo, no me cree, piensa que he perdido la chaveta, ¿verdad?
Daniela sabía que contravenir frontalmente los delirios de un demente no resultaba ser lo más favorable, a pesar de ello optó por la franqueza. El profesor, pese a encontrarse sumido en cábalas y subterfugios irreales, no dejaba de ser una persona preparada.
—Convendrá conmigo que cuando menos, esas teorías, resultan sumamente fantásticas.
—Vale, tiene razón, —admitió conciliador Feraud, —le rogaría me acompañara a una sala contigua al despacho, tan solo nos llevará unos pocos minutos, desearía enseñarle algo antes de que se marche.
La muchacha aceptó con gesto resignado a acompañar al profesor al lugar indicado. Evidentemente feliz el anciano se incorporó dirigiéndose nuevamente al pasillo por el que habían llegado, varios carteles amarillos y con letras en negro advertían de que se encontraban en un espacio restringido. Solo el personal de nivel uno, rezaba la leyenda de los letreros, podía transitar por aquella zona. El corredor finalizaba frente a una amplia puerta de dos batientes, Feraud empujó uno de ellos y accedieron de inmediato a un salón completamente iluminado, los apliques que se distribuían por las paredes esplendían vivamente. Al parecer aquella zona se alimentaba de energía eléctrica procedente de otra fuente.
Los sofás allí colocados, los sillones amplios y cómodos, y el par de mesitas bajas sobre las que descansaban algunas revistas y semanarios, le hicieron comparar a Daniela a aquel lugar con la sala de espera de una clínica dental. Al fondo de la estancia una nueva puerta, con un piloto luminoso apagado sobre el vano, esperaba que el profesor la abriera.
—Aquí es, —dijo señalándola con la mano, —tal vez una vez contemple lo que hay en su interior me crea.
El profesor la abrió y entró de inmediato, lo primero que Daniela pudo comprobar fue como el aspecto de aquella habitación era idéntico a la que visitara el día anterior, eso sí, con menos sillas y con la puerta del cuarto de baño ligeramente abierta. Otra peculiar característica la hacía diferente, el cuarto se abría hacia otra dependencia, la muchacha distinguió de soslayo en el interior de ésta los pies de una cama y el lateral de lo que supuso era un armario. Según avanzaban en esa dirección Daniela comprobó como, en un lado del lecho, alguien permanecía sentado de espaldas a ellos absorto en la contemplación de las moles de hormigón que permitía ver una ventana de verdad. Feraud carraspeó antes de comenzar a hablar.
—Buenas tardes, —deseó al individuo que le daba las espaldas, —¿cómo nos encontramos hoy?
El hombre se giró, a la joven lo primero que le llamó poderosamente la atención, cuando pudo verle más de cerca, fue el color y la textura de la piel. Cenicienta, gris mate, sin brillo o lozanía alguna.
—Mejor. —Se limitó a informar el desconocido.
—¿Recuerda algo? —Insistió el profesor.
—No, lo siento. Apenas si soy capaz de intuir la utilidad de algunos de los objetos que hay en la habitación. —Afirmó señalando con un gesto el termostato del aíre acondicionado colocado en la pared.
—Tenga paciencia, —le recomendó Feraud, —poco a poco los recuerdos volverán a entretejerse dentro de la cabeza. Y ahora, si nos disculpa, tenemos que marcharnos.
Tras salir del pequeño apartamento el profesor cerró la puerta y comprobó, con varios giros de muñeca, que había quedado completamente atrancada.
—¿Un “recuperado”? —Preguntó de inmediato Daniela.
—Exacto, y no uno cualquiera, ¿no le ha reconocido?
La muchacha negó con la cabeza, lo único que era capaz de recordar eran sus ojos, demasiado oscuros y profundos para ser reales.
—Es Jakob Hoffnield, —ante el gesto de desconocimiento de la joven el profesor insistió, —el músico, el insigne compositor.
—Murió hace apenas…
El anciano la interrumpió, la mirada de Daniela parecía ausente, como si fuese incapaz de deglutir toda la papilla que acababa de recibir.
—Tranquila, no intente comprender nada, —le aconsejó Feraud, —aunque en realidad no hay mucho que intuir. Aún le quedan seis días de estancia, nos volveremos a ver y podré ponerla al corriente de todo lo que está sucediendo. No hay prisas, cuando sea consciente entenderá que en el fondo da igual.
Como si una mano invisible hubiese accionado un interruptor, el fluido eléctrico fue prendiendo luces en los pasillos por arte de un intangible efecto dominó, la claridad iba fluyendo por los corredores despertando puertas hasta entonces inexistentes y multitud de salas y dependencias quiméricas. Feraud, antes de meter la cabeza en el interior de su despacho, señalando hacia adelante guió a Daniela.
—Siga las indicaciones verdes, le llevaran hasta el salón de ingreso al edificio. No tiene pérdida.
Mientras la muchacha caminaba buscando la salida, no dejaba de rumiar toda la sarta de sandeces que el profesor le había ido exponiendo. Le resultaba incomprensible imaginar cómo, uno de los departamentos más importantes de todo aquel entramado, podía estar supervisado y en las manos de semejante chiflado.
Tras numerosas vueltas y el ascenso por varios tramos de escaleras, del ascensor había abjurado gracias a los sabios y contrastados consejos de Feraud, Daniela se encontró por fin en el salón de la recepción del edificio. Afuera continuaba lloviendo, aunque con menor ímpetu y prodigalidad. Solo debía salir a la acera para que el vehículo a ella destinado acudiera en su busca de inmediato. Así fue, el pequeño automóvil se detuvo y aguardó paciente a que la presión de las nalgas de la muchacha sobre el asiento le indicaran que podían partir.

El paisaje hasta el hotel resultó bastante novedoso, contemplar los edificios a través de la lluvia y con la pobre iluminación que prestaba un cielo fuertemente encapotado, convertían el lugar en un espacio distinto e igualmente irreal. Recordó que en la tesis había incluido, como elementos que pretendían normalizar el lugar y con ello hacerlo más cotidiano, la autorización primero, y la posterior expedición de licencias para la instalación de algunos comercios, pero en todas sus idas y venidas no se había topado con ninguno. Debía preguntarle a Cazorla, el arquitecto que le mostró el departamento y la engatusó para que solicitara una prolongación de su estancia. Aquella reflexión, el recuerdo de los técnicos con los que había tratado, le hizo percatarse de que algunas de sus peticiones originales no le habían sido concedidas. Había visitado el lugar previamente en tres o cuatro ocasiones, siempre con un salvoconducto que apenas abarcaba las horas necesarias para poder realizar la gestión precisa. Fue entonces cuando le pareció que los edificios crecían de una forma casi mágica. Aún no conocía nada de los módulos ensamblables, se limitaron a entregarle unos catálogos donde se explicaban algunas características técnicas del novedoso sistema y nada más. Tal vez las entrevistas realizadas no dejaban de ser un filtro, una forma de catalogarla y de definir sus intenciones. Desde ese punto de vista quedaba claramente explicado el ofrecimiento de una ampliación de la estancia y esa insistencia de Cazorla para que enviara la petición cuanto antes, y la seguridad mostrada por el arquitecto de que sería, sin duda alguna, admitida sin restricciones. Daniela sonrió divertida. Las ocurrencias de Feraud también quedaban explicadas, ese hombre era el filtro que evitaba el acceso de paranoicos conspirativos. Aquellas conclusiones le hicieron sentirse más relajada. Llovía. El gris se extendía por todos lados. pero el silencio, la tranquilidad que brotaba en cada plaza, en cada rincón, aunque lograda de una forma artificial y posiblemente accidental, aplanaba el ansía del alma, mitigaba la desazón del espíritu.
Buscó, en uno de los bolsillos de la pequeña mochila que llevaba colgada del hombro, la respuesta positiva a su petición que le entregaron en la recepción del hotel. En ella se detallaban los siete días prolongados y las actividades programadas para cada uno de ellos, el técnico que le acompañaría y el lugar y hora exactos del encuentro. Todo era fácil allí, fácil y maravillosamente relajado. Daniela suspiró satisfecha.

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