# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez. “Tarde del Día Segundo”.


#Tarde del Día Segundo#.

Había dejado la bolsa en el recibidor, Pablo no se encontraba en la casa, las tres vueltas de llave y las persianas medio bajadas así lo atestiguaba. La prioridad era tomar una ducha, el olor indefinido a sustancias químicas persistía como una condena odorífera. Dejó el portátil sobre la mesa del despacho, descargaría las fotos después y, a la noche, tranquilamente las iría visionando una por una, retocaría aquellas que lo precisasen y elegiría las mejores, el resto las clasificaría en una carpeta cuyo nombre haría referencia a origen y fecha. Para Gastón resultaba imprescindible que la vida se mostrara ordenada y perfectamente etiquetada. Perder el tiempo buscando infructuosamente le sacaba literalmente de quicio. Alzó la persiana del salón y miró fuera, los automóviles, a esa hora, eran un río de almas empaquetadas en metal, rostros desfigurados por el pasar de las horas frente al mostrador, la máquina o la mesa de estudio. Se descalzó, se quitó toda la ropa doblándola innecesariamente para, después, introducirla dentro de la lavadora. Cogió el petate y como un sabueso olisqueó el interior. Repugnante e intenso olor químico. Desnudo se introdujo en la cocina y se puso a rebuscar en uno de los armarios inferiores, con el rostro iluminado por el hallazgo tomo un espray de ambientador con olor a pino y, sin consideración ni sentido de la medida, oprimió la válvula del aerosol embocando el nebuloso caño hacia el interior de la mochila hasta que el exceso de agujas de pino le hizo toser medio asfixiado. Aturdido abrió la ventana intentando que el falso vapor de conífera enlatada se diluyera, un huracán de motores y voces ascendió desde el asfalto y vago por la estancia llenándola, invadiendo cada resquicio libre. El ruido aquel le resultó insoportable. Cerró bruscamente el batiente y se quedó mirando su propio reflejo sobre el cristal. Tenía ojeras.
Mientras el agua le recorría todo el cuerpo, absorto y concienzudo, se frotaba la piel fuertemente con una manopla de fibra vegetal. Parecía querer arrancarse el olor junto con su propio pellejo. Escuchó entre el aguacero de la ducha la puerta de la casa al cerrarse y la voz de Pablo recorriendo el salón hasta detenerse junto al baño.
—¿Qué tal el reportaje? ¿Todo bien? —Las preguntas sobraban.
—Perfecto. —Se escuchó a sí mismo decir. —Aún tengo que visionarlo.
—Y aquello, ¿es interesante?
Calló consciente de ello. El agua penetraba por los oídos y una pantalla insonora y submarina vino en su socorro.
—¡Joder! —Gritó malhumorado.
—¿Qué te ocurre? —Preguntó alarmado Pablo.
—La puta espuma se me ha metido por los oídos.
Después fue la moraleja, la tía Aurelia y su operación de tímpano perforado, un glosario de injertos y de las maldades ocultas que se desprenden si insistimos en mantener agua, sin excusa justificada, dentro de las orejas.
Gastón salió de debajo del agua con la cabeza ladeada y oprimiendo una toalla contra la cara. Leves golpes, falsos intentos por desalojar un líquido inexistente del interior del oído.
—Déjame ver. —Se ofreció Pablo. —Tal vez con un bastoncillo…
—No te preocupes, —le tranquilizó Gastón, —parece que ya ha salido.
Ambos se besaron, un roce apenas entre la toalla sobre el hombro y el cuerpo que medio resbala al buscar apoyo en los baldosines. Ninguno de los dos quiso pensar, obviaron sacar conclusiones.
—Julián nos espera esta noche, —anunció de repente Pablo, —su cumpleaños, piensa celebrarlo en el bar que estuvimos la otra noche, el de la decoración expresionista.
Ambos rieron.
—¿Estás cansado? Si no te apetece podemos poner cualquier excusa.
—Ni loco, no querría exponerme a su ira, ya sabes cómo se las gastas Julián. —Respondió Gastón mientras iba eligiendo con cuidado la ropa que previsiblemente luciría en la fiesta.
—Cogemos un taxi ¿no? —Planteó Pablo. —Quiero beber sin límite, sin control, necesito esa terapia que recomienda Lucía de alcohol, baile y promiscuidad. El tríptico perfecto.
—¿Qué tal esta camisa? —Quiso sabe Gastón.
—Perfecta, te hace más delgado.

El automóvil se desplaza por las avenidas descomponiendo las luces en una amalgama multicolor. Anuncios luminosos se reflejaban sobre la chapa del taxi, la emisora de radio, apenas audible, lanzaba en sordina el noticiario. Los repartidores de comida a domicilio se jugaban la vida deslizándose entre los autos, un sonsonete ruidoso les empujaba a través de las calles llevando a aquellos ángeles gourmet casi en volandas. Pablo miraba el móvil, el reflejo de la pantalla le iluminaba el rostro, de vez en cuando tocaba la superficie y un sonido oclusivo y burbujeante dibujaba falsas chiribitas dentro del habitáculo. Gastón se palpó el bolsillo del pantalón, debían ser alrededor de las diez y media, Daniela no le había llamado y a esa hora, lo más probable, es que ya estuviese en casa. En cuanto se detuvieran la llamaría, quería hacerlo antes que fuese más tarde, no deseaba pillarla en la cama. Su pareja continuaba ensimismado frente al celular, escribía con sus finísimos dedos sobre el teclado a una velocidad de vértigo. Envidiaba aquella agilidad dactilar, sacar la tarjeta de memoria de la cámara fotográfica le resultaba siempre una labor compleja y de desigual resultado. Lo normal era que la diminuta ficha terminase volando por los aíres y aterrizando bajo algún pesado mueble. Pablo giró la cabeza y le sonrió para, de inmediato, abismarse nuevamente en el pozo brillante del celular. Los escaparates continuaban mostrando su algoritmo de consumo, la pauta imperante.
El vehículo se detuvo lentamente, cuando descendieron las aceras se hallaban repletas de gentes que, como Pablo, buscaban olvidarse de sí mismos. Mientras recorrían los escasos metros que les separaban del local, Gastón recordó las limpias avenidas, el silencio calmo de un ritmo detenido e inexistente, la paz tóxica con olores indefinidos. En realidad, como afirmaba Daniela, allí todo resultaba excesivamente perfecto. Sacó el teléfono del bolsillo trasero del pantalón y pulso la tecla que le comunicaba con la muchacha. Los tonos se sucedieron, un titilar sonoro e íntimo en mitad de la más estridente algarabía. Sin respuesta. los bufidos se sucedieron hasta agotarse. Detenido en mitad de la calle, Pablo, con la mirada, le urgía a darse prisa.
—A este paso, para cuando lleguemos, se habrán comido por entero la tarta. —Afirmó en mitad de una sonrisa.
Gastón le devolvió el gesto mientras en su interior se pregunta qué demonios se le había perdido en aquella fiesta.
En la puerta del local fumaban algunos jóvenes de aspecto lánguido, su mirada se cruzó con un par de ellos, creyó reconocer unos ojos levemente turbios que le arrastraron de repente hasta el aparcamiento de un centro comercial cercano. Miró para otro lado, Pablo resultaba especialmente sensible y dotado para detectar, de un solo vistazo, antiguas aventuras. El interior del bar se encontraba atestado de gentes, desde el fondo, en una especie de reservado, un manojo de alaridos amigables llamó insistentemente su atención. —¡Por aquí!— Gritó un coro de voces conocidas. —¡Daos prisa, vamos a brindar!— En ese instante Pablo le recordó mediante gestos excesivos y con los ojos exageradamente desorbitados, que habían olvidado el regalo de Julián en el dormitorio. Imperdonable, dos días de búsqueda intensiva se iban a la mierda, el rostro de su pareja mostraba un enfado conocido, una dialéctica de gestos repetidos que, siguiendo un orden ya establecido de ante mano, reprochaban el tiempo invertido en la búsqueda de algo especial, a ser posible terriblemente original, su posterior hallazgo, ¡Eureka!, el consiguiente abono del objeto y la selección del envase o envoltorio en el que sería entregado, última cuestión nada baladí, sobre todo para Pablo.
Sorteando una marejada de musculados cuerpos y de sonrisas parlantes, ambos llegaron al ilusorio pantalán del reservado. de inmediato alguien le puso en la mano una copa de cava de un color extrañamente rosado, mojó los labios, tenía la garganta seca. Demasiado dulce.
Todos gritaban como poseídos, brindaban, transmitían deseos de eterna alegría y… que cumplas muchos más. Alguien parapetado tras la barra hizo descender la intensidad de la luz y desde el fondo del local el resplandor de un número indeterminado de velas comenzó a avanzar hacia el reservado. Julián reía emocionado, sus ojos comenzaron a brillar cuando la canción aquella, la que pertenecía a Samuel y él en exclusiva, comenzó a sonar atronadora. “You don´t own me”. La melodía con la que se conocieron hacía hoy justamente dos años y que supuso para ambos el comienzo de la vida en común. —Nosotros no tenemos una canción ni nada que se le parezca. — Se repetía Gastón como una máquina averiada. La voz de Lesley Gore resultaba atemporal, era como si aquella época, esa que a ninguno de los allí presentes pertenecía, hubiese formado por siempre parte de sus vidas. Pablo le miró, en sus pupilas se apreciaba una pequeña dosis de arrepentimiento, un dolor dulce que la melodía alentaba y enaltecía. Gastón sorprendió a su propio rostro reflejado en uno de los espejos cuyos marcos se deshacían en ángulos aserrados y quebrados, dolientes de falso expresionismo. ¿Qué diablos hacía allí en medio? Julián soplaba las velas ante el clamor general y Pablo, recuperado por completo de aquel arrebato de dulzor, con un gorro que alguien le había colocado sobre la cabeza, como un césar urbano lanzaba al aíre parabienes y deseos de larga vida y prosperidad. Aquella escena, lejos de despertar en el fotógrafo justas pretensiones de ser motivo de ejemplo a seguir, de logro personal a imitar, producía un rechazo intenso, un profundo sentimiento de repulsión visceral. —Estúpidos. —Se repetía incansable. —¿Qué alimentaba ese odio hacia todo lo que en apariencia parecían ser muestras de felicidad y plenitud? No deseaba volver la cabeza y que una respuesta, clara, explicable, se dibujara entre recuerdos ya olvidados y, justamente, acabados. No, no le bastaba el común denominador, ese término medio que para tantos era el objetivo por cumplir, la norma vital donde se desenvolvía la cordura institucionalizada. La familia nuclear tradicional era el enemigo y, aquellos dos imbéciles, junto con el caniche, aspiraban a recrearla, aunque a la vista de los guardianes de la normalidad el resultado conseguido solo fuera un remedo de lo real, un burdo pastiche de fantoches, un engrudo intragable.
El olor a alcohol era una nube que ascendía desde el suelo y se impregnaba en la ropa, en el pelo. Se sentía un extraño en mitad del improvisado baile que algunas parejas comenzaron a ejecutar. “You don´t own me”. No, no se tenía a sí mismo. Cogió uno de los chupitos multicolores que rellenaban una bandeja y, de un solo golpe, dejó caer su contenido garganta abajo. Alguien le ofreció un plato de plástico conteniendo un exiguo pedazo de tarta, tiramisú junto a un tenedor ridículamente pequeño. Comió un trozo que ayudó a deglutir con la ayuda de un bicolor e intenso trago. Mirar la escena que se desarrollaba ante sus ojos impresa en los espejos le situaba fuera de la acción, era como visionar un telefilm, uno de esos numerosos capítulos que conforman una serie televisiva. Repetida, alargada innecesariamente. El alcohol no ayudaba, más bien engrandecía el descontento, la ira profunda que le devastaba por dentro. Apuró dos chupitos al unísono, uno, dos, algunos de los allí convocados le miraban con extrañeza y Gastón, al sentirse observado, juzgado, se limitaba a sacarles la lengua mostrando el dedo corazón enhiesto y tenso. —Iros a la puta mierda. —Vociferaba lo suficientemente alto como para que, el sorprendido observador, le escuchara con absoluta claridad y se apartara espantado. En la distancia, atentamente, Pablo seguía el conocido proceso de degradación paulatina sin intervenir. No era la primera vez, ni mucho menos. Cualquier intromisión hubiese supuesto una explosión, un reventón de ira incontenible. El conocido proceso parecía ir cumpliéndose con exquisita perfección, ya solo quedaba que, en un arranque final, buscara la puerta del local y huyera en soledad a lamerse sus recién reabiertas y viejas heridas. Como si de una premonición inquebrantable se tratara, una intensa necesidad de abandonar el local le fue ganando la voluntad a Gastón, sin despedirse de nadie, sin anunciar su intención a Pablo, se fue escabullendo en dirección a la puerta. Antes de salir a la calle miró por vez última el espejo donde la vida se exponía y desarrollaba. “You don´t own me” le recordó por última vez Lesley Gore.

El aíre del exterior le abofeteó la cara, hundió las manos en los bolsillos y caminó sin dirección concreta por la acera, no deseaba volver el rostro para mirar hacia atrás. Allí, en la puerta, los jóvenes lánguidos continuaban fumando a la espera de que el aforo mermara y les dejaran entrar. Escuchó unos pasos tras los suyos, un repiqueteo espaciado amoldándose a su propio ritmo. Sacó del bolsillo trasero el móvil y encendió la pantalla, ninguna llamada perdida, Daniela no le necesitaba. Cuando alcanzó la esquina de la manzana, nada más rebasarla, se detuvo y apoyó las espaldas contra la fría pared. El lugar se encontraba en penumbra, apoyó el codo en un viejo arcón metálico, en su interior se escuchaba el cliqueo de temporizadores y relés acompasando las luces ámbar del tráfico. Esperó conocedor del futuro inmediato. Los ojos turbios, aquellos aguardados, se detuvieron frente a los suyos, la languidez de la juventud se dejó arrastrar por su brazo y ambos se encontraron bebiéndose con violencia, boca a boca, bragueta contra bragueta. La posesión como venganza contra la vida, el exceso de los gestos, las manos aferrando el desespero con desmedida potencia. Recordó un poema de Allen Ginsberg, “Please Master”.
No recordaba el nombre del muchacho, posiblemente jamás lo supo. Se dejó besar y lamer falsamente entregado, la oreja, desde el cuello hasta el pecho mientras aguardaba confiado en el ritual final. Le tomó el rostro entre sus manos antes de perderle, mucho antes de perderse, como quien sostiene un trofeo, un bello jarrón delicado. El joven sin nombre le aferró las caderas, un noray desde el que columpiarse y, doblando las rodillas, se fue deslizando vientre abajo, avenidas de los muslos, plazas de los párpados que se cierran y el torbellino del cabello varonilmente segado. Arrodillado frente a su cintura le tomó con los labios, “…puedo arrodillarme a sus pies”, el sin nombre le hizo comprender el valor preciso del silencio, esa añoranza desconocida. La luz roja se tornó ámbar y la noche se entregó violenta como solo, a veces, saben hacerlo los gatos.

Sin despedirse siquiera, buscó la luz que una farola proyectaba contra la acera, allí se detuvo oscilando como un metrónomo averiado. Se balanceaba hacia los lados midiendo rítmico un tiempo alterado e impersonal. Necesitaba un taxi que le devolviera a su cueva. La fortuna y la escasez de trabajo hizo que uno se detuviese cerca y, sin dudarlo, abrió la portezuela y se introdujo dentro. Recitó como un niño bueno la dirección de su casa y el automóvil se puso en movimiento. El exterior era una imagen continua que se deshacía como cera derretida para volver a reconstruirse de inmediato adquiriendo formas diversas. Coches, escaparates, anónimos viandantes se fusionaban con los reflejos y nacían formas nuevas, perros, atletas en coloridas mallas, un auto de policía, una ballena blanca que resultó tener un vientre de ambulancia. Gastón sonreía hechizado mientras un hilo de baba se le desbordaba por la comisura de la boca. Cuando creyó reconocer la calle en la que vivía, buscó la cartera para abonar la carrera, el roce de los dedos con el móvil le hizo recordar a Daniela, aún no había volcado las fotografías en el portátil.
Una vez se encontró a salvo de caídas y vómitos extemporáneos en el interior de la casa, de forma compulsiva se dirigió de inmediato al despacho taller, conectó la cámara fotográfica al portátil y comenzó a descargar las instantáneas una tras otra. El fichero se fue llenando progresivamente hasta que el sistema le indicó como la transferencia de datos había concluido exitosamente. Abrió la carpeta dispuesto a visionar algunas de las imágenes capturadas. La fotografía primera parecía dañada, tal vez la había realizado con alguno de los filtros adquiridos recientemente, aunque no recordaba en absoluto haberlos usado para ese trabajo. La siguiente instantánea adolecía del mismo mal. La imagen era perfecta, sin zonas borrosas ni tenues, pero el resultado en su conjunto resultaba extraño. Parecían dibujos, perfectos, con sus sombras volumétricas acrecentando la sensación dimensional de profundidad. Era como si las imágenes hubiesen sido realizadas con un tiralíneas. Daniela le iba a matar. Tal vez empleando un programa de edición podría salvar algunas, implementarles un colorido más intenso, difuminar oscuridades, dotarlas de algo más de vida. Siguió visualizando fotografías intentando localizar una que le tomó a Daniela en un momento de descuido, pasó por encima de ella sin reconocerla y tuvo que dar marcha atrás para poder visualizarla. El efecto era aún más incongruente, el rostro de la muchacha parecía ejecutado a carboncillo. No, no se trataba de filtro alguno, los efectos eran completamente distintos, bellos a su manera, pero inservibles para un trabajo técnico sobre arquitectura. Tal vez las sustancias químicas que, sin ninguna duda flotaban en el aíre, habían dañado la tarjeta de memoria o simplemente alterado el resultado de alguna extraña manera. Bufó contrariado. El alcohol comenzaba a disiparse de su cuerpo y en el hueco dejado se asentaba un punzante dolor de cabeza. Tenía que dormir, Pablo no llegaría de madrugada. Como acostumbraba a hacer cada vez que surgía una noche de peregrinación individual, evitaba regresar a la casa inmediatamente después de Gastón. Hacerlo cuando aún el fotógrafo deambulaba por la vivienda preso de ira era prolongar un conflicto en el que él no había tenido parte. Hasta después de completar su jornada de trabajo no aparecería.
Tomó nuevamente el teléfono y como un invidente se lo pegó por completo a la cara, no, no había señal alguna de Daniela. Dormir, una ducha, por ese orden, ingente cantidad de cafeína y ponerse de inmediato a intentar salvar alguna fotografía. Eran las cuatro y media, con cinco horas de sueño tendría bastante, así le daría tiempo de llevar a cabo la misión de rescate digital sin la intromisión de Pablo. Tener que explicar lo incomprensible podía ser motivo de disputa. Dormir, ante todo dormir.

La tarde y Pablo le sorprendieron con la cabeza contra la mesa rodeado por varios cientos de fotografías esparcidas por el tablero y el suelo. Su rostro acusaba el cansancio, esa extenuación que otorga la frustración.
—¿Qué ocurre?
—Ninguna salvable, trescientas treinta y siete fotografías y ni tan siquiera una se libra de la hoguera. —Respondió Gastón abatido.
Pablo cogió un grupo de fotos de los muchos que se amontonaban por todo el entorno, las fue mirando una tras otra, su compañero estaba en lo cierto. Imágenes formadas por líneas, trazos precisos mostrando edificios de aspecto idealizado, la imagen publicitaria de un grupo constructor o una inmobiliaria. El cartel de una maqueta.
—¿Culpa de la cámara? —Aventuró Pablo.
—No, la he probado hace unos minutos, aquí mismo, desde la ventana.
Una imagen, como un urbano fondo de pantalla, se mostraba en el ordenador. Era la calle de abajo, las copas de los árboles polvorientos de mayo, pedazos de acera entre las ramas y las cabezas de los transeúntes que caminaban ajenos al objetivo, el lateral de un automóvil descompuesto por el movimiento.
—La tarjeta entonces. —Insistió su compañero.
—Nada de eso, no puedo imaginar qué diablos ha ocurrido. —Tomó una de las fotografías que se amontonaban en la mesa y se la ofreció a Pablo. —Mira ésta.
El hombre la tomó entre sus manos, en su rostro se fue esculpiendo un gesto de contrariedad y asombro.
—¿Daniela? Se parece a ella, pero…
Gastón asintió con la cabeza, estaba de acuerdo en aquel juicio que Pablo dejaba abierto. La fotografía mostraba un rostro emborronado, una imagen dibujada al carboncillo. Las sombras que conformaban sus ojos, los huecos en blanco perfilando brillos o reflejos, formaban una faz semejante a Daniela, parecida a ella, pero al mirarla, al insistir en descifrar quién se escondía tras el insinuado semblante, una desconocida se asomaba a los ojos del observador, una anónima persona se deslizaba y el rostro se transformaba pacientemente en otra persona.
—Un efecto óptico, pensé en un primer momento, —anunció Gastón, —la fatiga de los ojos al insistir en mirar intensamente, una perversión de la vista, pero no, una vez muta, esa cara se mantiene impresa sobre el papel. Compruébalo tú mismo.
—Llámame si quieres cobarde, —admitió Pablo mientras rechazaba el ofrecimiento, —pero esas mierdas no me gustan. Y menos aún si vienen de allí, de aquel sitio antinatural. Ni de coña.
Gastón sonrió cansado mientras continuaba mirando una de las copias del mutable rostro de Daniela. Ahora era una niña quién desde las sombras, con ojos serenos, sonreía maliciosa.
—La he llamado sesenta veces, —informó exagerando, —no responde al teléfono.
—¿Quieres que te lleve a su casa?
—Ya he estado, al mediodía me acerqué hasta su apartamento, no se encuentra allí. —Advirtió el fotógrafo. —La presiento recorriendo aquellas amplias avenidas, paseando por esos jardines domeñados, por las limpias y pulcras aceras. Bebiendo, aspirando el aroma químico que todo lo impregna.
Era evidente, Pablo le escuchaba, amable, comprensivo, más no deseaba saber. Nombrar el lugar, las características que lo definían, le abrumaba. Un poso ácido se le alojaba en la cabeza, un miedo ancestral y profundo le obligaba a mover la pierna nerviosamente, compulsivo.
—¿Qué piensas hacer? —Se interesó Pablo.
—¿Con las fotos o con Daniela?
—Con ambas, las dos.
—Nada, no puedo por el momento hacer nada, ya pensaré en algo. —Respondió resignado Gastón.

2 Comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s