# S I L E N T I UM # por M. Martínez Fdez. “Día Segundo”.

#Día Segundo#.

Antes de encontrarse con el responsable de la corporación asignado para mostrarle uno de los apartamentos, Daniela decidió acompañar a Gastón hasta el apeadero del suburbano. El joven parecía feliz de abandonar definitivamente aquel escenario perverso. Sus ojos habían vuelto a florecer y una luz, una chispa distinta, parecía iluminarlos.
—Podrías venirte conmigo, —propuso el joven, —tan solo te permitirán ver la habitación y sus instalaciones, recuerda que prohibieron rotundamente que se hicieran fotografías.
—Es tentadora la oferta, —reconoció la mujer, —pero necesito contemplarlas por mí misma, nada de dibujos idealizados, quiero experimentar qué se siente en el interior de esos cubículos.
—Esa excusa suena a obsesión.
—En absoluto, —desmintió categórica, —solo deseo hacer las cosas bien, no resulta igual contemplar una fotografía, o incluso una veintena, a encontrarse dentro de la estancia y percibir la luz, las sombras que darán forma al interior…
—Tú sabrás. Te recuerdo que no hay ventanas —Se limitó a responder Gastón.
Conscientemente Daniela había omitido hablar del episodio sucedido la noche anterior, en cualquier caso, hubiese sido incapaz de narrarle, con cierta coherencia, todo lo ocurrido durante aquellas horas de vigilia y las conclusiones a las que había llegado posteriormente. Hipótesis que a la luz de aquel maravilloso día le parecían peregrinas y ridículas.
Sentados en el andén, mientras el vehículo sin conductor aguardaba en soledad en el aparcamiento, Gastón insistió, esta vez con argumentos que a la propia muchacha le resultaron extraños y carentes de una base justificada. Una alarma profética parecía presidir sus palabras.
—No puedo llamarte siquiera, si te sucediera algo…
—Siempre puedes contactar con la recepción del hotel, —respondió previsora, —no seas ave de mal agüero, ¿qué podría ocurrirme?
Los ojos del muchacho, nuevamente cenicientos, buscaron el suelo y se detuvieron a contemplar las cuadrículas que el pavimento componía. Perfectas, exageradamente perfectas.
—Por cierto, ¿de qué hablaste con la recepcionista esta mañana? —Quiso saber el joven fotógrafo.
—Una tontería, preguntaba por si alguien había encontrado una bufanda que he perdido.
—¿Una bufanda? En pleno mes de mayo has traído una bufanda. —La repetición de la palabra torturaba el ánimo de Daniela.
—¿No puede una tener vergonzantes secretos? —Mintió con gesto azorado. —Desde pequeña duermo con ella, la traje por si el insomnio se hacía crónico. Una niñería, un malsano hábito que alguna vez desterraré de mi vida. Eso es todo.
—¿La encontraron? —Preguntó interesado el muchacho.
—No, nadie la ha visto por ningún lado.
—Pues ahora es el momento preciso, no la busques nunca más. —Aconsejó Gastón. —Bueno, ahí llega el suburbano…
Ambos se incorporaron y se abrazaron en señal de despedida. Daniela sintió como los brazos del fotógrafo se demoraban en el tiempo ciñéndola más de lo normal. Percibía aquel adiós como si fuese definitivo. Una desazón inexplicable le comenzó a agarrotar el corazón, una congoja infantil le llenó los ojos de lágrimas.
—Pero bueno, —exclamó sorprendido Gastón, —que no es para siempre, a lo más tardar nos veremos mañana o pasado.
—Es el sol, —volvió a mentir Daniela, —esta claridad me tortura los ojos.
—Siempre fuiste una ratona de biblioteca. —Afirmó sonriente el joven. —El exterior te fulmina, es la gran desventaja del vampirismo intelectual.
El suburbano emitió un pitido sordo y oclusivo reclamando atención, una luz anaranjada parpadeaba insistente anunciando la inminente partida de la máquina.
—Cuídate. —Le deseó la muchacha.
—Si la encuentras tira la bufanda. —Le recomendó el joven.
El muchacho subió al vagón y empujando con la pierna la maleta que transportaba, la colocó justo a su lado. Las puertas se cerraron en absoluto silencio. El reflejo de las moles mastodónticas de cemento se imprimió en el vidrio borrando la faz del fotógrafo, apenas unas líneas imprecisas atestiguaban que en el interior se encontraba alguien agitando la mano. El convoy se puso en movimiento sin que se percibiera el más mínimo ruido y tras aumentar progresivamente la velocidad, se perdió por la plateada y paralela senda que conducía a la ciudad.
Daniela se sentó en el banco de piedra, el sol creaba sombras sobre el suelo filtrándose a través de las vigas decorativas que cubrían la techumbre del andén. Ahora si estaba sola. Completamente sola.
El vehículo eléctrico se accionó sin que nadie lo hubiese solicitado y, tras abandonar el aparcamiento, se detuvo frente a las escalinatas que accedían al apeadero. La muchacha se incorporó abatida, no estaba segura de sí su decisión, continuar en aquel inhóspito lugar, era la acertada. Resignadamente penetró en el interior del pequeño automóvil y se dejó llevar a través de las desiertas avenidas.

El encargado de mostrarle uno de los apartamentos le esperaba delante de un edificio de reciente construcción. Algunos adhesivos, pegados a los cristales de los bajos del bloque, así lo atestiguaba. El hombre, correctamente trajeado, al igual que lo hiciera el arquitecto, se adelantó a su encuentro nada más vio llegar al vehículo en la lejanía. En pie, marcial y derecho, aguardó paciente las maniobras de aparcamiento, lentas, precisas y exactas.
—Cazorla, Luis Cazorla. —El hombre extendió la mano y girándose señaló al edificio situado a sus espaldas. —Aquí mismo es, apenas terminado y ya se han vendido los apartamentos casi en su totalidad.
—¿Tan fuerte es la demanda? —Preguntó Daniela pretendiendo parecer interesada.
—Más aún, la mayoría de las ventas se realizan sobre plano, son todos casi iguales, pequeñas variaciones que no afectan al espacio ofertado.
Penetraron en el portal, el aspecto interior era similar al del recibidor de las oficinas de la corporación urbanística, aunque de un tamaño bastante más reducido. La utilidad real de aquel espacio era nula, ni buzones, ni cuarto de limpieza o telecomunicaciones, tan solo un armario empotrado en la pared donde se localizaba los elementos de la instalación eléctrica y bajo el hueco de las escaleras un minúsculo cuarto de motores.
—Como podrá apreciar el ahorro de espacio resulta fundamental. se han eliminado todos aquellos servicios que nada tienen que ver con este tipo de construcciones, no olvidemos que no se trata de una vivienda al uso.
El ascensor accionó su muda puerta invitando a ser utilizado.
—Nos dirigiremos a la tercera planta, las dos primeras ya se hayan ocupadas. —Advirtió el señor Cazorla.
—¿Ya se han vendido? —Quiso saber la muchacha.
—Por supuesto, vendidas y ocupadas. —El hombre observó el gesto de Daniela, sus ojos extrañamente abiertos, los labios levemente separados, el mechón sobre la frente tocándole la nariz. —Presiento que nunca ha visto a un “recuperado” ¿Es así?
La muchacha negó con la cabeza sin dejar de mostrar aquel gesto infantil de asombro.
—Nunca. —Confesó escueta y rotunda.
—No hay nada que temer. —Aseguró displicente. —No tendría inconveniente en mostrarle a uno de ellos, pero como puede imaginar, no estoy autorizado. Cada cubículo no deja de ser una propiedad privada, algo así como una embajada, terreno inviolable, lo que por otro lado resulta perfectamente comprensible.
El elevador se detuvo en la tercera planta, un fuerte olor químico invadió el camarín cuando la puerta se hubo abierto. Un pasillo igual al existente en el hotel describía un amplio semicírculo hacia la derecha tachonado de puertas idénticas. Cazorla le cedió el paso a la muchacha.
—Intuyo por su parte cierto interés, más allá del motivo de su visita, que me atrevería a calificar de personal. —Aventuró el hombre. —¿Estoy en lo cierto?
Daniela, incompresiblemente, asintió sin pretenderlo con la cabeza mientras el señor Cazorla deslizaba la llave tarjeta en la ranura del primer habitáculo. La puerta se abrió perezosamente y las luces se encendieron de inmediato.
—Es una lástima que no ampliara su petición. —Apostrofó el hombre trajeado.
—¿La hubieran aceptado?
—Probablemente no, —exclamó sonriente, —ahora sería más sencillo, ya se encuentra dentro y eso facilita la admisión. Tan solo sería necesario rellenar un formulario, por cierto, llevo algunos ejemplares, si se decide pídame uno.
—Me lo pensaré. —Le respondió la joven.
Ambos penetraron dentro de la estancia, una pequeña salita se mostraba completamente enmoquetada, una mesa redonda de pequeño tamaño, un sillón y media docena de sillas colocadas junto a las paredes componían el escaso mobiliario que llenaba la habitación.
—Simple y eficaz, ¿no le parece? —Afirmó Cazorla —Por cierto, en lo referente al formulario, tendrá que darse prisa en tomar una decisión, una vez termine la visita y le deje junto a su vehículo, lo más seguro es que no volvamos a vernos. Si lo tramito hoy mismo mañana a primera hora tendrá una respuesta esperándole en la recepción del hotel. No es vinculante, si con posterioridad decide renunciar al permiso, pues nada, lo comunica por escrito en la misma recepción y asunto zanjado. Aquella puerta accede al cuarto de baño, —explicó Cazorla cambiando de tema, —una simple taza y un bidé, nada más. Ni ducha ni bañera. La única forma de penetrar en su interior es con la tarjeta llave. Como puede imaginar es para uso exclusivo de las visitas.
—El departamento resulta claustrofóbico, se echa de menos alguna ventana.
—Aíre acondicionado centralizado, en esa pared tiene el termostato, —anunció el guía, —puede encenderlo, verá como esa sensación disminuye hasta desaparecer.
Daniela giró el mando y una corriente de viento frío inundó de repente la estancia. El aroma químico se intensificó, un vaho amargo que parecía poder masticarse.
—Resulta imprescindible mantenerlo activo cuando la estancia se haya ocupada definitivamente. —El hombre suspiró afectadamente abatido. —Esas pequeñas contrariedades hace que el coste de mantenimiento sea tan elevado, eso y la vigilancia, la limpieza, las reparaciones inevitables que surgen imprevistas, en fin, qué le voy a contar, todo aquello que acompaña a la vida, aunque esta afirmación resulte cuando menos y en este lugar anacrónica. —Sonrió divertido al terminar la frase. —¿Alguna pregunta?
La muchacha le miró confundida, aquel hombre le había soltado una perorata idéntica a la que cualquier vendedor de inmuebles le hubiese endilgado.
—¿Qué número máximo de visitantes se permite permanezcan en los apartamentos? —Quiso saber Daniela.
—El mismo que el de sillas disponibles, seis. —Respondió sonriente Cazorla. —Difícilmente se supera esta cantidad. Permítame que le haga una reflexión personal, —agregó en un tono íntimo, —a las gentes, por lo general, no les agrada este sitio. Acuden llevados por un sentimiento de corrección y porque se han entrampado hasta lo inimaginable por poseer una parcela, un lugar destinado al lavado de conciencia.
Aquella confesión sincera, viniendo de la boca de uno de los arquitectos, sorprendió vivamente a la muchacha. No esperaba, de quienes debían justificar a toda costa cualquier acto u omisión en nombre de la empresa a la que representaban, fuese capaz de vilipendiar el producto que pretendía vender, ese que pagaba sus facturas.
—Sería entonces interesante analizar el por qué esta industria sigue en alza, aumenta cada año beneficios y se expande imparable. —Agregó con el ceño fruncido la joven.
—Anímese, rellene el formulario y estudie, analice y saque sus propias conclusiones. —El arquitecto, por un instante, quedó pensativo antes de continuar hablando. —Le repito que puede cancelar la petición esta misma noche y mañana, antes del mediodía, estará en su amada ciudad rodeada de prisas y aíre viciado.
—Deme el formulario, si me arrepiento se lo haré saber antes de las diez de la noche. Previamente a la firmar desearía me indicara cómo puedo contactar con usted, no desearía, si al final renuncio, que el impreso no llegara al lugar adecuado. —Propuso previsora Daniela.
—El recepcionista de turno tiene línea directa con la central, no se preocupe, enviará su desistimiento en el mismo instante en que se lo entregue. —El hombre se miró la punta de los zapatos pensativo. —Le doy mi más sincera enhorabuena por la decisión que acaba de tomar. Creo que será capaz de desentraña todo el ovillo.

Una vez el arquitecto dio por finalizada la visita y acompañó a Daniela hasta el vehículo eléctrico, mientras agitaba la mano en señal de despedida dibujando una amplia sonrisa en el rostro, el deseo por él expresado se mantuvo flotando en la mente de la muchacha como una delicada astilla clavada entre las neuronas. El “ovillo” se representaba en su magín como una amalgama confusa y difícil de desentrañar, un rompecabezas de nudos del que nadie le había hablado nunca. ¿En realidad había algo que desentrañar? O aquel deseo en labios del arquitecto era solo una expresión coloquial, una forma distendida de denominar a un engorroso y aburrido trabajo. Cansada de antemano, disfrutando de un anticipo del hartazgo que sospechaba iba a padecer en el futuro, por primera vez desde que utilizara para sus desplazamientos al pequeño vehículo eléctrico se atrevió a darle una orden directa. Titubeante le pidió que se detuviera y ante su asombro, la máquina se escoró obediente hacia la derecha y se detuvo junto a la acera que circundaba uno de aquellos enormes edificios. Daniela descendió del vehículo y cruzó la calzada en dirección a un extraño jardín situado justo en frente de donde había decidido aparcar el autómata con ruedas. Buscó un banco y tomó asiento.
Aquel lugar distaba mucho del concepto que ella tenía de lo que debía ser un jardín. El suelo se encontraba completamente cubierto por losas, a excepción de una docena de alcorques donde árboles de hoja perenne se alzaban gallardos y verticales alrededor de una fuente sin surtidor, toda entera de mármol. El agua brotaba por unos conductos situados alrededor del perímetro del vaso derramándose lentamente, sin aspavientos. Al fondo, cerrando el recinto, se alzaba una pared recubierta por un material pétreo extrañamente brillante No existía ni un solo macizo con flores, ni arbustos de tamaño medio, solo los altos gigantes arbóreos cuya especie o familia era incapaz de identificar. La muchacha suspiró, aquel espacio resultaba terriblemente placentero. Un sosiego pleno la mantenía embobada mirando como los reflejos del sol componían brillos que se reflejaban en el muro del fondo, la luz se espejaba, descomponía su leve fulgor en diminutos arcoíris. Ni el más mínimo trino de pájaros se desplazaba por el aíre, el cielo estaba limpio de aves, ningún ala abatía la brisa apoyada en las cálidas corrientes de la tarde. Silencio. Nunca, jamás antes, una paz, una aceptación de sí misma y de todos sus actos anteriores se habían encontrado en tan perfecta comunión. Daniela era un todo perfecto. No deseaba ni añoraba nada. Se bastaba a ella sola.

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