Nerea Atutxa, narrativa “Veracidad Retocada”.

Veracidad retocada
Esta historia es una escena detenida.
Un suspiro del reloj
con campos de algodón como paisaje.

(Para el que nunca haya visto el algodón en estado natural, crece en una planta baja, casi marrón, a la que le salen pequeñas motas blancas) Un horizonte lleno de puntillismo blanco y carreteras que surcan el mar de vetustos árboles.

Así nos encontramos, en la parte trasera del acre y medio que tiene el terreno, a Ronald. Born and rise en el Norte de Tejas, coloca encima de la parrilla un trozo de ternera que comienza a quejarse entre llamaradas. A su lado, Matt, que sostiene entre sus manos la última cerveza fría del congelador, observa el próximo trozo de cerdo al que le toca ser cocinado. Hablan de las leyes del alcohol, que varían sorprendentemente según el estado en el que te encuentres. Matt, Oklahoma city, compra la cerveza de graduación superior a tres por ciento en almacenes sin ningún tipo de refrigeración, y nunca, nunca, un domingo. Ronald, puede permitirse el lujo de comprar únicamente cerveza en el supermercado.
El ambiente se anima cuando Chase aparece en el backyard (porche trasero), dueño y señor de estas tierras, algo sarcástico se rasca la cabeza tapada con una gorra de béisbol. Le sigue un insistente perro que huele el sazonador que lleva entre las manos. Brocha en mano, última capa de pintura barbacoa en la carne. La humareda se disipa entre la humedad ambiental y el recoveco que separa la propiedad contigua.
El sonido del country reúne la valentía de hacerse ver desde una ranchera que aparcar en la parte delantera de la casa. Dicen que aquí son grandes anfitriones, si te invitan a pasar eres parte de la familia. Quizás sea también por el sentimiento de comunidad que recrean, a la espera, tal vez, de gente con plumas en la cabeza en son de ninguna paz. Las cartas sobre la mesa invitan a Póquer aunque se prefiere un juego de siete manos originario de Oklahoma. Así, entre corazones y picas se anima el ambiente, cerveza tejana de almacén, nunca de domingo, y carne de vacuno.
Llegan un par de personas más pero el acento de Ronald atrapa mis oídos, atentos y cautivos de un inglés ágil y algo cerrado no pueden esperar entender todo lo que llega hasta a ellos. Siempre queda un “slowly please” con una sonrisa de “no entiendo una shit man”. Las líneas trazadas con precisión de las fronteras de este estado no representan a las personas que aquí se hayan. La simpatía y la amabilidad de la gente de aquí se contagia, como para plantearse uno comprarse unas botas junto con una hebilla marcada con una gran “X” en el centro. Quizás demasiado.

Esta historia es una escena detenida.
Un suspiro del reloj.
Un domingo en Danton, Tejas.

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