# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez. “Noche Segunda”.

#Noche Segunda#

Había colocado toda la documentación entregada por el arquitecto sobre un pequeño escritorio, mirarla tan solo, ya le provocaba un anticipado sentimiento de agotador trabajo. Bufaba mientras rebuscaba en la maleta el libro que estaba leyendo y repasaba mentalmente la labor a realizar a la mañana siguiente, visita a uno de los novísimos departamentos ya sin el apoyo moral de Gastón. Desde que se lo presentaron en aquella protesta juvenil siempre había contado con él para la documentación fotográfica, era bueno, sus fotografías, pese a versar sobre cuestiones técnicas siempre mostraban un leve asomo artístico que las hacía inconfundibles. El departamento de la universidad le había concedido una pequeña beca para la realización de la tesis y aquel óbolo le obligaba a contratar a algún profesional externo. Quién mejor que Gastón. El maldito libro parecía haberse esfumado. estaba segura de que lo había dejado junto al cuaderno de los apuntes mientras hacía la maleta, la libreta estaba, pero no la maldita novela.
Miró el reloj colgado en una de las paredes de la habitación, diez treinta y cinco, si se encontrase en un hotel de cualquier ciudad en ese instante se estaría preparando para dar una vuelta. Conocer bares, calles iluminadas por donde transitaría la fauna urbanita local. Suspiró desesperada. No tenía sueño y tampoco deseos de acudir a la habitación del muchacho, de seguro que ya estaría durmiendo. Volvió a mirar el reloj, el minutero apenas se había movido el espacio insignificante que comprendía un solo minuto. Apoyó los codos en las rodillas y colocó las manos a cada lado de la cabeza, Daniela era la viva imagen del hastío y del rotundo aburrimiento. La ausencia de sonidos quedó amortiguada aún más, un rumor, una compresión del silencio presentida en el latir de su propio corazón, formaba entre sus sienes una turbadora presión sorda. Era de locos, lo insonoro tomaba corporeidad dentro de la cabeza y para ello utilizaba el flujo de su propia sangre, el bombeo rítmico del corazón calmo. Le resultaba imposible dejar de escuchar el ajustado pálpito, ese preciso impulso que le permitía pensar. Separó las manos y el silencio externo se hizo presente. Era un alivio, ese absurdo ejercicio le procuraba cierta paz, un remedo de consuelo que hacía tolerable la profunda insonorización del dormitorio. La primera noche, tal vez motivado por el cansancio, no percibió la mudez del entorno como algo atroz y constante, de hecho, durmió sin problemas. Nuevamente colocó sus manos aprisionando las sienes, retornó de inmediato el ritmo cardiaco, pausado, indiferente a sus locas elucubraciones. El maldito libro tomó corporeidad en su imaginación, si no hubiese olvidado meterlo en la bolsa ahora estaría tranquilamente leyendo, se evitaría aquel desquiciado ejercicio pueril y enfermizo de crear un silencio mayor para, impedir, “escuchar”, el mutismo menor, ese de andar por casa que ocupaba toda la habitación y le impedía dormir. El corazón continuaba martilleando con indiferencia, su tambor marcaba el tiempo en cadencias casi exactas y de una tonalidad familiar y tranquilizadora. Pensó en su madre, en el reloj que metieron en la caja donde pasaría su primera noche en soledad el cachorro de cocker spaniel que le regalaron al cumplir los siete años. No dejaba de lamentarse, sus quejumbrosos aullidos resultaban insufribles y mamá aconsejó lo del reloj, su sonido sustituiría el latido del corazón de la madre, le dijo entonces. A la Daniela niña aquella solución le pareció inhumana e infame. Aún se lo parecía. Engañar, cambiar el calor del cuerpo de la mamá perra por un enorme despertador de cuerda, no dejaba de ser una crueldad propia de adultos. En el paréntesis que sus manos componían esbozó una muda sonrisa. Fue en ese preciso instante cuando el latir se desdobló, apenas si fueron unas milésimas de segundo. Pensó que se trataba de un eco, una mínima reverberación de su propio latido creando esa dualidad sonora. Separó las manos, todo seguía igual, el montón de documentos sobre el pequeño escritorio, la maleta semiabierta, el cuaderno de los apuntes y el silencio amortiguado del dormitorio. Nada había cambiado. Comprimió nuevamente sus orejas y el mechón, una vez liberado, tocó su nariz. Allí estaba otra vez el latido del corazón, preciso, algo más violento y precipitado, y aquella urgencia, la inquietud que comenzaba a ganarle por momentos separó sin pretenderlo ambos sonidos. Otro ruido se percibía de fondo, sordo, de moqueta levemente presionada. Un sudor frío le comenzó a poblar la frente, eran pasos, lentos, acompasados. No podía estar segura pero dentro de la cabeza, en el universo gris que alumbraba su turbio pensamiento, aquel andar, ese tránsito vago y perdido, parecía provenir del pasillo y terminaba deteniéndose justo frente a la puerta del dormitorio. Pensó en Gastón, tal vez había bajado al recibidor en busca de la máquina expendedora de agua. Descartó aquella posibilidad de inmediato. Aquel muchacho se hubiese dejado morir por deshidratación antes que abandonar la seguridad de su habitación, no le imaginaba deambulando por aquel penumbroso pasillo para bajar después al recibidor, desierto, sin personal de guardia que pudiera dirigirle una cortes y amistosa palabra, con el único objetivo de comprar una botella de litro y medio de agua. No, no se trataba de Gastón. Liberó las orejas y recompuso violenta al mechón errante. Ahora el silencio era absoluto. La única forma de percibir lo que ocurría al otro lado de la puerta era ensordeciendo sus propios oídos. Buscó entre los útiles de aseo la bolsita de algodón desmaquillante, partió una de las obleas y compuso una torunda con cada uno de los trozos. Se las colocó en las orejas y presionó con fuerza para conseguir un aislamiento lo más completo posible. Ahora sus manos estaban libres. Lentamente caminó hacia la entrada del dormitorio, en su lento recorrido accionó el interruptor de la luz y una noche, espesa y asfixiada, se esparció por toda la estancia. Arrodillada, con la cara pegada a la moqueta, observó la tenue línea luminosa que se dibujaba en la parte inferior de la puerta, el trazo se interrumpía en dos puntos, dos segmentos de oscuridad, dos verticalidades opacas que impedían a la luz permanecer unívoca y completa. Algo había andado lentamente por el pasillo, buscando, deteniéndose frente a cada habitación y ahora, una vez hubo encontrado lo que esperaba, permanecía detenido al otro lado, tan solo les separaba el grosor de una pulida y brillante puerta. Daniela se incorporó liberando sus oídos de los algodones, encendió la luz y se prometió a sí misma intentar con todas sus fuerzas ser cabal y razonable. No había observado la presencia de otros huéspedes en el comedor, ¿quién demonios iba querer estar allí? El personal, puntual y marcial, se había marchado a las veintidós horas, ni un minuto más ni uno menos. Recordó la silueta que viera en la avenida, la que creyó ver, e inmediatamente su abuela Daniela regresó a su memoria. Tenía miedo, sí, irracional, amparado por la febril imaginación y la sucia influencia de aquel insufrible lugar, pero miedo, al fin y al cabo.
A veces la realidad, esa que se instala en medio de la vida sin dar opciones, deja al jugador sin capacidad de maniobra, es el momento exacto en que uno debe de aceptar lo inevitable y anticiparse, resulta sencillo, no hay planes alternativos, traga saliva y haz lo que tienes que hacer, lo único posible.
Daniela cogió una de las lámparas que había al lado de la cama, la desenchufó de la pared y desenroscó lentamente la tulipa dejándola con mimo sobre el cobertor. Extrajo la bombilla y enrolló el cable en el brazo de la luminaria y aferrándola por éste, dejó que el báculo pasara a ser la cabeza de un martillo metálico y contundente. Con lentitud felina se fue aproximando a la puerta, mano derecha objeto pesado, mano izquierda liviana tarjeta, el corazón desbridado en la boca. Sabor a óxido en el paladar. Colocó la llave plástica en la ranura, un solo movimiento descendente y la cerradura de la puerta quedaría destrabada. Un automatismo preciso empujaría con suavidad el batiente y el pasillo enmoquetado se mostraría en toda su perfecta insonoridad. Un leve pitido anunció que no había marcha atrás, la tarjeta recorría la hendidura y la puerta comenzaba a abrirse, precisa, rotunda. A Daniela la mente se le nublaba, el pasillo, envuelto en una penumbra mayor que la claridad de la habitación, se mostraba a sus ojos como un túnel curvo cuyo centro, su parte cenital, se localizaba justo en aquella habitación. Una curvatura perfecta se retorcía a cada lado de aquel eje imaginario. Parpadeó repetidamente buscando claridad, despejar los nubarrones alojados entre los párpados, lágrimas lubricantes incomodas, inoportunas. Adelantó un pie descalzo mientras mantenía la reconvertida lámpara en alto, su silueta, ridícula, ajena, se recortaba contra la mullida moqueta que recubría el suelo. Lentamente adelantó la cabeza, el corredor estaba completamente desierto, todo el espacio que la curvatura del pasillo le permitía percibir estaba vacío. Puertas idénticas se imprimían como falsos carteles en las paredes, irreales, apenas alumbradas por las luminarias existentes entre cada una de ellas. Se sentía absurda, ridícula sosteniendo en alto aquella improvisada arma. El otro pie avanzó sin dejar de sostener el batiente, lo último que deseaba es que se cerrara de repente dejándola como a una idiota, hasta el día siguiente, en mitad del pasillo. Difícilmente podría explicar tan extraña situación. Suspiró aliviada, todo fruto de la imaginación, los pasos, la interferencia de la luz por la rendija inferior de la puerta, todo. Comenzó a retroceder sin dejar de mirar hacia la izquierda, el lugar donde el pasillo previsiblemente debía morir. Fue entonces cuando percibió un objeto en mitad del corredor, algo descansaba sobre la moqueta, un bulto pequeño y sin forma precisa. Penetró en la habitación y colocó una silla en el vano de la puerta, no estaba dispuesta a permitir que se cerrara. Apresuradamente recorrió la distancia que le separaba de aquella cosa sin dejar de mirar al frente. El corazón retumbaba en sus sienes, el olor químico parecía más intenso en aquel tramo del pasillo, sintió como si el penetrante aroma le perforara las pituitarias. Se detuvo en seco, jadeante, temblando toda, sobre el suelo pudo contemplar, desparramada, semejante al cadáver de un imposible reptil, una bufanda roja y blanca de rayas horizontales. Era imposible, aquella casualidad resultaba completamente improbable. Con el color demudado retrocedió buscando el amparo del dormitorio, en su cabeza desfilaban como en un torbellino demencial la abuela Daniela, el cachorro, el arquitecto de sonrisa petrificada y una pregunta que jamás hasta entonces le había rondado por la cabeza. ¿Estarían los laboratorios en el edificio que habían visitado?

Con paciencia recompuso la lámpara y la dejó colocada sobre el mismo lugar no sin antes comprobar que funcionaba, se tumbó sobre la cama y dejó la luz encendida. No estaba dispuesta a dormir a oscuras, ningún tic-tac podía suplir el verdadero latido de un corazón y allí, en indefinibles kilómetros a la redonda, tan solo tenía la certeza de poder escuchar el suyo, Gastón era una ficción, una realidad cuestionable y distante. Eran las dos y cuarenta.
Lo ocurrido solo podía tratarse de un sueño, deducía Daniela, no el resultado de una mente dormida confabulando con el subconsciente imágenes que, la razón aletargada, intentaba desesperadamente dar una continuidad creíble y en apariencia normal. Era una proyección vívida, resultaba posible que aquel espacio insonorizado, incluso la intervención indirecta de las sustancias químicas, produjeran esas alucinaciones, esa injerencia de la mente en la realidad común, creando formas, materializando obsesiones, dando corporeidad a sonidos y sombras. Recordó que la silueta vista en la avenida podría haber sido fruto de igual fenómeno. Sintió de nuevo miedo, si estaba en lo cierto el subconsciente podría materializar su pensamiento dentro incluso de la habitación. Aún no estaba a salvo. Necesitaba urgentemente algo que le entretuviera, no podía dejar a su razón vagar sin rumbo fijo. Pensar en algo concreto, superfluo e insignificante, era la única defensa posible. Miró la montaña de documentos que le había facilitado el arquitecto, allí no se encontraba la solución, el maldito libro olvidado hubiera sido el placebo necesario, el remedio preciso. Lamentarse innecesario.
Abandonó el lecho y se acercó a la ventana, vertical, estrecha, similar a la tronera inserta en una muralla defensiva, el cristal tintado apenas dejaba ver el exterior. las luces de las farolas eran tan tenues que la claridad de las luminarias se asemejaba al borroso reflejo de diminutas estrellas lejanas. El cielo no existía. Una línea luminosa, el suburbano, pasó veloz suspendida en el aíre. Aquella máquina repetía su recorrido, se detenía en los apeaderos sin que nadie la utilizara, a pesar de ello proseguía incansable deslizándose sobre las vías. Unía la ciudad con la nada. El atronador ruido de la vida, la suciedad imperfecta de la existencia, con el sosiego silencioso de aquellas moles de cemento, perfectas, excesivamente perfectas. Eso necesitaba, discurrir por un pensar anodino, contemplar la realidad externa sin sacar conclusiones, solo comparar sin buscar una causa precisa. Resultaba probable que se encontrara ante algún tipo de hallazgo accidental, no sería la primera vez que de forma fortuita un descubrimiento de repercusión notable saliera a la luz de casual forma. Obsesiones e ideas recurrentes materializadas sin la ayuda de la hipnosis y sin la utilización de droga alguna. Solo sería necesario recrear un espacio similar a este y analizar si los componentes químicos que parecían flotar en el ambiente abrían ese flujo, permitían al subconsciente materializar angustias ocultas, frustraciones que hubiesen dejado una impronta indeleble en la psiquis. El sueño comenzó a aparecer y una alegría intensa se le apoderó del alma. Las avenidas continuaban borrosas, la luz de fuera era un pespunte que no hilvanaba nada.
Con paso cansino se dirigió a la cama, las torundas permanecían abandonadas junto a la reconstruida lámpara. Todo permanecía en el lugar adecuado. Nada aún había cambiado.

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