# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez. “Día Primero”.


#Día Primero#

Cuando abrió los ojos un velo turbio, nacido de sus sueños, aún le cubría los párpados. Una delicada voz procedente de algún incierto lugar le recordaba que eran las siete de la mañana. Saltó del embozo y se dirigió de inmediato hacia la ventana. La persiana se había elevado automáticamente hasta la mitad dejando ver un paisaje que le recordaba una inexistente, y mítica ciudad, ideada por arquitectos pertenecientes a una imaginaria sociedad autoritaria y conductiva. Hileras de bloques idénticos se esparcían en decenas de cuadrícula perfectas. Una silenciosa máquina eléctrica deambulaba barriendo la calzada, sus cristales tintados impedían saber si alguien se encontraba dirigiéndola o, como aseguraba Gastón, se movía completamente automatizada dejándose llevar por el designio de lejanos y eficientes programadores.
Mientras el agua le recorría el cuerpo algunos retazos de lo soñado emergieron desaliñados e inconexos. Su abuela, muerta cuando apenas era una niña, compartía en el paisaje onírico tiempo y espacio junto a ella. En la boca de un metro, en una localización compuesta por pedazos de millares de sitios, se mantenía erguida esperando algo. Aquella imagen le recordó alguna película vista tiempo atrás de la que no guardaba memoria. La espuma se alejaba por las piernas hacia el sumidero arrastrando el perfecto aroma del gel, flores silvestres concentradas dentro de un envase pulcro y atrayente. De ella heredó el nombre, la abuela Daniela, una entelequia imprecisa formada con pedazos de anécdotas, historietas y fábulas narradas por el resto de la familia. Solo conservaba una imagen propia, una fugaz estampa anclada en lo recóndito del pensamiento y que, desde la lejanía de la niña, le llegaba precisa al presente. La abuela Daniela tricotando una bufanda para ella, roja y blanca, líneas horizontales. No recordaba si llegó a lucirla alguna vez en su infantil cuello. Las últimas burbujas se fueron diluyendo por el sumidero y el olor indefinido, el dulzón aroma químico, quedó vagando dentro del reducido habitáculo de la ducha. Tenía que preguntarle a Gastón si el agua de los grifos era potable.

Ambos se encontraron en el largo pasillo, abandonaron al unísono sus habitaciones y se regalaron una sonrisa forzada y torcida.
—Desayunemos, las preguntas en la calle. —Advirtió el muchacho antes de que ella siquiera tuviese tiempo de despegar los labios.
Daniela se encogió de hombros y redirigió el mechón de cabellos hacia detrás de la oreja. Sobre el hombro transportaba una amplia mochila que parecía contener algo pesado, tal vez la tesis, el mazo de papeles anillados.
El ascensor, sin que se le solicitara nada, les condujo a la planta baja. Tras el mostrador, una muchacha uniformada les deseo los buenos días y continuó mirando la pantalla del ordenador, pulsaba lentamente sobre el teclado y miraba algún documento situado a su izquierda. Alzó la vista y sin pronunciar palabra señaló con los ojos en dirección al comedor. Al fondo las puertas del restaurante les esperaban entreabiertas. Sobre un trípode un cartel con letras de molde indicaba el horario de cierre y apertura de cada turno. El silencio resultaba insoportable.
El salón era muy amplio, una treintena de mesas se repartían por todo el espacio interior, a la izquierda, sobre una larga mesa, se mostraban las viandas dispuestas para el desayuno. Agua caliente, infusiones, café y un amplio muestrario de bollería envuelta en transparente papel de celofán. Pan de molde, porciones de mantequilla y mermelada dentro de unas canastas de mimbre. Tazas, platos y cubiertos. Cualquier acción, por comedida que fuera, resultaba un fragor sonoro. Las cucharillas, al girar dentro de los recipientes, castañeteaban desesperadas, un clocar metálico contra el cristal o la loza esparciéndose incontrolado por todo el espacio. Ambos se miraron sin poder controlar la risa, cuanto más empeño ponían en resultar sigilosos, el sonido parecía amplificarse. Era como si un enorme dedo les señalara en mitad del deshabitado comedor culpándoles del chirriador escarnio.
—Bebe a tajadas, ni se te ocurra sorber el café. —Le aconsejó el muchacho con los ojos llenos de lágrimas. —Suena como el descarrilar de un tren.
Daniela se tapaba la boca con una mano mientras el travieso mechón le caía sobre la frente tocándole la nariz.

En la puerta del hotel les esperaba un pequeño vehículo eléctrico descapotable, una lona sobre sus cabezas con el logotipo impreso de la constructora les resguardaba del imperioso sol de la mañana. Aquel auto los llevaría, sin necesitar un conductor, al encuentro de uno de los ingenieros de la corporación. La automatización de todos los servicios avanzaba a velocidad más que suficiente.
Mientras rodaban por las amplias avenidas Gastón fue realizando algunas fotografías, el sonido de la máquina restañaba en los oídos cada cierto tiempo. Un pequeño cliquear dividía el tiempo en instantáneas, pedazos de la realidad circundante exterior, esa misma que interesaba a Daniela.
—El agua de la habitación, la del grifo, ¿es potable? —Preguntó la muchacha de improviso.
—¿Lo dices por el olor? —Convino Gastón mientras cubría la lente de la cámara con un pequeño disco negro. —Yo no la bebo, si eso te sirve de algo, saco botellas de la máquina del hotel.
—Huele igual que el aíre, a química.
—Imagino que resulta necesario, los olores pueden provocar alteraciones al igual que el sonido, nuestro aroma individual pudiera resultar un inconveniente. No sé, son solo suposiciones. —El muchacho la miró divertido antes de agregar una insidiosa pregunta. —¿Comienzas a sentir curiosidad?
La disminución de velocidad del artilugio eléctrico le evitó responder, parado en la acera un hombre vestido impecablemente parecía estar aguardándoles. El desconocido avanzó hacia donde se encontraban ya detenidos, alargaba el brazo dispuesto a estrecharles la mano. Caminaba venciendo hacia delante todo su ser en un intento por que su extremidad llegase antes que el resto del cuerpo.
—Urquiola, Tomás Urquiola, me han encargado asesorarles en todo lo concerniente a los edificios ya construidos y sobre los nuevos proyectos de edificación. —El hombre extendió un brazo señalando a sus espaldas. —Aquí mismo se encuentran los estudios de arquitecturas y las oficinas administrativas.
Un edificio distinto al resto, vertical y solitario se alzaba en mitad de la moles compactas y pesadas que lo envolvía todo.
—Encontraran los despachos y gabinetes algo vacíos, —aclaró, —lo lamento, pero algunos de nuestros empleados se rigen por convenios locales y esto implica días festivos que no coinciden entre sí. —Mientras vertía aquella afirmación una dilatada sonrisa le iluminaba el rostro.
Tras atravesar un amplio recibidor, presidido por un mostrador desierto en cuya pared posterior se exhibía las iniciales en metal dorado del grupo constructor, penetraron en una amplia estancia repleta de mesas de trabajo equidistantes entre sí y coronadas por una potente fuente de luz. La mayoría permanecían apagadas, apenas media docenas de cabezas se afanaban inclinadas sobre los restiradores.
—Aunque nos apoyamos para la realización de casi la totalidad de nuestros proyectos en programas informáticos, algunas cuestiones técnicas se dirimen sobre la siempre entrañable mesa de dibujo. —Volvió a sonreír.
Gastón mientras tanto no paraba de hacer fotografías a todo, sillas de diseño ergonómico, reposa pies, carteles decorando paredes, planos, dibujos esquemáticos, máquinas expendedoras de bebidas isotónicas, copiadoras de todos los tamaños y volúmenes y a un punching ball situado en una esquina de la gran sala. Urquiola volvió a sonreír.
—Esa es el área de descanso, nada como golpear cuero para que todo se coloque en su sitio.
—¿El personal pernocta en el edificio? —Preguntó Daniela.
—No, —se apresuró a responder el trajeado guía, —por supuesto que no. Imagino habrán observado que nos encontramos en el límite del área destinado a la construcción. Crecemos solo hacia el norte de esa línea imaginaria, al menos por el momento. Hacia el este es terreno vedado, una carretera de servicio privada accede desde la ciudad hasta las oficinas, el personal no transita por las instalaciones. Vienen, realizan su labor y se marchan por el mismo lugar que han llegado.
—Y esa carretera, ¿dónde se localiza exactamente? —Quiso saber Gastón mientras descargaba una ráfaga de instantáneas sobre uno de los carteles publicitarios que decoraban las paredes.
—Se encuentra dentro de una de las instalaciones que la corporación tiene en la ciudad, acceso restringido. Nada de visitas imprevistas.
Los dos jóvenes se miraron de inmediato. Urquiola se sintió impelido a aclarar aquella delicada e inoportuna palabra.
—Imaginen si la gente comenzara a venir a este lugar a pasar el rato, a pasear o practicar algún deporte. —Daniela era incapaz de imaginar que alguien quisiera ir hasta allí para realizar cualquier actividad lúdica. —Por otro lado, la seguridad es algo sumamente necesario, aquí hay invertido un gran capital, los compradores necesitan saber que sus bienes se encuentran a buen recaudo, cuidadosamente protegidos. ¿No les parece? —La sonrisa del hombre resultaba más forzada aún. —Como les iba explicando, nos expandimos hacia el norte…
El guía comparó el desarrollo de las zonas de edificación con el factor que determinaba, alrededor de los cauces de un río, el avance de cualquier antigua civilización. Solo que en ese presente la ribera la definía el ferrocarril, el trazado simétrico de dos pares de vías.
—El acceso restringido a todo tipo de vehículos particulares obliga, por el momento, —volvió a aclarar, —a que los bloques no se encuentren demasiado alejados de los apeaderos. Con el tiempo, y si las necesidades obligan a ello, y tengan la certeza de que eso ocurrirá, —sonrió para hacer patente que se trataba de una ingeniosa ocurrencia, —está prevista una red de transporte terrestre formada por autobuses, incluso un servicio individualizado de taxi. Ampliar la oferta siempre resulta rentable.
—Y este olor… —comenzó a decir Daniela.
—Lo lamento, —interrumpió de inmediato Urquiola, —arquitectura y desarrollo, esas son mis materias en exclusiva. Su petición solo se centraba en esos aspectos, tal vez si hubieran ampliado las cuestiones que motivaban la visita les hubieran asignado un técnico en esos asuntos.

El resto de la mañana transcurrió entre folletos, planos y con la proyección de un documental sobre proyectos futuros. A Daniela, una vez el guía les hubo conducido hasta el vehículo eléctrico, le fue entregado una ingente cantidad de documentación técnica sobre materiales y diseños constructivos. Suficientes datos como para mantenerla enterrada durante meses en su estudio. Mientras agitaba la mano en señal de despedida contemplaron como Urquiola se empequeñecía absorbido por la distancia. El sol se marchaba por el oeste alargando las sombras de los edificios hasta hacerlas colisionar contra las paredes cercanas. El suburbano pasó completamente vacío sobre la pequeña elevación donde se asentaban las vías. Un veloz zumbido eléctrico, fotogramas repetidos sin una sola figura humana, desfilaron en la lejanía hasta enmudecer ocultos por una prolongada curva.
—¿Qué te ha parecido la visita? —Pregunto socarrón el muchacho. —¿Y míster sonrisas? —Abundó Gastón mientras mostraba con gesto exagerado todos los dientes.
—No sabría qué decirte, siempre que hablo con algún técnico o ejecutivo de la corporación me queda una extraña sensación, es como si ocultaran algo.
—Me ocurre igual, —confirmó el muchacho, —aunque después me digo lo mismo, ¿qué carajo pueden ocultar?
—Debe ser este sitio, influye de una manera torcida, se impregna en la mente como el olor, sutil, poco a poco.
Gastón miró la hora en el reloj de pulsera, tic-tac, nada de tecnología digital. Un susurro intestinal le recordó que no habían almorzado. Las seis y media, a las ocho se abría el restaurante y a las diez en punto se encontrarían recluidos dentro del hotel sin la asistencia de personal alguno.
El vehículo eléctrico avanzaba por la amplia avenida silencioso, mientras los reflejos del atardecer proyectaban lenguas doradas sobre el negrísimo asfalto. Luces y sombras se intercalaban en una danza matemática y precisa, todo parecía excesivamente irreal, una enorme maqueta por la que desfilaba el coche mudo y sin conductor.
—Todo esto debe costar una millonada, —afirmó el joven mientras lanzaba ráfagas de instantáneas contra los edificios cercanos, —los beneficios serán monstruosos. Se están forrando.
Daniela no respondió, parecía ensimismada contemplando aquel simulacro de realidad. Sin mediar palabra, de repente, llamo la atención del muchacho golpeándole con insistencia en la pierna.
—Mira allí, ¿lo ves?
Gastón dirigió la cámara hacia el lugar que señalaba la joven mientras ajustaba el zum, la turbidez que le llegaba a través de la lente se fue aclarando, las distancias se acortaban falsamente, parecía volar hacia adelante alejándose cada vez más de la seguridad del transporte.
—¿Dónde? —Preguntó angustiado. —¿Qué?
—Allí, en la esquina de ese edificio, hay alguien parado, parece perdido.
—No veo nada, tal vez sea la sombra de alguna farola. —Propuso como posibilidad el fotógrafo. —¿Estás segura? —La lente le acercaba una ochava completamente desierta.
La joven recordó el sueño de la noche anterior, la abuela Daniela en la boca del metro, perdida, ausente.
—Hubiera jurado que había alguien. —Se excusó la muchacha con pesadumbre.
—Necesitas una ducha y un buen aporte de nutrientes, a eso se reduce todo, cansancio e inanición.
Los dos jóvenes sonrieron, las risas, en el exterior, estaban prohibidas.

Mientras cenaban, después de que el aroma químico del agua les hubiese transformado en parte útil del decorado, Daniela volvió a mostrarse misteriosa y conspirativa. Le resultaba imposible sustraerse a la influencia del ambiente, todo le parecía sutilmente falso, como si una realidad más cruda y fea se encontrara agazapada, oculta tras tanta estructura diseñada con una perfección excesiva.
—La perfección, —le había contestado Gastón, —por definición no puede ser excesiva. Perfecta sí, excesiva no. Su límite es ella misma, no hay nada más allá fuera del concepto estricto.
La joven se le quedó mirando mientras negaba lentamente con la cabeza, parecía querer evidenciar, con ese gesto, lo insustancial e innecesario de la docta respuesta.
—No se trata de eso, las infraestructuras de cualquier barrio de la ciudad parecen pura mierda comparado con esto. ¿No lo ves?
—Esto es un negocio, en los pasillos del Hilton no hay vagabundos, imagino que puedes entenderlo. Cualquier apartamento de estos cuesta una pasta y su mantenimiento un riñón, no querrás ver las avenidas llenas de suciedad o las paredes de los edificios cubiertas de grafitis. No me imagino a un grupo de ocupas tomando uno de los bloques. —Gastón se miró las manos antes de proseguir con su diatriba. —Es lo que tiene el malvado capitalismo, negocio de todo, para todos y beneficio para unos pocos.
—Hay algo más, estoy segura, presiento que no todo es tan perfecto.
—Parece como si aborrecieras la perfección, la excesiva, claro está. —Apostrofó el muchacho con gesto divertido.
—Entiendo que tengas miedo…
—¡Alto ahí! —Le interrumpió enérgico el joven. —No mezcles cosas, por supuesto que este lugar resulta, y no es necesario explicar el por qué, en esencia terriblemente tétrico, pero eso no me obliga a formular elucubraciones fantasiosas sin base alguna. Un presentimiento no resulta un elemento de juicio que haya llevado a nadie a la cárcel.
—¿Estás seguro de eso?
—Mira, mi contrato termina hoy, —respondió molesto el muchacho, —mañana mismo tomaré el suburbano y me largaré de aquí sin mirar atrás. La posibilidad, presuntamente remota, de que algo oscuro esté sucediendo con todo esto no me importa nada. Ya tendré tiempo en el futuro, cuando mi camino esté llegando a su final —agregó el joven algo más calmado, —de pensar en este lugar. Puede que incluso lleguemos a ser, sin saberlo, amistosos vecinos.
Ambos sonrieron amargamente.

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