# S I L E N T I U M # por M. Martínez Fdez. “Una Tesis”.

#Una Tesis#

Al final terminaron por construir módulos ensamblables entre sí, resultaba más práctico. Como suele suceder con cualquier proyecto, al comienzo, no se tuvieron en cuenta todas las posibles variantes y lo que comenzó como algo medible, y por supuesto facturable, pronto se les fue de las manos. El prohibitivo coste que comportaba la adquisición de un departamento individual y de todo el proceso fisicoquímico previo, con las nuevas técnicas descubiertas y el consiguiente abaratamiento de costes que supuso, sobre todo en lo concerniente a transformación y conservación, amplió sobremanera la oferta.
Miró fuera a través del cristal, la luz del día se alejaba por algún lugar situado al oeste, los grandes bloques, las manzanas enteras de cemento con sus ilusorias ventanas impedían observar el ocaso. Pronto todas las calles, rectas, simétricas, quedarían en una penumbra tachonada por el minúsculo círculo que dibujaban sobre las aceras las farolas. Daniela continuó revisando el trozo de texto que había escrito apenas hacía una semana.
El mercado se expandió vertiginoso y fruto de aquella democratización tecnológica las construcciones se multiplicaron alrededor de las ciudades. En un primer estadio, los primitivos bloques de depósito se erigieron a una distancia considerable de los núcleos urbanos. Con la intención de dotar a los asentamientos de un entorno agradable y similar a cualquier barrio, se construyó alrededor toda una parafernalia urbanística de jardines y zonas verdes. Esa primera etapa aún contaba con construcciones sólidas y cimentadas cuyo valor de mercado solo era asumible por familias con un alto poder económico. Una vez aquella tecnología se abarató, fue cuando empezaron a germinar como champiñones grandes manzanas de departamentos de aspecto idéntico distribuidos siguiendo las directrices de renombrados arquitectos y paisajistas. Manzanas exactas que tan solo modificaban, para hacerlas más identificables entre sí, el color de sus paramentos exteriores.
El vagón se iluminó por dentro, Daniela se descubrió a sí misma viajando en paralelo, una Daniela idéntica que le miraba desde el otro lado del sucio cristal y que, como ella, sostenía un grueso mazo de hojas, el laborioso trabajo de todo un año y medio. El suburbano, de todo el paisaje que podía contemplar, era lo único que no le producía rechazo, el resto, los apeaderos vacíos, las luces equidistantes, los bloques de edificio, le resultaban ajenos, un decorado falso y asépticamente siniestro. Regresó al texto, al desarrollo teórico del estudio en que se había embarcado. Tesis.
Toda esta vorágine constructiva contribuyó a la aparición de gran cantidad de tratados y estudios que pretendían humanizar el entorno mediante la implementación, en los aparcaderos, de algunos elementos propios y comunes a los barrios residenciales. Se ofertaron experimentalmente unas pocas licencias para la instalación de algunos establecimientos, si bien la variedad de estos y la oferta mercantil resultaba, como no podía ser de otra manera, muy limitada. Cafeterías y pequeños supermercados principalmente. Resultaba fácil determinar a simple vista, por la diferenciación de los elementos constructivos y por los materiales empleados, cada una de las diferentes etapas que precedieron a la implantación de los módulos ensamblables.
Echaba de menos el reproductor de audio, fueron tajantes, nada de música. Si al menos contara con ese apoyo, pensaba Daniela, el aislante sonoro de sus melodías preferidas, los cascos sobre las orejas, esas que no le gustaban nada, sobre todo la izquierda, tan despegada, tan inoportuna. La Daniela que viajaba en paralelo, la del otro vagón reflejo de éste, sonreía comprobando como en la silueta que su cabeza componía sobre el vidrio, destacaba aquel apéndice auditivo, la oreja que sostenía el mechón de pelo que brotaba de la frente, esos cabellos que intentaban ocultarla, o al menos, justificar su existencia. El dedo índice detenido sobre el texto le recordó que debía seguir corrigiendo lo escrito.
El siguiente gran salto consistió en permitir una variación en cuanto a la forma externa de los bloques. La mayoría de las veces esa variante venía dada por la constructora que erigía el edificio. Varias empresas homologadas por el Ministerio ofrecían un muestrario que abarcaba diversas posibilidades constructivas, no solo en cuanto a la estética exterior, si no a los elementos internos. Fruto de esa novedad fue la inclusión en los propios departamentos de algunas estancias para uso exclusivo de los visitantes.
Jamás había estado dentro de uno de esos edificios, tenía planos, esquemas externos y de planta, cuartos de luces, grupos de bombas, bajantes, modelos de grifería, estructura de paredes, memoria de calidad de materiales, era capaz de imaginar como serían por dentro, pero nunca había entrado en ninguno de ellos. No le habían ofrecido la posibilidad, pero tampoco la había buscado. En realidad, sentía un extraño respeto, aunque si alguien hubiese insistido… Mejor así, se decía así misma, su tesis trataba únicamente los aspectos arquitectónicos, todo lo demás, aquello que podía generar controversias de toda especie, no le interesaba. Demasiado complejo. Demasiado triste y tétrico. Tenía que continuar repasando, aprovechar ese tiempo muerto que le prestaba el suburbano. Muerto. Cuidado con las palabras.
El punto de inflexión tuvo lugar cuando las compañías aseguradoras incluyeron en las pólizas de decesos el servicio de “recuperación”, extendiendo así a casi todas las capas sociales la posibilidad, en un principio excluyente y clasista, de contratar el producto. Instalada la nueva cobertura de forma universal, asequible en cómodas cuotas, toda una red de empresas auxiliares comenzaron a florecer a su alrededor, la economía se vio fortalecida y capaz de generar nuevos proyectos mercantiles. Todos los sectores productivos recibieron un renovado empuje, no solo aquellas empresas que prestaban un servicio directo, como sucedía con la construcción, también se abrió un amplio abanico de novísimos bienes que el ingenio de nuevos emprendedores, y la transformación de otros sectores por necesidad de adaptarse al reciente mercado, se fueron estableciendo como complementos necesarios e imprescindibles.
Daniela miró por la ventana del interurbano, ante ella pasaban una tras otra las edificaciones pertenecientes al segundo periodo, grandes manzanas de bloques idénticos con sus falsos huecos de ventanas simétricas. Era como contemplar la historia de los últimos cincuenta años a través de la arquitectura. Diseños improvisados, urgentes, faltos de adornos superfluos. Materiales de dudosa calidad que comportaron, y seguían padeciendo, graves problemas estructurales. Volvió a clavar los ojos en el texto. Sobre el papel impreso se sucedían las sombras huidizas, otras, pegadas al cristal del vagón, se mantenían casi estáticas, apenas temblorosas. Encima de las rodillas descansaba el paciente trabajo de año y medio, un grueso mazo de hojas anilladas entre sí precedidas de un título rimbombante, “Influencia en el Ámbito Urbanístico y Demográfico de los Recuperados”. Toda la labor consultiva se encontraba casi terminada, tan solo necesitaba abordar la nueva metodología, los módulos ensamblables, y realizar el tedioso trabajo de campo. Visitar cada uno de los sectores, tomar fotografías, efectuar alguna que otra encuesta entre los usuarios y dedicar un capítulo a los hábitos de compra y consumo. Una voz impersonal de máquina anunció la inminente llegada al apeadero del sector trecientos dieciséis, allí le esperaba Gastón con el equipo fotográfico y los salvoconductos. Deambular por los bloques libremente estaba completamente prohibido, solo las brigadas de limpieza y mantenimiento contaban con la potestad suficiente para moverse sin restricciones entre los edificios. El suburbano comenzó a disminuir la velocidad y con una exactitud milimétrica se detuvo justo en el apeadero. Daniela distinguió la silueta del desgarbado joven que le esperaba, la luz había menguado por completo y un ámbito de luz blanca, artificial, creaba reducidos espacios lumínicos. Bajo uno de estos íntimos focos Gastón esperaba cargado de mochilas y bolsas de cuero.
—¿Qué tal el viaje? —Preguntó el muchacho sin esperar respuesta.
—Es curioso, —advirtió la joven, —pero cada vez que vengo me parece todo más extenso, es como si agregaran una nueva hilera de edificios todos los días.
—Toma, —Gastón le ofreció una tarjeta amarilla prendida de una cinta fluorescente, —es el salvoconducto, no te olvides de llevarlo siempre colgado del cuello. Al caer la noche las patrullas de vigilancia se multiplican.
—Ya me advirtieron, tienen permiso para disparar.
Caminaron en silencio arrastrando el nutrido equipaje, las ruedecitas de la maleta de ella iban tableteando entre las baldosas, un ruido monótono y desagradable.
—Poca luz, ¿verdad? —Preguntó el muchacho por decir algo.
—¿Queda muy lejos el hotel? —Quiso saber Daniela.
—Andamos cerca, aquel resplandor es la entrada.
Una luz meliflua y vaga, azulada, se difuminaba apenas en la lejanía. La calle por la que caminaban, amplia e iluminada por farolas muy alejadas entre sí, era una sucesión de oscuridades tenebrosas salpicadas, cada cierto tiempo, por una luz cicatera y huraña. Los edificios mastodónticos se adivinaban a ambos lados de la vía, moles con falsas ventanas, monstruosidades de hormigón y ladrillo de acceso controlado y restringido.
—¿Qué tal el hotel?
Gastón soltó primero un bufido por respuesta para, después, abundar en explicaciones más precisas.
—Créeme si te digo que aquí, eso, es lo de menos. La habitación bien, sin lujos, pero limpia, no hay televisión ni radio, el uso de los móviles completamente prohibido, las ondas electromagnéticas les afecta, hay inhibidores por todas partes.
—Para llevar tan solo un día te veo demasiado alterado. —Afirmó la joven mientras intentaba mantener una sonrisa comprensiva. —¿Alguna restricción más?
—La risa, nada de risas.
—¿En serio? —Preguntó incrédula.
—En la habitación encontrarás una especie de manual, allí está explicado todo, lo que puedes y lo que no puedes hacer o decir.
—¿Decir?
—Hay palabras impronunciables, —explicó Gastón, —y hasta cierto punto resulta comprensible. Por cierto, —agregó, —durante la noche en el hotel no pernocta personal alguno, el primer turno llega a las ocho de la mañana, a las diez de la noche no queda nadie.
—¿Y la cena?
—Si quieres comer el restaurante, por llamarlo de alguna forma, abre sus puertas a las ocho de la tarde, a las nueve termina el servicio. No esperes una carta amplia y diversa, menú diario, solo tres platos a elegir para la entrada y dos para el segundo, postres empaquetados. Ni se te ocurra llevar alimentos a la habitación.
—¿También prohibido?
—Ni en la habitación ni cuando te encuentres fuera del hotel. —Advirtió Gastón oscilando el dedo índice en el aíre. —Mañana en el desayuno te llevarás una sorpresa.
Daniela le miraba intentando adivinar a qué se refería, pero el joven evitaba encontrarse con sus ojos castaños. Realmente parecía incómodo.
—No es una queja, créeme, pero esto te afecta, no llego a entender cómo los servicios de mantenimiento lo aguantan.
—Son solo dos días más, —convino la muchacha, —pero si en algún momento te sobrepasa, si no lo soportas, puedes marcharte, de verdad. Yo misma haré las fotografías. No tienes por qué preocuparte, nadie se enterará y cobrarás por el trabajo como si tú mismo lo hubieras hecho.
—Intentaré aguantar hasta el final. Siempre me jacto de ser un profesional, estas cosas, y muchas otras, no deberían afectarme.
—No sé otras cosas, pero entiendo que no todo el mundo se sienta cómodo aquí, esto es distinto y nuevo.
—¿No te afecta? —Quiso saber Gastón.
—Claro que sí, esta misma calle, el sonido repetido de nuestros pasos, las sombras de los edificios me empequeñecen, solo de pensar que ahí mismo, dentro de esas paredes…
Daniela no terminó la frase, un gesto de la mano del joven la interrumpió, Gastón no quería seguir “imaginando”. Con tan solo recrear en su magín las palabras de ella, una desazón inexplicable se le agarraba al estómago y lo dejaba exhausto y vacío. Movido por la curiosidad formuló una pregunta.
—¿Tiene tu familia algún departamento?
La muchacha asintió con la cabeza sin dejar de mantener la mirada pegada al suelo, reconocer la propiedad de uno de aquellos estudios, conociendo lo que sobre el particular pensaba el joven, le producía un sentimiento de vergüenza injustificada.
—Aún se encuentra vacío, pero sí, en este mismo sector, —reconoció, —mamá es muy previsora. Opina que con el tiempo se encarecerán, esta zona aún se encuentra a una distancia relativamente cercana de la ciudad, los nuevos módulos ensamblables ya empiezan a quedar lejos.
—He oído que piensan ampliar el servicio del ferrocarril interurbano. Incluso hablan de un tren bala, —explicó Gastón, —la prohibición de acceder con vehículos privados obliga a invertir en transporte público.
El muchacho se detuvo justo entre dos farolas, la oscuridad que circundaba a la pareja era casi absoluta, una brisa leve transportaba un extraño e irreconocible aroma químico.
—¿Lo hueles? —Preguntó con los ojos espantados. —Me recuerda a algo, un aroma conocido pero que soy incapaz de recordar.
Daniela olfateó el aíre, tomó el mechón que le caía por la frente y lo confinó tras la oreja. El joven tenía razón, un olor dulzón se mantenía flotando por todos lados. Una impregnación pegajosa que se adhería a las pituitarias con insistencia, todo allí debía oler igual, especialmente el interior de los edificios.
—Venga, pongámonos en movimiento. —Aconsejó Gastón. —No tengo ganas de tener que dar explicaciones a ninguna patrulla.
El sonido de las ruedecitas de la maleta volvió a ritmar los pasos, el tableteo, antes molesto por familiar, resultaba ahora consolador.

Frente a la entrada del hotel volvieron a detenerse, el muchacho le entregó la llave tarjeta a Daniela y le explicó como utilizarla.
—Todos los días cambian el código, por razones de seguridad, dicen. No te olvides, —advirtió, —de retirarla cada mañana del mostrador de la recepción. Y no la pierdas, te expulsarían del sector y tendrías otra vez que hacer la petición de ingreso y todo ese farragoso papeleo que nos exigieron.
—¿Has observado alguna reacción extraña en los recepcionistas?
Gastón quedó pensativo, parecía intentar recordar algún episodio que se hubiese salido de la normalidad. Negó con la cabeza.
—He oído que en un futuro todo esto estará operado por máquinas, el tren que te trajo ya lo hace, ni conductor, ni revisor, ni nada de nada.
—¿Abaratamiento de costes? —Preguntó la joven.
—Nada de eso, extraoficialmente me comentaron que se debía al estado emocional del personal, la exposición continuada a este ambiente les vuelve taciturnos y con síndromes obsesivos de diversa índole y caladura.
—No andaba descaminada, —precisó la muchacha, —abaratamiento en asistencia sanitaria.
—¿Te serían útiles para la tesis ese tipo de datos?
—En absoluto, —afirmó tajante Daniela, —solo el aspecto arquitectónico, el resto, todo lo demás, que no es poco, se lo dejo a otros.
El joven sonrió, comprendía perfectamente la razón de esa negativa.

El interior del hotel resultaba asfixiante, suelo enmoquetado, azul oscuro, paredes recubiertas por paneles metálicos sin pulir, la recepción apenas iluminada por una pequeña lámpara que malvivía en una esquina del mostrador. Varios carteles advirtiendo del restringido horario dedicado a la atención de los clientes. Sillones repartidos alrededor de una mesa baja y ancha, sobre el tablero varias revistas editadas por constructoras, muestrarios de departamentos, precios, jardines dibujados sobre una maqueta, nuevos módulos ensamblables. La muchacha cogió uno de aquellos catálogos con la intención de echarle un vistazo en la habitación. Llevaba un libro como evasión y entretenimiento, previsora había seleccionado una novela festiva e inocente, no deseaba nada sesudo, bastante tenía con tener que estar allí. El ascensor abrió sus puertas sin necesidad de que se requirieran sus servicios. Todo automatizado.
—Planta tercera, —anunció en voz alta Gastón, —tu habitación está justo frente a la mía.
La joven se sobresaltó al escucharle, el sonido resultaba opaco, extrañamente algodonoso. El muchacho percibió la reacción de Daniela y le advirtió de las causas y razones que provocaban esa acústica alterada.
—El hotel se encuentra integrado en uno de los bloques, justo en la esquina, se ha utilizado toda la tecnología existente para insonorizarlo, ningún ruido debe ser percibido en los departamentos.
—Resulta asfixiante. —Se limitó a responder Daniela.
Entraron en el camarín del ascensor y el joven insertó la tarjeta en una única ranura que se mostraba sobre un panel brillante, automáticamente las portezuelas de aluminio se cerraron y en completo silencio comenzaron a ascender.
Cuando el elevador se detuvo, la joven pudo comprobar que las plantas del hotel padecían del mismo mal que el resto del establecimiento, un largo pasillo, también insonorizado y lúgubre, se perdía describiendo una amplia curva. Lámparas de extraño diseño se distribuían entre las puertas numeradas difundiendo una luz mezquina y ridícula.
—Esa es tu habitación, —señaló el muchacho, —y ésta la mía.
—¿Tienen ventanas de verdad?
—Si, claro, pero dudo que te apetezca asomarte a contemplar el paisaje. —Advirtió mientras sonreía. —El olor se mete en la habitación y, aunque te parezca imposible, después se percibe en los sueños, es como si algo quisiera recordarte donde te encuentras.
—¿Hablas en serio?
—Has la prueba, aunque no te lo recomiendo. Mañana a las ocho. —Se despidió Gastón guiñando un ojo. —Hasta mañana entonces. Que descanses.

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