M. Martínez Fdez, poema (De Siniestra del Aíre).

Tormenta en la Noche.

La aguja ha rozado el pliegue hiriendo
el noctámbulo jirón en su raíz imperturbable,
ha desdibujado sin impaciencia cada sutura
hendiendo sin proponérselo el mágico extremo
que todos poseemos.
Agotada su esfera de tiempo, relojes,
sótanos y venganzas en las que tememos perdernos.
Inconsolable llanto del niño triste que ante
la tormenta nos acompaña y la noche…
el niño que nos acusa, el que juega con el corazón
y sus temibles rompecabezas.

Detenido sobre la baldosa que inicia la rayuela
y sus espirales, las rutas desconozco de estas familiares
calles siempre distintas. La urgencia padezco
de la pérdida sin comprender y pregunto:
–¿Dónde estabas cuando las ratas invadieron la alcoba?
y el niño coge la mano de un náufrago, los dedos donde
establecen las caracolas su morada, y no puedo explicar,
no logro sostener los sueños entre los brazos
ni un instante más. Ínfimo mundo del alambre,
equilibrio mortal.

Tironea el cuerpo espantos y la acrobacia
de las catedrales, deambularé cómico por el jardín
de las oscuridades, del placer palacios imposibles,
residencia final del misterio entre el hedor
de las golondrinas y las últimas tejas.
Sudaba su mano pequeña el abandono ignorando
desespero y pasos, insistía, a pesar del plácido
torbellino de los inconstantes segundos.
La llorosa carencia de color se extiende, nulidad
del volumen y su imperante geometría.

Nunca entenderá que todos los espasmos
no son capaces de expulsar del horizonte la lejanía,
que imposible resulta arrancar del pérfido recuerdo
de la memoria cada vertiente en que la ausencia
invita a los sapos del pasado. Croar nocturno de batracios.

Tal vez si contraída, en un moribundo anhelo
por erradicar los espejos fuese capaz de sepultar la voz,
la luz irradiaría en la noche del ayer y sus tabernáculos.
Y el niño sueña que está solo, que la ingenuidad
no lo salva del inevitable degüello y los espectros.
Entonces fue cuando todos los suicidas determinaron
dejar el limbo y las bicicletas sin cadenas
sobre los vacíos armarios. Y se promulgó el edicto
inquebrantable que separa las manos, las tuyas
de las mías. Adusta soberbia limitando el espacio
y sus encuentros.
Entre la noche y las tormentas corro aún,
temiendo sigo el iluminado desván de los destellos,
el repetido relámpago que no cesa de abandonarme
en las tercas alamedas de mis pasos.
Y su mano tiembla,
y mi mano ya no es mi mano.

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