Bosco_Pecados capitales_2_Resurrección (2)
“Pecados Capitales” El Bosco.

10+6.- SEÑALES Y SIGNOS.

Un sueño inquieto y turbio se entretenía en mortificar a Petunia, la anciana daba vueltas en la cama enredándose en las cobijas, sudaba por la frente y sentía un helor de ultratumba en las extremidades. Abrió los ojos de repente con la certeza de que su nieto ya no pertenecía a ningún lugar.
Por las rendijas de las persianas se colaba la luz de un nuevo día pintando desiguales líneas amarillas sobre la pared y la puerta. Abajo se escuchaba el trasiego de cacharros y mobiliario. La mamá de Nelo huía del presente haciendo cosas, cotidianas, anónimas, se entretenía moviendo innecesariamente objetos de un lugar a otro. La anciana creyó conveniente no afligirle con unos presentimientos que, para ella, eran absolutas certidumbres.
Después de desayunar Petunia inventó una excusa para ausentarse, cuando la mujer bajaba por las escaleras el terrible sonido de un timbre de teléfono se dejó escuchar dentro de la vivienda. No se sintió con fuerzas para detenerse y regresar junto a la mamá. Imaginaba la voz pesarosa que desde el otro lado de la ciudad le comunicaba que las constantes vitales del niño habían caído a plomo, que las sístoles y diástoles no respondían a las altas dosis de adrenalina, que los desfibriladores combaban su cuerpo innecesariamente negando cualquier esperanza posible y dejando tan solo abierta la puerta a los milagros.

Salió a la calle y miró hacia la ventana de la habitación donde todo había comenzado, las persianas acumulaban polvo de siglos. Tal vez la humedad, la condensación, tenían la culpa de todo. Caminó entre los viandantes sin dejar de observar, a cada poco, el cielo. Azul se esparcía interrumpido y quebrado por cornisas y antenas. Suspiró cuando al pasar delante de un oscuro callejón pudo contemplar como, una docena de harapientas ratas, se mantenían en pie sobre sus patas traseras tomando un poco del calor que el sol apenas conseguía, entre tanta miseria, hacer llegar al suelo. Pensó que las sombras también resultaban necesarias, tanto como la luz.
Tomó asiento en el banco de unos jardines que se encontraban situados en el mismo centro de la ciudad. Las palomas picoteaban el suelo, otros ancianos, al igual que las ratas, buscaban un calor externo para suplir el que la vida ya le estaba arrebatando. Necesitaba confirmar que todo había comenzado y que los planos, como enormes continentes navegando sobre un magma etéreo, comenzaban a colisionar, a fundirse.
Nada parecía haber cambiado, los árboles se mantenían inertes prodigando sombra sin mesura, las arañas continuaban fabricando sus traicioneras telas entre las pequeñas ramitas de los arbustos y algunas nerviosas ardillas correteaban felices por las arboledas. Allí se mantuvo durante todo el día alerta y serena recordando, de rato en rato, al Hacedor. Cuando la tarde se desplomaba por los tejados, una bandada de aves surcó el pedazo de cielo que, desde el lugar en que se encontraba la anciana, podía observar con claridad. Sus formas le resultaron excesivamente grandes, recortadas contra el ocaso movían con lentitud y pesadumbre sus enormes alas. El talismán que llevaba al cuello, un viejísimo taumatropo fabricado en desconocido material comenzó a emitir un pálpito rítmico, con la mano sobre el pecho, lívida, se incorporó resuelta a regresar a la casa de la mamá de Nelo cuanto antes. Supuso que había transcurrido el tiempo suficiente como para que, a solas, la mujer hubiese lavado con el agua íntima del llanto el primer dolor, el incisivo, el que golpea fuerte en el rostro y el alma. No había tiempo para duelos.

Las avenidas estaban llenas de gentes, transeúntes que se desplazaban por las aceras y se detenían frente a los escaparates, sonreían, caminaban inmersos en el paréntesis que unos auriculares le procuraban, ausentes en mitad del horror que estaba a punto de llegar. La anciana hizo el camino de vuelta por las mismas calles que le llevaron al jardín, las ratas seguían en el mismo lugar, ahora no buscaban el sol, se mostraban altivas y feroces. Aceleró el paso.
Cuando entró en la casa un silencio inexpresivo descansaba recostado encima de los muebles, la luz, ausente, tan solo era capaz de dibujar tímidos trazos que apenas permitían moverse sin tropiezos. Tanteando la pared hasta encontrarlo, activó el interruptor de la luz, el resplandor mostró una estancia vacía, fría y desangelada. Alzó de inmediato la mirada hacia arriba buscando la habitación de Nelo, la puerta que dejara cerrada se encontraba ahora entreabierta. Petunia corrió todo lo que pudo, los escalones parecían frenarla, una fuerza alimentada en certezas se imponía ralentizando sus torpes pasos.
Cuando traspaso el vano de la puerta sus ansias se aplacaron, en el filo de la cama, sentada, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos, encontró la pura imagen de la desolación. La mamá de Nelo, seca, angostada hasta la extenuación, era incapaz de llorar, de destilar una sola lágrima más. La mujer, al sentir la presencia de la anciana, alzó los ojos solicitando socorro, las palabras, fermentadas, construidas tiempo atrás, formularon una pregunta, la sencilla cuestión que todos alguna vez, tras la muerte de alguien amado nos hemos hecho, hemos planteado.
—En algún lugar, ¿sigue viviendo?
Petunia se mantuvo a una corta distancia, la luz dentro de la habitación era escasa y sus torpes andares le aconsejaban mantenerse cerca del fanal que componía el descansillo.
—Todo prosigue…—comenzó a explicar.
—¡No! —Gritó la mamá lanzando palabras como quien esgrime acorralado una navaja. —¡No me cuente historias! ¡Vivo! ¡Palpitante! ¡Latente carne herida!
La anciana se miró los pies antes de atreverse a hablar, pensó que de tanto andar necesitaba unos zapatos nuevos. Aquella situación la había vivido en más de una ocasión, pero ésta, ésta era completamente distinta. Los viejos libros, los códices olvidados, mostraban toda su sapiencia a través de imágenes codificadas o de toscas parábolas cuya interpretación resultaba demasiado abierta. Los estudiosos que a ellos se acercaban, movidos por intereses la mas de las veces mezquinos, solo conseguían embarrar la poca luz que veladamente emitían. Era evidente que necesitaba unos zapatos nuevos.
—Lo que le intento explicar es que lo ocurrido estaba escrito, insinuado más bien, todo lo que le pueda decir no son más que interpretaciones, no quiero darle una falsa esperanza.
—Si no tiene nada que dar, —respondió la mujer, —deme al menos eso, con ello podré edificar al día de mañana e, incluso, si mis pasos me sostienen, un pasado mañana.
—Estamos en el tiempo de señales y signos, tal vez, solo tal vez…, —insinuó Petunia, —…si estos se materializan, si suceden, el resto de lo anunciado sea cierto.
—¿Entonces?
—Nelo sigue vivo y encarnado, —anunció la anciana, —no recordará nada de lo sucedido, habrá olvidado cualquier retazo de su existencia anterior, incluida a usted. ¿Eso le basta?
—Y sobra, —remató la mamá, —ahora necesito levantarme, ponerme a andar. Le ruego se marche para siempre. Debo encontrarle en mañana y usted es el pasado.
—Eso es prácticamente imposible, —argumentó la vieja iniciada —no deseo desalentarle, pero las posibilidades resultan casi nulas.
—No me insufla desaliento alguno en el alma, no se preocupe. Gracias por todo, pese al alto precio que he debido pagar ahora sé, conozco como esos volúmenes, los libros arcanos de los que usted tanto habla solo son testimonio de hechos pasados y que su atribuido obscurantismo deja un solo significado, siempre. Márchese cuanto antes, se lo ruego. —Insistió la mujer.
—Siento regocijo, créame, al saber que usted ha sido capaz de ver más allá de lo que yo lo fui. —En los ojos de Petunia la tristeza comenzaba a festonear ligeros brillos. —Solo quisiera, antes de partir, hacerle dos ruegos. —La mamá de Nelo asintió con un sencillo gesto de cabeza. —Regrese a la montaña, usted parece más fuerte que yo, recoja los objetos personales de mi nieto, no los del Hacedor, esos tal vez puedan serle de utilidad si es que, y no lo dudo, construye ese pasado mañana tan necesario para todos.
—¿Y el otro? —Quiso saber la mamá.
—Desvéleme aquello que ha logrado ver y que mi ignorancia, y tal vez la arrogancia, me ocultaron.
—Los viejos libros, todos, no describen la crónica de lo inevitable, tan siquiera hablan de seres reales a los que, por sus hazañas o méritos, debamos rendir homenaje o pleitesía. Describen la senda, la forma del camino que se debe recorrer para subvertir lo inevitable.
La anciana sonrió iluminando la estancia de humildad, supo que, su labor, de alguna forma, había sido realizada, concluida.

Cuando la casa quedó de nuevo en silencio la mamá de Nelo encendió el televisor y se sentó frente a la pantalla como quien se dispone a consultar un ancestral oráculo. Según las noticias se desgranaban desde diferentes cadenas diseminadas por todo el planeta, un resplandor interior comenzó a titilar apenas. Una leve claridad que se asomaba de puntillas por sus devastados ojos. Breves reseñas sobre hechos inusuales, inexplicables, solían rematar los informativos de todo el mundo, y en esas referencias creía ver señales, los signos de los que hablara Petunia.
Enigmáticos jeroglíficos dibujados sobre plantaciones de maíz, las plantas parecían aplastadas siguiendo un esquema concreto, buscando enviar un mensaje. Era seguro estaban llegando esos seres procedentes de otro plano, pensaba la mujer mientras, un insípido locutor informaba de un injustificado suicidio colectivo llevado a cabo en una granja. Una secta dedicada al adoctrinamiento de niños cuyo invernadero se encontraba repleto de miles de frondosas plantas de marihuana y donde un santón, de impronunciable nombre, se enriquecía a costa de perdidas e inocentes almas, había decidido que ese día en concreto, era el propicio para entrar en directa comunión con las deidades venidas de remotas galaxias. Las señales llegaban, no cabía la menor duda. Un soldado, ferviente practicante de uno de los muchos credos verdaderos que asfixian al mundo, se inmolaba en un mercado dejando tras sí un reguero de cadáveres y cuerpos mutilados. Un signo más, la evidencia del inevitable solapamiento de los planos que anunciara la anciana vidente. Boicot económico de las grandes potencias a una pequeña república díscola. En defensa de la libertad del sufrido pueblo al que hasta ese momento nadie conocía, medicamentos y artículos de primera necesidad comenzaban a escasear en los mercados. El mundo que la anciana llamara de lo aparente dejaba de serlo de repente, se consolidaba en forma y cuerpo ante la mirada embobada de la mamá. Capa de ozono, el ártico transformado en un sucio charco donde osos, famélicos y mendicantes morían con el orgullo dibujado en sus negros ojos. Los falsos dioses regresaban, los seres maléficos creados desde esta realidad y expulsados, tiempo atrás, comenzaban a señalar nuevamente el camino del terror y la desolación. Habían traspasado la señal que otros, antes, dibujaron con su propia sangre. La mamá continuaba mirando la pantalla del televisor segura de que aquellos mensajes, los que en tantas ocasiones viera y escuchara, estaban siendo emitidos en aquella ocasión para hacerla despertar.
Miles de muertos en las fronteras naturales existentes entre los países llamados prósperos y aquellos cuya renta per cápita apenas hubieran permitido subsistir a los primeros un solo día. Según un estudio de una organización privada el mundo, fuera de esas costosas y seguras fronteras, solo mostraba mares nutridos con el terror y la esperanza de los que huyen, desiertos sembrados de almas en pena buscando un hueco, la falsa puerta que construye una alambrada rota.
Presupuestos falsos, amañadas estadísticas, mentira y saqueo justificado bajo el incontestable dilema de lo realmente necesario. La prensa, transformada en un producto mercantil, preparaba el camino. Todo un glosario de noticias que la mujer iba atesorando y que nutrían la creencia de que la realidad mostrada por Petunia, irremediablemente, tenía visos de ser cierta, y si así era, Nelo seguía vivo, encarnado en otra forma, desmemoriado de su anterior existencia, pero con un corazón palpitante y lleno de futuro. Regresaría a la cueva, buscaría antes que el pillaje lo destrozara todo, aquellas cosas que pertenecieron al nieto de Petunia. Si debía comenzar desde el principio, omitiría las del Hacedor. De repente cayó en la cuenta de algo en lo que antes nunca había pensado, desconocía por completo la dirección de la anciana, tal vez la amiga, la que les diera hospedaje en su única visita a la montaraz villa le orientara sobre ello, y si eso no resultaba posible, siempre podría dejar en su casa las cosas personales del nieto hasta que la anciana volviese por allí. Recordó los ojos falsamente aumentados de Petunia por acción de los gruesos vidrios de las lentes, esa manera sincopada de moverse cuando se trataba de pasar a la acción, la entrega demostrada a cambio de nada y, de repente, comprendió. La anciana le había traspasado el testigo, sutil, sin imposiciones, casi de una forma voluntaria lo llevaba entre sus manos dispuesta a que nada se lo arrebatara. La mirada de la esperanza se sentaba frente a un televisor.

La anciana con su maletín de falso doctor salió a la calle, los automóviles, a esa hora, se desplazaban en manadas por todas las avenidas, empujando, hociqueando. El autobús que le llevaba a la estación central se encontraba detenido en la parada. Prefirió recorrer el camino a pie, no tenía prisa alguna, así, de paso, podría echarle un ojito al mundo, ese que estaba preparándose sin saberlo para el gran cambio.
Sacó de uno de los bolsillos del tosco abrigo un pequeño y arcaico transistor, le conectó unos elementales auriculares y con el aparato oculto en la faltriquera, ayudada por el pulgar, comenzó a hacer girar el dial buscando emisoras que estuviesen emitiendo noticias. Pronto percibió que no estaban en absoluto equivocados los libros arcanos, pese a la visión que diera de ellos la mamá de Nelo. Los dioses de la antigüedad se encontraban ya reconstruyendo el presente y en las noticias que voces anodinas y cansadas lanzaban al viento, percibía los claros signos y señales de esas presencias. El locutor de una emisora nacional anunciaba, pletórico de afectado orgullo, la tregua firmada por dos países enfrentados en una cruel guerra desde tiempo inmemorial, gracias a la intervención diplomática de un tercer estado poderoso y bien armado. Signos. La pobreza extrema en el mundo se había reducido sustancialmente en el último medio siglo. Señales inequívocas. En la acera de enfrente, delante de la zona de acceso a un complejo hospitalario, la anciana pudo observar a un grupo de trabajadores que reivindicaban una mayor aportación presupuestaria para la sanidad pública. El presentador de un programa radiofónico, ajeno a ese presente, entrevistaba a un ministro, las palabras lacónicas, abyectas y torcidas anunciaban con satisfacción que la sanidad universal, esa que demandaba justamente el pueblo, cada vez era más una realidad empíricamente constatable, amparando, no sin ímprobos esfuerzos, a un número más amplio de ciudadanos. Petunia percibió que el germen del futuro estaba siendo sembrado en ese preciso instante. Implacable, con sabia delectación de avezado estratega. Era cuestión de tiempo que eso que aquel ser ruin llamaba pueblo, indefinido, ya vacío de significado, pidiera yugo y cadena, aunque solo fuera para conservar esas migajas que desde arriba le arrojaban, los restos malolientes de la expoliada heredad que por derecho universal le correspondía.
La anciana aceleró el paso, una extraña urgencia le guiaba casi a empujones hacia la estación de autobuses. El coche eléctrico era la solución, las energías alternativas la clave, internet y sus secuaces, las redes sociales, la salvación. Nunca jamás una herramienta tan poderosa era el patio de recreo de tanto idiota, jamás la mediocridad alcanzó tan alto estatus. Un banco te ofrecía la libertad a un bajo interés y sin comisiones. Un locutor exponía el estudio publicado por una insigne universidad en estrecha colaboración pecuniaria con una farmacéutica, el analfabetismo en la humanidad estaba a punto de ser cosa del pasado, las niñas, en países cuya tradición imponía lo contrario, estaban accediendo a las escuelas financiadas y sostenidas por voluntariado perteneciente a organizaciones sin ánimo de lucro. El pulgar interrumpió la señal, no necesitaba escuchar nada más. Signos y señales. Los viejos dioses regresaban con la lección aprendida, la falsa idea de que las cosas se estaban arreglando, la ilusión de un mañana igualitario se colaba a través de medios electrónicos, impreso en papel formulaban historias de héroes imposibles, los telefilmes lo demostraban sin duda alguna. No sueñes, y si lo haces, nosotros os daremos el argumento.
Recordó otras circunstancias, el barbecho previo que los heraldos de los Arcontes habían promovido. Descrédito general, acceso restringido a la cúpula, arriba solo el dócil, aquel que se puede mercar o, a las malas, arrendar por un insignificante precio. Estados ayer libres hoy fuertemente endeudados, democracias falseadas, religiones justamente manchadas por la sangre o la pederastia, prensa falsaria y acomodada al mejor postor, leguleyos y leyes que, por parciales e injustas, dejan de llevar tan honroso nombre, organizaciones de voluntarios que pervierten y maculan aquello que aseguran combatir y el arte… un sucedáneo que rellena abrevaderos y desvalija ansias, empresas de la comunicación y la mentira. Todo enlodado. Planeta Tierra, mundo en barbecho.

La estación de autobuses se encontraba repleta de gentes, maletas y mochilas, almas en tránsito constante buscando un lugar exacto, ese que imaginamos dentro y arrastramos como una condena eterna y sin ruedecitas, inalcanzable. Petunia no podía evitar ver la realidad de distinta manera, empañada y emborronada por lo que había ocurrido. Sin el consuelo y el apoyo del Hacedor ella también se sentía por primera vez en toda su vida como aquellos viajeros ignorantes. Sola y perdida.
Lamentaba haber sido tan inocente al imaginar las formas en que llegaría el nuevo tiempo. Pensó entonces, inducida por los viejos códices, en la parafernalia de los faraones, los sangrientos rituales de culturas ya extintas, el boato y la pompa de emperadores orientales, los fastos vengativos y crueles de dioses semitas. Había errado, las deidades retornadas se amoldaban al tiempo presente, eran igual de vulgares y mediocres que aquellos a los que pretendía imponer las nuevas normas, siempre fáciles de emular. Jactanciosas por erradicar males igualando el dolor a la baja, un rasero común que elevaba lo paupérrimo y normalizaba la precariedad. Todos parias. Humanidad en barbecho.
Cada cierto tiempo el sonido de lata que anidaba en los altavoces, casi ininteligible, anunciaba llegadas y salidas acompañadas del número de un andén y de las cifras que señalaban una hora seguida de cerca por su cohorte limitada de minutos. Sentada observaba las idas y venidas de los autocares. Su presencia en aquella historia no resultaba necesaria. Azares precisos, aleatorias certezas, le llevaron a educar a su nieto, le transmitió un conocimiento que ahora le hacía sentirse culpable, ese tipo de saber que nadie desea le sea entregado. Y ahora estaba fuera del juego. Recordó la conversación mantenida con la mamá de Nelo, la mujer vencida que pidió le fuesen entregadas certidumbres vanas para con ellas, edificar mañanas. La anciana sonrió con la mirada perdida, sin ser consciente de ello, ajena a las fuerzas que determinan los vericuetos por donde transita el futuro, sin proponérselo, había inoculado en aquella pobre mujer el germen que a ella le fue entregado. Transmitió con dolores de muerte, en tan sencillo gesto, el ansia de la búsqueda. Tal vez aquella madre jamás encontraría a Nelo, pero el tesón, del que no dudaba, sería cual testigo pasado a otros y, ellos, tal vez…

Un fortísimo crujido sepulcral, seguido por un coro de dementes gritos, obligaron a la anciana a levantar la mirada. Dos ojos de luz, potentes, cegadores, le mostraban amables el camino final. Un enorme autobús con los frenos rotos se elevaba por encima del andén, sus fauces de radiador, su cornamenta plana de animal metálico, le embestía sin piedad. Aún tuvo tiempo de pensar que el signo le había sido claramente entregado y que ahora tocaba a otros continuar con el legado, ¿la señal?, la señal como todo lo que en verdad importa quedaba marcada e ignorada en un rojo charco entre maletas sucias y límpido vapor blanco. Cuando su consciencia se fue cerrando entre gritos y urgentes carreras, aún tuvo tiempo de recordar, ¿recordar?, una frase que en ese instante adquiría toda su verdadera significancia: Ahora que has crecido, nunca volveré a hablar para ti.

Torremolinos (Málaga) 2018.

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