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24.- Exilio.

A la luz consentiste promulgar su mandato,
ese de los aleros, el que en sombras señala
cada paso dado, vidrio traslúcido,
nítida presencia, cristalina linde, dolor diáfano.

Brota un mundo a la puerta,
en el patio, solo prospera el patio.

La tarde con sus temores timones enarbolando,
desagua peregrina luceros y astrolabios,
marinas cartas, mapas, el sextante de unas manos
señala islas, burdo estero de acento conjurado.

Emerge un océano en la mesa,
en la mano, solo reside la mano.

Las orillas de mañana, la playa, el árbol,
la aurora viste de azul, tapia de camposanto
donde descansan los mástiles, las jarcias, la vela,
el arpón de la voz que atraviesa el orbe a nado.

La afligida calle a la que salgo,
las gentes, comparsas del escenario.

Calle que a nada conduce, callejuela de nadie,
detrás las tapias altas, el alto muro de la sangre,
la casa no tiene puerta, portal de tempestades,
ventana de cuatro penas donde me asfixia el aire.

La luz se enfría en el huerto,
dejas pozo y pretil, brocal y azul eco.

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