mirmidones-2 (2)

15.- SIN SORPRESAS.

Emprendió el camino hacia el poblado con intención de dar alcance a los oribaa, una vez localizados mantendría una distancia prudente con el grupo, al menos hasta que se encontraran a escaso trecho de la aldea.
Sobre el mediodía, o al menos eso creía el Hacedor, pues la luz de la mañana continuaba intensa y constante imposibilitando deducir con acierto en qué momento de la jornada se hallaba, divisó a los tres elementales. El más pequeño, Birlo, el que arrebatara de las fauces de la Batana dragontina, se desplazaba dando pequeños saltos, parecía haber descubierto aquella novedosa forma de transporte y se ejercitara para logar dominarle por completo. Se lanzaba contra las piedras y ascendía por los aíres hasta colocarse en cabeza de la tropa, poco a poco los otros dos compañeros le daban caza y terminaban por rebasarle, pero el incansable oribaa de falsas orejas de conejo repetía la maniobra, encontronazo contra un talud y vuelta a surcar los cielos buscando encabezar la marcha. No siempre su empeño se veía gratamente satisfecho, a veces, el ímpetu del impacto le elevaba en una dirección no deseada y se perdía por detrás de una colina cercana de la que regresaba, a la carrera, asfixiado y evidentemente con el pánico dibujado en los diminutos ojos. Sus camaradas le miraban indiferentes en su aéreo ir y venir preguntándose cuando dejaría de hacer el idiota.
Fue entonces cuando un crujido cósmico se dejó sentir, primero como si alguna puerta de descomunal tamaño estuviese siendo empujada por una fuerza titánica, después le siguió un desgarro intenso, sideral, que dejó una reverberación profunda instalada en el aíre. Los oribaa se detuvieron aterrorizados y el Hacedor giró la cabeza hacia atrás, al lugar desde donde aquel trueno ciclópeo parecía provenir. Sobre el cielo del viejo bosque una densa concentración de nubes, un hollín espeso y en constante evolución, avanzaba lento e implacable restaurando la luz del verdadero momento del día en que Pomomo se encontraba, la noche más oscura e impenetrable posible.
El muro arbóreo había sido roto en varios lugares y hordas de seres oscuros, aquellos que la mente humana había concebido a lo largo de miles de años, invadían el sur de la ínsula con un solo objetivo, llegar a la aldea de los elementales y apresar al demiurgo. Era llegada la hora de la justa venganza de los desterrados, tal y como las crónicas antiguas y olvidadas transmitieron para advertencia del mundo de lo aparente.
El hombre recordó la conversación mantenida con La Mola, pese al miedo ancestral que le ganaba el alma ante tamaño quebranto, las sabias palabras del pastiche le procuraban cierta tranquilidad. Los Arcontes sabían lo que estaba sucediendo, no solo eran conocedores del terrible acto, si no que ellos lo procuraron, le alentaron creando esperanzas y sueños absurdos de cambio en la razón de los humanos. Aceleró el paso a pesar de lo innecesario que resultaba cualquier intento de injerencia, toda forma de pretender alterar el natural discurrir de los hechos.

Con las sombras pisándole los talones el Hacedor entró en la aldea de los oribba, todo estaba desierto, las extrañas flores que medraban cerca de lagunas y bucólicos estanques multicolores se mustiaban como achicharradas por un ácido invisible y corrosivo, el azul celeste del cielo se emborronaba, una aguada acuarela donde gotas de negro caían y se esparcían griseando un fondo de cartón. La ínsula se transformaba en un único todo, sin fronteras, carente de separaciones y marcas. Sus ojos detectaron un árbol majestuoso repleto de cordajes vegetales que se alzaba en el centro justo del poblado, de allí parecía provenir la fuerza que hasta ese mismo instante había mantenido la luz en guardia e invicta. Sacó la enorme espada, al lado del tronco del mastodonte arbóreo unas figuras medrosas y acurrucadas temblaban vestidas con el ropaje del pavor más profundo. Distinguió a los tres elementales abrazados a un niño en cuyos ojos se pintaba la furia más extrema mientras una lluvia de ramas se precipitaba desde la copa del árbol alrededor de ellos. El mundo de los elementales se deshacía en favor de la creación de lo aparente. Fiebres y deseos indignos, como los que cualquier aspiración encierra, habían creado legiones de monstruos que, ahora, reclamaban su derecho a existir. El hombre se dirigió en dirección a Nelo esquivando la torrencial caída de restos vegetales que desde el cielo se precipitaba como una lluvia imparable.
—¿Quién eres? —Escuchó gritar al niño.
Los tres oribaa giraron al unísono la cabeza, solo a Birlo le resultó familiar la borrosa figura que, sable en mano, avanzaba con resolutiva determinación hacia ellos.
—¡No hay tiempo de explicaciones! —Gritó el veterano demiurgo. —Las hordas de Batana están a un paso de entrar en el poblado, tenemos que sellar un pacto antes de que llegue.
—Viene desde el mundo de lo aparente buscándote a ti Nelo, —aclaró Tantán, —creo que lo envía tu mamá.
El niño miró con el ceño fruncido al pequeño Birlo, sus orejas se enrollaron aún más hasta convertirse en dos diminutos bultos situados, como coquetos moños, uno a cada lado de la cabeza. Nelo parecía no saber qué era una mamá y, menos aún, ese lugar llamado mundo de lo aparente de donde parecía provenir la figura armada que se acercaba a la carrera.
—¡No te acerques más! —Advirtió el niñito. —¡O atente a las consecuencias!
Unas enormes agujas de hielo surgieron del suelo, colmillos helados que cercaron al pequeño demiurgo, defendiéndolo, aislándolo.
—Soy tú antes de que siquiera hubieras llegado a nacer, me necesitas si quieres seguir existiendo. —El Hacedor, pese a las explicaciones, era consciente de que todo resultaba demasiado complejo para que aquel neófito le comprendiera. Ese no era el camino.
—¡Déjame en paz! —Vociferó el niño. —Cuando termine esta tormenta volveremos a levantar el árbol y traeremos de vuelta a las flores. ¡Vete de una maldita vez!
El Hacedor se detuvo frente a las fauces de hielo, hincó una rodilla en tierra mientras mantenía el mandoble vertical con el extremo de la hoja tocando el suelo. No había nada que hacer, tal vez La Mola se equivocaba y, en esta ocasión, los términos se invertirían definitivamente.
Tuntúm comprendió que el daño hecho era irreversible, ahora debía intentar remediar, en lo posible, todo el dolo producido y el que, de ahora en adelante, de seguro se iba a producir. Abrazado con toda su fuerza al cuerpo del niño, alzó los ojos y le miró con intensidad y dulzura, necesitaba arrebatarle el momento, abstraerlo de ese presente de destrucción y sombras. En eso era un maestro, siempre se le había dado bien el engaño y la pantomima marrullera, así que decidió utilizar todo aquel arte atesorado durante largo tiempo, para distraer a Nelo de la realidad terrible del instante.
—¿A dónde iremos cuando termine la tormenta? —Preguntó con afectada distracción de cebo. —Deberíamos ir a otro lugar menos concurrido.
—Que tenga un prado grande y verde, suaves colinas punteadas por florecillas de montaña. —Sugirió entusiasmado Gagón.
—¿Y tú que quieres? —Le preguntó a Birlo el niño. —¿Deseas algo especial?
El pequeño elemental, acosado por el rugir de la ilusoria tormenta, era incapaz de pensar en nada que resultase medianamente agradable. Ya no tenía sobre la cabeza ni asomo de sus antiguas orejas de falso conejo, amedrentadas, se le habían incrustado muy adentro. Sonrió como pudo para agregar titubeante.
—Me da igual, pero sin tormentas.
Todos rieron y Tutúm supo que estaba logrando su objetivo, alejarles de ese lugar lo suficiente como para que los dientes de hielo pudieran desvanecerse. Una esfera traslúcida parecía envolverlos, dentro de tan reducido espacio la fuerza del neófito demiurgo era inquebrantable, Batana no podría atravesarla si se mantenía esplendiendo y radiando como un diminuto faro de poder.
Una frialdad milenaria tocó las espaldas del Hacedor, despacio, sin sentir sorpresa alguna, giró levemente el rostro, una horda de espectros, hematófagos, licántropos, gárgolas y gigantes describían un semi círculo amenazante tras él, y en medio, sentada en un tosco trono de maderas sin enlucir, adornado con calaveras humanas, dientes de extintos animales y colgajos indescifrables, sobre el lomo de un enorme dragón de ébano Batana se erigía capitana de aquel ejercito vengador. Mostraba en su rostro una media sonrisa socarrona y su tez, cerúlea de blanca, se revelaba tersa y hermosa. No pronunció palabra alguna, miraba al Hacedor con lástima y desprecio.
El hombre se irguió y colocó el espadón, sosteniéndolo con ambas, a la altura de los ojos. El extremo del arma señalaba directamente al hermoso cuerpo de la Bruja de la Ciénaga del Norte. Por fin ésta, tras negar lentamente con la cabeza, se dignó a hablar.
—Parece que tu réplica no te reconoce, ¿tan mal te ha tratado el tiempo?
—Nada de lo que digas o hagas cambiará el curso de las cosas. —Replicó el demiurgo sin fuerzas, como si se tratara de una lección aprendida y terriblemente aburrida.
Batana se percató del cansancio que abatía al Hacedor, luchar contra todo podía resulta en verdad fatigoso y poco gratificante. Debía aprovechar aquella ventaja.
—Entonces, ¿qué demonios haces blandiendo esa estúpida espada? —La bruja suspiró con hastío. —Lárgate a tu pocilga y conserva al menos la forma que te contiene, hasta ahora has vivido al margen de lo humano, estás a tiempo de regodearte en todos esos vicios y placeres que tanto desean todos, imagino que en más de una ocasión te habrás sentido tentado por saber qué se siente, cómo duele dulcemente eso que llaman la vida. El rebaño comporta ciertas ventajas, podrás ahogarte en el cieno creyendo que es el único camino posible.
El hombre no contestó de inmediato, percibía como los dientes de hielo se iban fundiendo y precisaba atesorar cada segundo disponible. Decidió contraatacar con aquello que más atormentaba a la bruja, La Mola.
—Tú hijo parece más sensato, un poco más docto que tú. —El rostro de Batana se encolerizaba por momentos. —Sabe perfectamente que todo lo que hagamos hoy, mañana, o pasado mañana, no servirá de nada, pero respeta las formas, cree en el ritual, en la importancia de la liturgia. Comportémonos pues como se espera de nosotros.
—Veo que te gusta sufrir, en fin, —declamó teatralmente, —hagamos las cosas como deben hacerse.
La bruja se incorporó y con tan solo ejercitar el gesto de alargar el brazo, un cayado retorcido y repleto de nudos, salido de la nada, recorrió los aíres para engarzarse con delicadeza entre los dedos de su mano. Despacio, degustando cada movimiento y gesto, comenzó a descender del dragón con felino andar. El enorme animal extendió una de sus membranosas alas y con las escamas que le cubrían el cuerpo, formó una sucesión de brillantes escalones, una escalinata que terminaba justo a nivel del suelo.
El Hacedor miró de soslayo y con disimulo hacia la base del tronco del enorme árbol que viera en el centro de la aldea, todo a su alrededor parecía detenido, los troncos que se precipitaban desde arriba de la copa se mantenían ahora flotando y quietos. Una pequeña esfera de luz azulina se percibía destellando, el potente brillo que transmitía impedía ver su interior. Dedujo que Nelo la mantenía activa y palpitante. Los colmillos de hielo, ahora romos y desdentados, dejaban entre si algunos huecos por donde resultaba posible pasar al otro lado. Retrasó un pie y afianzó el otro hacia adelante. Mientras, mantenía el mandoble en alto sobre su cabeza, la hoja esplendía airada y colérica dispuesta a recibir el primer embate que le lanzara Batana.
Mientras tanto, en el interior de la esfera, ajenos a enfrentamientos y a disquisiciones sobre lo inevitable, los elementales y Nelo continuaban creando un sueño limpio e inocente. Pastos, nubes de algodón, inmensas praderas en lo alto de montañas imposibles. Tutúm dejaba que todas las tonterías imaginables tomaran forma, se hicieran presente en mitad de la tormenta que, afuera, presentía arreciaba por momentos.
—Y tú, ¿qué querrás ser? —Preguntó el niño al sucio osito de felpa.
Indeciso, Tutúm quedó pensativo, podía aprovechar aquella situación irrepetible, decantarla a su favor y pedir lo que siempre deseó en realidad, ser un niño de esos de verdad. Y que dos adultos le cuidaran por siempre, contaran cuentos increíbles en las noches de lluvia y sentir miedo para que las palabras de los mayores, amables, consoladoras, como arrullo de olas y dulces vientos, le hicieran dormir confiado y feliz. Decidido formuló con resolución inquebrantable su ansiado deseo.
—Un osito de felpa, eso sí, metomentodo y fisgón. Si no dejaría de ser yo mismo.
Todos volvieron a reír y la esfera pareció elevarse apenas unos centímetros del suelo. El Hacedor se percató de aquella circunstancia justo antes que Batana, sin esfuerzo alguno, le lanzara un hechizo de fuego y lava que la espada apenas fue capaz de absorber. El hombre rodó por el suelo esquivando la porción de magia que el arma no había reflectado, recuperado, con una rodilla en tierra, agitó el espadón y éste expulsó una vaharada cálida y difusa. La onda lanzada se partió al simple contacto con el cuerpo de la bruja, las dos oleadas resultantes se esparcieron por entre la horda que aguardaba tras ella en actitud amenazante. Los rostros de los monstruos demudaron el semblante al sentir el leve impacto que les traspasaba, imágenes templadas, dulces, que a los engendros menos fuertes le provocaron terribles dudas, deseos de largarse por donde habían venido en busca de algo que algunos llamaban felicidad.
—Elijes mal tus hechizos, —le anunció Batana, —crear dudas en esas aberraciones no te servirá de nada. En realidad, no les necesito, son… —y dejó la frase temporalmente inconclusa a propósito, —…como afirmas, parte del teatrillo necesario. —Terminemos con esto de una maldita vez.
Los dientes de hielo apenas eran unos charcos sucios y embarrados, la magia de Batana había acabado por completo con ellos, ahora era posible distinguir la esfera donde se encontraban refugiados los tres oribaa y Nelo.
—Y tú, ¿tú qué serás? —Preguntó el osito al niño.
—Nada importante, —respondió sin dudarlo Nelo, —lo único que quiero es seguir jugando por siempre.
—Pues entonces, —anunció Tuntúm con una amplia sonrisa, —marchémonos cuanto antes. Nos fundiremos dentro de ti para que viajemos juntos y no nos perdamos, cuando despertemos no recordaremos nada, así que tendremos que esperar que eso que nombran destino, nos vuelva a reunir.
A Birlo aquella posibilidad le parecía excesivamente arriesgada, no confiaba mucho en ese personaje, Destino, a él no le había tratado con demasiada deferencia, todo lo contrario, pensaba no sin razón. Y para colmo no había deseado ser nada, ¿cómo podrían reconocerle entonces?
—¿Puedo pedir ahora mi deseo? —Aventuró mientras observaba como Gagón se entretejía en el cuerpo de Nelo.
—Demasiado tarde, —le respondió el osito, —ahora entra y calla, seguro daremos contigo, resultas lo suficientemente especial como para que pases desapercibido. —Y dirigiéndose al niño le dio instrucciones precisas. —Cuando hallamos entrado los tres, abre la esfera para que podamos irnos de aquí, no lo olvides, ábrela de par en par sin dejar de soñar con ese prado verde, con las nubes blancas que dibujan sombras sobre la tierra. ¡Sueña Nelo! ¡No dejes de soñar!
Batana elevó el cayado y pronunciando palabras antiguas, sílabas torcidas y peligrosas, lanzó un nuevo hechizo negro de pez. Un hastío pesado descendió sobre el Hacedor, sus brazos dejaron con cansino gesto que el espadón se apoyara en el suelo, resultaba excesivamente innecesario todo aquello. Luchar para nada aún a sabiendas de que el resultado final era inamovible, le parecía ahora, con claridad indiscutible, fútil y hueco.
—Puedo arrebatarte toda esperanza, —anunció con jactación la bruja, —mas no creas que saco placer de ello, eso vendrá después, cuando todos los planos se unifiquen. He aprendido durante todo este tiempo de espera que el futuro, ese inevitable, no comportará tantas satisfacciones como imaginamos. Me vendría bien un acicate, un reto perpetuo que tú podrías encarnar. Admiro en cualquier ser la capacidad de dedicar tanto tiempo a un logro, por mezquino y absurdo que éste sea. Sé mi adalid, la enseña viva que me haga de contrapeso. Lárgate ahora mismo y serás perdonado.
El espadón yacía en el suelo sin dueño, el hombre continuaba de rodillas, sus brazos, como dos pesados apéndices, se mantenían yertos a ambos lados del cuerpo, parecía exhausto y vencido. Alzó la mirada por encima de Batana, sobre el cielo una luz difusa, como si a Lumara la ocultara una ligera nube, esplendía apenas viva y visible. Una voz de piedra, de templo saqueado, hueca y sin entonación, hablaba encajada entre sus sienes. Un Arconte le recordaba el propósito de toda su existencia, la razón principal de que siguiera allí tal y como fue narrado mil veces, aparentemente postrado y rendido.
—¡Sueña Nelo! —Escuchó a sus espaldas.
El Hacedor se incorporó con evidente dificultad, apenas podía mantenerse en pie, observó que Batana esperaba su respuesta, la aceptación de una rendición ventajosa. La bruja parecía ansiosa, ceder a su ofrecimiento suponía un cambio jamás antes ocurrido, la posibilidad de que lo escrito se emborronara y el sagrado libro del devenir, perpetuo e inalterado, necesitara ser reescrito. La Mola, si se encontraba presente entre las hordas que acompañaban a la indiscutida señora de La Ciénaga del Norte, debía estar sonriente, aquel pobre demiurgo celoso de un niño, de pensamiento despreciable, podía hacer girar al mundo en una dirección distinta y proclamarse adalid del nuevo tiempo. Inquieta, la bruja volvió a tentar al demiurgo.
—Sabemos que no soy diosa, y que los divinos descenderán de nuevo sobre el mundo de lo aparente, embajador serás, y con ello se dictará un futuro distinto y nuevo. —Impaciente espoleó al Hacedor. —Decídete, los Arcontes nada tendrán que objetar, novedosas ideas surgirán por toda la faz de la creación, luchas épicas, héroes que arrastrarán tras de sí los sueños de miles de inocentes, alimento necesario, imprescindible para que la rueda siga girando. Manifiéstate o desaparece en la nada.
Las hordas mantenían, mientras tanto, un silencio expectante, en los extremos del nutrido ejército, pues durante todo ese tiempo se habían ido uniendo a sus filas nuevas atrocidades, el Hacedor distinguió al Camarlengo Magón y a sus esbirros de vientre pálido, y en el lado opuesto, la emperatriz Ululadona levantaba negros estandartes junto a sus arpías y quimeras. Todos parecían haber acudido a la llamada de la guerra. Tan solo no pudo encontrar entre tanta aberración a La Mola, seguro aún continuaba esperando junto a una frontera que ya no tenía una razón de ser.
El Hacedor dio un paso al frente.

Sin que fuese posible determinar su origen, los labios de los que había partido, una frase se dejó escuchar en mitad de la terrible locura desatada. —¡No dejes de soñar! —Tremoló como el trapo de una gallarda bandera agitada por el viento. Al hombre le fue imposible discernir entre tanta baraúnda si aquel mandato había llegado arrastrado por el aíre o, por el contrario, aquella frase solo se reprodujo dentro de su cabeza.

—¿Crees que los dioses te permitirán destacar por encima de ellos? —Preguntó entre ahogos y tambaleos el Hacedor, parecía desnortado y pronto a perder el conocimiento.
—Los Arcontes no tendrán otro remedio que hacerme medrar, les va en ello el sustento, la piedra en el zapato, el grano de arena en el ojo, eso seré y te aseguro que quién a mi siniestra camine tendrá grata pecunia, abundante y grata.
—Pues que así sea, —apenas pudo articular el hombre, —no dejaré de soñar.
Pese a que aquella afirmación pareciera haber sido formulada en respuesta afirmativa al ofrecimiento de Batana, los penetrantes ojos de la Bruja de la Ciénaga del Norte perdieron algo de su exultante brillo, cosa que solo ocurría cuando su pensar se volvía opaco, interno, cubierto por el ala múltiple de la duda.
El Hacedor emprendió una sorpresiva carrera en dirección a la esfera que, al pie del majestuoso árbol, no cesaba de brillar, Batana apenas tuvo tiempo de reaccionar, con tardía saña lanzó desde el extremo de su cayado varias ráfagas de fuego y hielo, proyectiles que se incrustaron en la tierra requemándola e hiriéndola. El hombre, rodando por el suelo, impulsado por las ondas expansivas que tras de sí se iban produciendo, penetró en el globo luminoso de cabeza. Una explosión inmensa se produjo al instante y la esfera se deshizo en miríadas de fogonazos que salieron despedidos buscando todos los puntos cardinales posibles. La legión entera hincó la rodilla en el suelo, las mesnadas se cubrían la cabeza con las manos intentando evitar un resplandor hiriente y cegador. El ciclo eterno acababa de cerrarse. Junto a los restos del enorme árbol quedó el cuerpo inerte y sin vida del Hacedor, y al lado de aquella vaina hueca que hasta ese mismo instante le contuvo, multitud de extraños cristales. Batana, con el rostro lívido de rabia ordenó recoger cada uno de aquellos blanquecinos vidrios. En esos prismas se encontraba la energía precisa para que los diferentes planos de la existencia se solaparan en uno solo. Un fruto que precisaba de millones de años para brotar y de inciertos eones para madurar y poder ser cosecha. Había que comenzar cuanto antes con el ritual.

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