quema-de-brujas-en-Alemania-Edad-Media (2)

14.- OTRA VEZ JUNTOS.

Sus cortas extremidades impedían que progresara en la huida, derrengado se detuvo junto a un árbol, demasiado cerca percibía el galope y ajetreo de sus perseguidores. Pese a no dominar aquella técnica recién descubierta, Birlo pensó en emprender un escape rebotando contra todo lo que pillara a mano. Replegó sus falsas orejas de conejo y reculando se situó de espaldas a una gran piedra coronada de musgo. Cerró los ojos, cruzó los bracitos delante del pecho e impulsándose hacia atrás todo lo veloz que pudo, impactó contra la roca fuertemente. Su cuerpo ascendió en la dirección elegida, una parábola le llevaba en volandas mientras observaba, por encima de su cabeza, como cientos de aves le miraban atónitas y empezaban a emitir un silbo desesperado de alerta. Los sicarios de la emperatriz le habían localizado. En el cénit de la trayectoria Birlo tuvo tiempo de arrepentirse de aquel acto insensato por segunda vez, delante, justo delante del recorrido que iba realizando, sobre el suelo y en actitud de espera, pudo contemplar a Tutúm y Gagón, sus otros perseguidores, mirándole con gesto de verdadera incredulidad. Su diminuto cuerpo se estampó al lado de sus dos congéneres para, de inmediato, volver a ascender mientras les dedicaba educadamente un vertiginoso “Hola y hasta luego”. Otra vez recorría en libertad los cielos mientras sus compañeros corrían allá abajo sin dejar de mirar hacia arriba ni un solo instante. Cuando Birlo, absolutamente feliz por el resultado de su segundo salto, miró hacia delante, pudo observar horrorizado un gran árbol de dimensiones descomunales interponiéndose justo en su trayectoria, era evidente que había perdido altura. Cerró los ojos preparado para recibir el previsto encontronazo. El golpe se produjo tal y como había imaginado y ahora, contra todo deseo, viajaba a lomos del viento en la dirección equivocada. Sus camaradas frenaron en seco, alzaron los hombros en señal de incredulidad, y cambiaron la dirección de la marcha uniéndose desde el suelo al vuelo de Birlo. Entre ahogos Tutúm le gritaba se que parara de una maldita vez, pero eso era algo que Tantán aún no sabía hacer. Recorrer cual ave el aíre era una cosa, hasta cierto punto posible, decidir el camino, otra muy distinta. Las idas y venidas se sucedieron hasta en ocho ocasiones más, eso sí, cada vez con los puntos de impacto más cercanos y con un recorrido menos prolongado. Tutúm y Gagón se sentaron sobre un tronco justo en mitad del toma y daca. Imaginaron que alguna vez aquella locura terminaría por perder inercia y Birlo acabaría por detenerse. Así fue, tras el octavo impacto, blando, casi una caricia, el pequeño oribaa llegó rodando y sin impulso para detenerse mareado delante de los pies de sus amigos.
—Hola de nuevo. —Se limitó a decir.
—¿Se puede saber a qué juegas? —Le interpeló Tutúm.
—Huyo de la jauría de licántropos.
—No te preocupes por ellos, hace tiempo que te perdieron el rastro, —le informó Gagón, —el denso follaje no les permitía ver tus cabriolas por completo, te veían pasar y cruzar hasta que se volvieron locos, casi como nos ha ocurrido a nosotros.
—¿Tienes el bosquejo? —Preguntó el osito.
Tantán le miró con desconfianza y cruzó los bracitos delante del pecho mientras reculaba lentamente.
—!No se te ocurra volver a salir botando otra vez! —Le advirtió con enfado Tuntúm. —Queremos devolvérselo a su dueño, a Nelo, te lo prometo.
El oribaa se detuvo y auscultó con el ceño fruncido los ojillos de sus dos colegas, parecían decir la verdad.
—Puede que ya sea tarde, —señaló Birlo, —Batana y sus secuaces se dirigen a la aldea.
—Lo sabemos, —intervino el malogrado burrito, —ya no les interesa un solo portal, quieren al pequeño demiurgo.
—Entonces no perdamos el tiempo, —aconsejó el osito de felpa, —la frontera del bosque no se encuentra tan lejos. Lo único que me inquieta es saber qué hará La Mola de Batana. Tal vez nos impida el paso.
—O puede que no, —anunció Birlo mientras extraía de su interior el molinete de las chiribitas, —me lo regaló ella, o él, —corrigió de inmediato, —señala el camino a seguir y La Mola respetará la decisión de este juguete.
—¿Sabes acaso cual será la indicación que dará? —Quiso saber Tutúm.
—Lo ignoro, —anunció feliz el elemental, —pero hasta ahora no se ha equivocado, si estamos errados lo mostrará, y siempre resulta más conveniente y apropiado rectificar a tiempo.
Los dos oribaa le miraron sorprendidos de tan acertado juicio y, por supuesto, estaban completamente de acuerdo en que, si sus pasos eran guiados por algo sutilmente descaminado, resultaba adecuado modificar la intención. No les cabía la menor duda, al fin y al cabo, eran simples elementales. ¿Qué sabían ellos?

Despertó confuso, junto a él, clavado en el suelo se erguía un mandoble de luz, un pálpito suave y cadencioso parecía provenir del interior del arma y en su hoja, con estilizadas letras, podía leerse una leyenda: “Hasta el último golpe”. El Hacedor dedujo de todo aquello la intervención segura de un Arconte, y esa injerencia solo podía significar una cosa, la batalla ya estaba perdida.
Siempre pensó, y se preparó para ello, que él sería la mano que se enfrentaría a los poderes de Pomomo, pero estaba equivocado, su papel en toda aquella larga historia era el de simple portador del legado, un recipiente animado. Debía inmolarse y traspasar saber y brío al siguiente demiurgo, a Nelo. Se incorporó soportando angustiado las dudas que siempre tuvo, su poder le había sido concedido por los propios Arcontes, esos seres que precisaban de ambos planos para poder seguir subsistiendo. Los mismos que, llegado el caso, no favorecían a nadie, solo su propia necesidad les guiaba en el hacer y, a veces, la mayoría de ellas, terminaban por perjudicar a alguien. Pensó que esas vacilaciones ya daban igual. Tomó el arma por la empuñadura y sintió un cosquilleo por todo el brazo. Pese al gran tamaño del mandoble resultaba ligero de alzar. Lo hizo recorrer el aíre apartando imaginarios enemigos y se dispuso a continuar su caminar en dirección a la aldea de los oribaa. Allí acabaría todo.
Cuando la tarde había pincelado brillos lejanos mojando su pincel en la dorada paleta de Solaurion, divisó el ojival hueco existente en el muro arbóreo. La alta pared que limitaba las tupidas fronteras del bosque. Antes, por el camino, se vio obligado a abrirse paso entre feroces enemigos enviados por los lugartenientes de Batana. Hematófagos amparados por la penumbra que comenzaba a esparcirse se movían acechantes y libres. Los encuentros resultaron breves y expeditivos, aquella arma nada más detectaba la presencia de una abominación, tremolaba y sin mediar intención por parte del portador, se lanzaba arrastrando a este tras de sí. Con un zumbido inquietante comenzaba a danzar, tajos, cortes, heridas, sangre densa que recorre el aíre para, después, dejar un reguero de cuerpos diluyéndose sobre la tierra. Un gorgoteo de aceite hirviendo acompañaba la evaporación de los restos de las incautas monstruosidades que, tras el hervor, solo dejaba el rastro de unas manchas negras y hediondas.
Mientras en el bosque la noche implacable se asentaba, el Hacedor, libre ya de enemigos, contempló un mediodía radiante nada más traspasar la linde del bosque. Sin duda obra del pequeño demiurgo, pensó mientras recordaba que la mamá de Nelo le advirtió, en algún momento, del terror que a veces poblaban los sueños del niñito. Terrores nocturnos de vívida presencia, dictaminó la psiquiatra.
En mitad de aquel cegador resplandor observó en la distancia, y no sin asombro, como tres oribaa de diferentes tamaños y niveles, conversaban tranquilamente con un ser hecho a base de remiendos y tachones en el que destacaba, por encima de cualquier otra apreciación, una gran y risueña boca de labios encarnados. Se acuclilló de inmediato tras unas rocas en un intento por mantenerse oculto, quería escuchar la plática de aquel extraño grupo y así determinar las intenciones de tan inusuales conversadores. El mandoble permanecía estático, lo que indicaba que no se trataba de posibles enemigos, no era Batana quien guiaba, al menos directamente, sus afanes. A pesar de ello prefirió cerciorarse del contenido y asunto del parlamento. Recordó que la mamá de Nelo, o tal vez fue Petunia, habló de un osito de felpa que atendía al nombre de Tutúm. Ese ente pasaba por ser el causante, el mentiroso que encandiló al niño para que abandonara el mundo de lo aparente de una forma definitiva y se trasladara a vivir a la ínsula. Entre los componentes del grupo distinguió las inconfundibles formas de un peluche, si ambos eran el mismo ser, por las buenas o las malas, le guiaría hasta Nelo.
Pese a la aparente tranquilidad que se respiraba de ese lado del muro, el portador de la espada sabía que de un momento a otro las mesnadas del bosque irrumpirían en el sur de Pomomo. Los hematófagos no eran un problema inmediato, la radiante luz de Solaurion les impediría intervenir en un primer momento. Pero por desgracia no eran las únicas huestes que componían el bárbaro ejército de atrocidades que capitaneaba Batana y sus lugartenientes. El objetivo primero era Nelo, el pacto había sido roto por los elementales y el bosque se hallaba impregnado por los efluvios de aquellos tres incautos. Una esencia que permitía romper el sello que separaba y partía en dos a la ínsula, de un momento a otro dragones, gárgolas y leviatanes rasgarían el muro compuesto por millares de árboles y tras ellos, ogros, mantícoras y arpías, se disputarían el honor de ser el que atrapara al neófito demiurgo. Un ritual perverso esclavizaría el alma del niño y ausente del plano físico, impedido para transitar por las diferentes tierras del infinito etéreo, produciría con dolor la suficiente energía creadora para que ambos mundos se solaparan en uno solo. El objetivo de Batana se habría cumplido irremediablemente.
El Hacedor no era capaz, pese a su poderosa imaginación, de recrear un lugar donde conviviesen la fauna del mundo de lo aparente y aquellos nuevos seres, basiliscos, quimeras, grifos, compartiendo hábitat con leones, papagayos y mandriles. Todo resultaría extremadamente extraño. Lo temible, pensaba mientras se mantenía oculto, no era la presencia de seres tan formidables y letales, esos monstruos eran narrados por la imaginería profunda y arcaica de algunos pueblos, y aunque se presentaban bajo el manto imaginario de la leyenda, eran conocidos. Cíclopes, fénix, minotauros e hidras resultaban familiares, no así los dioses. Regresarían con formas diferentes a sojuzgar pueblos enteros y el mundo irremediablemente sería otro.
Mientras discurría por sus pensamientos pudo comprobar como, el menor de los elementales, al que entregó la custodia del bosquejo, sacaba de su interior un molinillo que, al solo contacto con el exterior, comenzó a girar emitiendo un reguero de chiribitas luminosas. Aquel gorjeo de puntos refulgentes se elevaba, flotaban sobre las cabezas del extraño grupo durante unos breves momentos para, después, dirigirse en dirección sur. El Hacedor imagino se trataba de algún artilugio mágico, tras aquella demostración, los tres oribaa se despidieron de aquel ser recompuesto con exagerados movimientos de sus bracitos y siguieron la senda que marcaba el flujo de chispas. Sin duda alguna aquel molinillo señalaba la dirección a la aldea.
El hombre aguardó a que los elementales se alejaran lo suficiente como para no ser detectado y se encaminó al encuentro del sonriente pastiche. La espada se mantenía quieta. Mucho antes de llegar a las proximidades del siniestro personaje de sonrisa enigmática, su voz se adelantó profiriendo una certera aseveración.
—Sera la presencia de lo aparente, —recitó como si se tratase de algún dogma previamente aprendido, —quién anuncie el deseado retorno.
El Hacedor esperó a encontrarse más cerca del recompuesto ser para agregar algo a la afirmación pronunciada, su voz le pareció un regurgitar de cantos rodados, un lecho de torrente seco por donde apenas si podían fluir las palabras.
Según se aproximaba pudo comprobar la extraña naturaleza del misterioso personaje, vislumbró horrorizado las distintas piezas que componía el cuerpo enlazadas entre sí por un imperfecto hilván construido por cordajes de olvidados naufragios, profundos restos de raíces de arboledas ya extintas y unos correosos cordeles del que fluía una esencia pringosa y dorada. Sintió el sufrimiento desesperado profundamente arraigado en su interior.
—No te compadezcas, —sonó un cauce extinto arrastrando piedras, —debería ser yo el que sintiera lástima, en breve dejarás el mundo de lo aparente y, como debieras saber, más allá no hay nada.
—Seguro viviré de alguna otra forma. —Respondió el Hacedor.
—Todos decís igual, pero la verdad, la cruda realidad, es que no tendrás consciencia de tu persona.
—A veces resulta preferible no tenerla, —objetó con maldad el hombre, —e imagino que sobre eso tú sabrás más que yo.
La Mola permaneció en silencio, la sonrisa de batracio pareció perder intensidad, fluctuaba sobre el cetrino rostro componiendo una mueca insostenible e indefinida. El Hacedor sintió piedad, nunca debió expeler como aguijones tan hirientes palabras. Contemplando al patético ser, sus parches de pellejos de tambor, los restos de letras impresas en gris papel de periódico, comprendió que la maldad a veces habita entre los sabios y que ésta, por tener su residencia en tan cristalina morada, conoce del padecimiento y de como infringir herida mortal con él. Mientras estas cavilaciones se abrían espacio en su memoria, la espada tembló apenas, un pequeño pálpito que el hombre achacó a la ira que aquel espantajo intentaba retener.
—Versado pareces en sufrimiento ajeno, —respondió La Mola, —es posible que, a día de hoy, Hacedor, —recalcó degustando cada sílaba, —no merezcas tan glorioso galardón.
Alfileres finísimos penetraron el corazón del hombre. A pesar de parecer un ser inacabado, como atestiguaban los diferentes materiales que le animaban, plumas, pezuñas, tubérculos y yerba seca por cabellos, la inteligencia del pastiche era incisiva y lúcida.
Estaba en lo cierto, envidiaba el papel que en un futuro jugaría Nelo, la tarea que creyó soportaría sus hombros y que ahora tomaba una senda diferente.
—No te preocupes por mí, —respondió, —también me prepararon para tolerar a esos demonios pequeños e ignorantes. La envidia y su secuaz la ira nada pueden, aunque arañen el alma. Es un dolor tolerable.
—Pero dolor al fin. —Contestó Mola. —Ahora que nos conocemos un poco más, —intervino con prontitud, —¿qué se te ofrece?
—¿Acaso podría fiarme de tus recomendaciones?
El contrahecho ser miró, irónico, a izquierda y derecha, para agregar de inmediato.
—¿Te podrías fiar de alguien más? —Repitiendo después con paladeado retintín la primera palabra que el hombre pronunciara, —¿Acaso?
El Hacedor sonrió, necesitaba respuestas y mantener aquel pulso absurdo no le ayudaba a avanzar. Decidió, pues no tenía alternativa posible, aceptar las indicaciones que le diera tan absurda marioneta, el saltimbanqui con patas escamosas y amarillentas de torcida ave.
—Lo único que preciso saber son las intenciones de esos tres oribaa.
—Arrepentimiento, el que concede el temor, —declamó con afectada voz de helada morrena, —contritos, como el que aguarda consecuencias. Se han asustado, —aclaró, —lo que desean es devolverle el bosquejo al único demiurgo y que éste se marche.
El Hacedor recibió el impacto de la intencionada afirmación de Mola, pero no estaba dispuesto a proseguir enmarañado en pequeñas e inútiles escaramuzas, la guerra era lo realmente importante.
—Ese portal ha sido sellado desde el otro lado, intento inútil.
—Lo sé y así se los hice saber. —Afirmó la triste marioneta.
—Pareces saberlo todo. Hablar contigo no resulta nada interesante, es como si las cosas ya hubiesen ocurrido.
—Acaso dudas de ello, —se sorprendió falsamente La Mola, —estás aquí para sellar un pacto, no para impedir algo. Ciclos, le llaman ciclos y a pesar de conocer su existencia, aun cuando las estrellas y la naturaleza lo muestra empecinadamente, nadie quiere darse por enterado. Libre albedrio. ¿No es como le llaman?
—¿Hay otra forma? —Preguntó el hombre. —¿Se puede romper la elipsis?
—Se puede no mentir. —Sentencio el risueño pastiche. —Tal vez así, con ese conocimiento el mundo de lo aparente sería más feliz.
—No está en mi mano. —Objetó el Hacedor.
—Sirves a los Arcontes, lo mismo que Batana, —afirmó el recompuesto ser, —ellos siempre querrán que la noria gire, su propia existencia depende de ello.
—Mejor eso que nada, —se excusó el Hacedor, —además, mientras existan ilusiones la vida parecerá siempre nueva, nada de repeticiones, cada ser cree que su presencia es única, irrepetible.
—¿Y qué engendra esa falsa ilusión?
—Los dos lo sabemos, dolor, muerte, oscuridad, egoísmo, —enumeró el hombre mientras Mola asentía con cada nueva palabra pronunciada. —Es absurdo, lo sé, pero no hay nada más, eso es todo.
—¿Y si lo hubiera? ¿Acaso alguien lo ha intentado antes?
—No deseo continuar con esta charla, esos elementales se alejan y pronto los perderé de vista —Se excusó el licántropo mientras se ponía en movimiento.
—Marcha pues, —le recomendó el estrafalario títere, —nada evitará lo que va a suceder, ambos lo sabemos, aunque ahora, después de esta amigable charla conoces algo más, sabes la razón de aquello que te atormentaba.
—Ilumíname, —dijo con sorna el Hacedor, —algo debe de habérseme escapado.
—Tu resignación es la causa de que tú no seas el elegido. —Sentenció La Mola. —Nelo el neófito, el inocente, único capaz de soñar que cualquier situación, todo ciclo, puede y debe revertirse. Y ahora marcha, lo inevitable se aleja, no le hagas esperar.

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