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Codex Voynich

13.- CASI TODOS Y NINGUNO.

Zarandeado, vilipendiado y agitado cual maraca, Birlo recorrió durante toda la jornada trochas y sendas prendido en el hocico del licántropo. Mantenía los ojos cerrados y sus bracitos cruzados sobre el pecho. Aquel viejo truco le había salvado en más de una ocasión, hacerse el muerto, pero a pesar de su cuidada interpretación el lobo aquel no parecía dispuesto a soltarle. Pese a ello mantuvo la compostura, no estaba dispuesto a desaparecer, así como así, sin más, y retornar confuso en algún lugar impreciso sin recordar casi nada del pasado. Hubo algunos momentos en que se tomó tan en serio su pantomima como difunto que llegó a sentir lástima de sí mismo.
La baba de la bestia a veces le caía por la frente, gruesa y densa, se mantenía pendular en la punta de su pequeña nariz para caer sin prisas, deslizándose con lentitud por el vientre ya fría y notablemente desagradable. Pero Birlo aguantó. Soportó vaivenes, subidas y bajadas que le comprimieron el remedo de estómago que se alojaba en el interior de su maltratado cuerpo produciéndole arcadas incontenibles. Al anochecer, estático e inane, el animal que le transportaba, sin ninguna delicadeza, le dejó caer sobre una superficie mullida que imaginó, por el olor y la textura, se trataba de un montón de hojas secas. Olía a cueva, en concreto a osera. Sin dejar de mantener una atención auditiva extrema, pese a su fingida muerte, percibió como el bípedo lobo hociqueaba aquí y allí, parecía intentara olfatear algún rastro sin mucho éxito. Durante todo el trayecto le acompañaron los sonidos habituales del bosque, canto de pájaros, caída de cascadas, el arpa que el viento toca entre los árboles, pero desde hacía un rato aquellos ruidos se habían transformado en rugidos, aullidos tensos de los que escudriñan, señal inequívoca de que les estaban buscando.
—Deja de hacer el tonto, —escuchó el oribaa decir a su captor, —sé que estás vivo, si no, no estarías aquí ahora mismo.
No estaba completamente seguro de que se dirigiera a él, por ello, optó por mantener la postura, laxa, como corresponde a cualquier cadáver que se precie.
—Esa pantomima no engaña a nadie, —insistió el licántropo, —ya deberías saberlo, te evitarías hacer el ridículo, si es que eso es posible.
Después de escuchar aquellas palabras Birlo no alentó dudas, si alguien era capaz de ser risible en circunstancias tan extrema, ese era él, el Tantán. Así que, pese a encontrarse aterrado, decidió contestar.
—¿Qué quieres de un pobre oribaa? —Tragó saliva sonoramente y formuló una nueva pregunta. —¿Acabarás conmigo?
El Hacedor le miraba sentado sobre el suelo, el cuerpo cubierto de crenchas que recordara Birlo, el de los colmillos amarillentos y babosos, era ahora el de un humano. Era evidente que había retornado a su forma original.
—Eso solo depende de ti. —Le respondió el hombre con sequedad para ver si así conseguía amedrentarle. —Lo único que quiero es el bosquejo y, después, que me lleves hasta donde se encuentra Nelo.
—¿Para qué lo quieres? —Preguntó con voz trémula el oribaa.
—¿Acaso te importa? —Contestó malhumorado el Hacedor. —Creo que aún no eres consciente de la que has liado, si Batana no llega a saber de la existencia del maldito dibujo nada de esto estaría pasando ahora.
Birlo se sentía idiota y culpable, y esas dos sensaciones apenas si cabían dentro de un cuerpo tan pequeño. Sintió frío. Rebuscó en su interior y extrajo un pliego de papel manoseado y con evidentes signos de deterioro.
—Aquí lo tienes. —Ofreció lacónico. —Y ahora, podrías hacer una hoguera, me estoy quedando helado.
—¿Con qué? —Preguntó el hombre mientras desplegaba el maltrecho bosquejo.
—Allí hay unos palos, —señaló hacia un rincón del cubículo, —parecen secos.
—Secos y mondos. —Afirmó con determinación el Hacedor. —Mira bien, son huesos, los restos de algún incauto que decidió pasar la noche en casa ajena.
La desolación más grande invadió al pequeño elemental. cada vez estaba más convencido que su final se hallaba cercano. Puede que fuera lo mejor, pensaba, empezar de nuevo sin recordar nada de nada.
—¿Me llevarás hasta Nelo? —Insistió el hombre.
El pequeño oribaa asintió con la cabeza, los ruidos que desde el exterior penetraban en la osera advertían de lo concurrido que se hallaba el bosque, concurrido y peligroso, dedujo que no cabía otra respuesta, si la había liado ahora era el momento de resarcir el daño causado.
—Está en la aldea, te llevaré hasta el árbol en el que vive.
—Muy bien, guarda tú esto, —el lobo le entregó de nuevo el bosquejo, —no tengo donde llevarlo, ahora descansa si puedes, en cuanto la luz señale perfiles partiremos, no será fácil.

La mañana trajo una bruma espesa, sin duda fruto de las malas artes del Camarlengo Magón, era la forma en que sus acólitos hematófagos podían moverse sin recibir el daño que Solaurión les causaba, y una delicada brisa cálida, promovida por la Emperatriz Ululadona, permitía que los seres bajo su tutela pudieran planear sobre los cielos sin dificultad alguna, oteando, atentos. Estaba claro que todo el bosque se encontraba alerta, pronto a interceptarles.
Cuando Birlo abrió los ojos se encontró de nuevo frente a un licántropo de fauces terribles y babosas, y unos instantes después, zarandeado y agitado pendiendo de los belfos de la enorme bestia. En esta ocasión se permitió ver el paisaje que pasaba ante su mirada a una velocidad de vértigo. Imágenes fugaces que, tras su contemplación y análisis, le hicieron decidir que era mejor cerrar los ojos. Entre los troncos de un grupo de árboles vislumbró los tobillos, como enormes leños en movimiento, de un gigante. Su voz tronaba y millares de pequeñas gotas de saliva caían en forma de chubasco, estaba claro que cerrar los ojillos era la decisión más acertada.
Pese a todo el torbellino desatado, el Hacedor avanzaba con rapidez utilizando sendas ocultas entre el follaje y caminos que discurrían al abrigo de laberínticas peñas. El rastro que dejaba era seguido, de cerca, por un grupo de congéneres que no conseguían darle alcance. Antes de que eclosionara el mediodía, los fugitivos tuvieron que detenerse junto a un pequeño regato, el licántropo necesitaba beber. depositó al elemental en el suelo y con largos lametones ingirió con avidez el líquido que circulaba entre las piedras. El agua, de repente, se enturbió, una arcilla parda se mezclaba en el cauce, el Hacedor elevó la mirada, rodeándole, cerrando cualquier posible vía de escape, una docena de lobos le observaban amenazadores y prontos al ataque.
—Vaya, vaya, no imaginé que el demiurgo venido del exterior usara de esta divina forma para traicionar a los suyos. —La matriarca del clan, una vieja y poderosa loba, le hablaba despacio mientras que, junto a las palabras, un leve rugido ceñudo se escuchaba de fondo. —Solo tienes que entregarnos el bosquejo y marcharte por donde hayas venido, si eso es posible. Aunque si esperas, en breve no habrá necesidad de portales, volveremos al ancestral tiempo en que Pomomo y el mundo de lo aparente eran el mismo lugar. —Un suspiro se escapó de la garganta del animal. —Aún lo recuerdo con emoción y añoranza.
Mientras la plática se sucedía, Birlo se fue escabullendo bajo las hojas que tapizaban el suelo, plegó las falsas orejas de conejo con lentitud, y se dejó absorben por el musgo y el mantillo hasta desaparecer. Reptando por el corazón de la tierra se abandonó por una pendiente hasta conseguir alejarse lo suficiente como para, de un ágil salto, recomponerse y comenzar a correr despavorido en dirección sur. El molinillo que le guiaba giraba enloquecido dejando a su paso un rastro de chiribitas luminosas. Una huella lo suficientemente clara para ser detectada por alguien que observara desde la altura. Lejano escuchaba una siniestra sinfonía de mordiscos, dentelladas y desgarros. La lucha entre lobos parecía excepcionalmente cruenta.

El Hacedor yacía cubierto de sangre, varias heridas profundas la vertían sobre el húmedo tapiz del suelo creando un abundante charco. La matriarca se encontraba justo al lado del demiurgo, sus fauces abiertas anunciaban que se disponía a rematar al oponente. Una certera dentellada en el cuello pondría fin al sufrimiento del derrotado, solo entonces, pues así lo contempla la ley del bosque, podrían continuar siguiendo el rastro claro y prístino, que el oribaa iba dejando a su paso.
Sin esperar ni un instante más el hocico de la loba, mostrando todos sus fieros dientes, se dirigió como una saeta en dirección al vencido. Un rayo blanco, una luz en forma de espada, se interpuso en la trayectoria. El silencio reinante hizo patente el pavor que invadió a todos los licántropos, con los rabos entre las patas traseras y una mínima jerigonza de dolor y lamentos, miraron sumisos al brazo que portaba el arma. La figura gallarda y señorial de un Arconte se recortaba luminosa contra la oscuridad que las espesas y tupidas copas de los árboles componían. La voz de aquel ser rebotó dentro de los cráneos de toda la manada.
—Detente, la balanza necesita los dos brazos. —Todos escucharon atentos el susurro de campanas con que se expresaba tan magnífico resplandor. —En este instante se encuentra inclinada hacia un lado, y nada haremos para impedirlo, no es ese nuestro cometido. Pero la luz precisa de las sombras para ser y lo seco de lo húmedo para existir. Idos.
A un gesto de la vieja loba toda la manada se puso en movimiento, el rastro de Birlo aún se encontraba fresco y claro. El Arconte, arrodillado, puso una de sus manos sobre la faz ya humanizada del Hacedor. Las heridas infligidas se restañaron y la lividez que precede a la muerte se trocó en rosado alivio. La balanza se mantenía en pie, un lado perdería la batalla, pero no la guerra. El conflicto jamás terminaría pues, de ser así, acabaría completamente todo. Todo.

Petunia temblaba sobre la cama del niño, las patas del lecho taconeaban sobre la tarima produciendo un sonido de angustia y opresión. Fuertes espasmos seguidos de breves momentos de quietud que, cuando acababan, la mantenían tersa como un viejo tablón de madera. La mamá dormitaba en la penumbra del salón, el tamborileo la sacó de un sueño espeso y antiguo, a oscuras se dirigió hacia las escaleras. No cabía duda que, los golpes, provenían de la habitación de Nelo. Imaginó la angustia del niño pugnado por salir del portal recién abierto mientras la anciana dormitaba ausente sin prestarle ayuda. Subió las escaleras lo más aprisa que pudo, casi a cuatro patas. Dudó un instante ante la puerta, pero el repiqueteo era claro, debía entrar. Entre las sombras que habitaban en la estancia destacaba la silueta de Petunia recostada, su liviano cuerpo temblaba y se crispaba alternativamente mientras su boca, cerrada, musitaba frases ininteligibles. En la pared no había nada, solo la mancha de humedad que el papá quiso eliminar con pintura. Aquella trifulca hizo que dejara de pernoctar en casa, la razón no le asistía y a cambio, extraños rosarios confeccionados con semillas, rezos arcaicos e incensarios prodigando exóticos efluvios, se apoderaron de la mamá y el hogar. El diosecillo cojitranco, herido en el honor, le recomendó se apartara hasta que lo natural y lógico, la sensatez, volviese del lugar al que no debía haber ido nunca. Perdida en sus ensueños se sobresaltó cuando Petunia, en uno de esos vaivenes, quedó sentada sobre el lecho con los ojos espantados.
—Mi nieto estaba en peligro, —anunció con la mirada perdida, —ha estado a punto de fenecer en ese lugar.
—¿Ha visto a Nelo? —Preguntó angustiada la mamá.
—No, mi niña, no estaban juntos. —La anciana se sentó en el filo del lecho, las piernas le colgaban como a una marioneta. —Lo que pude contemplar fue a un Arconte, luminoso, espada en mano.
Una mueca dibujada en el rostro de la madre hizo entender a Petunia que la mujer desconocía de qué le hablaba.
—Ignoro qué son, lo único que sabemos es que jamás permitirán que un plano borre por completo al otro, necesitan de ambos para su propia subsistencia.
—¿Y eso en qué nos beneficia? —Quiso saber la mamá.
—Gracias a ello mi nieto permanece vivo. —Los ojos de la anciana vagaron por los contornos oscuros del mobiliario. —Me temo que el mundo que conocemos dejará de existir. Nada volverá a ser lo que es.
—¿Y Nelo? —Preguntó angustiada la madre.
Petunia se incorporó y caminó hasta situarse justo al lado de la mamá, tomó entre las suyas una de sus manos, estaba fría.
—Lo que voy a decirle puede que no llegue a comprenderlo, incluso pensará que es injusto, que nadie lo merece. —Mientras hablaba sus ojos no dejaban de verter lágrimas. —Su niñito está predestinado a liderar la futura insurrección, el levantamiento que intentará expulsar, lejos, la realidad donde se encuentra asentada Pomomo y todos sus seres. —Con el dorso del brazo enjugó el fruto del llanto. —Y el Hacedor, mi nieto, le entregará para ello su esencia, el alma de cristal que contiene al demiurgo y, después, desaparecerá para siempre.
Ambas mujeres se abrazaron envueltas en un llanto de destilado lento y penoso. La esencia de la entrega sin condiciones, la confianza ciega en el otro, hilvanada en la médula desde antaño, provocaba aquel rendido sollozo. El mundo, dijo Petunia, no volvería a ser el que era, sobre lo que no advirtió es que dejaría de serlo desde ese mismo momento.

Apenas la luz acarició los contornos, Tutúm dio un codazo a Gagón para que despertara. Durante toda la noche había estado rumiando decisiones, ideas que a la luz recién nombrada de aquel día le parecían aún consistentes. Todo lo ocurrido tenía un comienzo, una razón que el osito entendía justificada. El sueño, su sueño, era pequeño y sin valor. Quería ser un niño, solo eso. Otros, esos otros que siempre aprovechan ilusiones ajenas, anhelaban deseos que no llegaba a comprender. Jamás los hubo escuchado, ni mentado siquiera, venganza, ira. el Maestre, sabio y anciano por igual, siempre les advirtió sobre esa posibilidad, del riesgo que suponía aspirar al sentir del mundo de lo aparente. Empleaba para ello largas palabras huecas y graciosas. Entelequia, substanciación, y muchas otras acabadas en “on”. Resuelto a seguir su propia senda, dispuesto a evitar que los terribles seres que había conocido en tan corto viaje pudieran campar libremente ejerciendo su tiranía sin control ni medida, determinó no utilizar el bosquejo y que éste tan solo sirviera para que Nelo regresara a su hogar, junto a sus padres. Gagón le miraba absorto. A esas alturas del viaje lo mismo le daba una razón u otra, su único afán era sobrevivir. Ser monstruoso e inacabado tenía algunas ventajas. pensó para sus adentros.

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