Codex_Rohonczi_44 (2)
Codex Rhonczi

12.- SUMAS Y RESTAS.

De hoja en hoja, de rama en rama, la noticia corría por todo el bosque. Lo cantaban los pájaros, murmuraban sobre ello fuentes y arroyos, lo zumbaban abejas y moscardones. Se había visto, revuelto y furioso, un enorme dragón en la Ciénaga del Norte.
Tutúm y Gagón se miraron incapaces de articular palabra alguna, la nueva resultaba inquietante, ninguno de los dos se atrevía a plantear la cuestión fundamental, la única posible. ¿Debían continuar? ¿Resultaba “inteligente” seguir encaminando sus pasos hacia el pantano? El osito de felpa conocía perfectamente el carácter asustadizo de su compañero así que, antes de que éste comenzara a articular excusas razonables, intervino.
—Si hemos llegado hasta aquí lo conveniente sería continuar hasta la ciénaga, a lo mejor ese dragón del que hablan se ha marchado.
—O a lo peor esa bestia es Batana. —Respondió de inmediato Gagón.
—¿Qué puede ocurrirnos? Desintegrados por un tiempo a lo sumo, después volveríamos, no sé muy bien donde, pero íntegros.
—No, no es del todo así, —repuso el malogrado burrito, —siempre hay algo que se queda por el camino, un trocito si quieres, lo suficiente como para que no vuelvas a ser el mismo. Recuerda lo que les ha sucedido a muchos.
El oribaa suspiró, el engendro que le acompañaba tenía razón, más de un elemental había terminado como “ido”, la propia Batana acabó loca sin saber si pertenecía al mundo de lo aparente o, su reclusión en ese lado del bosque resultaba ser por todo lo contrario. Pomomo no dejaba de estar en ninguna parte.
Rezongando y arrastrando sus malformadas patas, Gagón siguió al osito de peluche de mala gana. Cada tres o cuatro pasos lanzaba un suspiro, un quebranto lastimero que partía en dos bayas y semillas obligándolas a germinar de inmediato. Tras el surco que iban dejando por el suelo sus deformes cascos, un reguero de brotes surgía de la tierra. A Tuntúm aquellas falsas muestras de congoja le traían sin cuidado, en realidad era la borra del relleno, y por supuesto la pringosa felpa, lo que le causaba un creciente malestar. Se empapaban por momentos y, las trepadoras y margaritas que Gagón iba dejando tras sus patas, pronto dieron paso a brotes de arroz y nenúfares. Era in-cuestionable que la linde del cenagal había sido traspasada. El incompleto burrito insistía en que aquel aroma, ese olor que picaba con saña en las narices, era el aroma inconfundible del azufre.
—Huele a dragón, —susurraba quejicoso, —ese es el perfume de la transformación y después, después no recordaremos casi nada. Será como ser otro, idéntico, igual de malhecho, pero distinto, sin posibilidad de bosquejo, tal vez algo más idiota. —Y se deshacía en lacónicos dolos y lamentos.
Con un prolongado bisbiseo Tuntúm mandó callar, un sonido sincopado de violines rotos se dejaba oír débilmente. Gagón le miró con el terror dibujado en su rostro de cartón hinchado. Aquel malogrado proyecto de burrito era especialmente sensible a la música, sobre todo si ésta era amenazante y progresivamente iba en aumento. Temía llegara al paroxismo.
—¿Qué es eso? —Preguntó espantado.
—El sonido que queda prendido del viento cuando sobreviene un desastre inevitable. —Una voz que partía invisible desde un cañaveral penetró por los oídos de ambos elementales. —Está muy concurrido el cenagal últimamente, —agregó con suavidad de caña, —elementales y otros seres, todos buscando lo mismo, pero llegáis tarde, ese endemoniado tenía tan, tan, tanta prisa, que vuestro deseo se largó prendido del hocico de un vulgar licántropo.
—¿Batana? —Preguntó Tutúm.
—¿Seguro deseas verla? —Quiso saber la voz de mimbrales.
Gagón le dio un codazo al osito, quería hacerle entender que no tentara a la suerte, de todos era sabido que los dragones de las charcas y pantanos podía imitar cualquier voz. Atrapaban los sonidos que se quedaban prendidos del agua, los modulaban a su antojo para después entonar a voluntad cualquier acento o deje.
—Me conformaría con poder hablar. —Respondió falsamente sumiso y admirativo. —Necesito consejo, ayuda.
—¿Buscas recomendación de una bruja? Mal debe andar el mundo de los oribaa. —Las cañas se apartaron y una pantera negra, brillante y con las fauces entreabiertas, comenzó a desplazarse lenta, sinuosa, hasta donde los dos elementales aguardaban compungidos y contritos.
—Ten cuidado no es Batana, —susurró por lo bajo el burrito amorfo, —lo estoy advirtiendo, estamos condenados a desaparecer y a olvidar todo esto. Empezar de nuevo sin recordar nada.
El felino caracoleó alrededor de los dos oribaa relamiéndose y chasqueando la lengua con sonora delectación.
—Esto no es más que un juego, letal y selectivo, pero al fin y al cabo un simple juego. —Anunció, entre tiernos ronroneos de gato grande, el mortal carnicero. —No son mi fuerte, los números, se me atragantan, nublan el entendimiento. Los impares me estorban, ¿qué opináis?
La pregunta quedó flotando huérfana sobre el vaho que se elevaba desde el agua pútrida del pantano, indefensa, incontestable. Ninguno de los dos elementales sabía de qué estaba hablando aquel mortífero animal. Tutúm recordó que Batana se alimentaba de cuestiones profundas, retorcidas, la única forma de sobrevivir a ese encuentro, y de paso determinar si aquel majestuoso gato era ella, pasaba por soltar una pregunta con enjundia, sabrosa y llena de nutrientes. Retorció su pensamiento intentando exprimirlo al máximo, tal vez la duda, inocular la perplejidad, podría salvarles.
—¿Y si el número no importara? —Soltó a bocajarro.
La pantera detuvo el paso, se sentó sobre sus cuartos traseros y comenzó a atusarse sus larguísimos bigotes con unas de sus patas delanteras. Al osito no le pasó inadvertido que sus uñas retráctiles y de negro acero, se encontraba recogidas. Ahora era aquel fabuloso felino el que parecía confundido. No quería dejarle pensar, debía seguir arrojando cuestiones como peonzas, girando, girando sin detenimiento.
—¿No resultaría terriblemente cansado? ¿No es más complejo ir eliminando números? Uno, dos, queda el tres, quito el cuatro, y aún asoma el seis seguido del cinco. ¿Por qué dar vueltas restando sueños cuando éstos pueden multiplicarse? ¿Queremos dividir? ¿Y si sumamos?
Gagón miraba a Tutúm perplejo, la felpa empapada había adquirido una tonalidad ocre, parecía hecho de madera elástica, se había transformado ante sus ojos en un extraño muñeco parlanchín. Un autómata vocinglero cuya narración, las preguntas que dejaba caer como hojas marchitas, habían conseguido por lo pronto calmar a la agresiva pantera.
—Quieres restar tan, tan, tantas cosas que puede que no lo consigas. —Continuó el osito. —En cambio… —detuvo la diatriba para hacerla interesante y enigmática, —¿cuántos bosquejos necesitas?
—¿Qué insinúas? —Quiso saber la bruja. —¿Acaso me ofreces la posibilidad de más de un portal?
—Tú no puedes ir hasta el sur de Pomomo, perderías las formas conseguidas, ¿no es así? —Aventuró el osito sin esperar respuesta. —Nosotros, los elementales, corremos un peligro cierto deambulando por el bosque, desaparecer y no recordar nada, ni el bosquejo siquiera. Nunca recuperar el sueño de ser algo más que un impulso.
—¿Y? —Cuestionó Batana.
—Hay dos demiurgos deambulando por la ínsula, uno experto y resabiado, el otro inocente y maleable. El hombre tarde o temprano tendrá que marcharse, podría quedar perdido para siempre en ningún lugar y lo sabe, su tiempo es finito, compliquémosle su estancia entre todos. Sumar resulta ventajoso. —El osito, de rostro embarrado y lleno de hongos, se tomó su tiempo antes de proseguir hablando. —Expulsemos al licántropo y quedémonos con el niño, será un sol nuevo, una luz iluminando una recién nacida ínsula, y aquellos que deseen entregarse a las pasiones humanas, que lo hagan.
—Su espíritu se fundiría con Pomomo, —habló la bruja relamiendo cada una de sus palabras, —no serían precisos portales, el trasiego entre una y otra realidad se tornaría franco. El mundo de lo aparente creería renacida una nueva era en que los dioses, después de un exilio impuesto, retornaban para gobernar a los humanos y sucumbir a sus dulces pasiones, esas que tanto envidiamos. Regresaran seres con cabeza de león y cuerpo de sirena, aves serpentinas, canes draconianos, deidades que hoy tan solo perviven en la memoria más profunda de algunos pueblos y en los antiguos templos y olvidados santuarios. —Quedó pensativa, algo le contrariaba, lentamente los ojos se le fueron iluminando. —Perderíamos la inmortalidad, —ronroneó la pantera, —pero nuestra existencia se prolongaría mucho más allá de la vida de los mortales. Se mezclarán los planos en una sola realidad y tendrán que suceder cinco mil años para que una nueva estirpe de héroes surja de las entrañas de la humanidad. —Suspiró enaltecida. —Pero en esta ocasión estaremos preparados.
—Entonces, ¿sumamos? —Quiso saber Tutúm.
—Sumemos pues, —ratifico Batana, —pondré a todo el bosque en alerta, ese licántropo metomentodo lo pagará caro.
El felino se irguió sobre sus patas traseras y según se desplazaba, la forma negruzca fue transmutando, una mujer salida del interior de la fiera prosiguió el andar y los violines, esos que mantenían aterrado a Gagón, compusieron un toque violento y fiero de rebato. La orden había sido cursada. Una bandada de grajos salida del agua enferma de la ciénaga recorrió el cielo grisáceo ejecutando volteretas y cabriolas imposibles, cuando la melodía feneció en una sola nota prolongada y contenida, se dispersó la marabunta alada en multitud de distintas direcciones, la nueva volaba prendida en los picos a cada rincón de la floresta, a cada hueco, caverna o nido. El intruso debía ser interceptado y eliminado.
—¿Volverás a materializarte en el mundo de lo aparente? —Quiso saber el osito.
—Por supuesto, —afirmó Batana con rostro de satisfacción, —pero no cometeré el mismo error. La vez anterior me conmovió el sentimiento que esos seres llaman amor, falso, un rimbombante nombre para un deseo básico y vulgar, como hacen con todo lo abyecto de su proceder, renombrarlo, investirlo con una parafernalia ilusoria y ruin. —La hechicera de la Ciénaga del Norte guardó silencio antes de anunciar la razón de su futura corporeidad. —En esta ocasión será la venganza, el odio, un sentir profundo que se aferra al alma de los mortales y provoca saltos, temblores que conmueve a la creación entera.
Tutúm desconocía por completo el significado de aquellas dos palabras, pero pronunciadas por la hechicera con tanta saña y enojo, le parecieron espeluznantes.
—Y ahora partid prestos junto al neófito, mantenedle ocupado con bobadas y niñerías, el norte de Pomomo se convertirá de seguro en un campo de batalla cruel y letal.
La mujer, mientras recitaba consejos y advertencias, comenzó de nuevo a transmutar, la piel empezó a descamarse y una tonalidad cobriza la fue recubriendo. Jirones de dermis se desprendían de su cuerpo que, antes espigado y altanero, comenzaba a encorvarse bajo el peso brutal de cientos de años de resignada maldad. Los violines fueron violas torturadas para, después, roncos y cavernosos transfigurarse en cellos ásperos y broncos. Piel de pergaminos y chufas se percibía a través de los andrajos en que sus, hasta entonces cuidado hato, se habían mudado. Una anciana quedó en mitad de la ciénaga. Un gesto de la huesuda y retorcida mano atrajo hasta sí un largo y nudoso báculo, apoyó su escorada forma sobre éste y recitó una retahíla de palabras oscurecidas y tiempo atrás escondidas. A horcajadas sobre el cayado fue ascendiendo hasta quedar levitando sobre el infecto pantano, miraba hacia el corazón del bosque. Debía visitar a los caudillos de Ar-baro y solicitarles oficialmente apoyo, el Camarlengo Magón no suponía problema alguno, su favor, y por ende el de todos los seres con escamas, batracios, saurios y aquellos que se arrastraban sobre el vientre, estaba garantizado. En cambio, conseguir el favor de la emperatriz Ululadona, y con ello la de todos los entes alados, podía resultar más complejo. El resto, hematófagos, gigantes, licántropos y formas menores, actuarían siempre vinculados a un clan, a una familia, buscar el socorro de aquellos grupos resultaba una labor ingente que no estaba dispuesta a realizar. Los grandes y sus acaudillados sería suficiente legión para derrotar a un solo demiurgo.
Con un impulso de sus quebradas y hueras caderas hizo que el báculo se dirigiera hacia lo más profundo del bosque. Dispuesta se encontraba para sellar con su espesa sangre el tratado, la oferta que permitiría a todos los desheredados, a lo monstruoso, volver al mundo de lo aparente, reinar poderosos, entregarse a las pasiones que adornan la vida de los humanos. Placeres y desvaríos endulzando una existencia, hasta ahora, eternamente anodina y gélida.

Mientras tanto, los dos oribaa corrían todo lo que sus torpes extremidades le permitían. A pesar de la pesada prisa que sobre sus espaldas cargaban, del deseo arrastrado como ancla por salir del bosque cuanto antes, las sombras le ganaron la partida y resultaron ser bastante más veloces. Crecían espigadas por momentos y la noche, impetuosa y pronta por expulsar a Lumara del escenario, llegó puntual y cicatera. Despavoridos buscaron refugio en el tronco hueco de un viejo árbol abatido, allí se acurrucaron cubriendo sus cuerpos con hojarasca y piñas. Envueltos en terribles desgarros sonoros, aullidos broncos, trotar de hirientes zarpas, cornadas que laceraban la corteza de la floresta, alaridos desesperados, convinieron en no regresar al bosque jamás. El tiempo se eternizó en aquella improvisada mazmorra de madera carcomida y, mientras Gagón mantenía una ligera duermevela repleta de sobresaltos y musitados quejidos, el osito pudo recapacitar sobre lo que estaba ocurriendo. Recordó las fábulas y moralejas que el Maestre les solía contar cuando apenas era un inestable cúmulo de energía. Todo lo que estaba a punto de desencadenarse, gracias a su intervención directa, ya había ocurrido en el pasado y entonces, como posiblemente sucediera ahora, trajo dolor y daño a todos los seres, los del mundo aparente y a los habitantes de Pomomo. Gagón quería ser un simple burrito, poder trotar por un prado verde y ramonear feliz mientras la tarde emborronaba el horizonte de lilas y rosas. El anhelo de Tutúm era algo más complejo, deseaba ser un niño. En sus idas y venidas por las moradas de los habitantes de lo aparente pudo ver, extasiado y sin comprender nada, como aquellos embriones de seres eran atendidos, cuidados y amados por unos adultos a los que llamaban mamá o papá indistintamente. Ese su afán. Oculto entre las sombras envidió a Nelo pero, en aquel instante, arrastrado en un vértigo cuyas consecuencias era incapaz de determinar, se hubiese conformado con ser un osito de felpa, sucio, arrugado, y así al menos, recibir esa atención, esos cuidos y mimos que un niño le hubiese regalado.

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