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Gárgola.

11.- EN LA CIÉNAGA DEL NORTE.

Cansado de encuentros indeseados que solo servían para aterrarle y frenar su marcha, decidió ser más Tantán que nunca, cobijado en hojas, arropado por rocas, acogido en socavones y agujeros, Birlo continuó avanzando en dirección norte, lento arrastró sus orejas de falso conejo, lentísimo, pero incansable y tenaz.
Sobre el mediodía al suelo se le fueron perdiendo hojas y hierbas, las flores menguaron y unas escamas de agua comenzaron a aflorar, primero tímidamente, para poco después, salpicarse profusas y abundantes. El pequeño oribaa supo que se encontraba al comienzo de la desconocida ciénaga. Largas y oscuras espadañas se esparcían en manojos por doquier y un aroma a sapos y culebras se oreaba, a cada paso dado, desde la superficie del agua y el profundo lodo que en su interior habitaba, no había duda, se encontraba transitando por el tremedal de Batana. Sintió escalofríos. Aquella loca podía aparecer en cualquier momento y desconocía por completo cual podía ser su aspecto. Se decían muchas cosas sobre ella. Su capacidad para adquirir la forma de cualquier cosa resultaba inquietante. Las palabras envolventes e hipnóticas con que noqueaba a los adversarios era algo tremendamente espeluznante. Y por encima de todo, la penetrante forma que tenía de hurgar en la mente de sus víctimas le producía un pavor íntimo y gaseoso. Recordó la advertencia que le hiciera La Mola, a Batana no le interesaba dar respuestas, su pasión era devorar preguntas, cuestiones novedosas, distintas, en cuyo núcleo se encontrara implícita la respuesta. El pobre Birlo no tenía ni la menor idea de cómo formularía esas preguntas y, menos aún, si sería capaz de encontrar esas vedadas respuestas en sus propias palabras.
En esas disquisiciones se encontraba cuando un zumbido molesto, orquestado por miles de élitros encabritados, se esparció desde la bruma que se extendía delante de sus ojos y comenzó a avanzar directo y ciego hacia el lugar en que se encontraba recluido. Las orejas se le irguieron de repente, la masa nebulosa comenzó a tomar forma, primero como una gran nube de moscas que violentas describían volutas, ascendían verticales para caer de inmediato en un picado sin control ni medida. En una de esas cabriolas, cuando la negruzca espiral estaba a punto de colisionar contra el enfangado suelo, se detuvo de repente. El zumbido de las quitinosas alas despareció como por ensalmo y en su lugar, un tímido gorjeo de pájaros, cadencioso, aflautado, se difundió desde un lugar lejano y apartado. Tantán cerró los ojos adormecido por la dulcísima melodía. Jamás en su dilatada existencia había escuchado una música tan maravillosa. Jamás. La tonada parecía encerrar en su interior todas las aspiraciones que la belleza pudiese contener. La melodía resultaba extraña en mitad del cenagal, pero sus notas, la cadencia y ritmo, transfiguraban el lugar, lo elevaban y convertían en bello y único.
—Parece gustarte… —Una voz surgida de la nada musito palabras en las falsas orejas erguidas, o al menos a Birlo así le pareció.
A pesar del escalofrío que le recorrió y le hizo temblar como gelatina, la música le mantenía entregado e indefenso.
—Sonaba antes de que la escuchases, incluso antes de que la presintieras… —anunció la sedosa voz, —reúne la ciénaga, la adorna y explica, sin esos sonidos que te embaucan, que te transportan a otro lugar sin abandonar el suelo fangoso que te sostiene, este lugar sería un lodazal infecto y nauseabundo.
Birlo era incapaz de abrir sus ojillos diminutos, la tonada, la voz de adormidera, todo era grato y amable a sus inexistentes oídos.
—¡Pero por todos los diablos! —Un grito chirriante y ferroso le arrancó de los nimbos en que flotaba y le dejó en mitad de un fangal terrorífico y pestilente. —¡Tu ruidoso pensar vacuo e insolente me está atormentando desde hace días! ¡Has callar a tus repetitivas cavilaciones! ¡Enmudece de una maldita vez!
El pequeño oribaa creyó morir, laxo, como si le hubiesen arrancado de repente el armazón de alambre que le mantenía unido y en pie, se desplomó sobre el barro inane e incapaz de mover una sola parcela de su gomoso cuerpo.
Cuando por fin se sintió capacitado para abrir los ojos, se encontró justo a su lado, mirándole con ojos de dagas, a una mujer alta y delgada envuelta por una saya tosca y ocre. En su mano portaba un largo y retorcido bastón de madera sobre el que se apoyaba, pues se mantenía erguida sobre una sola pierna, al igual que las garzas negras que poblaban las orillas exteriores del cenagal.
—No se te ocurra abrir esa malformada hendidura que tienes por boca. —Musito amenazante la mujer. —Y si aún te queda algo de ánimo para enderezarte, te aconsejo que te marches de aquí en cuanto te sea posible. Tu presencia, —advirtió, —trastorna el bello equilibrio que aquí se respira. —¡Largo!
Tuntún era incapaz de moverse y, sobre todo, de dejar de pensar. Cuanto más insistía aquella aparición en que mantuviera su sesera inactiva, con más violencia y fuerza surgían cuestiones y pensamientos.
Desde el suelo en que se encontraba postrado pudo observar, con acuciante terror, como aquella mujer se acuclillaba junto a su voluble cuerpo y le observaba con desagrado incontenido.
—Vaya, parece que entre tus titubeantes y babosos pensamientos comienzan a surgir algunos brotes de preguntas…
Aquella afirmación le hizo saber que se encontraba justo al lado de Batana, la oribaa loca que habitaba la Ciénaga del Norte, la chiflada bruja que vivía sola en mitad de un lodazal.
—Correcto, —afirmó la aparición brumosa, —soy quién buscas, pero no me interesa en absoluto esa carga de preguntas vulgares que traes bajo las orejas. ¿Acaso crees que perdería el tiempo ante tamaña sarta de idioteces?
Birlo supo en aquel preciso instante que necesitaba algo, un pensamiento que, a Batana, le resultase lo suficientemente goloso como para poder seguir platicando con ella y, tal vez así, merodeando y zascandileando, arrancar alguna que otra verdad sobre el bosquejo que le pudiera resultar útil. Pensó con avidez y velocidad, por un instante, en una ráfaga apenas, recorrió todo el viaje que le llevara hasta aquel inhóspito lugar y cuando se encontraba rememorando la agradable música que le sorprendiera, abatido y pronto a recorrer el camino de regreso con sus manos lechosas vacías, la mujer habló.
—Algo comestible, un simple aperitivo, pero ¿quién sabe?
Tuntún se armó de valor y se enderezó, sentado sobre el lodo sintió una especie de esperanza iluminando su inexistente alma de oribaa básico y elemental.
—¿Fue por eso? —Se atrevió a preguntar.
—Vaya, vaya, —exclamó Batana, —pareces ir cogiéndole el tranquillo. —La mujer quedó pensativa para después agregar. —Continúa, puede que, de revuelta en revuelta, consigas algo.
La música, enmudecida desde hacía bastante tiempo, retornó melancólica y sutil. Notas encadenadas que parecían desglosar un dolor enconado, antiguo y aún supurante.
—Una pregunta, golosa y dulce, que en su momento me pareció grata al paladar, —comenzó a recitar Batana como para sí misma, —perdura indigesta revolviendo mis adentros.
—¿Sabría yo responderla? —Preguntó Birlo tartamudeando.
—¿Acaso serías capaz de definir qué es lo que lleva a la inmortalidad a sacrificarse por el simple hecho de sentir una pasión humana? —La bruja miró al encapotado cielo y con melancólica voz continuó el soliloquio. —Mi bosquejo, conseguido con notable esfuerzo y dedicación, —a Birlo, al oír aquella grata palabra, se le volvieron a erguir las orejas, —era perfecto, dispuesto para transformarme en la encarnación viva del deseo y el amor.
—¿Cuál fue el error? —Se interesó Birlo intentando con ello que Batana siguiera hablando de lo único que en realidad le interesaba.
—Los otros, los demás. —Sentenció con voz fermentada. —El mundo de lo aparente es vacuo, cruel y sucio. Solo percibes brillos cuando le miras desde aquí, imágenes ideales que ocultan la realidad de sus verdaderas miserias, y son muchas, demasiadas.
El oribaa, al igual que le ocurriera cuando conversó con La Mola, sintió pena por Batana.
—Fui anhelada, no te entristezca por mí, —le sorprendió con aquella afirmación la mujer, —¿te parece improbable? inmundo elemental. —Agregó sin rencor. —El mundo al que imagino aspiras llegar, y me da igual el deseo que te mueva a ello, disfraza lo primario y soez encumbrándolo bajo elevados sentimientos y definiciones.
Birlo le miró sin entender nada, pero una cosa le estaba quedando clara, el bosquejo servía para acceder al mundo de lo aparente y adquirir la forma, el continente, de alguno de los seres que allí habitaban y, a cambio de ello, perder la inmortalidad, dejar de ser un ente imperecedero y básico, un cúmulo de energía transformable e inagotable sin sensación alguna por siempre. ¿Eso era lo que quería Tutúm? Pensó el oribaa.
La música se mantenía vibrante y retenida, un murmullo de violines que no terminaba de concluir. Parecía como si su desarrollo, la consumación sonora, estuviese pendiente de alguna cuestión. Birlo sintió miedo, la orquestación resultaba tétrica y le producía una desazón inexplicable y, para colmo, Batana comenzaba a transformarse, su aspecto se estaba transfigurando en algo indefinido e inquietante.
—No es para ti el bosquejo que portas, ¿verdad? —Susurró sibilina la loca de la Ciénaga. —Presiento que muchos lo desean, tus compañeros elementales, el niñito que comenzó a dibujarlo y ahora algo más.
—¿Algo más? —Titubeó Tantán.
—Si, desde el mundo de lo aparente alguien poderoso, un demiurgo consagrado, ha traspasado la frontera y lo busca con cerrazón y ceguera.
—¿No olvidas a alguien más? —Se atrevió a aventurar Birlo.
—Resulta tan obvio que hasta tu pequeño entender llega a percibirlo. —Contestó Batana. —No sería para mí, jamás volvería a cometer ese error, no merece la pena, te lo aseguro, pero se lo debo a La Mola, sería justo resarcirlo de tan inhóspito destierro. ¿No te parece?
Para cuando aquella pregunta fue formulada, junto al pequeño oribaa un enorme dragón de ojos bellísimos dejaba escapar por sus narices amenazantes nubes de vapor amarillo. Un penetrante olor a azufre se derramó por todo el lugar, la ciénaga comenzó a bullir, burbujas de lodo surgían por doquier y reventaban nada más separarse de la turbia lámina que lo cubría todo. La música ganó intensidad, amenazante dejaba que las cuerdas de los invisibles violines chirriaran metal y esquirlas oxidadas.
No lo pensó, sin esperar acontecimientos que temía terribles, emprendió una huida ciega y alocada sin dirección determinada. Birlo necesitaba, para recorrer la distancia que el dragón cubría de una sola zancada, treinta y siete pasos de sus cortas piernas y tres cuartos más. Mientras corría miraba hacia atrás contemplando con pavor como el monstruo se giraba con lentitud, contaba mentalmente la distancia que les separaba, veinte misérrimos zancos, en un solo salto lo tendría encima. Aceleró sin medida ni norte, en aquella atolondrada carrera su cuerpo se encontró de repente con una gran piedra, sintió un terrible golpe y el aliento de azufre tras las espaldas. El impacto catapultó su gomoso cuerpo lanzándole por encima de la cabeza del dragón. Mientras ascendía descontrolado por los aíres pudo contemplarse a sí mismo reflejado en el iris vertical y amarillento del reptil. Cuando la elipsis que describía alcanzó el cenit, comenzó un descenso vertiginoso y desangelado que le aplastó contra el suelo. El nuevo impacto aún le prestó alas para seguir rebotando hasta una veintena de veces más, por fin detenido, sentado sobre un gélido charco enlodado, vislumbró a la enorme bestia enfilándole a corta distancia. Un salto histérico y la carrera desnortada se activó de inmediato, ahora era Birlo el que buscaba de forma activa salir despedido tras un encontronazo. Se lanzó sobre un tronco abatido que yacía entre costras y marchitas setas descoloridas, para su sorpresa y espanto, la pútrida madera cedió tragándole por entero. El oribaa corría por el ánima del árbol mientras detrás, a corta distancia, el madero se deshacía por la presión del hocico de su mastodóntico perseguidor. El dragón hociqueaba confundido y enfadado. El pequeño hado vislumbró con alivio, al final del improvisado corredor, una gran peña cubierta de musgo. Apretó el paso y cuando el suelo que pisaba estaba a punto de dejar de ser de madera y convertirse en fango, se impelió fuertemente con sus patas traseras y nuevamente vino a colisionar con una mole pétrea salvadora. Esta vez fueron las pequeñas alas que en las espaldas portaba el mítico saurio, lo que sus ojos pudieron observar mientras ascendía como un globo arrastrado por el viento. Desde el aíre, embebido aún por el impulso ascendente, contempló como la Batana dragontina cambiaba de estrategia. El animal de leyenda que le persiguiera con tanto ahínco comenzó a menguar y sus duras y tornasoladas escamas se fueron oscureciendo hasta transformarse en pelambre, lustrosa, brillante y negrísima. Una enorme y musculosa pantera sustituyó al dragón, ágil, pronta para la muerte y de colmillos férreos.
Descendía Birlo envuelto en livideces, sus falsas orejas tremolaban por la acción del viento. Abajo, describiendo nerviosos círculos, le esperaban las fauces de un felino anormalmente grande. No temía ser deglutido ni morir, eso resultaba imposible, su esencia se diluiría por un tiempo para después reaparecer en algún lugar indeterminado. Su único padecimiento era saber que aquello que llevara consigo, el bosquejo, el molinete que le regalara La Mola, todo, dejaría de pertenecerle. Cerró los ojos resignado a esfumarse.
Lo inimaginable sucedió de repente, a punto de entrar en contacto con el hocico de la pantera, algo pardo y de encrespadas greñas, semejante a un lobo bípedo, le interceptó en el aíre al igual que una hábil rapaz y sosteniéndole con suavidad con el extremo de una afilada hilera de dientes, le arrebató el deseado bocado al felino.
Trotando, zarandeado sin misericordia entre los belfos de una nueva bestia, Birlo se alejó de la Ciénaga del Norte hacia un rumbo desconocido. Batana quedaba atrás, aunque estaba convencido que no por mucho tiempo, aquella loca enamoradiza, la que perdió su inmortalidad por gozar de las pasiones humanas, no se rendiría tan fácilmente.

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