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Gárgola.

10.- SIN SALIDAS.

La habitación había recuperado su temperatura, el olor dulzón persistía y los muebles acumulaban una leve capa de polvo. Parecía como si nada hubiese ocurrido en mucho tiempo. El papá, con el cojitranco dios de la razón en el bolsillo, achacaba aquellos hechos naturales y cotidianos a que nadie había estado maquinando, inventando historias donde la esperanza merodeara trastocándolo todo. Incluso pudo ver con sus propios ojos, una vez el armario fue retirado de la pared, como el supuesto dibujo que llamaban portal, no era más que una negruzca mancha de humedad. Pero el extraño y la anciana insistían en ver como sobrenatural lo que era pura evidencia empírica.
—El portal ha desaparecido. —Anunció con preocupación Petunia. —Ahora nada puede salir ni entrar.
La mamá de Nelo la miraba compungida, la noticia, sin comprender del todo la gravedad que podía albergar, mantenía su corazón en vilo.
—No queda otro remedio que abrir desde aquí un conducto, —afirmó el Hacedor, —después tendrás que cerrarlo tú.
La anciana le miró con gesto desaprobatorio, aquella posibilidad resultaba muy peligrosa y no estaba segura de poder sellar la entrada, hacía mucho tiempo que había desistido de mezclarse directamente en ese tipo de asuntos.
—Sabes que, desde allí, para poder regresar, necesitarás un bosquejo.
—Lo sé. —Aseveró el Hacedor con pesadumbre.
—Si por cualquier circunstancia el que poseen los espíritus se ha destruido, no podrás… —Petunia se detuvo y rectificó, —no podríais retornar.
—¿Existe otra manera? —Quiso saber la mamá de Nelo. —Tal vez esperar a que se abra de nuevo. —Propuso de inmediato.
—No le has contado todo. —Sentenció recriminatorio el hombre.
La anciana negó con la cabeza en señal de confirmación, sus ojos buscaron con avidez el suelo, polvo, tan solo polvo y eficientes arañas.
—¿Qué es todo? —Preguntó el papá mientras el dios cojitranco de la razón salía del bolsillo de la camisa y, arrogante, se ponía avizor y en guardia.
—Cuanto más tiempo permanezca Nelo en ese lugar, menos recordará este mundo, será una vaga evocación, sus rostros, la habitación…, todo desparecería.
La mamá ató a la desesperación con camisa de fuerza, amordazó su boca pronta al arrebato, y cerró las esclusas, esas que nos vierten, las que nos hacen no olvidar que somos hijos del agua.
—¿Podría entrar yo? —Propuso la mamá. —Tal vez así, mientras ocurre algo, Nelo a través de mí seguiría unido a este reflejo.
—Eso no ocurriría, ambos terminarían por olvidar y usted acabaría desapareciendo, esfumándose como la bruma del alba al mediodía. Su niño es un demiurgo, la capacidad de crear le mantendría vivo y enajenado. Y si alguna vez, —sugirió apesadumbrada Petunia, —por esos caminos que nadie advierte ni presiente, regresará al mundo de lo aparente, sería tratado como un loco, un chiflado al que todos rehuirían y cuyo final sería el internamiento de por vida en un centro psiquiátrico. La muerte lenta por una ausencia que ni el mismo sabría cuál fue su origen, de dónde le venía.
—Pero eso no va a ocurrir, ¿verdad? —Aseveró el Hacedor mientras iluminaba la estancia con una sonrisa. —Y ahora salid todos, dejadme a solas.
Petunia asintió y con una indicación de la mano, invitó a la mamá y al papá de Nelo a que abandonaran el dormitorio.
—Ten mucho cuidado mi hijo, —recomendó a su nieto con el corazón en volandas, —yo mantendré la puerta cerrada.
En el pequeño descansillo donde terminaban las escaleras, delante de la habitación del niño, el silencio era absoluto. Petunia mantenía una de sus manos sobre el pomo, lo aferraba con fuerza, mientras su pie derecho apretaba contra la madera. La mamá cruzaba sus manos delante del regazo, su mirar se colgaba de sus oídos, desmenuzaba el silencio que del otro lado llegaba preciso y claro. Nada parecía suceder en el interior del cuarto. El papá resoplaba, el diosecillo cojitranco se encontraba malhumorado, se hacía preguntas que precisaban de una pizarra, de papel milimetrado para ser respondidas con exactitud. ¿Cómo podía permitir el dislate que se estaba cometiendo? Se preguntaba. ¿Cuándo esos dos farsantes comenzarían a pedirles dinero? El cartesiano pensamiento quedó detenido de violenta forma, un ruido, de esos que erizan el vello y dejan a la boca semiabierta, surgió penetrante e hiriente desde el otro lado de la puerta. Un rugido de animal violento, desesperado por el encierro, llenaba la alcoba vecina. La anciana sostuvo el pomo con ambas manos y comenzó a recitar una retahíla de ensalmos, un murmullo que contenía arcaicas plegarias defensivas, rezos que encomendaban a deidades ya extintas el alma y el cuerpo. Un desgarro de telas, de uñas que hieren la madera y cocean, el hociquear de una bestia que no comprende los límites que imponen paredes y techo se expandía sin término. Tras aquellos retumbos una paz invisible, inexplicable, se asentó del otro lado de la puerta. La anciana con el dedo índice sobre los labios invitó a callar mientras, con delicado gesto, giraba el pomo. El papá de Nelo buscaba ansioso con la mirada entre los restos de sábanas y ropas que cubrían el suelo al Hacedor. El extraño que acompañaba a Petunia había desparecido de la estancia, en su lugar solo quedaban profundos arañazos perpetrados con saña sobre el mobiliario y la tarima que cubría el piso, y los restos de las toscas vestiduras que le cubrían. Pero lo más llamativo, aquello que le produjo una sensación de vértigo y ahogos, era el dibujo que sobre la mancha de humedad latía como una herida viva. Un doble círculo imperfecto, de trazo irregular, repleto de signos y símbolos extraños ejecutados con aparente torpeza. Aquel dibujo palpitaba, parecía abandonar la pared y mostrarse suspendido delante de ella, su visión provocaba una inusual zozobra.
—¿Dónde se ha metido ese gañán? —Preguntó confuso y atribulado. —¿Cuál es el truco?
La anciana le miró molesta, sin contestarle extrajo del maletín un largo cordel anudado, cientos de nudos se repartían a todo lo largo del bramante.
—Mi ciego amigo, —comenzó a decir, —esto que ahora estoy a punto de ejecutar estaba previsto se realizara en soledad, resulta más eficaz y rápido cuando no hay cerca una mente obtusa y, créame, cuanto antes suceda lo que está a punto de suceder más seguros estaremos.
Petunia cogió un trozo del cordel por ambos extremos mientras recitaba viejos ensalmos y encantamientos, la cuerda quedó rígida sosteniéndose en el aíre sin ayuda de nada. Las palabras que la anciana musitaba entre dientes parecían guiar el cordaje en dirección al círculo, el extremo se fue introduciendo en el interior de la rueda y ésta la fue tragando por completo hasta no quedar fuera nada más que un palmo de cuerda.
—Rueguen porque uno de los nudos enganche cuanto antes el cierre del portal, ahora se encuentra abierto y su claridad, al otro lado, es un resplandor cegador que puede atraer cualquier cosa. —Suspiró profundamente. —Hay mucha oscuridad en éste y en los otros mundos, demasiada negritud.
Un estertor profundo surgió del interior del redondel, una voz dolorida y enconada que tras de sí arrastraba un coro de llanto, una miríada de pañuelos negros, de velos enlutados. La habitación comenzó a helarse de nuevo, de la boca de Petunia surgían pequeñas nubes de vapor que envolvían y hacían flotar las sílabas del rezo. Cerró los ojos buscando la soledad de los acantilados, su pequeño cuerpo se asomaba a un abismo en cuyo fondo se elevaba una tormenta de fuego y magma. En la mente de los padres de Nelo aquellas imágenes florecían sin orden ni concierto, afloraban libres y evocadas desde fuera, no les pertenecían, como larvas inoculadas por un enorme insecto eclosionaban y se mostraban en una desnudez cruda y terrible. Voces y crujir de uñas ascendían por el portal, dentelladas que rechinaban y un hedor a putrefacción se instalaba en el dormitorio, se pegaba como melaza a las paredes. La anciana sostuvo el extremo del cordel y propinó un recio tirón, varios nudos saltaron y se deshicieron como sueños al amanecer. La letanía que partía de su boca entre fugaces nubes de vapor arreció en intensidad. Jalonó de nuevo la cuerda y una docena de nudos deshechos afloraron bañados en una grasa oscura y densa.
—Se acercan, no temáis, lo que estáis viendo es una interpretación personal, es fruto de las ideas que en vuestras propias mentes anidan. —Guardó silencio por un instante para, después, agregar enigmática. —Lo ven a través de mí, pero ustedes lo materializáis, le dais corporeidad y forma. Son terribles, pero no feos o grotescos.
Con ambas manos aferró el cordel, una poderosa voz, inaudita e inverosímil, broto con fuerza de su garganta. Utilizando todo el peso de su cuerpo volvió a tensar la cuerda, un crujido de árbol herido por un rayo partió el vocerío que desde el portal llegaba y el silencio más profundo ahogó lamentos y alaridos. El círculo comenzó a emborronarse y lentamente, como si un aíre suave desbaratara un dibujo hecho en la arena, solo quedó sobre la pared una mancha de humedad negruzca y brillante.
—Lo hemos conseguido. —Se limitó a festejar sin delatar emoción alguna. —Ahora todo depende del Hacedor, de él y del destino.

Nunca había visto nada semejante, pero pese al asombro que le causaba aquel inexplicable hecho, no podía dejar de pensar en que algunos magos de salón, de esos que llenaban grandes teatros, era capaces de hacer desparecer casi cualquier cosa delante de una nutrida y atenta audiencia. Pero lo que realmente le reconcomía era que, para colmo, Petunia había anunciado su intención de quedarse en casa. Montaría guardia en la habitación de Nelo, según afirmaba debía estar alerta por si se abría un nuevo portal. Si la puerta la franqueaba el Hacedor, la ayuda que pudiera prestarle desde este lado podía resultar de vital importancia. El papá desconfiaba de la entrega sin condiciones que demostraba la anciana, sobre todo por el hecho de no solicitar nada a cambio. ¿De qué vivían la abuela y el nieto eremita? El episodio que le relatara su esposa allá en la cueva, la tisana que le dieron a beber nada más llegar al pueblucho, el brebaje con que desayunó, podían ser potentes alucinógenos. La cabra, la transmutación en gato, todo un elaborado montaje cuyas consecuencias estaban aún por llegar. El hombre se sentía en penitente soledad y abatimiento, solo él parecía darse cuenta de lo absurdo que resultaba todo. Desde que se percataron de la dolencia de Nelo, cuando apenas tenía un año y medio, la madre intentó que el niño no fuera consciente de sus diferencias, le seguía el juego, pese a la continua oposición que él ejerció. Siempre consideró como necesario que fuese consecuente con sus limitaciones, sublimar una dolencia resultaba ineficaz y contraproducente. Primero la psicóloga, después, como último recurso, el sacerdote y ahora esa vieja. Apareció en sus vidas gracias a la recomendación de una amiga de su mujer, se deshizo en loas y parabienes sobre lo eficaz de su labor y proceder en casos semejantes. Esos que se escapaban a cualquier intervención de la medicina oficial. ¿Acaso existía otro tipo de medicina?

La tarde transcurrió lenta, Petunia se movía por la vivienda con absoluta naturalidad y soltura, parecía estar acostumbrada a convivir con extraños en casa ajena. La mamá se marchó al hospital, una hora y media después el teléfono sonó urgente y desesperado, Nelo empeoraba, su rostro, cetrino y lívido, los labios morados, atestiguaban que el pozo en el que había caído era más profundo de lo esperado. La anciana, mientras el papá sostenía el teléfono junto a la oreja, le observaba silenciosa. Adivinaba, presentía en cada contracción del rostro que la situación empeoraba, pero todo estaba ya dispuesto, el Hacedor desde ese otro lado haría lo indecible por retornar junto con el niño y, desde aquí, los médicos intentarían mantener el armazón activo y dispuesto para recibirle. Las sombras tejieron la tarde lenta y cotidiana, puso farolas en las calles y viandantes desesperados por todas las esquinas. No cabía hacer nada más.

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