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(De Cuaderno del Otro Lado)

¿PARA QUE SIRVEN LAS PISCINAS?

Las voces, las risas, el correteo de Luzmila y Laetitia, todo contribuía a crear una falsa, y necesaria, sensación de normalidad.
Nathán llenó un vaso con aquel extraño mejunje y se recostó contra uno de los sauces que adornaban el jardín de los Poppy. Desde allí contemplaba las evoluciones de Clara, la joven se mecía al compás de la música y jugueteaba con las niñas, se cogían de las manos y giraban en una especie de baile hipnótico. La muchacha llevaba un hermoso vestido verde que se agitaba con el rítmico movimiento del cuerpo, una oscilación dulce que mantenía a Nathán absorto en el cadencioso evolucionar de la joven. El viejo Zacarías se situó al lado del muchacho con la brillante petaca en la mano, le miró sonriente y le arrojo una pregunta a la cara. –¿Será hoy el gran día?
Nathán le miró con el terror dibujado en el semblante, temía que comenzara con las burlas, a veces el viejo le resultaba especialmente insufrible. Optó de inmediato por responder cualquier cosa que pudiera hacerle desviar la atención de la víctima en que sin poder evitarlo se estaba convirtiendo.
–Con lo experimentado que crees ser en materia amorosa ya deberías saber que siempre depende de ellas –sin saber muy bien en el jardín que se estaba metiendo, inocente se atrevió a agregar, –¿por qué no se lo preguntas directamente a ella?
Al mismo tiempo que esas nefastas palabras salían de su boca, se iba arrepintiendo de pronunciarlas. Pero era tarde, Zacarías se separó de Nathán y con paso decidido se dirigió hacia donde se encontraba Clara.
–¡Espera un momento!, –gritaba el muchacho en un vano intento por detenerle. –¡Ven aquí, regresa!
Absolutamente aterrado pudo ver como Zacarías comenzaba a charlar con la chica y como ésta, entre frase y frase, miraba hacia el lugar donde él se encontraba con el estómago hundido por la ansiedad. Temía lo peor. Aquel viejo loco podía estar diciendo cualquier barbaridad. La muchacha se reía, mientras que con un gesto de pudor se tapaba la boca con una de sus manos. Hubiera dado un trozo de su disminuida alma por poder saber qué le estaba diciendo el chiflado Zacarías. Por fin el viejo se apartó de la chica y se dirigió hacia la mesa con la intención de probar el brebaje preparado por el anfitrión de la fiesta. La muchacha esperó que la música que estaba sonando en ese momento terminara de sonar, después puso una nueva placa. Los acordes que sonaron fueron una vez más la canción que oyera al comienzo de la celebración. La letra narraba el inesperado encuentro de dos desconocidos, un deseo por que el tiempo se detuviera, se hiciese infinito y eterno. Uno de los extraños reclamaba la urgencia inaplazable del encuentro y repetía en el estribillo una frase que invitaba a la entrega inmediata.
Clara se incorporó dando un pequeño saltito, nada más sonar los primeros acordes, que hizo que el corazón de Nathán brincara al unísono. Se giró en redondo y atravesando el espacio que les separaba se dirigió hacia donde el muchacho estaba. El tiempo parecía, a los ojos del joven, que transcurría con una cadencia distinta, un evolucionar lleno de altibajos, con arritmia. Cuando Clara llegó frente a él se detuvo y alargando un brazo se limitó a formularle una pregunta que le hizo temblar desde los pies a la punta de los cabellos.
–¿Bailamos? –Nunca un plural había sonado en los oídos de Nathán tan delicioso. –¡Venga, vamos!
–No es lo mío. –Repuso el joven. –Pero si tú me llevas.
La muchacha rompió a reír con todo el cuerpo. Se puso firme, tomó una de las manos del muchacho y la guió hasta su cintura.
–Pon tu mano aquí, –le dijo, –ahora dame la otra, así en alto, muy bien. ¡Allá vamos!
Al principio el muchacho estaba más pendiente de sus pies que del resto del mundo, pero poco a poco dejó que la brisa del cuerpo de Clara le fuese inundando y con ella la magia de las luces en movimiento, de las voces que venían y se alejaban. Los dos se miraban directamente a los ojos mientras evolucionaban sobre el seco césped y las imágenes de alrededor se alargaban y descomponían en ráfagas de colores. El altavoz, con su sonido metálico, advertía que era ahora o nunca, les hablaba de la primera vez que dos desconocidos se encontraron, de la amplia sonrisa de ella, del rendido y capturado corazón de él. Todo se fue transformando en algo distinto mientras se dejaba guiar por Clara, percibía como si un ligero magnetismo emanara del cuerpo de la muchacha, atravesara el vestido, y proyectara su forma frente a la suya de una sutil y desconocida manera. Clara era una imagen que se concebía en su mente gracias a pequeñas sensaciones olorosas, mínimas y dulces impresiones táctiles y de una cada vez más efervescente imaginación. Jamás había sentido que un simple concepto pudiese llegar a ser tan poderosamente real. La canción llegaba a su final, repetía el estribillo una y otra vez para que nadie lo olvidara. Nathán deseó que aquel instante no terminase. Ambos se detuvieron al unísono cuando el último acorde dejó de sonar, a pesar de ello mantenían sus cuerpos enlazados sin dejar de mirarse a los ojos y de sonreír. El joven escuchaba como en sordina los aplausos que le dedicaba Zacarías y los “bravos” intercalados entre palmada y palmada.
Laetitia apareció de repente y reclamó la atención de Clara.
–Ahora baila conmigo. Enséñame a mí también.
La chica soltó la mano de Nathán, que permaneció huérfana y en alto unos breves segundos antes de caer a plomo como un objeto muerto. Su otra mano se fue deslizando por la cintura de la muchacha a medida que ésta se separaba del joven. La niña saltaba al lado de ambos nerviosa por la emoción que sentía ante su primer baile. Nathán dejó que la sensación que le producía el contacto de sus dedos con la cintura de Clara quedara impresa en sus recuerdos, al fin y al cabo, también había sido su primer baile. Buscó el refugio del sauce y se recostó sobre su tronco de nuevo.
El joven percibió la aparición de Zacarías como si éste hubiese brotado de una chistera. Los claros ojillos del viejo brillaban por acción del alcohol, se apoyó contra el mismo árbol donde descansaba Nathán sonriente y pícaro.
–Vaya, no te has manejado mal. Porque era tu primer baile, ¿verdad?
–Así es. –Se limitó a contestar el joven.
–Siempre dispuesto a ayudar a un amigo.
Nathán le miró mientras mantenía una sonrisa burlona, el término amigo pronunciado por Zacarías resultaba ambiguo e impreciso, casi amenazante. El viejo le devolvió la sonrisa cortésmente mientras mantenía la cabeza ligeramente ladeada, un gesto típico y conocido por el muchacho, luego sacó la petaca y tomó un trago mayor de lo habitual.
–¡A la salud de los tortolitos! –Tras el brindis agregó, con sencillas palabras, la inevitable porción de realidad con que gustaba de aplastar la felicidad ajena. –No deja de resultar esperanzador comprobar como el bálsamo de la idiotez reconforta en medio de toda esta basura.
Mientras las sentencias de Zacarías, como plomo derretido, intentaban colocar las cosas en su sitio exacto, Luzmila y Laetitia se empeñaban con sus retozos en desmentirle. Las niñas correteaban entre las sillas, un juego que todos conocían, y que alguna vez de niños habían practicado, acababa de dar comienzo. ¡La llevas!, se escuchaba gritar de tanto en tanto, y las risas alocadas se mezclaban con la vieja música que alguna vez amenizó los lejanos veranos en un atardecer sin playas ni hogueras. ¡La llevas!, escuchó Clara tras de sí mientras una mano golpeaba sus espaldas. ¡La llevas!, había repetido Laetitia y la muchacha comenzó a correr en dirección a Nathán que, en un acto reflejo e inesperado, también emprendió una carrera loca y sin destino. La chica alcanzó al joven que se encontraba acorralado por Luzmila, y entonces fue él el que la llevaba, y era la luz, el sol dorado de la tarde mezclado con la música complicándolo todo. El joven corrió para alcanzar a Clara, comprendió de inmediato que la fortuna era sencillamente eso, correr tras de la muchacha contemplando como su vestido, al vuelo, aventaba cualquier sensación de dolor y desesperación. A punto estaba de alcanzarla cuando la joven trastabilló y cayó al suelo, rápidamente se giró en un intento por emprender de nuevo la huida, pero era tarde, Nathán ya estaba sobre ella sosteniéndola por las muñecas. Nuevamente el tiempo se hizo denso, se arrastraban las imágenes mientras los pensamientos volaban rápidos y libres. Tener a Clara postrada, retenida por el peso de su cuerpo, sujeta por las muñecas mientras se debatía sin dejar de sonreír y mirarle a los ojos, producía en Nathán una turbación de sedal y anzuelo. Era incapaz de resistirse al embrujo que aquella muchacha ejercía en su persona. Consciente de los mecanismos que se ponían en funcionamiento, de los reclamos que la vida utilizaba para perpetuarse, le resultaba más grato dejarse arrastrar, no oponer resistencia alguna, permitir que la pendiente le acunara dulcemente mientras se iba dejando caer por ella.
Las niñas no querían que el juego parase, se habían abalanzado sobre el joven y le golpeaban para que liberara a Clara.
–¡Deja que se levante! –Gritaban a coro. –La lleva ella.
Nathán no tuvo otro remedio que liberar sus brazos, entonces Clara giró su cuerpo descabalgando al muchacho bruscamente obligándolo a caer de lado.
–¡Tú la llevas ahora!
La muchacha había revertido la situación con un solo golpe de caderas, Luzmila y Laetitia corrían ya alejándose del joven.
El juego quedó interrumpido cuando mama Poppy, a una voz, anunció la llegada de la tarta. Todos se acercaron alrededor de la mesa, después fue el “cumpleaños feliz” cantado a coro, soplar las llamas de las velas y formular un deseo con los ojos cerrados. Uno por uno, los invitados fueron entregando sus presentes a Luzmila que, en actitud ceremonial situada entre sus padres, agradecía cada regalo con una leve inclinación de cabeza.
Zacarías le obsequió una pequeña brújula de metal dorado y remató la entrega con un deseo.
–Para que siempre sepas donde se encuentra el norte.
La posibilidad de seguir o no esa dirección, la dejaba a su libre elección. Nathán sonrió, era el único que había detectado la pequeña diferencia que la frase ocultaba.
La anciana Freikas le habían confeccionado un jersey de lana adornado con motivos infantiles, advirtió que le quedaría algo grande, pero mamá Poppy le agradeció el haberlo tenido en cuenta, así podría utilizarlo por más tiempo e incluso ser heredad para Laetitia.
Zacarías, a esas alturas de la tarde, sosteniendo su pedazo de tarta sobre un pequeño plato, se encontraba suficientemente integrado, es decir, había ingerido la dosis exacta de skaa que permitía que los demás fuesen tolerables.
El joven le entregó el libro a Luzmila y ésta pareció extremadamente contenta con el regalo, aunque no se percató de la dedicatoria perdida en el fondo de la bolsa, Nathán, sin saber muy bien el por qué, se alegró de ello.
Clara le entregó una pequeña cajita de cartón verde, en su interior había un colgante prendido a una fina cadena, un delfín plateado que provocó una excesiva alegría en Luzmila, la niña mostró la joya a su madre y ésta se la prendió en el cuello.
–¡Mirad! –Repetía insistentemente la niña, mientras con la mano señalaba el plateado delfín sobre su pecho. –¡Tengo una joya!
Cuando la luz declinó, las luces de colores se apagaron y el reproductor de audio enmudeció, un aroma de felicidad extinta se fue apoderando de todos. A pesar de ello continuaron sentados formando un semicírculo en lo que fuera el jardín de los Poppy. Los Freikas, asistidos por Clara, se retiraron haciendo extensivo el deseo de una buena noche para todos, Mamá Poppy acunaba a Laetitia que parecía profundamente dormida tras la inhabitual tarde de carreras y juegos. Zacarías mantenía en su mano derecha la petaca y sobre su regazo la escopeta, había vuelto la normalidad.
–Ha estado todo bien, –afirmó Laura, la madre de las niñas, –en más de una ocasión he conseguido olvidarme de todo, perecía como si fuese ayer y nada de esto estuviese ocurriendo.
Su marido, Nadjid, la observaba hablar mientras mantenía, sin razón aparente, la cabeza ligeramente adelantada al resto del cuerpo. Escuchaba cada palabra y asentía en silencio.
–En el fondo es como si las cosas y los gestos hubiesen recobrado su valor elemental. –Sentenció Zacarías. –Hay momentos en la vida en que lo que ayer nos parecía pueril y vano, recobra su lugar, y suelen ser pequeñas cosas, nimiedades que no valorábamos.
Nathán se sorprendía de escuchar al viejo filosofando en favor de la vida. El dios de la muerte y la destrucción se humanizaba ante los sorprendidos ojos de todos, tal vez la pócima mágica que tenía ese poder sobre Zacarías estaba oculta en la petaca plateada que sostenía en la mano. Nadjid se levantó y entró en su casa, unos minutos después reapareció sorprendiendo a todos, regresaba con una guitarra en la mano. Tomó asiento y tras afinar el instrumento, manteniendo con excesiva atención la oreja pegada a la caja, comenzó a desgranar una melodía conocida y triste que hablaba del camino, de montañas y valles, de alguien que no encontraba la senda de regreso al hogar.
–¿Has sido alguna vez un joven explorador? –Preguntó con un murmullo el viejo a Nathán. –Como puedes comprobar no te has perdido nada excitante o emocionante con ello.
Había regresado del almíbar, el inefable Zacarías reaparecía íntegro a los ojos del muchacho. El joven sonreía por tan acertada ocurrencia.
Clara y Luzmila reaparecieron cogidas de la mano, hablaban entre ellas y sus voces llegaban como un susurro velado. La niña soltó la mano de la joven y en una carrera se situó frente a Zacarías.
–Señor, –dijo la niña, –Clara debe de estar equivocada.
Los presentes miraron la extraña pareja que componían Luzmila y el viejo.
–A ver, –continuó la niña, –diga, ¿para qué sirven las piscinas…?

La fiesta ya había concluido, sobre el césped solo quedaba la improvisada mesa y alguna que otra silla. Aquella noche ambos camaradas pensaron en dormir en la atalaya, Zacarías solía permanecer sentado toda la noche en la hamaca plegable dando esporádicas cabezadas, el joven, por el contrario, extendía una esterilla, se envolvía en una manta y dormía sobre el suelo. Desde aquella altura, como cada noche, se divisaba el derroche lumínico de la urbanización vecina. Nathán observó que el viejo se mostraba más intranquilo que de costumbre, no paraba de moverse sobre la hamaca, como si tuviese dificultad en encontrar la postura correcta.
–¿Sucede algo? –Aventuró el joven.
–¿No sé si te habrás percatado? Luzmila pertenece a la primera generación que desconoce para qué diablos sirven las piscinas.
–¿Y…? –Apuntó Nathán como única respuesta.
–Pues nada, que dentro de diez o veinte años ¿qué habrán olvidado esas generaciones?
–Posiblemente todo aquello que no les resulta útil hoy en día, puede que a cambio aprendan nuevas cosas, o descubran la utilidad de objetos que habían caído en desuso.
–Tal vez tengas razón. –Parecía meditar sobre la idea que pretendía transmitir al muchacho. –Pero de todo ello, en un sentido general, ¿saldremos ganando o perdiendo?
El joven se incorporó, se apoyó sobre uno de sus codos para poder ver al viejo, Zacarías tenía las manos en la nuca, miraba las estrellas.
–Si hemos acabado de esta manera será porque no lo estábamos haciendo muy bien. No sé, al fin y al cabo, solo tengo recuerdos del comienzo del desastre, era demasiado pequeño cuando todo marchaba bien, no lo recuerdo. –Quedó pensativo el joven para agregar de inmediato. –Tal vez por eso me gusta mirar viejas revistas, cuando veo las bellas imágenes tengo la sensación de asomarme a un mundo ya muerto del que alguna vez formé parte. Pero solo es eso, una sensación.
–Cambiando de tema –zanjó de pronto Zacarías, –¿lo de Clara va en serio? El nombre de la chica, así, pronunciado de golpe, sonaba en los oídos de Nathán como una confusa explosión.
–No sé qué decir, estoy tanteando la situación.
–Solo lo pregunto por curiosidad, a veces percibo que no eres muy consciente de la situación en que nos encontramos.
–¿Consciente? –El muchacho parecía contrariado por aquella afirmación tan rotunda. –¿Qué quieres? No nos habéis dejado ningún futuro, cualquier cosa que emprendamos resulta fútil, vana, sin posibilidades de continuidad y, a pesar de ello aquí estamos, al lado vuestro, intentando tirar de esta mierda de vida.
Zacarías percibió como justificado el enfado del Nathán, no le faltaba razón al muchacho.
–Creo que te entiendo, a tu edad yo pensaba igual que tú, y también estaba enfadado con la vida.
–Zacarías, te equivocas, a mi edad tú podías permitirte creer que estabas enfadado con la vida, y a pesar de ello elegir tu propio camino, dentro de las posibilidades que tuvieras, como de hecho hiciste.
El viejo se incorporó de la hamaca, empezaba a percibir a Nathán como alguien al que debía tener en cuenta. Hasta entonces había pensado que el joven no se encontraba a la altura de las circunstancias, pero aquellas afirmaciones le mostraban un Nathán más maduro, más consciente de la realidad.
–Por mucho que me incomode tengo que darte toda la razón. No es que os hayamos entregado el peor de los mañanas, es que no os hemos dejado futuro alguno. Nada de nada.
Se hizo el silencio tras las palabras del viejo, una leve brisa recorrió la atalaya agitando suavemente el toldo verde. El viejo volvió a recostarse sobre la hamaca, parecía dispuesto a intentar conciliar el sueño. Nathán también se acomodó, pensaba en Clara, era una imagen que le hacía olvidar lo cotidiano. Buscar el sueño recordando el cumpleaños le congraciaba con la vida. Desde la duermevela percibía el canto de los últimos grillos mezclados con la multitud de pequeños ruidos que producía la vida a su alrededor. Poco a poco se fue internando en el sueño y olvidó todo lo que suponía estar vivo.

No pudo precisar cuando ocurrió, el sonido que producía Zacarías desde la hamaca le había despertado, se agitaba bajo la manta y murmuraba palabras ininteligibles. Sin lugar a duda se encontraba en medio de una pesadilla. El joven se apiadó del viejo, sin querer abandonar la calidez de su manta empujó con el pie el lugar donde Zacarías reposaba. Al principio suavemente, después, ante la falta de respuesta de éste, se vio obligado a zarandearle sin compasión alguna.
El hombre despertó sobresaltado.
–¡Diantres, vaya mierda de sueño! –Fue lo primero que dijo al despertar. Nathán le observaba desde las cobijas, el viejo se había puesto en pie, tal vez para alejar los recuerdos que se habían materializado al abrigo de la noche. Se frotaba el pelo como si quisiera desprender los últimos residuos de las imágenes que le atormentaban. Con gesto curioso comenzó a observar la lejanía, no parecía que sus ojos se detuvieran en ningún punto concreto, más bien daba la impresión de que buscaba algo. Sin dejar de mirar el horizonte se fue agachando hasta que pudo tocar con la mano al muchacho, parecía querer llamar su atención.
–¡Que me aspen! –Aquella exclamación solía ser el preámbulo de alguna mala noticia. –¡No hay luces en la urbanización del oeste!
El muchacho se incorporó alarmado, sintió de repente que el amanecer había enfriado el aíre como preámbulo al horror que se avecinaba. Comenzó a mirar hacia el lugar en que debía encontrarse el desaparecido brillo luminoso que señalaba el lugar exacto del asentamiento. No lograba encontrar ninguna referencia que le indicase su localización. Los dos hombres quedaron petrificados cuando varias columnas de humo les señalaron el sitio justo donde la muerte había amanecido. Aún el sol no trepaba por el cielo, jirones densos de niebla nimbaban el paisaje, todo parecía frió e irreal.
–No le digas a nadie lo que acabamos de ver. –Zacarías pronunció aquella frase sin demostrar emoción alguna. Con expresión adusta y serena se limitó a agregar. –Tendremos que ser más cuidadosos aún de ahora en adelante.

 

Aquí finaliza “Cuaderno del Otro Lado”.

Madrid, Souto de Luiña (Asturias), Málaga.
Dos mil diecisiete.

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