IMG_20160413_212150 (2)

(De Cuaderno del Otro Lado)

¿PARA QUE SIRVEN LAS PISCINAS?

Aquel verano se había prolongado más de lo habitual. Las tardes agonizaban de una forma lenta y armoniosa entre tibios colores. Sobre el tejado de la casa de Zacarías los dos camaradas gustaban de sentarse a contemplar el espectáculo del atardecer, temberra en mano, silenciosos, invitaban a los dulces sueños de un pasado cercano a adornarse con aquella leve luminiscencia. Nathán meditaba sobre Zacarías mientras le observaba de reojo. Pelo rapado al cepillo, completamente gris, la imagen de un niño viejo que siempre recordaría. A pesar de su indefinible edad, se movía como si los años apenas le hubieran tocado las articulaciones. Pasaba todo el día encaramado al tejado de la vivienda reinando sobre un nido de sacos terreros, oteando la lejanía, escudriñando a la espera de que una columna de polvo o humo le mostrara el avance de lo inevitable. Allí sentado, con los sempiternos prismáticos colgados del cuello, atuendo de falso cazador, la canana repleta de cartuchos y junto a la silla la escopeta de dos cañones de la que no se separaba jamás, parecía que estuviera esperando ver el cielo surcado por una bandada de ánades en perfecta formación migratoria. Solía quejarse por todo, pero lo que realmente le contrariaba era no haber conservado, como algunos de sus camaradas habían hecho, ninguna arma automática. Su figura vigilante pertenecía al paisaje cotidiano de cada día, ese escenario que se plantaba en medio de sus vidas y reclamaba exigente le prestaran toda la atención. Un decorado formado por una batería de inservibles buzones que el óxido había reventado, unas bambalinas de césped seco como dura corteza de reptil, ébano sucio de asfalto agrietado, insolentes plantas emergiendo en racimos a través de las grietas del cemento, desmintiendo que antes del caos había sido un hermoso lugar en el que vivir. Y las piscinas, ocultando su vergüenza detrás de cada casa.

Mientras la luz del día se mantenía, dejaban brillar unas cuantas bombillas de colores que alguna vez adornaron una verbena, entonces era la paz del alma más profunda. Nadie hubiera sospechado lo incierto que resultaba todo. En esos momentos, y solo en contadas ocasiones, Zacarías hablaba, no en un intento por que Nathán le respondiese, parecía meditar en voz alta. Aquella tarde el viejo comenzó con una de sus peroratas apenas audibles.
–La imagen de un añejo dios caído –comenzó a decir. –Sabes que se sustenta en supercherías, bridas para arrastrar en la dirección elegida, temor de los ignorantes. Pero a pesar de todo ello, aun sabiendo que su cólera no te alcanzará jamás, que solo es un triste símbolo marchito, no te atreves a mancillarlo ni destruirlo. Eso somos, un dios caduco y ajado. No entrarán por la fuerza, simplemente entrarán, entrarán para quedarse. Unos invitados en el ágape que se convierten en anfitriones, y nosotros, nosotros seremos unos molestos huéspedes.
Regresaba después del avinagrado soliloquio a un mutismo atento, giraba lentamente la cabeza hacía Nathán, la ladeaba y dibujaba una leve sonrisa cínica y demente que al muchacho le producía una inquietud indefinida. Pero a pesar de sus rarezas, Zacarías había pasado a ser una figura imprescindible y tolerada en la pequeña comunidad. Como un actor acabado al que un novel director, de reciente fama injustificada, le hubiese ofrecido un papel en su nueva obra, así parecía sentirse el viejo. En sus delirios más íntimos Nathán le había llegado a escuchar que todos los acontecimientos a nivel planetario, todos, habían sucedido única y exclusivamente para ofrecer el resultado justo que le brindaba aquella relevancia inesperada.
–No tan inesperada… –Susurraba con la mirada pérdida.
Entre dientes, los peregrinos pensamientos que mascullaba explicaban los pasos que el mundo había dado hasta el presente. Pero el ocaso restauraba la realidad, Zacarías se levantaba, apagaba las luces del ensueño y sin decir nada, descendía del tejado para perderse dentro de su vivienda. Posiblemente comía algo, su casa era un santuario inaccesible.
A veces, cuando la temperatura lo permitía, Nathán pasaba toda la noche en la atalaya de Zacarías junto a éste. Practicaban una duermevela cuyo efecto le resultaba agradable. Despertar en mitad de la noche, oír el rítmico y metálico sonido de los grillos en celo, sentir una brisa, que, aunque cálida, invitaba a sumergirse en el embozo, y adentrarse nuevamente en el sueño.
Desde aquella altura, a una distancia lejana e imprecisa, se apreciaba la iluminación de otra urbanización situada más hacia el oeste. Parecía que las restricciones no les afectaban. Posiblemente poseían suficientes grupos electrógenos y el combustible necesario para aquel derroche nocturno. Zacarías advertía del peligro que corrían, argumentaba que era el miedo el que les hacía señalarse, como si estuviesen pidiendo a gritos terminar cuanto antes con aquella incertidumbre que suponía el futuro. El viejo nunca preguntó a Nathán el por qué vivía allí en soledad. Era realmente extraño que un joven de apenas veinte años ocupara uno de los pequeños chalés que formaba parte de la inacabada urbanización.
Del mastodóntico proyecto inicial, que aparecía idílicamente recreado sobre un sucio cartel, tan solo cinco viviendas, distribuidas alrededor de una rotonda, fueron construidas en su totalidad. El resto consistía en una calle recta con parcelas a uno y otro lado, donde marcas de polvo de yeso dibujaban lo que alguna vez alguien imagino. Las parcelas más próximas tenían excavado parte del terreno, tal vez para alojar los futuros cimientos de un sueño que nunca se llegó a realizar. La casa vecina a la de Zacarías se encontraba desierta, a pesar de ello nadie intentó apropiársela ni darle un uso particular. Continuaba con la puerta intacta y un letrero descolorido sobre el que se anunciaba su venta. En más de una ocasión, y como consecuencia del respeto reverente que parecía perdurar por las propiedades ajenas, al pasar por su lado Nathán había escuchado al viejo murmurar en voz baja.
–Buena gente, aún no han perdido sus recuerdos, aún piensan, sienten, y eso es lo más triste, que esto tendrá arreglo.
La casa contigua a ésta estaba ocupada por una familia compuesta por el matrimonio Poppy y sus dos hijas, Luzmila y Laetitia, de once y nueve años respectivamente. Su apellido resultaba inusual a todos. Nadie llegó nunca a descubrir cuál era su procedencia, ni los motivos que le llevaron a tan exclusivo vecindario.
–Seguro que se esconden de algo –susurraba Zacarías, –algunas noches veo luz en el cuarto de las niñas hasta tarde. Adivino un extraño tufillo.
Nathán le miraba sonriendo, pensaba que aquel viejo militar en todo encontraba un motivo para la desconfianza.
El joven ocupaba la siguiente vivienda, aunque en realidad hacía poco uso de la misma, normalmente se limitaba a dormir en ella algunas noches, aunque si podía, prefería pernoctar sobre el cálido suelo de la atalaya.
La última casa que terminaba de componer el semicírculo alrededor de la rotonda era la de los Freikas, un matrimonio octogenario que convivía con Clara, una chica de unos diecinueve años que cuidaba a ambos.

Los días transcurrían apacibles en la comunidad, la mayoría de las veces Nathán se dedicaba, sentado cómodamente en la atalaya, a hojear antiguas revistas. Miraba las fotografías y se extasiaba contemplando los elegantes vestidos, las hermosas casas y aquellos magníficos automóviles de colores brillantes. Con deleite recortaba algunas nuevas imágenes y las guardaba dentro de un cuaderno que tenía rotulado en la tapa su nombre. Mientras, Zacarías, se entretenía de forma compulsiva en desmontar su arma, limpiaba con pulcritud cada una de las piezas, después las engrasaba concienzudamente y volvía a montarla siguiendo un orden estricto.

El veintisiete de septiembre, los Poppy informaron a todo el vecindario que pensaban celebrar una fiesta de cumpleaños para su hijita Luzmila, y que por supuesto estaban invitados. El joven observó desde la atalaya como los Poppy, en comisión, se dirigían después hacia la casa de los ancianos Freikas, les abrió la puerta Clara, debía estar atareada pues les recibió mientras se secaba las manos con un paño. La muchacha asentía con la cabeza mientras los Poppy no paraban de hablar, Nathán no podía dejar de mirar hacia donde se encontraba ella. Observaba cada mínimo gesto, la mano apartando el pelo de los ojos, el brillo de la luz nimbando su silueta y esa forma tan peculiar de mantenerse apoyada sobre un solo pie. Resultaba curioso comprobar como el anuncio de una insulsa fiesta infantil era capaz de ilusionarle el alma, cuando antaño hubiese necesitado para igual resultado, la convocatoria a un evento magnífico y extraordinario. Mientras reflexionaba sobre esta paradoja, el muchacho continuaba con los ojos posados sobre Clara. Zacarías intuía que aquella joven, por la que su amigo demostraba tanto interés, era plenamente consciente de que era observada hasta en el más mínimo mohín, y demostraba sin pretenderlo encontrarse complacida con ello. Mientras le comunicaban la invitación la joven miró un par de veces al tejado donde se encontraba Nathán, la luz del sol la cegaba y tuvo que utilizar una de sus manos, a modo de visera, para poder localizarle con exactitud. Seguía asintiendo a los Poppy, y en apariencia ausente, cuando dedicó una sonrisa a Nathán, para después saludarle con un sencillo gesto de la mano. El muchacho, con expresión bovina, devolvió azorado sonrisa y saludo. Cuando Clara desapareció tras la puerta y los Poppy regresaban complacidos a su casa, Nathán sintió en el ánimo una terrible sensación de ridículo, lo único que deseaba era que Zacarías no se hubiera percatado de la estúpida expresión con que había adornado su cara. Aunque esa posibilidad resultaba radicalmente imposible, al viejo no se le hurtaba un gesto con facilidad. Dispuesto a enfrentarse cuanto antes al escarnio y la mofa, buscó la mirada del militar. Tal y como era habitual lo que encontró fue el rostro de Zacarías sonriendo con malicia.
–No tienes de qué avergonzarte, chaval –gritó más allá de lo conveniente y necesario. –He visto a tipos más duros que tú, convertidos en insulsa gelatina por conseguir los favores de una dama.
Nathán hacía desesperadas señas para que bajase el nivel sonoro de sus palabras, pero el viejo se divertía elevando el tono aún más.
–No te escondas, total, ¿quién sabe lo que puede ocurrir mañana? Aprovecha la ola.
Resultaba completamente inútil, cuanto más suplicaba con la mirada Nathán que apaciguara el volumen de la voz, el viejo más gritaba. Cuando se cansó de torturar al joven, comenzó a reír a carcajadas, entre toses estertóreas y risas convulsivas, a pesar del ahogo que le atenazaba aún se permitió agregar una mofa más.
–No sientas temor, siendo el único chico que hay en varias decenas de kilómetros a la redonda, la pobre no tiene mucho donde elegir. Si al final metes la pata empezaré a pensar que en realidad eres tonto, y no solo por la cara de pazguato que se te ha quedado.
Y comenzó a bajar las escaleras de la atalaya en dirección a su casa sin dejar de reír y toser al mismo tiempo.

La fiesta de cumpleaños era un auténtico acontecimiento, de alguna manera todos los componentes de la pequeña comunidad se encontraban más sonrientes y habladores que de costumbre, incluso los Freikas, haciendo una memorable excepción, se sentaron uno junto al otro en el porche disfrutando del pequeño revuelo que los preparativos les procuraban. El señor Poppy estuvo colgando unas guirnaldas hechas con papel de revistas y periódicos y hasta Zacarías le ofreció, para el refrigerio, una botella de skaa que atesoraba como oro en paño. Mamá Poppy, como le llamaba el viejo, ayudada por Clara, colocó en lo que antes fuera un mullido y lustroso césped, unos caballetes y sobre ellos instalaron una puerta a modo de mesa, después la cubrieron con unas viejas cortinas de baño adornadas con motivos marinos, peces de colores tristes y deslucidos navegando por un mar de plástico sucio. El joven recordó que en algún lugar del dormitorio tenía un viejo ejemplar de Las Aventuras de Tutúm con bellas ilustraciones a plumilla. El libro había sido uno de los regalos que la madre de Nathán le hizo en su décimo cumpleaños. El padre había puesto el grito en el cielo cuando descubrió el cuento entre los demás presentes, consideraba aquella literatura demasiado infantil para su edad. Nathán rememoró, en medio del tímido revuelo de los preparativos, como tres días después de aquello, tras leer el libro a escondidas, lloró de emoción cuando Tutúm, un peludo y pequeño oribaa, se despidió del niño que fue su compañero de aventuras durante tantos años y como hizo suya la queja de éste. “Ahora que has crecido, nunca volveré a hablar para ti…”.
Se encaminó hacia la casa y se puso a buscar el libro, tenía sus dudas sobre lo idóneo de regalárselo a Luzmila, la obra hacía continuas referencias a cuestiones relacionadas con el pasado, con un tiempo del que la niña desconocía todo. Cuando lo hubo hallado, comprobó entristecido que presentaba evidentes muestras de deterioro, a pesar de ello lo envolvió en un papel para regalo algo arrugado que guardaba junto con otras riquezas, y con un lápiz garabateo un deseo en un trozo de cartulina. “Para Luzmila en su doceavo cumpleaños, para que sepas demorarte en la plenitud de la infancia”. Cuando hubo terminado de escribir aquella dedicatoria dudó de si el mensaje sería comprendido por la niña, tal vez no entendiera todo lo que ese deseo encerraba. A pesar de todas las dudas que había construido alrededor del cuento, cogió el libro lo introdujo en una bolsa y sin mirar dejó caer la tarjeta en su interior.
Antes que la luz del día menguase, los felices invitados fueron llegando a la fiesta, Zacarías encendió las luces de colores de la atalaya y descendió con ademanes dignos y afectada lentitud, le costaba trabajo interactuar con otros humanos. Los Freikas fueron, paradójicamente, los primeros en llegar, sentados en sillas plegables sonreían a todo el que cruzaba su campo de visión como si de dos gemelos se tratase, a veces era difícil distinguir quién era él y quién era ella, pues compartían las indumentarias, sobre todo los pantalones. Mamá Poppy trajo en una bandeja una tarta confeccionada con galletas y recubierta de crema. El padre de las niñas puso sobre la improvisada mesa dos fuentes de cristal, en una había disuelto zumo de frutas en polvo con agua, en la otra había mezclado ese extraño néctar con el skaa. Lo que Zacarías opinaba sobre este particular era evidente, su rostro de contrariedad resultaba suficientemente explícito al respecto, aquella mezcla era un alevoso crimen. Previsor, su inseparable petaca plateada le acompañaba comprensiva en el bolsillo del pantalón.
Clara apareció con un viejo reproductor de audio bajo el brazo y un montón de placas musicales, todo un lujo para un tiempo en que un día era algo más que un día.
Fue preciso arrancar el grupo electrógeno de Zacarías, previo consentimiento de éste, y en medio del ronroneo del motor una antigua melodía se dejó escuchar como un bálsamo en la cálida tarde de aquel fin de verano. Sonaba nuevamente intactas en el aíre las palabras eternas que versaban de inesperados encuentros y amores soñados. La señora Freikas, sin levantar las abundantes nalgas de la silla plegable, acompañaba el ritmo con un suave vaivén de caderas. La música sonaba por el viejo altavoz desabrida y estridente, a pesar de ello eran los sonidos más dulces y cálidos que habían escuchado en mucho tiempo.

1804146574253.barcode2-72.default.png