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Detalle “Inteligencia Artificial” (Óleo sobre Lienzo) M. Martínez.

(De Cuaderno del Otro Lado).

CIUDAD DE ROZAR.

Resultaba curioso, digno de ser incluido en esos análisis sociológicos que, a veces, algún ministerio encargaba a una de esas empresas independientes dedicadas a confeccionar estudios de mercado, pero desde la partida de la gran nave, y de eso hacía ya quince días, las ciudades cayeron en una apatía palpable. Las grandes arterias seguían colapsándose, los centros de compra, tanto de provisiones básicas como de superfluas e inducidas tonterías, mostraban un lleno normal. Los sábados se abarrotaban. Las gentes continuaban consultando el difmóvil mientras andaban, se trasladaban a bordo de los transportes colectivos, o mal comían sentados frente al televisor. En apariencia todo seguía igual, pero como un vapor destilado por las mismas alcantarillas, una esencia gaseosa e invisible que lo afectara todo, un silente abandono presidía todos los actos de los ciudadanos. A veces, las gentes se sorprendían a si mismas con la mirada perdida, prendida de algún objeto estático y solo un movimiento casual de alguna cosa interfiriendo lo mirado, les obligaba a salir de ese malsano arrobo. Era evidente que algo sucedía.
Aquel séptimo día, tras la campal y cotidiana batalla mantenida con la bicicleta, Tabita logró llegar al portal, había conseguido, mercada en sucios callejones a gentes extrañas y siniestra, una auténtica baja laboral por tres jornadas completas. Nada grave, más bien un mal de esos indefinidos que llevan por sobrenombre la ambigua palabra de síndrome. No resultó barata, pero estaba convencida que ese esfuerzo económico bien merecía la pena. Tal vez influenciada por las series televisivas de policías y crímenes, se había cubierto la cabeza con un pañuelo de colores y colocado unas lentes oscuras, no quería ser reconocida accidentalmente por algún inspector sanitario, eso desbarataría todos sus planes. En el quiosco de fideos de Eugene, unos días antes y tras hacerle entender al chino que ella era la antigua compañera de Zenón, consiguió hacerse con un chip extraído de algún viejo difmóvil corporativo, en concreto de la “Ultracic-Express”, lo que le permitiría deambular por la ruta verde sin ser detenida ni preguntada. Sus pingues ahorros mermaban a una velocidad endiablada, pero el convencimiento de que sus aspiraciones reproductivas habían sido menguadas, y por lo tanto no iba a necesitar ese capital virtual para enfrentarse al evento, le dispensaba interiormente del dolo producido por un gasto cuya justificación, de ser necesario hacerlo, no podría demostrar. Preparada para cualquier situación se encaminó hacia la mensajería. Ataviada con la mascarilla sobre el rostro, las lentes oscurecidas y el pañuelo en la cabeza, Tabita conseguía dar un aspecto sospechoso y extraño que para Mila no pasó desapercibido. Frente a “Ultracic-Express”, sosteniendo por el manillar una bicicleta, la extraña figura de una mujer disfrazada destacaba sobre el resto del paisaje humano que a esa hora deambulaba por el lugar. La veterana mensajera dejó que los compañeros de turno se pusieran en movimiento antes de subirse sobre el biciclo, después, con buscada lentitud se encaminó hacia la ruta verde. El espantajo que viera al otro lado de la acera le seguía a corta distancia. Si lo hubiera deseado habría puesto una distancia inalcanzable entre ambas, pero la curiosidad, el aspecto inofensivo de la perseguidora, y la comicidad del disfraz, espoleaban su curiosidad. Pedaleo hábilmente y tras separarse un prudente trecho, se escoró hacia la derecha y descabalgó del biciclo. Cuando Tabita giró en la intersección elegida por Mila, se encontró a esta parada en mitad de la vía con los brazos abiertos ocupando todo el ancho de la calzada. La frenada urgente no fue suficiente para evitar que se empotrara en la acera, desde el suelo, con las rodillas maltrechas, contempló como la mujer se le acercaba, la pierna de titanio brillaba reflejando el intenso sol de la mañana.
–¿Quién eres y qué coño quieres? –Espetó Mila desde la altura.
Tabita intentó levantarse, la rodilla le escocía y pudo contemplar, mientras se enderezaba, como la bicicleta se encontraba completamente derrengada.
–La compañera de Zenón. –Musito como si se tratara de una disculpa aceptable.
–Vaya, pensé que ese loco vivía solo. –Dejó escapar mientras le ofrecía la mano para que terminara de incorporarse.
–Estoy buscando respuestas a… –Tabita dejó la frase inconclusa.
–Como todos, pero te equivocas si piensas que las encontrarás en mí. Respuestas ningunas, solo posibilidades.
–Eso me bastaría.

Sentadas sobre el pretil de piedra de un triste parque, a salvo del inclemente sol, cobijadas por la sombra indecisa de un viejo árbol seco, Tabita escuchó las extrañas ideas que iba vertiendo la veterana mensajera. Robot que aún seguían funcionando, meta-cazadores, Zenón envuelto en una conspiración, falsa muerte, exterior donde aún las gentes vivían al margen de las urbes. Falta de futuro.
Mientras oía el relato, en apariencia irreal, tomaba consciencia de lo ajena que su existencia había transitado con respecto a la verdadera vida. Esa que Mila aseguraba existía y que allí sentada, cobraba visos de real, tomaba asiento entre ambas y dejaba nuevas incógnitas.
–Si caminas un par de horas en esa dirección, llegarás a los suburbios del sector rojo, más allá se encuentra la zona muerta, un estercolero que nadie quiere hacer suyo. –Le indicó Mila. –Si Zenón sobrevivió a los meta-cazadores, debió abandonar Rozar por ese lugar, si no cuentas con un salvoconducto no hay otro sitio.
–Me acercaré hasta allí. –Respondió Tabita resignada. –Gracias por todo.
–Solo míralo, ni se te ocurra abandonar la ciudad, ahí fuera no sobrevivirías sin ayuda.
La mensajera, ayudándose de la falsa pierna, dio un brinco y se situó a horcajadas sobre el sillín del biciclo. Hábil y conocedora de su poder, pedaleó hasta desaparecer calle abajo. Mientras lo hacía, con el brazo extendido y la mano abierta, deseó suerte a Tabita.

Fueron algo más de dos horas, tiempo suficiente para ir acomodando recuerdos, encajando cosas hechas y dichas que hasta ahora, una vez conocido el relato de Mila, no habían tenido ni conexión entre sí, ni importancia. Frases cotidianas de Zenón, esa inquietud que tantas veces había detectado y que nunca se paró a analizar. Resultaba doloroso saber, en el hoy, cuan distantes en realidad estuvieron el uno del otro y como, la vida, los hechos cotidianos, imposibilitaron tomar consciencia de ello. Fue feliz creyendo haber encontrado el “CG” idóneo, el perfecto portador de la carga genética necesaria para un proceso reproductivo de cuya irrealización, ahora se alegraba. El Ministerio de la Descendencia era un fraude. Una forma solapada de controlar nacimientos para evitar que la población continuara aumentando, al menos en las ciudades.
Cuando hubo traspasado las finales callejuelas que recorrían un universo sucio de casas de lata y cartón, se encontró frente a un desnivel que aterrizaba sobre una inmensa superficie repleta de basura y deshechos. El territorio que Mila definió como zona muerta, territorio bastardo según propio aserto, se extendía infinito delante de ella. Gracias al falso chip los drones le habían obviado y ninguna patrulla hubo seguido sus pasos. Estaba sola delante de una inmensidad pútrida y en perpetuo estado de descomposición. Estaba sola.
No fue consciente del tiempo que transcurrió sentada sobre una piedra hasta que la luz comenzó a evaporarse. Era como si la intranquilidad que Zenón siempre hubo demostrado, con su desaparición, le hubiese sido cedida, regalada. Miró hacia atrás buscando una futura referencia para cuando decidiera regresar, una luz amarillenta señalaba la calle por la que había accedido a tan terrible lugar. Algo la mantenía allí anclada, detenida frente a un espectáculo que comenzaba a confundirse con la oscuridad, alzó la mirada y de inmediato supo qué era lo que había estado, sin saberlo, aguardando. Alejado del falso resplandor de la urbe, el cielo anodino y gris se había llenado de puntos luminosos. Miles de estrellas rutilaban con ese candor impreciso que las hace misteriosas y a la vez cautivadoras. Tabita jamás había contemplado un espectáculo tan maravilloso. Eso que sobre su cabeza titilaban eran las estrellas, las galaxias lejanas de las que alguna vez le hablara Zenón. Algo llamó la atención de la mujer, en la fina línea que aún mantenía un ligero velo de claridad, el horizonte, otros puntos luminosos, algo más brillantes y cercanos, comenzaron a moverse en múltiples direcciones. No parecían astros, el trazado que describían era irregular, subían y bajaban, cambiaban de dirección en mitad del movimiento. Aquello debían de ser máquinas, algún tipo de artilugio cuyo cometido y finalidad desconocía. Incluso era posible, pensó, que todos los días se pudieran contemplar evolucionando, siguiendo un plan que le era por completo ignorado.
Era tarde, debía marcharse, al fin y al cabo, se encontraba en un territorio realmente peligroso. La mujer se incorporó y buscó la luz que debía guiar el regreso. Anduvo trastrabillando entre el detritus que se acumulaba en el suelo, la calle apenas mostraba vagos volúmenes, esquinas, formas de casetones y chabolas. Cuando hubo alcanzado la luz, la calle por la que llegara parecía más larga y sombría. Caminó sin dejar de mirar la calzada, cada cierto tiempo alzaba la mirada buscando unas estrellas que ya no le alumbraban, era un retorno a lo real, a ese día a día que asesinaba las ansias y las esperanzas. Entonces ocurrió el milagro, una lluvia fina y dolorosa comenzó a caer del cielo, unas gotas que no mojaban. El delicado aguacero se extendía delante de ella, podía ver como, lo que creía agua, rebotaba contra el asfalto y dando saltos seguía el camino contrario de la pendiente. Tabita extendió la mano, varias de las falsas gotas quedaron expuestas en la palma, pequeñas, ligeramente alargadas, eran semillas, ciento, miles de semillas cayendo del cielo. Una lluvia de semillas, trasportadas por las luces que viera en el horizonte, caía desde arriba sobre el suelo muerto, buscaban un hueco, una grieta en la que guarecerse y esperar tiempos mejores, un vientre de tierra en el que germinar.
Después sonó un trueno terrible, lejano, y todo tembló como sacudido por un gigante borracho. Tabita buscó apoyó contra un muro de piedra medio derruido, y con las espaldas contra éste, volvió la vista hacia el lugar en que viera las extrañas luces que le parecieron guiadas. Un resplandor de fuego pintaba de rojo las siluetas de las montañas. La lluvia de semillas continuaba dejando un reguero de diminutas cápsulas doradas cuando, un nuevo retumbo, conmocionó el aíre y todas las cosas, y como surgido de las entrañas del planeta, una bola incendiada surcó el cielo hacia el espacio, mientras ascendía las rojas llamaradas se fueron tintando de blanco, un blanco hiriente y brillante.
Sin pensarlo activó el difmóvil, mientras se cargaba no recordó haberlo utilizado durante todo el día. Las cadenas de televisión emergieron en la pantalla como manada de carroñeros anunciando un extraño fenómeno sucedido lejos de allí. Un movimiento telúrico, de proporciones continentales, había sacudido un trozo de la costa situado al este, más allá del Secarral de Jamba. Tabita nunca había oído hablar de aquel sitio. Un eminente geólogo explicaba unos fenómenos que nadie entendía, intentaba racionalizar la causa originaria de la enorme grieta abierta en el Camrac. Una herida que había desgarrado la tierra y la roca viva, extendiéndose decenas de kilómetros en dirección norte. Nada dijeron de la bola de fuego, ni de la anómala lluvia de semillas. Y jamás volvieron a decir nada de los terroristas abatidos.

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