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Detalle “Inteligencia Artificial” (Óleo sobre lienzo). M. Martínez Fdez.

(De Cuaderno del Otro Lado)

EL GRAN DÍA.
(El comienzo del fin).
(Acto Segundo).

La cuenta atrás comenzó dos horas antes, a las ocho de la mañana las cadenas de televisión del planeta entero conectaron en directo con el centro de control y lanzamiento. Durante toda la noche mantuvieron a la audiencia pegada a los televisores, reportajes, concursos, simulaciones que pretendían pasar por estudios sociológicos, toda una parafernalia audiovisual segmentada en cuadrículas desbridadas sobre la pantalla. Ya no se trataba de un sueño, la realidad se imponía y los gurús anunciaban, sin saber que no se equivocaban, el final de la vida tal y como hasta entonces era conocida. Se mostró el interior de la nave en detalle, acompañados por una especie de recepcionista galáctico ataviado con toques presumiblemente futuristas, los periodistas y cámaras recorrieron los dormitorios, los aseos, unos comedores inmensos proporcionados a las enormes cocinas, piscinas de gel, gimnasios y salas de ocio, unas dependencias que serían utilizadas durante un par de meses, después todos dormirían, tan solo el insigne comandante Ignatz, la doctora jefe Ophelia, y el segundo de abordo, permanecerían despierto por un tiempo aún no determinado que oscilaba entre dos o tres meses, tras lo cual, el super ordenador “Quantum Quoikn”, tomaría el control de toda la maquinaria y las vidas de diez mil humanos.
La “Nova Horizonto” despegaría en cuatro trozos o secciones bien diferenciadas, el gran tamaño de la gran estructura y sus millones de toneladas obligaba a ello. Una vez los módulos estuviesen orbitando alrededor del planeta, comenzarían las diferentes etapas de ensamblaje. Aquella maniobra resultaba ser la más difícil y arriesgada de la operación. Para finalizar, orbitaría durante cuarenta y ocho horas alrededor del planeta, tiempo que sería destinado para ir acomodando a todos los viajeros y a la tripulación, transcurrido este plazo pondrían rumbo al más allá, lejos, muy lejos del origen.
A las diez en punto la humanidad entera quedó sobrecogida, un vapor blanco envolvía los potentísimos motores del primer módulo, el que albergaba a la tripulación y al puente de mando, incluido el gran ordenador, un tronar sísmico acompañaba las imágenes y poco a poco, con una lentitud que parecía incapaz de vencer a la terca gravedad, el primer segmento se fue elevando dejando tras de sí cuatro columnas blanquísimas de un humo níveo y denso. El primer segmento se alejaba de la tiranía gravitatoria que ejercía el planeta y la humanidad entera quedó arrebatada, de repente, por un entusiasmo y frenesí próximo al paroxismo. Vítores mezclados con la fanfarria de bandas de música, altavoces gubernamentales que describían, empleando un lenguaje más propio para la glosa de gestas y heroicos actos militares, aquello que todos miraban. Una enorme estructura plateada y brillante, parcialmente oculta por una densa humareda lechosa.

Frente al televisor, sentada en el mismo filo del futón, Tabita observaba el espectáculo con las manos entrelazadas entre sí, como si estuviese rezando alguna oración, mientras contenía involuntariamente el aliento. No llegaba a explicarse el por qué, pero sus ojos, de pura emoción, se les llenaron de lágrimas y una congoja que partía de lo más profundo del pecho, le obligó a deshacerse en un llanto hondo e histérico.

Con el brazo completamente extendido señalaba hacia el noreste, a pesar de la enorme distancia que les separaba se podía distinguir, dibujado sobre un borroso cielo, una densa columna de humo y en su extremo, un punto extremadamente brillante.
–Ahí va el futuro. –Anunció con indiferencia el Autor.
–¿Es la “Nova”? –Quiso saber Zenón.
–Solo uno de los cuatro módulos que la componen, el resto subirá paulatinamente y una vez se encuentren todas las piezas suspendidas en el cielo, comenzará el ensamblaje.
–Si le digo la verdad, en realidad me importa muy poco, lo que realmente me preocupa es nuestro futuro inmediato. –Reconoció el antiguo mensajero. –¿A dónde nos dirigiremos ahora?
–Hacia el norte de la llanura de Segina, en la sierra, creo, hay un pueblecito, Naire le llaman. –Explicó el Autor. –Podríamos intentarlo allí.
–Perfecto. Es preferible perseguir una remota posibilidad que seguir vagando sin rumbo. –Admitió Zenón.
–Ya le advertí que perdería el pasado y no tendría futuro.
Ambos hombres rieron.

Las invisibles redes que envolvían todo el planeta se encontraban saturadas, millones de conexiones se establecían cada segundo, acceder a la red resultaba, entre tanta confusión, relativamente seguro. Momo se conectó a la emisora oficial del Ministerio del Espacio, una nueva administración creada exprofeso para dar apoyo institucional al lanzamiento de la “Nova Horizonto”. Aquel ente fue el primer ministerio, y el único, en tener la consideración de supranacional. No pertenecía a ningún estado o nación, su influencia y actuación era competencia de todos los participantes en el proyecto, incluido empresas y monopolios económicos. No contaba con una sede establecida en un lugar concreto, diferentes subsecretarias se repartían por todo el planeta prorrateando así responsabilidades y financiación por igual. El robot ajustó los escáneres visuales lo suficiente, como para obtener una imagen lo más limpia posible del primer módulo que en ese mismo instante se elevaba entre vapores. Sincronizado a la acción que se ejecutaba en tiempo real, iba recibiendo datos e información desde el centro de control de lanzamiento. Pudo comprobar que, en realidad, el sapiens era un consumado maestro de la improvisación. Obtenía buenos resultados cuando el tiempo y la escasez le acuciaban. Seguramente una de las claves donde se apoyaba su escalada sin parangón en la pirámide evolutiva. Tras comprobar los protocolos de lanzamiento de los otros tres módulos y aquellas rutinas que hacían referencia a la estabilización de la nave en la órbita del planeta y al posterior descuelgue en dirección al hogar futuro, supo que nada extraño enturbiaría tan encumbrado momento. Todo saldría bien. Decidió en ese instante desplazarse hasta el Secarral de Jamba, allí se encontraba oculta la nave androide, la destinada, al igual que la de los humanos, a lanzarlos al espacio exterior en busca de…
Fue un fogonazo lejano, después un sonido seco y oclusivo que, sin haberlo escuchado antes, supo sin dudar cuál era su procedencia. Tres milisegundos apenas le quedaban en el instante en que la chapa que le envolvía cedía y dejaba que un trozo de metal ajeno, impropio, penetrara en el interior de su estructura. Suficiente tiempo para efectuar tres operaciones distintas. La primera determinaba el origen del sonido y la finalidad de este. Un rifle, un meta-cazador acababa de descubrirle y le estaba retirando de la circulación. El segundo gesto consistió en el volcado de una serie de ficheros, que previsoramente ya tenía listos y formateados, en una base de datos compacta y de gran capacidad. La última acción, la tercera, fue lanzar al aíre al pajarito metálico con tan preciada carga en su interior. Un alma de metal y circuitos fluorados abandonaba el cuerpo que le albergara hasta ese mismo momento. La detonación tardo un instante más que el fogonazo. Después fue la oscuridad. El sistema de captación lumínica, sus ojos, se apagaron.

Un pajarito de metal volaba libre por los campos yertos y secos, buscaba un ser vivo, un sapiens que debía extraerle la información que albergaba en el interior. Recorría el aíre ajeno a la señal que iba dejando, un rastro imperceptible que avispados sensores localizaban y definían con certeza absoluta. Tras de su aleteo la muerte recorría, medidamente distanciada, el mismo trayecto, paso tras paso se acercaba al objetivo. Nadie fue capaz de otear el resplandor que desprendió el ánima del arma, una estampida que rebotó entre el roquedal, un ligero movimiento, el cambio de ángulo preciso para que una nueva descarga produjera el desmayo, la final entrega de las ansias. El Autor inclinó la cabeza hacia adelante, permaneció tal y como la muerte le encontró, tal y como le imaginara, sentado, pensando. Los ojos aún tuvieron ocasión de mostrar la sorpresa, el espanto que produce la sangre aspaventada salpicando el rostro. Zenón cayó boca abajo, la cara buscó el contacto primero con el polvo, adelanto del país de la tierra que le aguardaba. Un reguero carmesí entregó su color al camino, señaló una senda absurda que nadie continuaría. Sembró nada en la nada.

Apagó el televisor, enjugó sus ojos con la manga de la camiseta y caminó, hipeando aún, hasta la ventana. Los cuatro módulos, al caer la tarde, se encontrarían completamente encajados entre sí. Un extraño vacío comenzó a danzarle en el estómago. Era como si todo lo que ocurriera de ahora en adelante careciera de importancia, lo realmente digno de atención sucedería en la distancia, una lejanía que era incapaz de imaginar siquiera. Con los ojos enrojecidos miró fuera, nadie recorría las aceras, una laxitud, una desgana invisible lo envolvía todo. A sus espaldas el televisor, el mosaico multicolor de cuadrículas había regresado para emitir la programación normal, la de cualquier jueves del año. Concursos, un debate que pretendía extraer las finales migajas de lo que acababa de ocurrir, programa especial desde el subcontinente Boreal, nuevos terroristas abatidos en una exitosa intervención de las fuerzas especiales. Nada anormal, todo cotidiano y predecible. Tabita se insuflo, pese a la pereza que le tenía secuestrada, el ánimo suficiente para situarse en la realidad. Necesitaba encontrar a alguien con quien compartir los gastos de la existencia. Una persona que, si además cumplía con las expectativas de ser un buen “CG”, sería su salvación total. Existían, patrocinado por el Ministerio de la Descendencia, varias webs dedicadas a ello. Solo tenía que actualizar su perfil y comenzar a visitarlas unas tras otras. Regresó al futón mientras las luces menguaban en el cielo, con el portátil sobre las rodillas accedió al directorio, la radio continuaba emitiendo música sin parar, ritmos sencillos, semejantes los unos a los otros. Tal vez en ese ambiente, medido, cuadriculado, volviera a sentirse mejor, a recomponerse desde abajo. Realmente lo necesitaba, demasiadas emociones le desbordaron el presente y, a cambio, solo había recibido indiferencia por parte de la vida. Sentía como si, desde la desaparición de Zenón, el mundo la hubiese echado a un lado de la carretera. Sobre la pequeña pantalla, con un resplandor flirteando en sus ojos, decenas de rostros comenzaron a aparecer, anodinos, serios, compungidos, interesantes, horrendos, propicios. Nadie, nada obligaba a la búsqueda de una pareja, salvo las necesidades materiales y pecuniarias que permitían, asociado a otro individuo, solventar el día a día de una forma más llevadera y gratificante. Existía cientos de modalidades de contrato personal, cada cual adaptado a las necesidades reales de los contrayentes. Nunca fue partidaria de incluir, dentro de los parámetros de búsqueda, la complementariedad reproductiva. Esa faceta fue siempre un factor que, según su propio criterio, debía dejarse en manos del azar. Pero el tiempo no era un aliado en quien poder fiar. Alzó la mirada del portátil justo en el momento en que, una de las cuadrículas, mostraba los cadáveres de los dos terroristas abatidos. Los rostros presentaban rastros de tierra y barro, sangre seca, y esa indiferencia estética del que duerme sin importarle el gesto compuesto, porque sabe, está completamente seguro, que no despertará. El vacío de alma, esa sensación volátil y perversa que sintiera, desalojada por un peso rotundo y denso salió expulsada por su boca en forma de leve quejido. La faz hinchada, abotargada y sucia, del terrorista número dos, se le agarraba del recuerdo, hundía sus dedos crispados en el corazón intentando que el olvido no le arrastrara para siempre. Le suplicaba no le dejara en el andén de los días pasados. Tabita se incorporó y una docena de rostros ofrecidos se deslizaron hasta el suelo, allí permanecerían durante cinco minutos para, después, quedar ocultos tras un salvapantallas, un dibujo de bosques inexistentes, un sol medio oculto por nubes grises y hermosas, gigantescas formas preñadas de lluvia y vida. La mujer volvió a llorar, esta vez desde lo más profundo del desamparo. Esa orfandad que a todos nos marca desde los primeros comienzos hasta el justo final, salió expelida con violencia quebrando de lamentos la tarde indiferente.
Fuera, la “Nova Horizonto”, felizmente ensamblada comenzaba a circundar el planeta, a girar con su carga de sueños falsos, un nutrido equipaje de vanas ilusiones y proyectos.

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