“El Gran Día” (De Cuaderno del Otro Lado) Relato por M. Martínez Fdez. 1/2.

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(De Cuaderno del Otro Lado)

EL GRAN DÍA.
(El comienzo del fin).
(Acto Primero).

Todas las cadenas de televisión, como moscas alrededor de una bosta, retransmitían el despegue de la “Nova Horizonto” en rigurosísimo directo. La mañana, como siempre, amaneció clara, sin una bendita nube, esas masas gaseosas que algunos aún recordaban. Un cielo que dejó de ser azul tiempo atrás, azul dorado, azul coralino, denominado de cien mil nuevas formas, mostraría una enormidad metálica alzándose desde el suelo, turbia por el emponzoñamiento que flotaba en la atmósfera, esas partículas que provocaban males y sanguinolentas úlceras en la laringe, para después, como un satélite de la esperanza, mantenerse orbitando un par de días alrededor del planeta antes de partir hacia la inconmensurable nada. Jornadas extrañas en las que solo unos pocos presintieron que algo, más allá del propio lanzamiento, acababa, moría irremediablemente. Los falsos mentores de las catástrofes etiquetadas, los gurúes de los finales fatídicos, la fauna y flora del juicio final advertía de la ofensa que suponía dar la espalda a la gran casa, al planeta que durante millones de años había servido a los intereses de la vida. Esa provocación merecía justo castigo, y lo peor de todo era que no andaban tan errados.
Ese día, en adelante considerado festivo, la humanidad madrugó solícita para asistir al mayor de los eventos conocidos. El hombre se lanzaba al cosmos dispuesto a extender su legado por galaxias y estrellas. Su legado.
Tabita encendió la radio, deambuló por imaginarias rutas blandiendo el dial a golpes bruscos, las ondas hertzianas también solicitaban su trozo de pastel, por fin encontró una que desistía de la locura general. Música, solo música. Moviéndose al compás de una melodía suave se dirigió hacia la ventana, las dudas le hacían arrugar la nariz, –tiempo perdido, –pensaba mientras contemplaba la desierta calle. El marcador reproductivo comenzaba desde cero, la solicitud formulada al Ministerio de la Descendencia, las pruebas realizadas y que la encumbraron entre los más altos candidatos entre los “CG” para permitirle la gestación de un nuevo individuo, ya de nada servían. Tras la desafortunada desaparición de su complementario genético se hacía necesario comenzar desde abajo y lo peor, lo realmente difícil, era encontrar un nuevo candidato. Existían agencias que se dedicaban a ello, incluso el Ministerio ofrecía ese servicio para aquellos que no podían costearlo, pero demasiadas turbias historias se contaban sobre aquellas filiales del poder. Experimentos genéticos, conductivos, todo un muestrario de terribles abominaciones que, si bien jamás tuvieron un soporte fiable que lo acreditara, eran razón suficiente para abjurar de ellas. Volvió a mirar por la ventana, que absurdo resultaba todo.
Mostrando todo un sinfín de movimientos, girando como una lenta peonza, se situó en el centro de la estancia. La música le llenaba por completo. Allí arriba, dentro de poco, los elegidos comenzarían a vivir una historia completamente desligada de lo que dejaban atrás. Activó el televisor silenciando el volumen por completo. Cuadrículas exhibiendo una misma imagen repetida, la visión del ojo facetado de un insecto mostrado en directo. Algunos presentadores movían los labios, trajeados, vestidos con cuidado esmero para tan importante ocasión. Por las expresiones de sus torturados rostros parecían desgañitarse rodeados de un rumor terrible de motores precalentados, intentaban guiar la narración por los vericuetos que, sin duda alguna, les habían previamente indicado. Mención especial al comandante Ignatz, ese héroe presente, el prototipo humano que la sociedad de lo correcto alzaba como ejemplo vivo a seguir. Conocimiento y dotes físicas implementadas en un solo individuo. Un lujo, una meta a imitar por las jóvenes generaciones. Premio al esfuerzo reiterado. Comandar la nave que lanzaría las expectativas y la civilización humana lejos de los confines conocidos. Tabita pensaba, mientras observaba el gallardo semblante del comandante, que aquel hombre era su prototipo de “CG” ideal. –¿Habrían preservado esperma de ese individuo? –Se preguntaba. –¿Se estaría volviendo loca? Esa idea le había devuelto a la grieta luminosa, ahora sellada por la masilla que Zenón dejó en un frasco, era como si aquel hombre, el que compartiera el presente, y lo que era aún más paradójico, fuera en el pasado parte integrante del futuro en la descendencia, le hubiese condenado con su accidental desaparición a la extinción genética. Hizo un cálculo mental del tiempo que tardaría en regresar la “Nova Horizonto” para recogerles e indicar la ruta hacia el nuevo hogar. Nunca se le dieron muy bien las matemáticas, pero aquella posibilidad, abultada por ingentes cantidades de ceros, la dejaban fuera de juego. Tenía que encontrar lo más pronto posible un nuevo candidato, un “CG” idóneo, antes de que todo aquello que imaginaba sucediese. En la pantalla del televisor ocho cronómetros iguales mostraban una cuenta atrás que partía del número ciento veinte, al lado, un marcador algo menor, componía un bucle desde el sesenta hasta el no número cero.

Utilizando una lente y los benefactores rayos solares, el Autor conseguía que un manojo de hojarasca comenzara a expeler un alentador humo blanco, unos soplidos, y los pequeños trocitos de madera que amontonaba contra una piedra, comenzaban a ser lamidos por las doradas lenguas de las llamas. Una tímida hoguera empezaba a tomar forma.
–Esto ya está. –Anunció triunfante.
Zenón se acercó sosteniendo en una mano una especie de engendro blanquecino espetado en una rama puntiaguda.
–¿Seguro es comestible? –Preguntó dubitativo.
–En unos minutos lo sabremos. –Respondió irónico. –Tú procura que no se achicharre.
–¿Esto es lo que nos espera?
El Autor le miró sin contestar, su única preocupación era que aquel lagarto, despellejado y eviscerado, no se quemara. Era la cena, la de ese instante, el almuerzo de mañana una incógnita impenetrable.
Unos minutos después pudieron comprobar que sí, que los reptiles son comestibles, que el agua extraída de algunas raíces, pese a ese sabor verduzco que otorgaba la clorofila, saciaba la sed, o al menos la mantenía a raya. Tras la frugal cena ambos hombres se acomodaron junto a unas grandes piedras planas, acurrucados contra los salientes pensaban pasar aquella noche de libre indigencia.
–Habrá observado que todo era mentira. –Comenzó a exponer el Autor.
–¿A qué se refiere?
–A la falsa idea de que resultaba imposible sobrevivir fuera de las ciudades.
Zenón le miró con sorna, acababan de comerse un lagarto y exprimir sucios tubérculos para conseguir algo líquido e hidratante. No, no resultaba tan falsa la idea. Hubiera dado media vida por encontrarse sentado sobre el alto taburete, con el inmaculado Eugene frente a él, y sobre el mostrador, humeantes, salutíferos, un enorme cuenco de fideos con pollo o gambas. En cambio, allí estaban, con las cabezas convertidas en un nido de greñas pegajosas, con las barbas sucias y en continuo crecimiento, pestilentes y envueltos en mugrientos harapos.
–¿En verdad llama a esto vivir?
–No parece ser consciente de la realidad, y no le culpo. –El Autor mantuvo un comedido silencio mientras contemplaba un cielo cuajado de estrellas. –El establo siempre es mejor, ¿no es eso?
A lo largo de aquellos días, mientras huían lentamente hacia el sur, encontraron varios asentamientos a los que no se acercaron por precaución. Algunas urbanizaciones, antaño exclusivas, donde pequeños grupos humanos intentaban sobrevivir arrancando a la tierra la poca miseria que aún ofrecía, incluso en una ocasión llegaron a ver, desde la distancia, un antiguo geriátrico convertido en una defendida fortaleza.
–Según usted estamos condenaos a la extinción, ¿qué más da entonces el lugar donde nos pille? Preferiría hacerlo…
–Frente al televisor, –le interrumpió el Autor, –tragando por dos conductos distintos la mierda que nos dan, por la boca ese sustitutivo de alimento que llaman aperitivos, por los ojos ese sucedáneo que dan en llamar realidad. El fin del mundo amañado, como “Boreal”, en directo.
–No le quito la razón, es solo cuestión de gustos. –Terció Zenón.
Los dos proscritos cerraron los ojos, se hacía necesario descansar, el siguiente día como todos los anteriores, estaba repleto de enigmas básicos, ¿comerían?, ¿encontrarían algo con que saciar la sed? El antiguo mensajero no era muy optimista al respecto, estaba convencido que al final, y de la forma más ridícula, terminarían muertos en alguna cuneta. No solo había gentes intentando medrar pegados a la tierra, también pudieron ver en más de una ocasión grupos de indeseables armados, recorriendo en manadas los desiertos páramos a la espera de tropezarse con algún incauto y estúpido viajero que creyera en la fortuna y el azar. La suerte era un bien escaso.

El robot, viajando tan solo por las noches, había conseguido llegar hasta las playas cercanas al Peñón de Gomar, maravillado pudo observar animales salvajes, propios de otras latitudes, vagando libres en rebaños. Según los datos que almacenaba pertenecían a un antiguo parque temático, vida salvaje, hoy abandonado y de cuyos límites, debido al abandono y deterioro del cercado, habían conseguido escapar. La información consultada también situaba, no lejos de donde se encontraba, una antigua explotación agrícola experimental donde, hasta hacía relativamente pocos años, se estuvo intentando crear especies arbóreas resistentes al cambiante clima sin demasiado éxito. Los ejemplares arborícolas que los ficheros de imágenes le mostraron eran enormidades incapaces de reproducirse, no generaban semillas y como sus creadores, en pie y estoicos, aguardaban a la muerte. Fue cerca de aquella mole pétrea, el Peñón de Gomar, que tuvo la tentación de conectarse al satélite de una cadena de televisión intercontinental, pese a saber que esa intromisión sería detectada, no solo por Madre, si no por los temibles meta-cazadores. Así supo que la nave llamada “Nova Horizonto” tenía previsto su lanzamiento justo a la jornada siguiente. A las diez en punto de la mañana despegaría con toda su nutrida tripulación de sapiens sonrientes y de millones de semillas ocultas en sondas espaciales y vehículos de exploración. ¿Cuándo despegaría la nave de sus congéneres? Se preguntaba Momo y, sobre todo, ¿cuándo pensaban realizar el sembrado de semillas en el moribundo planeta donde aún se encontraban? Esa información le estaba vedada, acceder al corazón de Madre era algo demasiado peligroso, no para su integridad, si no para el futuro de sus hermanos androides.
Esa noche, por vez primera, había decidido no continuar su peregrinaje, más adelante se encontraba el Secarral de Jamba, y en su interior un paraje llamado La Quebrada, una especie de laberinto natural que venía a morir en un conjunto pétreo formado por grandes bloques de arenisca, ese había sido el lugar elegido por la Unidad Madre para instalar el acceso a la gran nave interestelar de los autómatas. La enormidad oculta bajo tierra poseía una segunda entrada localizado en un conjunto cavernoso conocido como Vale-Creck, todo el subsuelo de Jamba estaba atravesado por multitud de túneles y de máquinas pululando su interior. Él, Momo, al igual que el Autor y el mensajero, era un desterrado, doblemente proscrito por los humanos y por los robots.
Miró el mar, una gran superficie repleta de arena le separaba de un manto altamente salino y envenenado. Un lugar ideal para dejar de existir, pero la rutina de autoconservación se lo impedía, solo formular esa directriz obligaba a la subrutina a activarse, impidiéndole el acceso, llegado el caso, a funciones básicas como el desplazamiento o el más mínimo movimiento. Temía que, si aquel programa entraba en funcionamiento, sin haber realizado el mantenimiento y actualización que llevaba a cabo periódicamente, quedara como una nave encallada, desarbolada, a merced de los zarrapastrosos chatarreros que deambulaban por todas partes. Ese final no lo quería para sí, prefería, y esta predilección alteraba su sistema de lógica binaria, que un meta-cazador le fulminara de un disparo, antes que ver como separaban sus componentes en decenas de trozos, pedazos que completarían máquinas inferiores y secundarias. Esas que les facilitaban la vida a los sapiens sin formular queja alguna, sin atesorar otras posibles opciones.
No quería adentrarse por los arenales, su motricidad se veía peligrosamente reducida, detenido bajo un esqueleto arbóreo seguía contemplando la inmensidad que, primero abajo y más aún, arriba, se mostraba inquietante y llena de misterios. Por un momento balanceó la ecuación, la misteriosa equis que a Madre cautivaba. Solo, desposeído de objetivos, sin apoyo de ninguna índole, había planteado la posibilidad de inmolarse, gracias a las rutinas, a los programas que evitaban ese tipo de luctuosos hechos, no había podido realizar lo que en realidad deseaba. Terminar para siempre. El sapiens, en cambio, no poseía implementada ninguna directriz que evitara, si lo deseaba, sacrificarse. Impulsos eléctricos en los androides, química orgánica en los humanos. Sentimientos, alteración de enzimas que la razón, ese filtro necesario para la existencia inteligente, definía con nombres concretos. Afecto, gratitud, celos, enfado, euforia, admiración, tristeza, envidia, venganza, odio, el sistema límbico interactuando con procesos cognitivos, conductuales, fisiológicos, resumidos en facetas, en poliédricos cristales que apuntan invariablemente a una sola definición, a un solo culpable que provoca, por ausencia o presencia, toda la tropa de cortesanos y segundones, básicos sentires nacidos, engendrados por el que llaman amor. Esa la equis que Unidad Madre quería despejar, la ecuación solucionada, el porqué del afán por continuar ligados al sapiens.
Amanecía y Momo buscó un lugar que le permitiera permanecer oculto y observar el lanzamiento de la “Nova Horizonto”.

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