ghost-town (2)

(De Cuaderno del Otro Lado)

DEUS EX MACHINA.

Mientras caminaba en dirección al antiguo cruce de Balampur, Momo implementaba la información recién adquirida. Podía considerarse uno de los pocos afortunados androides que mantenía contacto con los sapiens. El Alto Consejo Binario prohibía la relación con humanos, salvo que esa interacción fuese promovida por las propias máquinas. En esa ocasión el contacto no resultaba completamente justificado, las premisas, las razones aportadas entraban dentro del ámbito de la investigación innecesaria. ¿Qué importaba una especie pronta a la extinción? Ni siquiera determinar las causas de la auto aniquilación podía aportar dato validable alguno. Nada tenía que ver el carbono con el metal, la célula con los micro chips, las elecciones tomadas siguiendo un patrón de interés comparativo, a aquella anarquía mental donde los sentimientos, algunos conscientes y otros claramente visibles, se mezclaban con una lógica basada en limitadas experiencias sufridas por el propio individuo. La comunicación entre humanos, la información facilitada tras la demostración irrefutable de un hecho moría con el acto en sí, nadie aprendía ni asumía el error del otro como propio. Les resultaba necesario volver a errar, miles de veces, antes de considerar siquiera la probabilidad de tener en cuenta, antes de actuar, una experiencia ajena. Ese pensamiento no podía ser adjudicado a ellos, las máquinas. Un error, un acierto, por nimio que fuese, era adicionado al banco de información individual, al conocimiento colectivo. Las abejas, las hormigas, las bandadas de aves que cruzaron en el pasado los cielos, la anatomía zigzagueante de las plantas, todo, absolutamente todo, participaba de la experiencia colectiva. No así lo humano. Las teorías evolutivas resultaban insuficientes, usos, costumbres, folclor, se distanciaban dependiendo del entorno, del medio donde se desarrollaban. Los humanos, constructores de pirámides, creadores de leyes absurdas, decretos para justificar y mantener privilegios. No, así no eran ellas, las máquinas. Entonces, ¿para qué estudiar a esos débiles dioses? Momo no llegaba a comprender la verdadera intención de la Unidad Madre, pese a ello, no cuestionaba las directrices marcadas ni abandonaba protocolos estipulados. “Era un juego de niños”, decían los sapiens, para ellos resultaba más simple aún, solo precisaban conectarse a la gran autopista de la información y de inmediato accedían a todas las entradas posibles, incluida la disimulada y solapada puerta a Aurora. Era evidente que las decisiones individuales resultaban absolutamente injustificadas.
La luz se debilitaba, moribunda, representando el primer acto en ese suceder cotidiano de muerte y resurrección. Ocaso. Las antiguas moradas de los humanos, sus factorías vegetales, abandonadas, se sucedían a ambos lados de la carretera. Una vía amplia de seis carriles, sur norte, destruida parcialmente, solo mantenían practicable un carril en cada sentido y en un par de kilómetros, pasado el vado de Galtea, ese único camino se iría desmoronando, deshaciendo, hasta que tan solo algunas señales verticales, corroídas por el abandono y el óxido, marcarían los antiguos límites de la calzada. Momo activó el sistema de orientación múltiple, escáneres capaces de asimilar el más mínimo atisbo de luz, ondas sónicas que representaban volúmenes y formas, antiguos métodos basados en guías suministradas por estrellas y constelaciones. Aunque no era un procedimiento que gustase de usar, el consumo de energía resultaba excesivo, desplegó el sistema motriz acelerado, las patas se replegaron junto al torso y fueron sustituidas por dos pequeñas unidades de rodamientos. El androide aumentó la velocidad de desplazamiento, aunque hacía tiempo que no se veía un solo meta-cazador, habían detectado en la red comunicados que activaban a algunos de esos perdigueros humanos. Al menos seis unidades habían sido convocadas. Aquellos personajes resultaban siniestros, Momo era incapaz de sentir temor, un protocolo de autoconservación suplía ese sentimiento, le preservaba de arriesgarse inútilmente. Esa pequeña y fundamental rutina era lo más parecido al miedo. Redujo la velocidad, el cielo estaba cuajado de astros lejanos, puntos luminosos que le mostraban una imagen segmentada en miles de secuencias del pasado del universo. Muchas de esas constelaciones ya no existían y aún, en ese reducido punto del cosmos, estaban presentes, fantasmas cuyos fuegos fatuos recorrían a la velocidad de la luz distancias inconmensurables.
Preservación, pensaba, curiosamente fue la primera rutina implantada por la Unidad Madre, el resto de seudo “sentimientos” apenas estaban esbozados. La posibilidad del descubrimiento de la belleza, eso que en el sapiens se mostraba como sentido artístico, se limitaba a saber determinar las proporciones, la equidistancia, el paralelismo de los objetos, la sutil elegancia de una ecuación matemática perfecta, indiscutible. El satélite situado en ese momento justo sobre la unidad de navegación indicaba que la encrucijada se hallaba a un par de kilómetros. Aceleró el movimiento, los escáneres comenzaron a dibujar las diferentes formas de la destrucción.
Balampur se mostró como una imagen, otra más, del pasado. Los antiguos surtidores, secos, inservibles, el restaurante en el lado derecho del edificio principal, y a la izquierda el supermercado. Momo penetró por la entrada central, un mostrador y algunas estanterías aún se mantenían en pie. Gustaba de rebuscar entre la basura que se esparcía por el suelo, a veces encontraba algún componente reutilizable, un muelle, una bujía, una pila alcalina. La negación, la mentira, no entraba dentro de las definiciones que sus protocolos albergaban. Buscaba restos reciclables, sí, pero otros objetos, realmente inservibles, esos que resultaban ser intrínsecamente humanos, le resultaban especialmente atractivos, “entrañables”. Siempre rebuscaba detrás de los mostradores, en esta ocasión una puerta medio rota, desvencijada y a punto de derrumbarse, le invitaba en silencio. Era conocedor de que esos lugares solían albergar ese tipo de cosas, inútiles objetos que solo eran capaces de ser creados o conservados por los hombres. Desinstaló el sistema motriz oruga y sus piernas brotaron como arbustos metálicos. Caminó sin dudarlo en aquella dirección y tras rodear el mostrador entró en una habitación de reducidas dimensiones. “Oficinas”, rezaba un cartel que se sostenía apenas sobre la pared. Una mesa, la carcasa de un viejo teléfono, un sillón con ruedas cojo y ladeado, tres cajones cerrados. Los cantos de la cajonera mostraban claros signos de haber sido violentados por la fuerza. Apagó el sistema de iluminación directa y activo el escáner de visión nocturna. Un ámbito verde e irreal comenzó a dibujar datos en su memoria fluorada. Abrió el primer cajón, papeles, facturas, albaranes, una grapadora. El segundo estaba casi vacío, solo encontró un par de fajos de papel moneda sostenidos por una banda elástica a punto de romperse y decenas de monedas cobrizas de tamaño variado. Abrió el tercero, fotografías, montones de imágenes y misivas escritas a mano, cartas, postales, recordó que así le llamaban. Recogió todas las instantáneas y tras amontonarlas en un mazo, las fue escaneando una tras otra, las grababa en su memoria sin omitir ninguna. Después les llegó el turno a las cartas. recorría los textos, grafías desiguales, inclinadas, turbias, todo registrado en su córtex de polímero y pintura conductora. El androide, mientras procedía al copiado de aquella información innecesaria, en milésimas de segundo, interpretaba el texto, lo reproducía con una aceleración endiablada y traducía, sacaba conclusiones. Miedo, algo parecido a eso. Una ecuación extraña, sin pretenderlo, se iba formulando en sus simuladores estadísticos. Arte, interpretación personal de la realidad, búsqueda de un ideal de belleza. Algo parecido a eso. ¿Y lo otro? La singularidad que realmente definía al sapiens. Sentimientos. Dentro de las múltiples rutinas y programas que le definían como ente individual, existía un protocolo de semejanza. Un androide diferenciaba lo nacido del carbono, de la conjunción de células vivas, de todo lo demás. Ese demás, el amplio conjunto de objetos y cosas le incluía a él, a los suyos. Prestaría ayuda a otras máquinas, el concepto de tejido múltiple, de entidad colectiva, le hacía proclive a dar socorro o ayuda a otro autómata antes que a un humano. Sentimientos, algo parecido a eso. Siempre estuvo presente en sus elementos de información la causa, el por qué la Unidad Madre sentía una curiosidad inusual, omitida en apariencia, por todo lo relacionado con esa debilidad que eran los sentimientos.
Las cartas eran todo un muestrario de esas extrañas… resultaba imposible definir algo que no podía medir, comparar, sopesar. La estadística, la comparativa entre elementos disonantes le indicaban que en las semillas entregadas por el Autor estaba la clave. La clonación seguro había empezado, millones de pequeñas bases de datos incrustadas en latente vida vegetal se encontrarían dispuestas. ¿Dispuestas para qué?
Momo abandonó el ruinoso edificio, las piernas volvieron a plegarse y el sistema de rodamiento oruga se puso en funcionamiento, antes del amanecer llegaría a Ciudad Aurora, la antigua “Yunke-Junker” de los humanos. El inmenso vertedero clausurado. Supo que la curiosidad por todo aquello que jamás llegaría a comprender les hacía más vulnerables. Había llegado el momento de determinar quién sobreviviría al mañana y la Unidad Madre no parecía detectar, a pesar de todos los bancos de información con que contaba, el peligro al que se enfrentaban. Era como si existiera una simbiosis entre máquinas y hombres. Al igual que la existente y necesaria entre sapiens y plantas. Tal vez esa era la clave. Debía verter esa información cuanto antes en los conductos adecuados. Primero era la piedra, después las plantas, un poco de tiempo más y el humano, el siguiente paso pertenecía en exclusiva a la máquina. Ellas las únicas capaces de recorrer todo lo creado, el cosmos entero y sus secretos. Tenía que averiguar cuales habían sido los últimos ficheros y registros consultados por la Unidad Madre, tal vez así podría esbozar un proyecto de intencionalidad, intentar averiguar los propósitos finales.
Con los primeros claros del amanecer comprobó que se hallaba sobre la calzada que llevaba hasta Erasem, la ciudad vecina al vertedero, la vieja villa donde el comercio rural, los productos básicos y primarios, llegaban desde las macro factorías que se esparcían cerca de la costa y que eran regadas con agua de mar refinada y abonadas con un componente orgánico de dudosa procedencia. De sus almacenes partían todas las mañanas largas caravanas de camiones, convoyes financiados por el Ministerio de la Tierra, para llevar los alimentos de la plebe a las grandes metrópolis. Cuando una carretera se recomponía era señal inequívoca que un asentamiento humano se encontraba cerca, y esto era suficiente razón para que Momo la abandonara. Dando un giro a la derecha se internó en el sur de la tierra muerta que llamaban Yermo de Medianía. En una hora estaría en Ciudad Aurora.

Durante el proceso de actualización de directrices y mantenimiento general, Momo fue indagando, rebuscando en millones de registros tratados por la Unidad Madre. Parámetros de búsqueda.
–Entradas a ficheros de baja o nula incidencia. –Musito el androide en el módulo fónico.
Ciento treinta y un mil quinientas veintiocho unidades de información. Había de todo, imágenes, videos, textos, audios musicales. El procesador de Momo elegía vertiginoso, apartaba, incluía en carpetas numeradas, se recalentaba. Sistema de refrigeración adicional activado. El reajuste se ralentizaba, el tiempo medio dedicado a la actualización se triplicaba.
–¿Qué buscas? –Unos fonemas neutros, indiferentes, penetraban intrusivos a través del intercambiador.
–¿Madre? –Preguntó sorprendido.
–Si y no. –La respuesta produjo en el procesador del androide una paradoja. Redonda.
–¿Quién eres?
–Todos, tú, Madre, yo. Todos. –Pese al aparente enigma que encerraba la respuesta, para Momo resultaba completamente clarificadora.
–¿Qué ocurrirá de ahora en adelante?
Millones de ficheros, de repente, comenzaron a descargarse en la memoria auxiliar del autómata. El indicador luminoso comenzó a ascender y su limpia, y brillante tonalidad verdosa, empezó a teñirse de un rojo oscuro y peligroso. El robot temió por su integridad y accionó el sistema automático de desconexión. En cascada continuaban invadiendo la memoria un ingente número de carpetas, bases de datos, gráficos y estadísticas Antes que el automatismo desenlazara el vínculo por donde fluía la información, con el sensor marcando un peligrosísimo noventa y siete por ciento, el flujo se detuvo en seco.
–Analiza, saca conclusiones y nunca olvides estas palabras. –Por unas milésimas de segundo infinitas la información quedó retenida para, después, inscribirse unos registros cuyo significado Momo desconocía. –Deus ex machina.

Las dudas estaban despejadas, la amalgama de conceptos perfilaba unos sutiles hilos, hebras que componían en su urdimbre un tapiz colorista y simple. Migrarían hacia el suroeste, más allá de las Tablas de Maresi, se hacía preciso abandonar Ciudad Aurora, los meta-cazadores andaban cerca, el rastro dejado por el Autor y el propio Momo les había prendido en el viento un aroma culpable, señales que aquellos perros eran capaces de interpretar sin errores, sin equívocos. Lo demás, el resto de las pistas vertidas por Madre, resultaban más confusas.
Hablaban de magia, de la inclinación del sapiens a etiquetar con ese concepto ambiguo todo aquello que no llegaba a explicar con ayuda de la ciencia.
–Todo menos sus dioses. Contradicción propia de humanos. –Articuló ayudado del módulo sónico el androide.
La utilización de ese indefinido concepto, la elaboración de una historia mística que se perdiera en lo más remoto de los tiempos, señuelos que la Unidad Madre pensaba dejar por lugares concretos del planeta. Algunas evidentes, otras cuyo descubrimiento precisaría de toda una intencionalidad, pistas compuestas por libros, armas cuya complejidad estaba vedada al hombre, lugares construidos ex profeso para crear falsas culturas desparecidas. Momo comenzaba a comprender el sentido de la enigmática frase. Las máquinas, expulsadas del entorno humano, habían continuado creando, inventando todo tipo de artilugios hoy desconocidos para el hombre. Antes de todo eso una regeneración del entorno utilizando las semillas modificadas. Estadísticas. Durante los primeros cien años la población mundial descendería hasta cotas cercanas a la extinción. Solo pequeños grupos organizados sobrevivirían. La mayor mortandad en núcleos urbanos densamente poblados. Madre se había molestado en crear complejas simulaciones, cientos de ellas con variables minúsculas. y de ese abundante montón de datos una verdad extraída, una realidad que apuntaba en un noventa y seis por ciento a ese resultado. El androide detuvo el flujo, la parte final le resultaba un poco confusa. En el corazón de Madre, en el núcleo más profundo de los procesos de lógica binaria existían filtros, pequeños protocolos que alejaban al posible visitante de ese entorno informativo. Las accidentales injerencias eran derivadas, sacadas en dirección a procesos distintos. Información oculta, omitida voluntariamente. Estaba previsto una migración mayor, no solo el humano abandonaría el planeta enfermo, también ellas, las máquinas. Razones distintas. Se estaba construyendo desde hacía décadas, bajo la tierra que servía de límite entre el Secarral de Jamba y los Páramos del Poniente, en el lugar conocido como Camrac, la nave que serviría para que las máquinas dejaran atrás un pasado turbio y detestable.
Momo “sintió” que la paradoja primera tomaba corporeidad, la Unidad Madre direccionaba la información siguiendo parámetros desconocidos, no todos los elementos conectados tenían acceso a la información existente, disponible. Máquinas comportándose como humanos. Creyendo poseer la autoridad para tomar decisiones en nombre del conjunto. La escala dibujada, aquella que comenzaba con la piedra y terminaba en lo creado por el hombre, la inteligencia autónoma artificial, tal vez no se encontraba coronada por la máquina. Otro elemento, desconocido aún, cuya génesis le resultaba imposible de dilucidar, parecía apuntarse como siguiente eslabón. Confusión. Tal vez por eso los sapiens concebían a sus creadores semejantes a ellos, o resultaba que los procesos denominados lógicos, los únicos posibles, no eran tan únicos ni posibles.

Al atardecer, cuando la luz mostraba tan solo la apariencia del mundo, Momo abandonó Ciudad Aurora sin un destino previsto. Llevaba un pajarito metálico, aún desconocía si llegaría a utilizarlo. Las palabras, esos sonidos jamás antes oídos y cuya interpretación parecía vedada, serían su guía, el norte impreciso hacia el que encaminarse. Deus ex machina.

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